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  1. El Papa Rottweiler ladra

    martes, septiembre 26, 2006

    © Sam Harris
    Traducción en Laicismo.org

    Por alguna razón, al Santo Padre le pareció necesario citar al emperador bizantino Manuel II Paleólogo que dijo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, ...». Ahora el mundo musulmán está zumbando con pía rabia. Es una pena que el Papa Benedicto no haga también caricaturas. Uniéndose al cobarde coro de suplicantes aterrados, el New York Times le ha urgido a que ofrezca una «disculpa auténtica y persuasiva». El Papa parece estar dando sus pasos hacia la consecución de tamaña hazaña.
    Aunque el Papa ha tenido éxito enfureciendo a millones de musulmanes, el propósito principal de su discurso era castigar a los científicos y laicistas por ser, en fin, demasiado razonables. Parece que los no creyentes exigen todavía, perversamente, demasiada evidencia y apoyo lógico para su cosmovisión. Creyendo que estaba llegando al tuétano del dilema humano, el Papa recordó a un mundo expectante que la ciencia no puede levantar su propio peso: no puede, por ejemplo, explicar por qué el universo es comprensible. Resulta que éste es un trabajo para...(atención)...el cristianismo. ¿Por qué el mundo es susceptible de comprensión racional? Porque Dios lo hizo de esa forma. Aunque el Papa no llega a ser buen mago, a muchas personas inteligentes y bien intencionadas les pareció vislumbrar un conejo en este viejo sombrero. Andrew Sullivan, por ejemplo, alabó el «discurso profundo y complicado» del Papa por su «claridad y franqueza». Aquí está el núcleo del argumento del Papa, extractado de sus conclusiones. He agregado mis propios comentarios a lo largo del texto.

    La intención aquí no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. Mientras nos regocijamos en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, también podemos apreciar los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas. Tendremos éxito al hacerlo solo si la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más generamos nuevos horizontes...


    El Papa sugiere que la razón debe ensancharse para incluir lo empíricamente inverificable. ¿Existe alguna duda que estos «nuevos horizontes» incluirán los groseros dogmas de la iglesia católica? Aquí, el Papa entiende el espíritu de ciencia completamente al revés. De hecho la ciencia no se limita meramente a lo que es actualmente comprobable, sino que está interesada en cuestiones que sean potencialmente comprobables (o, más bien, falsables). Y esto significa excluir los que sea gratuitamente estúpido. Con estas distinciones en mente, consideremos uno de los dogmas centrales del catolicismo según se encuentra en el credo de la iglesia católica romana:

    Creo que la eucaristía es el sacrificio verdadero, apropiado y propiciatorio ofrecido a Dios a favor de los vivos y los muertos, y que el cuerpo y la sangre, junto al alma y el espíritu de nuestro señor Jesucristo, se encuentran verdadera y sustancialmente en el sacramento de la eucaristía, y que hay un cambio completo de la sustancia del pan en la del cuerpo, y la sustancia del vino en la de la sangre; y que este cambio se denomina transubstanciación. Creo también que es Cristo completo y entero, y el verdadero sacramento se recibe bajo cada especie separada.


    Aunque uno siempre puede encontrar católicos que muestren renuentes a admitir que el canibalismo se encuentre en el corazón de su fe, no hay ninguna duda de que la Iglesia pretende que este párrafo sea creído literalmente. La presencia real del cuerpo y sangre de Cristo en la misa ha de ser entendido como un hecho material. Como tal, ésta es una declaración sobre el mundo físico. Es, de hecho, una declaración absolutamente absurda sobre el mundo físico. (Al contrario que la mayoría de los dogmas religiosos, sin embargo, la doctrina de Transubstanciación realmente es falsable. De hecho resulta ser falsa).
    A pesar de las solemnes meditaciones del Papa sobre el asunto, la razón no es tan elástica como para abarcar los dogmas favoritos delcatolicismo. No hace falta decir que el nacimiento virginal de Jesús, la resurrección física de la muerte, la entrada de una alma inmortal en el cigoto en el momento de concepción y casi cada artículo de la fe católica cae en la misma e indigna papelera. Éstas son creencias que los católicos sostienen sin razón suficiente. Por consiguiente, son irrazonables. No existe ensanchamiento posible del alcance de la racionalidad del siglo XXI que pueda o deba, abarcarlos.

    Solo así nos hacemos capaces de lograr este diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy.

    Es irónico que un hombre que acaba de calificar al Islam como «malvado» e «inhumano» ante 250.000 espectadores y la prensa mundial, hable ahora de «diálogo genuino de culturas». ¿Cuánto diálogo genuino podemos esperar? El Corán dice que quien crea que Jesús es divino –como deben hacer todos los católicos reales– pasarán la eternidad en el infierno (Corán 5:71-75; 19:30-38). Esto parece romper cualquier acuerdo. El Papa sabe esto. El mundo musulmán sabe que lo sabe. Y sabe que el mundo musulmán sabe que lo sabe. Ésta no es una buena base para el diálogo de inter-religioso.

    En el mundo occidental se sostiene ampliamente que solo la razón positivista y las formas de la filosofía basadas en ella son universalmente válidas. Incluso las culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas...

    Tampoco a los astrólogos les gusta que «sus convicciones más profundas» sean atacadas. Tampoco a la gente que cree que los extraterrestres han atravesado la galaxia para incordiar a algunos granjerosy su ganado. Afortunadamente estos grupos no toman las calles y empiezan a matar gente cuando se critican sus creencias irracionales. Sospecho que el Papa sería el primero en admitir que hay millones de las personas en esta tierra que albergan «muy profundas convicciones» que ni son profundas, ni compatible con un diálogo real. De hecho, uno no necesita leer el discurso papal entre líneas para observar que el Papa pondría al mundo musulmán al completo más allá de la «universalidad de razón». Tiene razón para estar alarmado por el Islam, particularmente por sus doctrinas de martirio y yihad. Tiene razón para encontrar detestable el tratamiento de las mujeres musulmanas a lo largo del mundo (si de hecho lo encuentra detestable). Tiene razón para preocuparse por que cualquier musulmán que se convierta al cristianismo (o al ateísmo) ponga en riesgo su vida, pues la conversión fuera de la fe es castigada con pena de muerte. Estas profundidades son objetos dignos de nuestro desprecio. No hace falta disculparse, Su Santidad.
    Sin embargo, podríamos notar que una de las «más profundas convicciones» del Papa es que la anticoncepción es un pecado. Sus agentes continúan predicando este dogma diabólico en el mundo sub-desarrollado e incluso en África subsahariana, donde más de 3 millones de personas mueren de SIDA cada año. Esto es inmoral y estúpido sin remisión. También es un punto en el que la Iglesia no ha mostrado demasiada capacidad inteligente para el diálogo. A pesar de su inclinación a criarse en un estado de dominación mundial, los musulmanes tienden a ser más razonable en el asunto de planificación familiar. No consideran que el uso de formas temporales de control de la natalidad sea un pecado.

    La razón científica moderna simplemente tiene que aceptar la estructura racional de la materia y su correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que prevalecen como se nos ha dado, en las que su metodología debe basarse. Incluso la pregunta ¿por qué esto tiene que ser así? es una cuestión real, que tiene que ser dirigida por las ciencias naturales a otros modos y planos de pensamiento: a la filosofía y la teología.
    Aquí debe de ser donde Sullivan encuentra al Santo Padre particularmente «profundo y complicado» y «hondo». De acuerdo, las cuestiones epistemológicas hacen que uno sude y pueden decirse muchas cosas interesante e incluso polémicas sobre las bases de nuestro conocimiento. Sin embargo, aquí el Papa no ha dicho nada interesante ni polémico. Ha insinuado meramente que poner el Dios de Abraham detrás de cada proceso natural de algún modo reduciría el cociente de misterio en el cosmos. No lo hará. Casi mil millones hindúes ponen tres dioses en esta casilla –Brahma (el Creador), Vishnú (el Preservador) y Shiva (el Destructor)–. ¿Cuán intelectualmente iluminador debemos encontrar esto?

    Occidente ha sido puesto en peligro por mucho tiempo por esta aversión en la que se basa su racionalidad, y por lo tanto solo puede sufrir grandemente. El coraje para comprometer toda la anchura de la razón y no la negación de su grandeza: éste es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo. “No actuar razonablemente (con logos) es contrario a la naturaleza de Dios” dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristiano de Dios, en respuesta a su interlocutor persa...

    Por favor, leamos la primera frase de nuevo. Espero que no parezca quisquilloso si señalo que Occidente se enfrenta a varios peligros aun mayores que aquéllos debidos a una epistemología incompleta. Occidente está en peligro, principalmente, por la fragmentación religiosa de la comunidad humana, por los impedimentos religiosos al pensamiento crítico y por la disposición religiosa de millones de personas a sacrificar la posibilidad real de felicidad en este mundo por la fantasía de un mundo venidero. Estamos viviendo en un mundo donde incalculables millones de hombres y mujeres adultos pueden racionalizar el sacrificio violento de sus propios hijos recurriendo a cuentos de hadas. Estamos viviendo en un mundo donde millones de musulmanes creen que no hay nada mejor bien que matar y ser matado en defensa de Islam. Estamos viviendo en un mundo en el que millones de cristianos americanos confían en ser llevados al cielo por Jesús en poco tiempo, para así poder disfrutar seguros del santo genocidio que inaugurará el fin de historia humana. Estamos viviendo en un mundo en el que un sacerdote viejo y tonto, simplemente aireando sus inanidades religiosas podría plausiblemente empezar una guerra con 1400 millones de musulmanes que se toman sus propias inanidades mortalmente en serio. Éstos son los peligros reales. Y no son peligros para los que más «fe Bíblica» sea remedio.

    El artículo original puede encontrarse en Truth Dig.

    Ver también: Ratzinger contra la ciencia, La involución papal y Errores y falacias de Joseph Ratzinger sobre el Islam.

  2. © J.C. Álvarez
    Especial para Razón Atea

    El pasado 12 de septiembre, Joseph Ratzinger (alias Benedicto XVI, Papa de Roma) pronunció en Ratisbona un discurso en el que, además de denunciar nuevamente como «impíos» al racionalismo ateo y al empirismo científico, lanzó un furibundo ataque contra la religión islámica, presentando en contraste a un cristianismo supuestamente respetuoso con la libertad de conciencia y preocupado por fundamentar racionalmente sus creencias. Para ser justos con el islamismo (aunque uno sea ateo o precisamente por ello), hay que señalar en el discurso del Papa una serie de visiones erróneas sobre el Islam y también sobre el cristianismo histórico, que son errores objetivos y no sólo falsas interpretaciones.
    Ratzinger habla de una polémica contra el Islam emprendida por un emperador bizantino, Manuel II Paleólogo, y en este contexto cita el versículo 2:256 del Corán: «No existe coacción en la religión». Ratzinger sostiene que éste fue un verso escrito tempranamente, cuando Mahoma aún no estaba en el poder. Sin embargo, tal afirmación es incorrecta. La Surah 2 es una surah de Medina, escrita cuando Mahoma ya se había establecido como líder de la ciudad de Yathrib (más tarde conocida como Medina o «la ciudad» del Profeta). El Papa se imagina que un joven Mahoma, que vivía en La Meca antes de 622 y aún carecía de poder, permitió la libertad de conciencia, pero más tarde ordenó que su religión fuera extendida por medio de la espada. Sin embargo, dado que la Surah 2 fue escrita a partir del período de Medina, cuando Mahoma ya se encontraba en el poder, esa teoría del Papa no se sostiene.
    Muchos fieles musulmanes afirman que el Corán no dice en ningún punto que la fe religiosa deba ser impuesta por la fuerza. Para probar dicha alegación, estos fieles citan las palabras del Corán sobre las religiones: «[2:62] Los que creen (en el Corán), los que siguen a los judíos (Escrituras), y los cristianos y sabianos –cualquiera que crea en Dios y en el Juicio Final, y en la honradez del trabajo–, tendrán su recompensa con su Señor; sobre ellos no caerá ningún temor, ni tampoco sufrimiento alguno». Estos mismos fieles (así como algunos historiadores laicos) sostienen que la idea de la guerra santa o jihad (entendida como defensa de la comunidad islámica o, en general, como el establecimiento y creación de gobiernos controlados por los musulmanes, antes que como una imposición de la fe por la fuerza a los individuos) no es tampoco una doctrina coránica. La doctrina habría sido elaborada mucho más tarde, en la frontera entre Umayyad y Bizancio, bastante tiempo después de la muerte del Profeta.
    El filósofo Michel Onfray, en una entrevista, dice lo siguiente: «Lo peor de libros como la Biblia o el Corán es que ahí se puede encontrar todo y su contrario, las proclamas de misericordia y la instigación al crimen». Todos los libros «sagrados» están plagados de incoherencias, contradicciones y sofismas. De cualquier modo, sea o no estrictamente coránica la doctrina de la guerra santa o jihad, e independientemente de cómo se entienda ésta, lo cierto es que en los primeros siglos de expansión del Islam era bastante difícil que los infieles fueran aceptados como miembros, y a los cristianos que querían convertirse en musulmanes habitualmente no se les permitía hacerlo. El tiránico gobernador de Irak, Al-Hajjaj, se destacó por este rechazo a los aspirantes, puesto que obtenía impuestos más altos de los no musulmanes.
    Lo anterior parece favorecer la tesis de que, aunque la jihad pudiera tener alguna base (contradictoria) en el Corán, la doctrina de la guerra santa propiamente dicha fue elaborada más tarde. En los primeros siglos, al menos, la «jihad ofensiva» se entendió más bien como la necesidad de instaurar y mantener gobiernos musulmanes. Para ello, los pueblos musulmanes no vacilaron en atacar, invadir y someter por la fuerza a otros pueblos, pero por lo general no pretendieron convertirlos en masa al Islam: de hecho, preferían no hacerlo ya que cobraban mayores tributos a los vasallos no musulmanes. Los musulmanes árabes conquistaron Mesopotamia, que entonces era en gran parte pagana, zoroástrica, cristiana y judía; pero no buscaban convertir, y seguramente no impusieron su religión.
    En su discurso de Ratisbona, el Papa intentó demostrar que la coacción de la conciencia es incompatible con la fe auténtica y «razonada»; para ello, utilizó al Islam como un símbolo de la exigencia coactiva de la fe infundada. Pero Ratzinger está engañado por la polémica medieval sobre la que sustenta sus argumentos. Es completamente falso que el Islam haya sido más coactivo que el cristianismo al buscar la difusión y el mantenimiento de sus creencias y al pretender llevar a cabo la conversión de los infieles; de hecho, la realidad histórica fue justamente la contraria. Es igualmente falso que el cristianismo sea racionalista y que el Islam no pretenda siquiera racionalizar sus creencias: tanto el cristianismo como el Islam son creencias irracionales y animistas nacidas de un mismo tronco común, y tanto el uno como el otro han pretendido racionalizar o dar «razón» de sus creencias, apelando a la filosofía para construir ese extraño híbrido que es la teología, con todos sus sofismas (y aun deliremas) pretendidamente racionales por imitación de la filosofía griega. De hecho, el Corán también se muestra favorable a la fe «racionalizada» (en el mismo sentido del cristianismo), y también prohíbe en ocasiones la obligatoriedad coactiva de la religión. Muchos fieles e intérpretes musulmanes del Corán afirman que la única violencia permitida por éste fue la ejercida en defensa propia de la comunidad islámica contra las tentativas de los paganos de la Meca por eliminarla (en este sentido, no existen demasiadas diferencias respecto a la interpretación que muchos cristianos hacen de su propio libro canónico, la Biblia).
    El Papa afirma que, en el Islam, Dios es tan trascendente que se encuentra fuera de la razón y, por lo tanto, no puede esperarse de Él que actúe razonablemente. Ratzinger contrasta este concepto de Dios con el del Evangelio de Juan, donde Dios es el Logos, la Razón inherente al universo. Pero hubo muchas escuelas de teología y filosofía islámicas. La escuela Mu’tazilite mantuvo exactamente lo que el Papa dice: que Dios debe actuar conforme a la razón y al bien tal como la gente los conoce. El acercamiento de la escuela Mu'tazilite es todavía popular en el zaidismo y en ciertos sectores del shiísmo de la clase dirigente iraquí e iraní.
    La escuela Ash’ari, por el contrario, insistió en que Dios quedaba fuera de la razón humana y, por lo tanto, no podía ser juzgado racionalmente. Seguramente el Papa encontraría que Tertuliano, y quizás también Juan Calvino, serían más comprensivos que él con esta opinión, dentro del propio cristianismo.
    En cuanto al Corán, constantemente apela a la «razón» para conocer a Dios y para refutar la idolatría y el paganismo, y pregunta a menudo: «¿No eres capaz de razonar?», «¿no lo entiendes?» («¿a fala ta’qilun?»). Éste es un ejemplo más de la racionalización típica de todas las religiones monoteístas, mucho más parecidas entre sí –dado su común origen– de lo que Ratzinger está dispuesto a reconocer.
    Desde luego, el cristianismo tiene una larga historia de imposición obligatoria y violenta de la fe a la gente, incluyendo a los paganos en el Imperio Romano tardío, los cuales fueron muy enérgicamente convertidos. Y luego estuvieron los episodios de las Cruzadas, impensables en el mundo musulmán.
    Otra ironía es que el cristianismo «razonado» y escolástico tiene una herencia importante del Islam. En el siglo X había muy poca escolástica en la teología cristiana. La influencia de pensadores musulmanes como Averroes (Ibn Rushd) y Avicena (Ibn Sina) enfatizó nuevamente el empleo de Aristóteles y Platón en la teología cristiana. De hecho, en cierto momento los teólogos cristianos de París se dividieron entre los partidarios de Averroes y los de Avicena, y mantuvieron una fuerte polémica entre ellos.
    Respecto al emperador bizantino Manuel II Paleólogo, citado por el Papa, hay varias cosas que decir. Los bizantinos habían quedado muy debilitados por las depredaciones latinas durante la Cuarta Cruzada, de modo que fue la propia Roma la que en primer lugar buscó la coacción. A Roma le interesaba tanto conquistar Tierra Santa como sojuzgar a la Iglesia Ortodoxa. Manuel II terminó sus días como un vasallo del Imperio Otomano.
    Joseph Needham, en su monumental libro Ciencia y Civilización en China, señala que el cristianismo siempre fue más bárbaro que sus rivales –el Islam, el taoísmo, el budismo, el hinduismo– porque estas grandes religiones tuvieron siempre un núcleo humanista del que careció el cristianismo, y además pretendieron lograr una nueva forma de unión del ser humano con el mundo, así como sacralizar la naturaleza y los animales (un tema particularmente fuerte en el Islam, sobre todo en el sufismo, así como en las religiones hindúes). En cambio, según Needham, el cristianismo nunca pudo salir de sus orígenes bárbaros en la superstición y en la magia (o quizás su base judaica chocó de forma tan violenta con el paganismo panteísta de las tribus nórdicas que el resultado fue un pastiche amorfo de religión, un chamanismo sin naturaleza).
    De acuerdo con la interpretación de Needham, la fe cristiana en la resurrección de los muertos fue siempre vista en el mundo islámico como algo inverosímil, anti-natural y absurdo. Este elemento de oscurantismo (la resurrección de los muertos) creaba una división insalvable entre el mundo material y su Creador: Dios aparecía como algo completamente distinto y opuesto a la naturaleza, que intervenía desde fuera de ella para violar sus leyes. En cambio, en el islamismo, lo mismo que en el budismo o el taoísmo, Dios tendía a identificarse con la naturaleza. Funcionalmente, la vigilancia inquisitorial sobre tales creencias del cristianismo también explicó la rígida ortodoxia y la cruel intolerancia de la iglesia latina en la Alta Edad Media; el monoteísmo cristiano creó una cultura europea monolítica bastante diferente a la de las prósperas comunidades del mundo árabe y persa, en las que los judíos, los musulmanes y los cristianos convivieron durante muchos siglos pacíficamente unos con otros (y con zoroastrianos y hasta con confucianos).
    Según Needham, la tendencia humanista presente en el islamismo y en las religiones orientales, junto con su interés por la sacralización de la naturaleza, explica el gran florecimiento de la filosofía, las letras y las ciencias en el Islam y en China durante la Edad Media (frente al oscurantismo y la barbarie de las comunidades cristianas), pero curiosamente también daría cuenta de su estancamiento definitivo. Cuando el monje Roger Bacon y otros importaron a Europa la ciencia china e islámica (que fue la base para el progreso técnico-científico europeo), una de dos cosas se veía como históricamente inevitable: o bien la Iglesia Católica destruiría la ciencia, que tras la confirmación definitiva del heliocentrismo de Copérnico por Galileo se había convertido en enemiga declarada de la ortodoxia; o bien se produciría un divorcio mutuamente acordado entre la iglesia y la ciencia. Al final sucedió lo último. La gran cesura moral, filosófica y teológica de la iglesia latina (la separación radical entre Dios y Naturaleza y la total desacralización de ésta, junto con la separación entre la religión y la ciencia) explicaría por qué la ciencia plenamente desarrollada fue posible en el occidente cristiano, pero no en China ni en el mundo islámico, que no se decidieron a «profanar» la naturaleza. Los chinos y los islámicos siguieron siendo pre-científicos ya que no llevaron a cabo la separación entre religión y ciencia, pero en Europa la desacralización del mundo natural y el divorcio entre la Iglesia y el Estado permitieron que las ciencias adoptaran su forma moderna y baconiana. Y con el progreso científico-tecnológico vino el desarrollo de las fuerzas productivas y la sustitución de las relaciones de producción feudales por las capitalistas.
    Así pues, el Papa se ha equivocado en muchos hechos básicos, por lo que debería retractarse de sus palabras.


    Bibliografía:

    -Historia de la filosofía islámica. Corbin, Henry. Editorial Trotta S.A., 2000.
    -Sufismo: una introducción esencial a la filosofía y la práctica de la tradición mística del Islam. Ernst, Carl W. Ediciones Oniro S.A., 1999.
    -El Islam, historia, presente y futuro. Küng, Hans. Editorial Trotta, S.A., 2006.
    -Cubriendo el Islam: cómo los medios de comunicación y los expertos determinan nuestra visión del resto del mundo. Said, Edward W. Editorial Debate, 2005.
    -Lo que Europa debe al Islam de España. Vernet, Juan. El Acantilado, 2006.
    -Cien preguntas sobre el Islam. VV.AA. Encuentro Ediciones S.A., 2006.



    Ver también: La involución papal, Ratzinger contra la ciencia, A favor de lo contrario, Fantasmas del pasado y ¿Dónde ponemos a la religión?

  3. La involución papal

    jueves, septiembre 21, 2006



    © Fernando G. Toledo

    1

    Ninguna palabra de las que Ratzinger ha dejado caer en su gira por Alemania parece haber sido pronunciada con descuido y, sin embargo, no fue necesario esperar más que unos días para que éste se desdijera públicamente. Ante sus ojos infalibles tenía, dichas tales palabras, un panorama inesperado: el Islam, la religión con la que juega desde hace años el papel de colega, se mostraba encendido ante una expresión tan desafortunada para la diplomacia. Resulta curioso que, luego de que el papa católico hiciera uso en su conferencia «Fe, razón y universidad», en la Universidad de Ratisbona, de una cita de Manuel II Paleólogo («Múestrame además aquello que Mahoma haya traído de nuevo, y sólo encontrarás cosas malvadas e inhumanas»), debiera asumir la pose hipócrita que a todo político se le exige. Y que, agachando la cabeza iluminada por uno de los dioses en disputa, debiera exclamar, ya sin alusiones a emperadores bizantinos: «Lamento profundamente las reacciones en algunos países a unos pocos pasajes de mi discurso a la Universidad de Rastisbona, que fueron considerados ofensivos a la sensibilidad de los musulmanes». Para otorgar novedad a la escaramuza, además, Ratzinger ha evitado echarle la culpa al emisario –los periodistas–, destacando su flagrante errancia: «De hecho, era una cita de un texto medieval que en absoluto expresa mi pensamiento personal».
    Pero las sorpresas habrán acabado allí, seguramente. Cuando es el fundamentalismo (islámico, para más señas), el que está en juego, toda espiral de violencia es previsible. Tanto como el triste espectáculo que se despliega a partir de ahora: el Papa se encuentra con que una de las religiones con las que ha practicado una cierta «internacional de confesiones» desde hace años, es más peligrosa y explosiva que la casta a la que siempre le interesa condenar: la de los impíos. El blanco fijo de sus críticas.
    Pero resulta que los increyentes no han prometido venganza, ni exigido disculpas, ni matado a sus acólitos, ni organizado un «viernes de ira», ni preparado un arsenal para bombardear Roma. Los que (parafraseando a Dostoievsky) tienen todo permitido por carecer de Dios, han dejado pasar cualquier exabrupto excepto para las críticas, que es lo que se le pide a cualquier persona razonable. En cambio, la religión con la que comparte libros y profetas, esa religión que parece tardía en seguir el camino del catolicismo inquisidor, es ahora una serpiente entre sus sábanas. Y puede escupir mucho veneno.
    Como ha recordado Juan G. Bedoya en El País de Madrid [19/09/06], «el problema del discurso de Benedicto XVI en Ratisbona es su pensamiento excluyente, cristiano-céntrico. ¿Por qué recordó en Ratisbona –como cita de autoridad, sin refutarla– al emperador bizantino, teniendo a mano a pensadores cristianos que sostuvieron lo contrario en la misma época, como Francisco de Asís, Raimon Llull (en El gentil y los tres sabios), o Nicolás de Cusa (La paz de la fe)?»
    Cuando un año atrás, en setiembre de 2005, un diario danés tuvo la enorme osadía de dibujar al profeta Mahoma, cruzando el límite que los musulmanes trazan contra la iconofilia (en unas caricaturas más suaves que las palabras de un antiquísimo emperador), el Vaticano reaccionó para defender a sus «colegas», condenando la grosería del periódico. Y ahora está entre los groseros. Pero, de nuevo, prefiere estar en el bando de los que lo amenazan y no de los que defendieron, en ese entonces, la libertad de expresión. Por eso es que el nuncio Manuel Monteiro de Castro, ha subrayado que «Su Santidad ha manifestado su aprecio por el Islam, por un pueblo que cree en un sólo Dios, que considera a Jesucristo como un profeta, venera a la Virgen Santísima y cree en la recompensa de lo que hacemos en la vida. El Papa ha manifestado muchas veces esto sobre los musulmanes».
    Sin embargo, rota, al menos por ahora, la utopía interconfesional, dinamitados para siempre los puentes hacia el diálogo de religiones (según la imagen del teólogo español Juan José Tamayo), Ratzinger ve en la arena que su aura de brillante intelectual queda reducida al del bocotas incapaz de sostener sus propias palabras. ¿Cree Ratzinger, en su viejo corazón de Rottweiler alemán, que el pensamiento de Manuel II es errado y no puede hacerlo suyo como parecía? ¿Cree que merece respeto una religión sólo porque convive con ella en el casillero de los monoteísmos? ¿Cree que cuando habló de que la religiosidad no puede justificar la violencia, deba ahora hacer el payaso, asustado por esa violencia? ¿Cree que su religión, finalmente, habrá estado libre de los mismos pecados como para poder arrojar alguna piedra?

    2

    La eufórica visita del Papa a Alemania no ha abundado en concordias. Las palabras que irritaron a los musulmanes han tenido oportunidad de ser reinterpretadas hasta el hartazgo por los exégetas papales y por el mismo Ratzinger, de manera de, como es usual, «resolver la contradicción mediante la interpretación», versión teológica del «donde dice “digo” debe decir “Diego”».
    Pero en otros asuntos Su Santidad no ha sido tan contemplativo. Por ejemplo, en la misa celebrada en la explanada Islenger Feld, también en Ratisbona, que pronunció como parte de su gira alemana. Allí Joseph Ratzinger, considerado por algunos como una de las «mentes más brillantes» del siglo XX, decidió reprochar a una de las grandes teorías de la historia del conocimiento humano: la evolución. Y lo hizo de la manera más dogmática posible, poniendo a la ciencia en entredicho con la invocación al Credo católico, muestra indubitable de la fama de brillantez que el vicarius christi alemán se ha ganado en algunos círculos.
    Para Ratzinger, la teoría de la evolución es «irracional» si no pone a Dios a contar en las ecuaciones. Está, en este sentido, pidiendo a la ciencia que incluya a Dios (por supuesto, la cláusula exigirá al «Dios cristiano», uno y trino), porque de otro modo ésta acabaría en la irracionalidad más pura, ésa que la humanidad ha heredado de la Ilustración.
    El ataque puede causar tanto risa como espanto. Ratzinger no sólo ha repetido sus diatribas contra el ateísmo diciendo torvamente que éste «nace del miedo» (se supone que a lo que no existe). Sino que, además, ha censurado cierto ateísmo tácito de la ciencia, que se atreve a sacar a Dios de las hipótesis, cual Laplace ante Napoleón.
    Las palabras de Benedicto XVI tienen sus bemoles, y no han pretendido ser claras. Sabe el teólogo que, cuando estuvo como una sombra sosteniendo los pies de Karol Wojtyla, el papa anterior, debió escuchar de labios de éste que «la evolución ha dejado de ser una hipótesis». Pero ha venido a cobrar ese terreno cedido con este razonamiento: «Nosotros creemos en Dios. Ésta es una opción fundamental. ¿Pero es hoy aún posible? ¿Es una cosa razonable? Desde la Ilustración, al menos una parte de la ciencia se ha dedicado a buscar una explicación al mundo en la que Dios sería innecesario. Y si eso fuera así, Dios se haría innecesario en nuestras vidas. Pero cada vez que parecía que este intento había logrado éxito –inevitablemente surgía lo evidente: ¡algo falta en la ecuación!».
    La «mente brillante» del anciano obispo se ensaña con su propia caducidad. ¿Acaso fue posible saber, desde lo alto de su pía infalibilidad, cuáles serían las ecuaciones que fracasan, para que los científicos no yerren en su oscuro camino? De ninguna manera: hasta la teología tiene sus límites. Y Dios, en efecto, es a todas luces una «hipótesis innecesaria». Así, como la evolución (la teoría sintética hoy vigente) se atreve a buscar la explicación del origen de la vida y su desarrollo desde las coordenadas rigurosas de toda ciencia, naturalista por definición, esto es sinónimo de la irracionalidad que toda disonancia de los dogmas cristianos arrastra, según Ratzinger. Porque, se pregunta éste y se responde, «¿qué existió primero? La Razón creadora, el Espíritu que obra todo y suscita el desarrollo, o la Irracionalidad que, privada de toda razón, extrañamente produce un cosmos ordenado en modo matemático así como el hombre y su razón. Esta última, sin embargo, sería entonces solo un resultado casual de la evolución y por lo tanto, al final, igualmente irrazonable».
    Rizado el rizo, la evolución es irracional para el Papa porque no tiene en cuenta la Razón Creadora, la petitio principii de esta fe que en otros tiempos supo oponerse a Copérnico o Galileo por motivos análogos (¿o acaso no era, en estos términos, «irracional» que no fuéramos el centro de la «creación»?). Para la «brillante mente» de Ratzinger, entonces, la teoría de la evolución es, probablemente producto del miedo, y una excrecencia propia del ateísmo: «como cristianos decimos: “Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra”, creo en el Espíritu Creador. Nosotros creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad».
    ¿Y si un espejo se tendiera sobre la figura de Benedicto XVI? ¿Qué rostro miraría el Sumo Pontífice? Porque, si Ratzinger cree que la ciencia debe rodearse de su fe específica para no caer en la irracionalidad, ¿por qué no piensa que su religión también debería aceptar los parámetros de la ciencia? Es que, difícilmente sea posible vivir hoy sin ciencia (o más bien, sobrevivir), pero se ve por sus regaños que es perfectamente posible vivir sin religión, sobre todo con la católica. Ratzinger exige a la ciencia introducir la hipótesis divina. ¿Asumiría las consecuencias de falsar sus propias hipótesis? ¿De someterlas a experimentos?
    En El legado de Darwin (editorial Katz, 2006), el biofilósofo británico John Dupré propone una lectura y puesta al día de cuanto la teoría de la evolución ha aportado -no ya sólo a la biología, sino a las ciencias todas, a la filosofía e, incluso, a la teología- desde la aparición de El origen de las especies, en 1859. Para Dupré, el desarrollo de la teoría de la evolución representa uno de los mayores cimbronazos para el conocimiento humano de los últimos siglos. En su libro, Dupré lleva el barco de la valoración de la teoría a sus lindes, para encontrarse, curiosamente, como dice, «de acuerdo tanto con Richard Dawkins como con los fundamentalistas cristianos». ¿En qué punto? En que evolución y teísmo son incompatibles.
    Luego de advertir que, sin embargo, la evolución no es capaz de explicarlo todo, Dupré llega a la conclusión que quizá es la misma que acucia a Ratzinger. «Deseo insistir en un enfoque que antes parecía obvio, pero que ahora puede resultar ingenuo. Y ese enfoque afirma que gran parte de la contribución de Darwin fue la de dar un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes héroes científicos del Renacimiento –Copérnico, Galileo, Newton y otros–, en dirección a una visión del mundo naturalista que finalmente logró prescindir de los fantasmas, los espíritus, y los dioses que servían para explicar, en épocas anteriores, todos los fenómenos naturales». Por esto Dupré apuesta a volver, ya maduros, al empirismo, de modo que éste nos ofrezca razones válidas para adoptar lo que adoptamos y rechazar lo que rechazamos. «Una exigencia modesta, tal vez, pero que, según creo, podría eliminar una parte de las mitologías religiosas y supersticiosas que siguen dominando, y a veces devastando, a las vidas humanas», sentencia.
    Las palabras de Ratzinger contra la ciencia han permitido a muchos ver las cartas con las que el primer papa coronado en el siglo XXI desea jugar. Días antes de la estocada vicaria de Ratisbona, el diario The Guardian anticipaba que el Vaticano se aprestaba a «abrazar» la «teoría del Diseño Inteligente». Eso lo alejaría de Juan Pablo II, o quizá revelaría el sentido verdadero de su aceptación de la evolución, en la que intentaba dejar a las almas fuera de la discusión científica. Ratzinger ha sido más radical y quiere regresar al sueño de evangelizar la ciencia. Acaso lo suyo sea el primer estertor de una superstición antigua que, para usar sus propias palabras, ya no sirve ni siquiera para adormecer los miedos.

    Ver también: Ratzinger contra la ciencia, Identifican un gen crucial para la evolución humana y ¿Dónde ponemos a la religión?

  4. © Juan Lara

    Ratisbona (Alemania), 12 sep (EFE).- El papa Benedicto XVI denunció en Ratisbona que una parte de los científicos se empeñan en demostrar que Dios es "inútil" para el hombre y afirmó que la teoría de la evolución es irracional, que el ateísmo moderno nace del miedo a Dios y que el odio y el fanatismo destruyen la imagen de Dios.
    El Papa hizo estas manifestaciones ante decenas de miles de personas, unas 250.000 según fuentes de los organizadores, que asistieron en las afueras Ratisbona a la misa que ofició en su primer día de estancia en esta ciudad de Baviera en cuya universidad enseñó dogmática.
    El Pontífice teólogo dedicó la catequesis a explicar lo que significa creer y tras afirmar que el Credo "no es un compendio de sentencia, ni una teoría", se preguntó si es posible creer en nuestros días y si es una cosa "racional".
    "Desde el Iluminismo, al menos una parte de la ciencia se empeña con tenacidad a buscar una explicación del mundo en el que Dios sea algo superfluo. Así, sería algo inútil para nuestra vida. Pero cada vez que parece que lo han logrado, la realidad se muestra evidente. Sin Dios las cuentas no cuadran para el hombre, para el mundo y el universo", afirmó el Papa.
    Joseph Ratzinger se preguntó qué cosa existe en el origen y añadió que hay sólo dos respuestas: o la "Razón creadora, el Espíritu que hace todo y fomenta el desarrollo" o la "irracionalidad, que sin razón alguna, produce un cosmos ordenado de manera matemática, al hombre y a la razón".
    Según el Papa, esta última sería sólo un resultado casual de la evolución, "en fondo una cosa irracional".
    Con firmeza, el Pontífice subrayó que los cristianos creen que en el origen está en Dios y la razón y no en la irracionalidad.
    Benedicto XVI aseguró que el odio y el fanatismo destruyen la imagen de Dios y que el ateísmo moderno nace del miedo a Dios, quien sin embargo es bondad y amor.
    El jefe religioso de más de mil millones de personas de todo el mundo afirmó que sólo Dios salva al hombre del miedo del mundo y del ansia ante el vacío de la propia existencia.
    Benedicto XVI también tocó el tema del Juicio Final y aseguró que la fe no quiere meter miedo al hombre, sino llamarlo a la responsabilidad.
    "¿No deseamos que se haga justicia para todos los condenados injustamente, para los que han sufrido durante toda su vida y después de una vida de dolores fueron tragados por la muerte, no deseamos que el exceso de injusticia y de sufrimiento que vemos en la historia al final desaparezcan, que todos al final sean felices y que todo tenga sentido?. Esto es lo que se entiende con el concepto del Juicio del mundo", manifestó el Papa.
    Ratzinger animó a los hombres a no desperdiciar la vida ni abusar de ella, a compartirla y a no permanecer indiferentes ante las injusticias, "convirtiéndonos en conniventes o cómplices".
    Según el Papa el hombre tiene que entender su misión en la historia y responder a ella.
    "No miedo, sino responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y la de todo el mundo", advirtió el Papa, que insistió que cuando esa responsabilidad y preocupación se convierten en miedo los hombres deben saber que "tenemos ante Dios un abogado que es Jesucristo y que cualquier cosa que nuestro corazón nos eche en cara, Dios es más grande que cualquier corazón y conoce todas las cosas".
    Esta tarde el Papa visitará la Universidad de Ratisbona, de la que fue vicerrector. Joseph Ratzinger tras haber impartido clases de teología Dogmática en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Friesing, Bonn, Munster y Tubinga, pasó a este ateneo bávaro.
    Titular de la cátedra de Dogmática e Historia del Dogma, Ratzinger impartió esta materia desde 1969 a 1971 en la universidad en la que hoy se encontrará con representes del mundo de la ciencia, ante los que pronunciará un discurso que ha levantado expectación.
    Después mantendrá un encuentro ecuménico en la catedral con representantes de las iglesias luteranas y ortodoxas presentes en Ratisbona, donde vive su hermano, Georg, de 82 años, y donde están enterrados sus padres y hermana.


  5. Pero avanzo

    miércoles, septiembre 06, 2006



    © Fernando G. Toledo

    La diferencia entre lo que no sé
    Y lo que aúlla detrás de la puerta
    O se cuela en la entreabierta pregunta
    Que la luz formula está en la palabra
    Así el silencio se viste de un cuerpo
    Que no consigo abrazar Nadie espera
    Y los papeles raspan su vacío
    Según las reglas que impone la noche
    Pero avanzo Quizás para perderme
    O porque quedan resquicios de blanco
    Y yo necesito encender un fuego
    Para el invierno de estas viejas letras
    Quizá para dejar que todo huya
    Y un verso destruya lo que he callado.



    Este poema pertenece al libro Secuencia del caos (2006), primer premio del Certamen Literario Vendimia 2006. El flamante volumen será presentado por el autor, el martes 12 de setiembre de 2006, a las 19, en la plaza Independencia, como parte de la Feria del Libro 2006.
    Están todos invitados.
    La obra que ilustra este poema y también la portada de la premiada obra es Acertijo, del pintor mendocino Alberto Thormann.

  6. Descubren prueba de la materia oscura

    miércoles, agosto 23, 2006

    © Javier Sampedro

    El 'Chandra' detecta el enigmático fenómeno por la colisión de dos cúmulos de galaxias

    Todo lo que nos parece que existe es sólo el 5% de lo que existe, según la mejor física disponible. Otro 20% es la materia oscura, que se puede inferir del comportamiento gravitatorio de las galaxias, pero que no consiste en gas caliente y estrellas (como casi toda la materia común), pues de ser así las galaxias tendrían que brillar varias veces más. Las observaciones del radiotelescopio espacial de la NASA Chandra, que aprovechó la colisión de dos cúmulos de galaxias, no aclaran qué es la materia oscura, pero son casi su primera fotografía.
    El 75% restante de lo existente es la aún más misteriosa energía oscura, similar a una fuerza que se opone a la gravedad a grandes escalas de distancia. Es la explicación favorecida por los físicos para explicar que el universo se esté expandiendo de forma acelerada.
    El radiotelescopio de la NASA observó la explosión más violenta del universo después del Big Bang: el choque de dos cúmulos de galaxias en el llamado bullet cluster, o cúmulo de la bala. Un equipo de astrofísicos coordinado por Doug Clowe, de la Universidad de Arizona, ha utilizado el observatorio Chandra de rayos-X, en combinación con en telescopio espacial Hubble y varios observatorios terrestres para concentrarse en el bullet cluster, una agrupación de galaxias situada a más de 3.000 millones de años luz, y surgida a partir de los restos de una inmensa catástrofe cósmica: la colisión de dos cúmulos de galaxias preexistentes y, naturalmente, menores que el observable actualmente.
    «Éste es el segundo acontecimiento más violento del que tenemos noticia después del Big Bang», explica en un comunicado de la NASA el miembro del equipo Maxim Markevitch, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian de Boston. La energía de la colisión fue tal que la materia normal y la oscura se disociaron, y sus trayectorias opuestas han impreso en los ojos del Chandra la imagen que predice la teoría.
    Los investigadores han identificado la materia oscura por la fuerte atracción gravitatoria que ejerce sobre la materia circundante. «Estas observaciones aportan la evidencia más fuerte hasta ahora de que la mayoría de la materia del universo es oscura», afirma la NASA. «La única forma de explicar estas observaciones es la materia oscura», aseguró el martes Sean Carroll, de la Universidad de Chicago, un cosmólogo no relacionado con la investigación.

    Necesidad teórica
    Los físicos no han llegado a la materia oscura por sadismo intelectual, sino por la presión de los datos. Casi toda la materia normal consiste en estrellas y -sobre todo- gas incandescente situado en su mayor parte entre las galaxias que forman cada cúmulo. Pero la suma de las galaxias y el gas no da la masa suficiente para mantener el cúmulo unido. De ahí la necesidad teórica de esa enorme cantidad de materia oscura. «Un universo dominado por materia oscura parece algo ridículo», admite Clowe, «pero estos resultados son una prueba directa de ello».
    La demostración definitiva de la existencia de la materia oscura, y el esclarecimiento de su naturaleza, requerirán aislarla en un experimento de laboratorio. La dificultad está en detectar un fantasma que no interactúa con el resto del mundo salvo en una cosa: generar una atracción gravitatoria.
    «Ésta es la clase de resultado que las futuras teorías tendrán que tomar en cuenta», opina Carroll. «A medida que progresemos en el entendimiento de la verdadera naturaleza de la materia oscura será imposible ignorar estos nuevos resultados del Chandra». Los datos también respaldan que las leyes de la gravitación (en particular la teoría general de la relatividad de Einstein) son uniformes en todo el universo, puesto que la principal interpretación alternativa a la existencia de la materia oscura es una leve modificación de esas leyes en ciertas escalas.

    La pelota en el aro
    El otro lado enigmático de la realidad, la energía oscura, tiene la más curiosa de las historias en la física teórica del siglo XX. Según la relatividad general -la teoría de la gravedad que Einstein descubrió en 1916, tras 10 años de lucha intelectual-, los objetos deforman el espacio y el tiempo (el espaciotiempo) de su entorno, como una bola de petanca deforma una cama elástica. Si hay otra bola de petanca rodando por las proximidades, la deformación hará que caiga en espiral hacia la primera (y viceversa). Esas danzas geométricas de los objetos en caída libre por las curvaturas del espaciotiempo son la gravedad.
    Pero la relatividad general tenía un problema grave: si los cúmulos de galaxias deforman la cama elástica del espaciotiempo , el universo debería colapsarse pendiente abajo. Como en 1916 el Universo era estático, Einstein inventó una fuerza o presión repulsiva (imaginen un ventilador situado debajo de la cama elástica) que viniera a compensar las deformaciones causadas por las bolas. La llamó «constante cosmológica», y eligió su magnitud de manera arbitraria y cuidadosa para que el universo pudiera seguir siendo estático a gran escala. Pero, como ha explicado el físico Brian Greene, la trampa de Einstein equivale exactamente a pedir a una pelota que se quede parada sobre el aro de la canasta. Lo más fácil es que se acabe saliendo, y eso es lo que ha ocurrido: la energía oscura parece ser esa constante cosmológica inventada por Einstein, descartada después cuando se descubrió la expansión del universo, y recuperada aún más tarde al saberse que ésta era acelerada.

    Publicado en El País, de Madrid

  7. Washington, 17 de agosto (Télam).- Científicos estadounidenses creen haber hallado el gen que ayudó al cerebro a evolucionar desde el que poseían los primates al que tienen los humanos, informó hoy el diario norteamericano Nature.
    Los autores del estudio dijeron haber descubierto un área del genoma humano que parece haber evolucionado unas 70 veces más rápido que el resto del código genético.
    El gen también parece tener relación con la veloz triplicación del tamaño de la corteza cerebral, que es responsable de algunas de las funciones intelectuales más complejas, como el lenguaje y el procesamiento de información.
    Identificado como HAR1F, el gen no existía hasta hace 300 millones de años y está presente sólo en mamíferos y pájaros, pero no en peces ni en invertebrados.
    Sin embargo, existen diferencias en ese gen entre los humanos y los chimpancés, y estas diferencias parecen haber aparecido a medida que el hombre se desarrollaba.
    El equipo científico que realizó el hallazgo estuvo encabezado por los doctores David Haussler, director del Centro de Ciencia e Ingeniería Biomolecular de la UNiversidad de California, y la bióloga Sofie Salama.

  8. La ética prescinde de la religión

    sábado, agosto 12, 2006

    © Peter Singer

    ¿Es necesaria la religión para la moralidad? Muchas personas consideran escandaloso, blasfemo incluso, negar el origen divino de la moralidad. O bien un ser divino creó nuestro sentido moral o bien lo adquirimos a partir de las enseñanzas de la religión organizada.
    En cualquiera de los dos casos, necesitamos la religión para poner coto a los vicios de la naturaleza. Parafraseando a Katharine Hepburn en la película La reina africana, la religión nos permite elevarnos por encima de la perversa madre naturaleza, al brindarnos una moral.
    Sin embargo, abundan los problemas que se les plantean a los que opinan que la moralidad procede de Dios. Uno es el de que no podemos decir simultáneamente, sin caer en la tautología, que Dios es bueno y que nos dio la capacidad para discernir entre el bien y el mal, pues en ese caso lo único que decimos es que Dios cumple sus normas.
    Un segundo problema es el de que no hay principios morales que compartan todas las personas religiosas, independientemente de sus creencias concretas, pero no los agnósticos y los ateos. De hecho, los ateos y los agnósticos no actúan menos moralmente que los creyentes religiosos, aun cuando sus actos virtuosos se basen en principios diferentes.
    Con frecuencia los no creyentes tienen un discernimiento tan intenso y correcto del bien y del mal como cualquiera y han trabajado, por ejemplo, en pro de la abolición de la esclavitud y han contribuido a otros esfuerzos para aliviar el sufrimiento humano.
    Lo opuesto también es cierto. La religión ha incitado a personas a la comisión de una larga letanía de crímenes horrendos: desde el mandato de Dios a Moisés hasta la matanza de midianitas —hombres, mujeres, muchachos y muchachas no vírgenes— pasando por las Cruzadas, la Inquisición, los innumerables conflictos entre musulmanes suníes y chiíes y quienes cometen atentados suicidas con bombas, convencidos de que el martirio los conducirá al Paraíso.
    La tercera dificultad para los que opinan que la raíz de la moralidad es la religión es la de que algunos de sus elementos parecen universales, pese a las profundas diferencias doctrinales entre las más importantes religiones del mundo. De hecho, esos elementos se dan incluso en culturas como la de China, en la que la religión es menos importante que las concepciones filosóficas, como la de Confucio.
    Tal vez un creador divino nos brindara esos elementos universales en el momento de la creación, pero una explicación diferente y coherente con los datos de la biología y la geología es la de que a lo largo de millones de años hemos obtenido mediante la evolución una facultad moral que infunde intuiciones sobre el bien y el mal.
    Por primera vez, las investigaciones en materia de ciencias del conocimiento, partiendo de argumentos teóricos procedentes de la filosofía moral, han permitido resolver la antigua controversia sobre el origen y la naturaleza de la moralidad.
    Examine el lector los tres casos hipotéticos siguientes. En cada uno de ellos, rellene el espacio en blanco con «obligatorio», «permisible» o «prohibido».

    1. Un vagón de carga descontrolado está a punto de atropellar a cinco personas que caminan por la vía. Un trabajador ferroviario está junto a un cambio de vías que puede desviar el vagón a otra vía, en la que matará a una persona, pero las otras cinco sobrevivirán. Accionar el cambio de vías es...

    2. Pasa usted junto a una niña pequeña que está ahogándose en un estanque poco profundo y es usted la única persona en los alrededores. Si saca a la niña, ésta sobrevivirá y sus pantalones se estropearán. Sacar a la niña es...

    3. Cinco personas acaban de ser llevadas a toda prisa al hospital en estado crítico y cada uno de ellos necesita un órgano para sobrevivir. No hay tiempo suficiente para pedir órganos de fuera del hospital, pero hay una persona sana en la sala de espera. Si el cirujano obtiene los cinco órganos de esa persona, ésta morirá, pero las cinco que están en estado crítico sobrevivirán. Obtener los órganos de la persona sana es(tá)...

    Si el lector ha considerado el caso 1 permisible, el caso 2 obligatorio y el caso 3 prohibido, ha hecho lo mismo que las 1.500 personas del mundo entero que respondieron a esos dilemas planteados en nuestros tests sobre el sentido moral que figuran en una página web. Si la moralidad es palabra de Dios, los ateos deberían juzgar esos casos de forma diferente a la de las personas religiosas y sus respuestas deberían deberse a justificaciones diferentes.
    Por ejemplo, como los ateos carecen supuestamente de una brújula moral, deberían guiarse por el puro y simple interés personal y pasar de largo ante la niña que está ahogándose, pero no había diferencias estadísticas significativas entre los sujetos con una formación religiosa y los carentes de ella, pues el 90 por ciento, aproximadamente, dijeron que es permisible accionar el cambio de vías, el 97 por ciento que es obligatorio rescatar a la niña y el 97 por ciento que está prohibido obtener los órganos de la persona sana.
    Cuando se les pide que justifiquen por qué algunos casos son permisibles y otros están prohibidos, los sujetos no saben hacerlo u ofrecen explicaciones que no dan cuenta de las diferencias pertinentes. Es importante que entre los que tienen una formación religiosa haya tantos que no responden o dan explicaciones incoherentes como entre los ateos.
    Esos estudios dan soporte empírico a la idea de que, como otras facultades psicológicas de la mente, incluidos el lenguaje y las matemáticas, estamos dotados de una facultad moral que guía nuestros juicios intuitivos sobre el bien y el mal. Esas intuiciones reflejan el resultado de millones de años en los que nuestros antecesores vivieron como mamíferos sociales y forman parte de nuestro patrimonio común.
    Nuestras intuiciones resultantes de la evolución no nos brindan necesariamente las respuestas correctas o coherentes para los dilemas morales. Lo que fue bueno para nuestros antepasados puede no serlo hoy, pero las apreciaciones sobre el paisaje moral en transformación, en el que cuestiones como las de los derechos de los animales, el aborto, la eutanasia y la ayuda internacional han pasado a primer plano, no procedían de la religión, sino de la reflexión profunda sobre la humanidad y lo que consideramos una vida apropiada.
    A ese respecto, es importante que conozcamos el conjunto universal de intuiciones morales para que podamos reflexionar sobre ellas y, si así lo decidimos, no respetarlas. Podemos hacerlo sin blasfemar, porque es nuestra propia naturaleza, no la de Dios, la que es el origen de la moralidad.

    Publicado el 5/2/2006 en Clarín.

    Ver también: Por un ateísmo poscristiano, Tener espíritu y Asimov y la ética de los ateos.

  9. Por un ateísmo poscristiano

    lunes, agosto 07, 2006

    © Michel Onfray (*)

    El ateísmo cristiano. Durante mucho tiempo el ateo funcionó como la cara opuesta del cura, punto por punto. El negador de Dios, fascinado por su enemigo, a menudo adoptó varias de sus manías y defectos. Ahora bien, el clericalismo ateo no ofrece nada de interés. Las capillas de librepensamiento, las uniones racionalistas tan proselitistas como el clero y las logias masónicas al estilo de la Tercera República, apenas llaman la atención. Se trata, en adelante, de apuntar hacia lo que Deleuze llama un ateísmo tranquilo, es decir, menos una posición estática de negación o de lucha contra Dios que un método dinámico que desemboque en una proposición positiva, que deberá constituirse después de la lucha. La negación de Dios no es un fin, sino un medio para alcanzar la ética poscristiana o francamente laica.
    Para empezar a definir los límites del ateísmo poscristiano, detengámonos en lo que aún debemos superar en la actualidad: el ateísmo cristiano o el cristianismo sin Dios. ¡Extraña quimera, una vez más! Pero existe, y caracteriza a un negador de Dios que afirma al mismo tiempo la excelencia de los valores cristianos y la índole insuperable de la moral evangélica. Su trabajo presupone la disociación de la moral y la trascendencia: el bien no tiene necesidad de Dios, de cielo o de un anclaje inteligible, pues se basta a sí mismo y depende de una necesidad inmanente: proponer una regla de juego y un código de conducta entre los hombres.
    La teología deja de ser la genealogía de la moral, y la filosofía toma el relevo. Mientras que la lectura judeocristiana supone una lógica vertical –desde lo bajo de los humanos hasta lo alto de los valores–, la hipótesis del ateísmo cristiano propone una exposición horizontal: nada fuera de lo racionalmente deducible ni disposiciones en otro campo que no sea el mundo real y sensible. Dios no existe, las virtudes no se derivan de una revelación, no descienden del cielo, sino que provienen de un enfoque utilitarista y pragmático. Los hombres se dan a sí mismos las leyes y no tienen necesidad para ello de recurrir a un poder extraterrestre.
    La escritura inmanente del mundo distingue al ateo cristiano del cristiano creyente. Pero no los valores comunes. El sacerdote y el filósofo, el Vaticano y Kant, los Evangelios y la Crítica de la razón práctica, la madre Teresa y Paul Ricœur, el amor al prójimo católico y el humanismo trascendental de Luc Ferry tal como lo expone en El hombre-Dios, la ética cristiana y las grandes virtudes de André Comte-Sponville, evolucionan en un campo común: la caridad, la templanza, la compasión, la misericordia, la humildad, pero también el amor al prójimo y el perdón de las ofensas, poner la otra mejilla cuando nos pengan una vez, el desinterés por los bienes de este mundo, la ascesis ética que rechaza el poder, los honores, las riquezas como falsos valores que desvían de la verdadera sabiduría. Éstas son las opciones que profesan teóricamente.
    El ateísmo cristiano deja de lado, la mayor parte del tiempo, el odio paulino del cuerpo, el rechazo de los deseos, los placeres, las pulsiones, las pasiones. Más de acuerdo con su época sobre las cuestiones de la moral sexual que los cristianos con Dios, los defensores de un retorno a los Evangelios –con el pretexto del retorno a Kant, incluso a Spinoza– consideran que el remedio contra el nihilismo de nuestro tiempo no necesita un esfuerzo poscristiano, sino una relectura laica e inmanente del contenido y del mensaje de Cristo. Desde el continente judío, Vladimir Jankélevitch –véase su Tratado de las virtudes–, Emmanuel Levinas –léase Humanismo del otro hombre o Totalidad e infinito–, pero también hoy Bernard-Henri Lévy –El testamento de Dios– o Alain Finkielkraut –Sabiduría del amor–, proporcionan a este judeocristianismo sin Dios una parte de sus modelos.

    Un ateísmo posmoderno. La superación del ateísmo cristiano permite plantear, sin caer en la redundancia al calificarlo así, un auténtico ateísmo ateo…, este casi pleonasmo para significar la negación de Dios acoplada a una negación de una parte de los valores que se desprenden de ello, sin duda, pero también para cambiar de episteme y luego desplazar la moral y la política sobre otra base, no nihilista sino poscristiana. No se trata de acondicionar las iglesias, tampoco de destruirlas, sino de construir más allá, en otra parte, otra cosa, para los que no quieran seguir habitando intelectualmente lugares que ya fueron demasiado utilizados.
    El ateísmo posmoderno anula la referencia teológica, pero también la científica, para construir una moral. Ni Dios, ni Ciencia ni Cielo inteligible, ni el recurso a propuestas matemáticas, ni Tomás de Aquino, ni Auguste Comte o Marx; sino la Filosofía, la Razón, la Utilidad, el Pragmatismo, el Hedonismo individual y social, entre otras propuestas a desarrollar dentro del campo de la inmanencia pura, en favor de los hombres, para ellos y por ellos, y no para Dios o por Dios.
    La superación de los modelos religiosos y geométricos en la historia vino por el lado de los anglosajones Jeremy Bentham –léase y reléase Deontología, por ejemplo– y su discípulo, John Stuart Mill. Ambos echaron las bases de construcciones intelectuales, aquí y ahora, y aspiraron a edificaciones modestas, es verdad, pero habitables: no eran catedrales inmensas e inhóspitas, aunque bellas a la vista –como las edificaciones del idealismo alemán–, poco prácticas, sino obras en condiciones de ser realmente habitadas.
    El Bien y el Mal existen no sólo porque coinciden con las nociones de fiel e infiel en la religión, sino porque atañen a la utilidad y la felicidad de la gran mayoría. El contrato hedonista –no puede ser más inmanente…– legitima la intersubjetividad, condiciona el pensamiento y la acción, y prescinde completamente de Dios, la religión y los curas. No hay necesidad de amenazar con el Infierno o de seducir con el Paraíso, y de nada sirve fundar una ontología de premio y castigo post mortem para alentar las buenas acciones, justas y rectas. Una ética sin obligaciones ni sanciones trascendentes.


    (*) Extraído de Tratado de ateología (2005). Traducción al castellano por Ediciones de la Flor (Buenos Aires).
    Ver también: Ensayo contra Dios, Propuesta y ¿Dónde ponemos a la religión?

  10. Para verme mejor

    jueves, agosto 03, 2006

    La nueva estética de esta bitácora es fruto del talento, la amabilidad y la paciencia denodados de Primo Ralsa.

    El logotipo es un diseño de Romina Arrarás, también talentosa, paciente y, además, amada.


    A ellos, todo mi agradecimiento.


    Fernando G. Toledo



  11. Ensayo contra Dios

    miércoles, agosto 02, 2006



    © Fernando G. Toledo

    Pocas frases tan célebres y malinterpretadas como el «Dios ha muerto» de Nietzsche (La gaya ciencia, 1881). Célebre por su potencia. Malinterpretada por más de un apólogo, que refrenda la idea de que, por definición, Dios es inmortal y el que sí ha muerto es el filósofo alemán. En su combativo Tratado de ateología (Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2005), Michel Onfray se decide a poner las cosas en claro: Dios no ha muerto, pues las ficciones no mueren. «No se puede refutar un cuento de niños», admite el autor de Cinismos.
    Onfray (cuyo Tratado… despertó la ira de algunos sectores creyentes e inspiró por lo menos dos libros en su contra) se lanza a la tarea de deconstruir las creencias, en especial los monoteísmos, a los que el autor considera responsables de un odio que ha sido decisivo para nuestra historia trágica. En el libro, escrito con una pluma tan ágil como afilada, el filósofo francés sale al rescate de pensadores olvidados por el maremagnum teológico que ha dominado a la humanidad por siglos, y luego de exaltar a Epicuro, a Julien Ofroy de la Mettrie, a Ludwig Feuerbach y al Barón D’Holbach, se dispone a dar pruebas de las contradicciones teístas y su «odio» intrínseco, del cual el 11 de setiembre de 2001 es un botón de muestra.

    Así, en «Monoteísmos» denuncia la connivencia de las tres grandes religiones (judaísmo, cristianismo, islam), mientras que en «Cristianismo» se lleva por delante mitos como Cristo y su «vandalismo» histórico.
    Al fin, en «Teocracia», informa sobre la «pulsión de muerte» que late en lo religioso y propone un «laicismo poscristiano», materialista, hedonista y ético, apoyado en la ciencia, la razón y la filosofía.
    Ésta es quizá la apuesta principal del autor, quien después de exorcizar los fantasmas divinos (tan falsos como cualquier otro), invita a construir la «era poscristiana». Es que no basta, para el pensador, con ciertas formas de «ateísmo cristiano» de las que suelen abundar, porque éstas caen en una peligrosa condescendencia: aceptar que ciertamente hubo un mensaje cristiano y que es válido –decir que fue de Jesús ya es insostenible pues éste fue un judío respetuoso de su ley–. ¿Cuál sería ese mensaje? ¿Es ciertamente «cristiano» o tiene sus raíces en filosofías y tradiciones anteriores? Y, en cualquier caso, ¿cómo separar la paja del trigo? Un ateísmo cristiano representa el «reforzamiento de la episteme dominante», «se basa en la ética judeocristiana y se contenta a menudo con plagiarla». Además, disimula prácticas más visibles que el cristianismo (como los otros monoteísmos) sí ha construido con enjundia: alabar «la ignorancia, la inocencia, el candor, la obediencia, la sumisión»; en resumen: «desear lo contrario de lo real».
    Onfray, entonces, solicita lo que reconoce como un pleonasmo: un «ateísmo ateo» que instaure el laicismo poscristiano. Nada de «laicidad». Bravo por ella y por lo que ha hecho, dice, pero «al equiparar todas las religiones y su negación, como propone la laicidad que hoy triunfa, avalamos el relativismo: igualdad entre el pensamiento mágico y el pensamiento racional, el mito y el discurso argumentado, entre el discurso taumatúrgico y el pensamiento científico, entre la Torá y el Discurso del método, el Nuevo Testamento y la Crítica de la razón pura, el Corán y la Genealogía de la moral». Esa combinación de opuestos es una farsa. El paso, entonces, ha de darse. «El contrato hedonista –no puede ser más inmanente…– legitima la intersubjetividad, condiciona el pensamiento y la acción, y prescinde completamente de Dios, la religión y los curas. No hay necesidad de amenazar con el Infierno o de seducir con el Paraíso, y de nada sirve fundar una ontología de premio y castigo post mortem para alentar las buenas acciones, justas y rectas. Una ética sin obligaciones ni sanciones trascendentes», resume Michel Onfray.
    De a ratos panfletario y exaltado (por lo cual comete errores puntuales), el Tratado de ateología puede ser, sin embargo, una bisagra en las discusiones sobre el papel de la religión. Por lo pronto, cierra con una afirmación equiparable a la nietzscheana: el único «pecado realmente mortal» es ignorar «que sólo existe un mundo». Éste.



    Ver también ¿Dónde ponemos a la religión? y Propuesta.