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  1. «No existe la idea de Dios»

    lunes, diciembre 31, 2007


    Gustavo Bueno (foto: diario El Mundo).

    ENTREVISTA
    Gustavo Bueno, el filósofo español más importante de los últimos 40 años, acaba de publicar el libro La fe del ateo, en el que analiza el papel de las religiones en las sociedades

    © Fernando G. Toledo

    Ateo católico» y «ateo esencial». Como se lo mire, Gustavo Bueno (Santo Domingo de la Calzada, España, 1924) sabe qué niega y por qué, cuando irrumpe con su libro La fe del ateo (Temas de Hoy, 2007) en tiempos en que las publicaciones sobre religión y ateísmo han tenido notable repercusión (recuérdense los escritos de Richard Dawkins, Sam Harris, Daniel Dennett, en lengua inglesa; y Fernando Savater o, más atrás Gonzalo Puente Ojea, en castellano). Pero Bueno, el mayor filósofo de lengua hispana de las últimas décadas, ha decidido hablar aquí no sólo de ateísmo sino de religión, y del papel que juega ésta en la escuela, la política, la moral, la ciencia, el arte, la televisión, el cine.
    En un diálogo extenso y pletórico de conceptos, muchos de ellos polémicos, el autor del sistema conocido como «materialismo filosófico» se explayó sobre los temas de ésta, su nueva publicación, que sigue la estela de su obra maestra sobre filosofía de la religión: El animal divino.
    –El título del libro soprende ya que parece una paradoja, aunque remita a una recordada frase de Xavier Zubiri. ¿La clave es entonces que hay varias definiciones de «fe» y varias de «ateísmo»?
    –Efectivamente. La frase utilizada por Zubiri e interpretada por él, «el ateísmo es la fe del ateo», está formulada desde una postura ontologista, según la cual «nosotros vemos todas las cosas en Dios». Es decir, el primum cognitun no es «el ser», sino que es Dios. La importancia del ontologismo en este contexto reside en que si todos los hombres tienen a Dios como primum cognitum, ¿cómo son posibles los ateos? El ateísmo es un problema a explicar. De manera que se da la vuelta y en lugar de explicar por qué los hombres creen en Dios, hay que explicar por qué los hombres no creen en Dios. El ontologismo dice que todo el mundo sobreentiende a Dios y el ateo sufre un eclipse de conciencia y se inventa el ateísmo, es «la fe del ateo». Porque se supone que el ateo sigue creyendo en Dios. A ese ontologismo lo juzgo completamente gratuito. Por ejemplo, desde un punto de vista antropológico: porque la idea de Dios es muy tardía. La idea de Dios que tenemos de la teología natural es de Aristóteles, con precedentes en Parménides y Anaxágoras. Pero esa idea de Dios no puede atribuirse al hombre primitivo, al del paleolítico, del mismo modo que no puede atribuirse la trigonometría. La idea de Dios de Aristóteles presupone ya una actividad filosófica muy desarrollada y en modo alguno puede decirse que los hombres tengan la idea de Dios de modo innato como para «ver todas las cosas en Dios». Entonces resulta que la idea central, como usted pregunta, es que hay varias definiciones de fe y varias de ateísmo. El fondo de la cuestión que quiero subrayar es que la idea de fe es una idea que no es necesariamente religiosa.
    –¿Cuáles son esos tipos de fe?
    –Hay fe de carácter profano, por decirlo así. Hay fe cuando hablamos de la confianza en otras personas, cuando un banco nos da un crédito, la fe científica (que se daba en términos jurídicos a un testimonio), y por supuesto hay fe en los dioses, los númenes o lo que sea. La cuestión es si la fe profana es una derivación de la fe religiosa, o al revés. Si la fe religiosa es una transferencia de las relaciones interpersonales. Yo presupongo, basándome en la autoridad de algunos filólogos, que el concepto original de fides, tiene un sentido previo por completo a la constelación religiosa. La identificación de la fe con la fe religiosa habría sido un concepto tardío del cristianismo, cuando se traducen términos griegos al latín, y se convierte a la fe en algo religioso.

    –¿Y cuál es la conexión de la fe religiosa con el ateísmo?
    –«Ateísmo» es un concepto privativo (por el alfa privativa, como «a-gnóstico», como «á-grafo»), y se refiere a Dios. Pero una de las tesis fundamentales del libro, que procede de El animal divino, es que las religiones no tienen que ver con Dios. La religión es una institución de carácter cultural, antropológico, que no tiene que ver con el Dios «terciario», porque éste es una construcción tardía de unas religiones originarias que no tienen que ver con Dios. La definición escolástica tradicional de religión es «el conjunto de actividades que establecen las relaciones del hombre con Dios». El Dios terciario, el dios de Aristóteles (por decirlo así), se da por presupuesto, y a partir de eso se trata de definir retrospectivamente a la religión. Pero ese dios terciario es muy tardío, tendría 3.500 años de antigüedad (sólo si incluimos allí a precedentes como Akenatón), pero no aparece propiamente antes de los filósofos griegos, sobre todo de Jenófanes, Parménides y fundamentalmente Aristóteles con su teoría del Acto Puro. Entonces, si la religión no se define con respecto a ese Dios de la religión natural, sino a otras realidades, viene la distinción entre religiones primarias, secundarias y terciarias. La religión entonces no es cuestión de fe en Dios: hay religiones sin dios terciario y otras en las que la idea del dios terciario queda prácticamente abolida. Así, hay religiones, como las terciarias, que difícilmente puedan ellas mismas decirse como relaciones con Dios, porque la idea de Dios no es tal idea. Mi tesis es que no tenemos la idea de Dios, por tanto la cuestión de si existe Dios o no es una cuestión capciosa y mal planteada, pues supone ya la posible esencia de Dios y a partir de ella se pregunta por su existencia. La perspectiva en la que estoy situado estaba insinuada ya por Descartes y por Leibniz, y consistía en probar si la idea de Dios era posible para pasar a probar su existencia. Pero claro, Leibniz consideraba que la idea de Dios no tenía contradicciones, pero para nosotros no es así.
    La «paraidea» de Dios
    –Diríamos entonces que no es que no exista Dios, sino que ni siquiera existe su idea…
    –La idea de Dios no existe como tal, es una idea contradictoria cuya evidencia está ocultada por la simplicidad de las palabras: «Dios es el ser supremo», etc. Yo pongo un ejemplo de la geometría. El concepto de «decaedro regular» es una expresión que se dice fácilmente, y el que no está al tanto de geometría no advierte inconveniente ninguno, pues sabe que por ejemplo el dodecaedro es un poliedro de 12 caras iguales, y por tanto igual puede haber uno de 10 caras. Parece que no hay dificultad, pero los geómetras y los topógrafos saben que el decaedro regular es algo imposible, porque van en contra de las leyes de Euler. Algo similar pasaría con Dios. Aparentemente es una idea simple, pero encierra contradicciones. Según esto, la definición de ateísmo resulta ambigua, porque depende de a qué dios nos refiramos. Yo cito en el libro situaciones como las de los filósofos estoicos que se convertían al cristianismo en el siglo II. Éstos dicen: «Se nos llama ateos porque creemos en un solo dios». Son ateos de los dioses olímpicos. Por eso hay que distinguir clases de ateísmo. El ateísmo «óntico» se refiere a los dioses finitos, que son posibles, pero no son reales. Un dios como Zeus, un dios corpóreo que no es contradictorio, pero que basta con ir al Olimpo para ver que no hay tal dios. No plantea más que problemas empíricos, en cambio el ateísmo en el dios terciario plantea problemas filosóficos con respecto a la idea de ese ser supremo. No tendría sentido proclamar el ateísmo por bandera para «liberar a la humanidad», como sucede a veces con el Concilio Ateo que se celebró en Toledo. Esa utilización del ateísmo en general, sin discriminar, creyendo que ese supuesto ateísmo va a dar lugar a la salvación de la humanidad, es puro idealismo, que ni siquiera está a tono con cuestiones del marxismo, como bien lo planteó Lenin. Yo distingo también el ateísmo politeísta, monoteísta, ateísmo católico, ateísmo musulmán, ateísmo budista, ateísmo judío. El ejemplo es que cuando alguien que habla inglés mantiene el acento (el español, el alemán, el italiano). Aquí también: los ateos que se han desentendido de la idea de dios tradicional, tendrán el acento católico, musulmán, budista, pero son distintos entre sí, porque su negación no es independiente de aquello que niega. Diría que la propia idea de ateísmo es tan tardía como la idea de Dios.
    –A propósito, ¿cuáles son las partes de la filosofía escolástica católica más rescatables o reconstruibles para el materialismo filosófico?
    –Esto es muy importante y exigiría mucha extensión. Básicamente, me parece que las partes rescatables de la escolástica no son propiamente doctrinas aisladas, sino que se pueden disociar de la teología cristiana. Por ejemplo, las cinco vías de Santo Tomás. Como sabemos, con ellas intenta demostrar la existencia de Dios. Esas cinco vías parten de principios muchos de ellos filosóficos, materialistas. Por ejemplo el tema de la causalidad. La tercera vía conduce a «un ser necesario», al que Tomás agrega: «le llamamos Dios». Pero primero es un «ser necesario». Muchos escolásticos, entre ellos Suárez, se dieron cuenta de que estas identificaciones tomistas entre este ser necesario y Dios, entre primer motor y Dios, no son tan claras. «Llamarle Dios le llamará usted», podría decírsele. En las propias cinco vías de la existencia de Dios hay componentes materialistas, aunque después Santo Tomás les dé una orientación teológica que no se deduce de los principios. Y en otros terrenos, para el materialismo es esencial la tesis de la pluralidad de las cosas. Pues, uno de los dogmas principales del cristianismo es el de la Trinidad: Dios tiene tres personas, no es único. No es el unitarismo de Newton o Miguel Servet. Ese principio de pluralidad lo hace completamente distinto a la concepción de los judíos o los musulmanes, y por algo éstos calificaron al cristianismo de politeísta. Se dice que cuando llegaron los musulmanes a España clamaban que venían a luchar contra los politeístas. En esta línea, un conjunto de doctrinas escolásticas importantes para el materialismo es la teoría de la distinción. Distinciones reales y de razón, de esencia y existencia, etc. Estas distinciones tan ricas contienen elementos utilizables por el materialismo filosófico.
    La cuestión del laicismo

    –¿Cuál es su postura al respecto al laicismo? ¿Es más absurda la separación entre Estado e Iglesia que un caso como el de la Argentina, país cuya carta constitucional dice (en su art. 2 del primer capítulo) que «El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano»?
    Esta es una cuestión práctica y prudencial. En un país democrático, donde por hipótesis la práctica totalidad del cuerpo fuera de una confesión determinada, pues esa confesión determinada debería reflejarse en la constitución. Del mismo modo, desde un punto de vista antropológico, un gobierno federal y democrático puede sostener que la lengua oficial de un Estado sea un idioma tal, y sin embargo, del estado derecho no se deduce esa obligación. Pensar en las religiones como algo puramente privado es injustificado desde el punto de vista antropológico. Religiones como el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, son religiones públicas, proselitistas. Y los cristianos tienen que dar testimonio público, según su propia dogmática, pues la salvación personal (al ser religiones soteriológicas) los empuja a dar testimonio a los demás hombres. Decir que las religiones son algo privado como justificación del Estado laico es cerrar los ojos a la realidad. Prudencialmente, la cuestión depende de la unanimidad práctica de una sociedad que se supone democrática, para tomar en cuenta o no la religión. Aquí reside uno de los criterios más importantes para subrayar la diferencia entre catolicismo e islamismo. La religión musulmana, por su dogmática ligada a Aristóteles (porque Mahoma, como es bien sabido, se inspiró en ciertas iglesias nestorianas, donde había filósofos con gran dependencia de Aristóteles) tiene una idea aristotélica de Dios: un Dios trascendente, desconocido más allá del mundo, inefable, que ni siquiera se puede nombrar. El Islam propicia, como el arrianismo (y ya que fue una especie de herejía del cristianismo), a identificar la Iglesia y el Estado. En cambio la Iglesia Católica favoreció una separación. San Agustín, con la experiencia que tuvo en Roma, consideró al Estado romano como tiránico, que ni siquiera practicaba la justicia. Así, consideró a la Iglesia como un reducto para la libertad de conciencia: la «Ciudad de Dios» frente a la ciudad terrena. De manera que la Iglesia Católica se presentó a sí misma, históricamente, como un reducto de la libertad de conciencia.
    –¿Qué se observa en la actualidad del clásico conflicto entre religiones y ciencia?
    –A mi juicio no hay hoy en día un conflicto entre religión y la ciencia. Cuando lo hay, la Iglesia se repliega, porque ante cualquier descubrimiento científico, como pasó con el copernicanismo, y las razones son objetivas, la Iglesia se rinde y reinterpreta alegóricamente sus postulados. Incluso sabemos que hoy hay investigadores que, según dicen de un modo confuso, han hallado una urna funeraria donde están enterrados los huesos de Jesucristo. Este hecho, que parece que entra en contradicción completa con el dogma de la resurrección, ya que están los huesos enterrados en Jerusalén, ni siquiera compromete a los cristianos, pues éstos distinguen entre el Dios de la fe y el Dios de la ciencia, y esa doble verdad que recuerda la teoría del averroísmo, les basta para seguir adelante.


    Gustavo Bueno: materialista filosófico
    • El materialismo filosófico, del cual es autor Gustavo Bueno, se presenta como una crítica a todo espiritualismo, y a los contenidos metafísicos de los demás materialismos (dialéctico, corporeísta, emergentista, etc.).
    • En cuanto a su ontología, este materialismo es un sistema pluralista (contra el monismo), en el cual la materia en su sentido general se define como «una pluralidad de contenidos que se codeterminan» en lo que el materialismo filosófico designa a partir de Platón como symploké (conexión parcial y desconexión de los contenidos, contra el holismo).

    • En ontología especial, referida a los conceptos del mundo (Mi), Bueno distingue lo que llama «tres géneros de materialidad»: M1 (materia física), M2 (materia psicológica, fenomenológica) y M3 (contenidos esenciales, ideas, conceptos). Éstos son irreductibles entre sí (no puede darse uno sin los otros).
    • La obra ontológica capital de Bueno es Ensayos materialistas, que el filósofo publicó en 1972. Su obra gnoseológica está compilada en los sucesivos tomos de su imponente Teoría del cierre categorial.
    • En 1985, Bueno publica un «ensayo de filosofía materialista de la religión», El animal divino. Allí propone que los contenidos «reales» de los que parte la religión son los animales, que eran vistos como númenes –centros de inteligencia y voluntad–, y a los cuales se les debía respeto y temor (de lo cual dan muestra los dibujos en las cavernas).
    • El filósofo parte de un estado de «religión natural» luego del cual identifica tres etapas de la religión: primaria (la época de los númenes), secundaria (el delirio politeísta, los dioses olímpicos, etc.), y terciaria (todo se concentra en un solo dios antropomorfo, pero es infinito e incorpóreo). Para Bueno, esta religión terciaria acaba al mismo tiempo aniquilando la religión y coloca a los hombres «en la antesala del ateísmo».
    • La fe del ateo continúa las tesis de El animal divino y Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión (1989). Numerosos textos (incluso libros completos) del filósofo pueden consultarse gratuitamente a través de la página de su Fundación Gustavo Bueno.

    Agradecimientos especiales: a Gustavo Bueno Sánchez y Javier Pérez Jara.

    EXTRAS


    Gustavo Bueno-entrevista de F. G. Toledo
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    Gustavo Bueno-entrevista de F. G. Toledo
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    Gustavo Bueno-entrevista de F. G. Toledo
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  2. A todos los lectores de Razón Atea les deseo salud, alegría, prosperidad y belleza.
    Y saludos especiales para los comentadores más asiduos: Atilio, Gerardo, Lisandro, Héctor, Fernando, Marcelo, Francisco, Bernat, Enrique, Daniel, Nicholas y Juan C.
    Disfruten cuanto puedan de este punto azul y pálido.


  3. Menos fieles, Benedicto

    sábado, diciembre 29, 2007

    Desciende en 2007 número de fieles asistieron encuentros con Papa en Vaticano

    Ciudad del Vaticano, 29 dic (EFE).- El número de fieles y peregrinos que asistieron este año a encuentros públicos con el papa Benedicto XVI en el Vaticano y en la residencia pontificia de Castel Gandolfo (cerca de Roma), descendió durante 2007 en 392.720 personas respecto al año precedente.
    Durante 2007, asistieron al rezo del Ángelus, las audiencias generales y especiales, así como a las celebraciones litúrgicas un total de 2.830.100 personas, informó hoy la sala de prensa vaticana, con datos de la Prefectura de la Casa Pontificia.
    El año pasado, cuando se celebró una audiencia general más, participaron en esos mismos actos 3.222.820 fieles, según los datos de la Prefectura de la Casa Pontifica publicados el 28 de diciembrede 2006.
    En 2007, asistieron al Ángelus 1.450.000 personas; 729.100 a las 44 audiencias generales; a las audiencias especiales 209.000personas y 442.000 a las celebraciones litúrgicas.

  4. A modo de villancico

    lunes, diciembre 24, 2007



    El cromosoma

    Hace tiempo que me importa un comino,
    que el último jalón de mi camino
    caiga lejos de Roma.
    Hace tiempo que no juego al acertijo,
    tan esdrújulo de un padre y un hijo,
    y una blanca paloma.

    Y lo cierto es que no me desespero,
    desde el día en que al célebre madero
    lo comió la carcoma.
    Pero si me preguntan y lo digo
    aparte de algún que otro íntimo amigo
    todos creen que es broma.

    Y como con eso no se bromea,
    esperan que Dios me dé con la tea
    de churruscar Sodoma,
    o que al menos diga yo, reconfortante,
    que me he hecho mahometano o protestante:
    hablamos otro idioma.

    Pues nada más que eso me faltaba
    que tuviera que asirme a la chilaba
    del profeta Mahoma.
    Ni a tripa de Lutero ni aún de Buda.
    Prefiero caminar con una duda
    que con un mal axioma.

    Porque dudo que al final de este asunto,
    la cosa no se acabe con un punto
    sino con punto y coma,
    y no espero un cielo o un infierno.
    Lo más confío en que seré algo eterno
    gracias al cromosoma.

    Tranquilo puedo vivirme mi historia
    sabiendo que a las puertas de la gloria
    mi nariz no se asoma.
    La muerte no me llena de tristeza,
    las flores que saldrán por mi cabeza
    algo darán de aroma.



    Felicidades.


  5. NUEVA DELHI (Efe).- Cientos de personas aguardan en una localidad del centro de la India la resurrección de un sacerdote que se suicidó este sábado tras prometer que volvería a la vida 72 horas después, informó una fuente oficial.
    El sacerdote, un hindú de 25 años, se suicidó el sábado en la localidad de Raigarh, situada en la región india de Chattisgarh.
    «Manoj Baghel consumió veneno en un templo de Raigarh. Dijo que volvería a la vida 72 horas después», dijo a la agencia IANS el superintendente de Policía de Raigarh, J.K. Thorate.
    Aunque Baghel fue trasladado a un hospital tras ingerir el veneno, falleció de todos modos y sus familiares trasladaron su cadáver de vuelta al templo, donde lo mantienen en una habitación cerrada con llave.
    Tras abrir una investigación, la Policía no pudo practicar la autopsia al cadáver del religioso debido a la oposición de la multitud que aguarda ahora su resurrección.
    «Cientos de personas rodean el templo. Han puesto al sacerdote en una habitación cerrada con llave y se niegan a entregar su cadáver a la Policía. Muchos esperan que vuelva a la vida este lunes por la noche», añadió Thorate.
    La Policía espera su ocasión para hacerse con los restos de Baghel en cuanto la multitud se convenza de que no volverá a la vida.

    Fuente: El Mundo.
    Gracias a Javier A. por darme aviso de esta noticia.

  6. En Brasil no se vota a los ateos

    sábado, diciembre 22, 2007

    BRASILIA– La mayoría de los brasileños se declararon dispuestos a elegir un presidente de raza negra o a una mujer, y - aunque con más dificultad- hasta un homosexual, pero no votarían a un mandatario ateo, revela una encuesta divulgada este sábado por la revista Veja.
    El 84% de los encuestados votaría a un candidato a presidente negro, mientras 14% supeditaría su decisión a quién fuera el candidato y sólo 1% lo rechazaría, según la encuesta del Instituto Census encomendada por la revista. Según el estudio, 57% votaría una candidata mujer, contra 12% que no lo haría y 29% que la votaría dependiendo de quien fuera la candidata.
    En el caso de un candidato a presidente homosexual, 32% dijo que lo votaría, 34% que no y 32% que dependería de la persona. El que tendría graves problemas para ser electo en Brasil sería un candidato ateo, ya que apenas 13% de los entrevistados se declaró dispuesto a votarlo, contra 59% que no lo apoyaría. Una cuarta parte de los entrevistados dijo que dependería de la persona. «El brasileño todavía entiende al ateo como alguien sin carácter, sin ética, sin moral», explica la historiadora Eliane Moura Silva, profesora de la Universidad del Estado de Campinas. En Brasil 73,8% de la población es católica y 15,4% evangélica. Los que se declaran sin religión son apenas 7,3%, y los ateos estarían dentro de estos.
    Veja destaca que en mayo, coincidiendo con la visita del Papa Benedicto XVI a Brasil, el instituto Datafolha divulgó otra encuesta ilustrativa de la religiosidad de los brasileños: 97% dijo creer en la existencia de Dios. El 93% informó que cree que Jesús resucitó tras morir crucificado y 86% que María dio a luz siendo virgen.
    Fuente: AFP.

  7. La cruzada de Benedicto XVI

    lunes, diciembre 17, 2007

    © Paolo Flores d’Arcais
    Publicado en El País

    La Cruzada continúa. La encíclica de Benedicto XVI Spe salvi, del pasado 30 de noviembre, ratifica y radicaliza el anatema de la Iglesia católica contra una modernidad culpable de desobedecer a Dios y que se está despeñando por tal causa en la desesperación del nihilismo.
    El outing es ahora completo. Incluso la democracia es mentira si la soberanía de los hombres no se subordina al imperio de la «ley natural», es decir, si la libertad no coincide con la obediencia a los ucases de la Iglesia, única intérprete autorizada de tal «ley natural» y de la voluntad de Dios con la que esta coincide. La democracia debe ser cristiana, pues en caso contrario será deshumana.
    El misterio ha quedado finalmente resuelto. El culpable es Voltaire o, mejor dicho, Bacon incluso. El Mal es la Ilustración, el proyecto de autonomía del hombre. Autos-nomos, el darse el hombre por sí mismo sus propias leyes, en vez de recibirlas de Dios, o de sus subrogados y ministros (la «Naturaleza» y la Iglesia jerárquica), ahí reside la Culpa inexpiable. El Enemigo (en el sentido preciso de las Escrituras) es la razón que prescinde de Dios, la razón que trabaja iuxta propria principia, la razón que razona, en definitiva.
    El autos-nomos, la pretensión de soberanía para todos y cada uno, es más, supone la caída de la humanidad en el Averno de los totalitarismos, donde todo es llanto y crujir de dientes, y cosas peores aún: el Terror de Robespierre y Saint Just y el Gulag de Stalin. A eso se llega, inevitablemente -Ratzinger dixit- si el hombre, en sus relaciones con la naturaleza y con los demás hombres (ciencia y política), se comporta como si Dios no existiera, es decir, si toma en serio la propuesta de Grocio que salvó a Europa de la autodestrucción de las guerras civiles de religión: Etsi Deus non daretur. Precepto, por lo tanto, que es -históricamente hablando- la única auténtica e indiscutible raíz de Europa.
    Nada nuevo, se dirá. Extra ecclesiam nulla salus es la piedra angular -desde hace siglos- de todas las exigencias «papistas». Tales exigencias, sin embargo, llevaban varios decenios puestas en sordina. La propia Iglesia parecía -no sin razón- avergonzarse de su pasado «constantiniano» y de sus anatemas contra la ciencia, el liberalismo, la democracia (dispuesta incluso a pedir perdón por algunas cosas). No se citaba ya el Sílabo sino el Concilio Vaticano II.
    Desde entonces es como si hubiera pasado un siglo. Con el papa Wojtyla primero, y con el papa Ratzinger ahora (que fue el más estrecho colaborador de Wojtyla en la redacción de encíclicas cruciales como Veritatis splendor y Fides et ratio) los contenidos esenciales del Sílabo han vuelto a recobrar auge: la soberanía pertenece a Dios, un Parlamento -democráticamente elegido por los ciudadanos- que actúe contra la «ley natural» (por ejemplo con una ley que autorice el aborto, aunque sea de forma limitada) se convierte ipso facto en ilegítimo. Así lo manifestó Wojtyla en Varsovia, solemne de furor y de cólera, contra el Parlamento polaco (¡el primero libremente elegido tras medio siglo de comunismo!). El aborto como «genocidio de nuestros días», como un nuevo holocausto. Una mujer que escoge el drama del aborto es tan culpable como el soldado de las SS que arroja a un niño judío al horno crematorio. El mundo laico hizo como si no oyera o no comprendiera, subyugado por la fascinación mediática.
    Ahora, tal actitud no resulta ya posible. Para quien pretenda buscar coartadas, el Papa alemán ha eliminado cualquier duda. O Dios o la soberanía popular. No deben tomarse como exageraciones polémicas. El razonamiento teológico-político de Joseph Ratzinger es compacto, lineal y -en su lógica confesional y dogmática- perfectamente coherente.
    Veámoslo. La modernidad aspira a cimentar la existencia del hombre en el binomio razón + libertad, autónomamente, prescindiendo del Dios de la Iglesia. Pero de la «acción» del conocimiento (la ciencia baconiana) se pasa inevitablemente a la «acción» de la política, siguiendo una idea ilustrada de «progreso» como «superación de todas las dependencias». Libertad ilimitada, libertad perfecta "en la que el hombre se realiza hacia su plenitud". Ya sabemos cómo acabó todo (Robespierre y Stalin) y sabemos también por qué: el ateísmo como resultado de la Ilustración.
    Por lo tanto «es necesaria una autocrítica de la edad moderna» que debe tener lugar «en diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza». El eufemismo «diálogo» no nos debe llevar a engaño: «sólo Dios puede crear justicia». Y, préstese atención, «no un dios cualquiera, sino ese Dios que posee un rostro humano y que nos ha amado hasta el final». El Dios/Jesucristo de la Iglesia jerárquica, de la Verdad consignada en los concilios de Nicea y Calcedonia, como ha sido remachado por el Papa alemán en su reciente libro best-seller.
    Pero tal «concepción de la esperanza», según la encíclica, equivale ni más ni menos que a la certeza de la fe. El mundo, y en especial el Occidente que ha surgido de la modernidad, sólo puede escapar del estigma de la desesperación a través de «la apertura de la razón a las fuerzas redentoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal». Obviando las perífrasis, pensando y actuando con obediencia a la moral católica. De la vida a la muerte, siguiendo todas las etapas de la sexualidad, y sin olvidar la investigación científica. Células estaminales, aborto, contraceptivos, institución matrimonial, educación escolar, interpretación del darwinismo, terapias del dolor, eutanasia: todo debe obedecer a la «ley natural», sinónimo puro y llano de la voluntad confesional de la Iglesia jerárquica.
    Desde un punto de vista cultural, bastaría con responder al Papa teólogo que la modernidad, para empezar, no es fundamentalmente, como él pretende hacernos creer, Terror y Gulag, porque de las tres revoluciones «burguesas», de Cromwell, de los girondinos, de Jefferson, nació una forma de convivencia extraordinaria, hasta entonces desdeñada como utopía, la democracia liberal (cuyos principios pisotean, con demasiada frecuencia, los establishment de Occidente en sus acciones cotidianas). Y que Nietzsche y Marx, por no hablar de Bacon y de los ilustrados, no se parecen en absoluto al prontuario paródico pregonado en la Spe salvi. Pero Joseph Ratzinger, a pesar de los indudables y prepotentes artificios académicos que animan su pluma, es un hombre de poder lo suficientemente desencantado como para saber que el peso de una encíclica no depende de su claudicante aleación cultural.
    De ésta proporcionó, por lo tanto, una auténtica interpretación política al día siguiente, hablando frente a los representantes de las organizaciones humanitarias no gubernamentales (ONG) de matriz católica, al acusar a diversas agencias de la ONU de «lógica relativista» que niega «ciudadanía a la verdad acerca del hombre y de su dignidad, así como a la posibilidad de una acción ética fundada en el reconocimiento de la ley moral natural». A tal tendencia es necesario oponer los «principios éticos no negociables» de los que la Iglesia es depositaria.
    Como puede verse, con su outing contra la ilustración y el autos-nomos democrático, el papa Ratzinger se postula explícitamente para el liderazgo mundial del fundamentalismo religioso, el no terrorista, obviamente. Su próxima intervención ante las Naciones Unidas, prevista para el 18 de diciembre, constituirá el acto oficial y solemne de todo ello. Confiemos en que, al menos ese día, «quien tenga oídos para oír, que oiga».

  8. Cómo criar hijos ateos

    sábado, diciembre 15, 2007

    El filósofo Alejandro Rozitchner acaba de publicar junto a su esposa, Ximena Ianantuoni, el libro Hijos sin dios, en el que cuentan su experiencia acerca de una crianza «genuina», con una educación «atea, comprometida y amorosa».




    © Fernando G. Toledo

    dónde vamos cuando morimos?», «¿hay alguien allá arriba que nos cuida?», «¿quién creó el mundo?». Son preguntas tan usuales como complejas éstas que hacen los niños con su ardiente curiosidad. Pero las respuestas no siempre son unívocas, sino que dependen de una clara distinción: si las coordenadas desde las que los padres responden son ateas o creyentes.
    Puestos a indagar en el asunto, el filósofo Alejandro Rozitchner y su esposa, la psicóloga Ximena Ianantuoni, escribieron y publicaron Hijos sin dios (Sudamericana), cuyo subtítulo (Cómo criar chicos ateos) define de un plumazo la perspectiva en la que se sitúan.
    Trazado como un diálogo epistolar entre el matrimonio, en el que ambos abordan esas recurrentes preguntas de los niños, Rozitchner y Ianantuoni –padres de dos varones– quieren explicar que la de los ateos es para sus hijos una «crianza genuina», pues «no necesita de ningún ser superior imaginario» del que dependa el aprendizaje de sus niños, ni su muerte, ni su vida.
    Alejandro Rozitchner (autor de Ideas falsas, Argentina impotencia y del blog www.100volando.net) asegura en esta entrevista, además, que está dispuesto a contarle a sus hijos «sólo la verdad».
    –¿Cuál es la estructura y el objetivo del libro?
    –El objetivo es ayudar a pensar y abrir al espacio y la experiencia de la crianza en padres ateos. Es decir, personas que no creen en Dios, que no tienen a la religión como referencia, y que viven los problemas que tienen que ver con esa situación. Es decir, un diálogo complejo con los hijos, en el cual uno no quiere faltar a la verdad y entonces tiene que acudir a realidades «duras», como puede ser la existencia de la muerte o cierto carácter desbordante de la naturaleza. En realidad, lo que hicimos como formato fue enviarnos largos textos entre mi mujer y yo, pensando en cuáles tenían que ser los temas, qué teníamos que abordar, y dándoles vueltas para tratar de entender lo que había en cada caso.
    –¿Y qué tienen de distintos los hijos de padres ateos de otros que no lo son o que nacen en familias mixtas, por ejemplo, de madre creyente y padre ateo?
    –La idea expresada de modo extremo es que la crianza plena exige el ateísmo, porque el padre ateo no tiene un padre simbólico a quien acudir, sino que se hace cargo a pleno de la educación y formación de sus hijos. No hay otro papá que diga cuáles son los valores. El padre ateo es el que se la juega, el que inventa la forma que considera correcta. Y en ausencia de esa otra «referencia simbólica superior» también hay una mayor entereza afectiva. La religión siempre parte de la premisa de que debemos ser salvados. Desde una perspectiva más entera, que podríamos llamar atea, no entendemos de qué debemos salvarnos, si la vida no es una desgracia. La vida es compleja, pero no es un problema.
    –Allí aparece un punto importante que es la cuestión de en qué se basan los valores en un ateo. Los creyentes anuncian basarse en una moral divina, prefijada, y el ateo debe buscar y encontrar sus códigos morales.
    –Tiene que sacar los valores de sí mismo. La objeción más usual es esa, como si los ateos fuéramos personas con menos valores morales que las religiosas. Creo que en todo caso se da un poco al revés. El ateo elige sus valores y los corrobora desde su propia experiencia, percepción y naturaleza, mientras que el religioso no abre el tema, sino que reproduce como un eco los valores establecidos.
    –¿Cuáles son las preguntas que ustedes, como padres, reciben de sus hijos y que tocan este tipo de cuestiones?
    –No recibimos preguntas relacionadas con la religión, ese tema no existe. Lo que recibimos son temas relacionados con la vida o con la muerte. Y damos la respuesta que debemos: que cuando uno se muere, se muere. Y cuando surja la cuestión acerca de la existencia de un ser superior, como el de los monoteísmos, lo abordaremos como el de la existencia de Papá Noel, de Buzz Lightyear o de Ratatouille. Dios también es un personaje de unas historias que necesita contarse la gente. Y no soy partidario de contarle diversas versiones para que ellos elijan. Yo voy a contarles la verdad, y punto.
    –En este sentido, Richard Dawkins (el famoso etólogo y escritor ateo) opina que a los niños no se los considera ni ateos, ni católicos, ni musulmanes, del mismo modo que no se los considera peronistas, radicales, comunistas. ¿Qué opinan ustedes de esto?
    –Nosotros no queremos difundir el ateísmo. Queremos vivir nuestra opción en paz, y educar hijos ateos significa educarlos en la convicción de que no hay dios y que hay fenómenos naturales. Calculo que hay diferencias entre un chico que se encuentra con un ambiente religioso, lleno de fantasmas y de mentiras, y un chico que se encuentra con un ambiente más veraz y… capaz de querer. Porque el amor es muy predicado en la religión pero poco ejercido. Las religiones matan al amor. Éste tiene más que ver con el deseo, con el cuerpo, con la aceptación de la sensualidad, de la autoestima (a la cual se la denigra llamándole egoísmo) y eso no está permitido en muchas religiones. El culto católico, por ejemplo, no sé de qué amor habla: ¿de un amor sin cuerpo, de un amor ilusorio? Y para educar chicos necesitás amor de verdad, no esa patraña.


    «Yo no tengo esos fantasmas»

    Alejandro, hijo del también filósofo León Rozitchner, asegura que la religión nunca fue un problema para él, ya que nació y se crió en un lugar de ateos.
    Sin embargo, no propugna la desaparición de las religiones, aunque sí considera que la «posición veraz» es la de un mundo sin dioses.
    –¿Cómo arribaron a su ateísmo?
    –Fui ateo desde siempre, nací en un hogar donde no había dioses ni religión: mis dos padres son increyentes. Ximena, si bien nació en un hogar católico «convencional», poco a poco fue dándose cuenta de que eso era un universo triste y denigratorio, y comenzó a buscar el lado vital a la vida, estudió psicología y logró avanzar muchísimo.
    –Está implícita en todas tus declaraciones lo negativo de las religiones. ¿Hay algo que pueda rescatarse?
    –Sí. Entre que haya delincuentes y haya religiosos, prefiero a los religiosos. Si la religión, por ejemplo como sucede con algunos cultos evangélicos, sirve para contener a delincuentes, la prefiero de una manera puramente utilitaria. Yo no quiero que dejen de existir las religiones, sería absurdo. Tengo amigos judíos y católicos. Pero quiero abrir el espacio a esta manera de ver las cosas. Por ejemplo, no creo que el Estado deba tener ninguna religión. Yo soy un ciudadano como cualquiera y no creo. Me parece que es un exceso.
    –Sucede que, por ejemplo, para la religión cristiana, es «conmigo o contra mí».
    –Sí, son los sesgos totalitarios y abusivos de la religión.
    –¿Tiene algún rasgo particular tu ateísmo?
    –La cuestión es que yo me considero ateo desde el punto de vista de la religión. Desde mi punto de vista yo no veo la necesidad de definirme en función de la religión. Desde mi punto de vista el otro es el religioso, yo no tengo esos fantasmas.


  9. La ciudad de Toledo acoge el I Concilio Ateo con críticas a la última encíclica de Papa y a los fundamentalismos

    El I Concilio Ateo se inició hoy [n. de la r.: el viernes 7 de diciembre] en Toledo con críticas a la última encíclica del Papa, Spe Salvi, y que a juicio de los organizadores constituye una «absoluta declaración de guerra contra el ateísmo».
    Así lo dijo hoy el coordinador de la Federación Internacional de Ateos (FIdA), Francisco Miñarro, quien destacó la amenaza que suponen los fundamentalismos, como los de «sectores radicales» de la Iglesia Católica, que «nos quieren adentrar en una especie de medievo ideológico».
    Según Miñarro, a la Iglesia «no le interesa que el ateísmo salga de las tinieblas» y «han convertido todo esto en un frente de batalla», dijo el coordinador de la FIdA, quien destacó que lo que están celebrando en Toledo es un encuentro cultural.
    A este I Concilio Ateo asisten, entre otros, el ex-embajador de España en la Santa Sede, Gonzalo Puente Ojea, el artista italiano Leo Bassi o el fotógrafo José Antonio Moreno Montoya, que finalmente no exhibirá la polémica exposición Sanctorum por decisión de los organizadores.

    La razón contra la fe
    A Puente Ojea la última encíclica del Papa le parece «repetitiva» de lo que viene siendo la doctrina de la Iglesia, porque se centra en una «filosofía esperancista», pero, una doctrina seria y una concepción del mundo no se puede basar en deseos, dijo el ex-embajador del Vaticano.
    Al diplomático no le extraña que «el gran problema de la Iglesia sea el ateísmo», porque éste niega la existencia de lo sobrenatural y «se mueve en el campo de lo real y lo empírico» y recordó que ya San Agustín advirtió de que la razón podía ser el enemigo de la fe.
    Para Leo Bassi, (que el año pasado sufrió la censura municipal cuando en Toledo gobernaba el PP) la encíclica de Benedicto XVI supone la erradicación del Concilio Vaticano II, de la apertura y de la modernidad de la Iglesia.
    El Primer Concilio Ateo se celebra en Toledo en una iglesia mudéjar desacralizada que es propiedad del Ayuntamiento de Toledo, aunque está cedida a una entidad cultural, El Círculo del Arte para organizar conciertos, exposiciones y tomar copas.
    El Concilio Ateo ha estado precedido de polémica después de que los organizadores conocieran que el Ayuntamiento de Toledo, gobernado por PSOE e IU, les negara su celebración en un centro cívico situado en el barrio del Polígono de Santa María de Benquerencia.

    Agencia EFE

  10. La izquierda comunista y la religión

    sábado, diciembre 08, 2007

    © José Ramón Esquinas Algaba

    La caída de la Unión Soviética causó la transformación de buena parte de la izquierda comunista en izquierda indefinida una vez que el marco de racionalidad institucional que guiaba a la quinta generación desapareció. Cuando decimos que el Estado soviético dotaba de racionalidad a la izquierda comunista, lo hacemos entendiendo la racionalidad como proceso dado en las mismas transformaciones recurrentes institucionales y por tanto, vinculada a contextos materiales definidos. Queremos decir con esto, que la URSS obligaba a la izquierda comunista a hablar desde el socialismo realmente existente y a justificarlo –para bien o para mal– desde contextos positivos. No cabría hablar por ejemplo, de un pacifismo abstracto e intemporal cuando las tropas soviéticas estaban combatiendo a los talibanes en Afganistán.
    Fue la eliminación de la URSS la que disolvió los parámetros positivos mínimos requeridos para una dialéctica racional que no deviniera en pura retórica. No obstante, en el enfrentamiento actual con esas izquierdas definidas se corre el peligro de extrapolar la actitud que mantienen las actuales izquierdas indefinidas al pasado. Esta extrapolación no es cosa «de la derecha» sino de las mismas nebulosas ideológicas izquierdistas que buscan legitimarse redefiniendo la «memoria histórica» y olvidando su propio pasado en aras de la legitimación del presente. Precisamente, Gustavo Bueno en su último libro La fe del ateo, recurre a Lenin –que ningún izquierdista parece haber leído– frente a las actuales posiciones anticlericales que en nombre del laicismo se mantienen en España. Que pensar es pensar contra alguien es cosa que el líder ruso sabía mejor que nadie y por ello, matizó la postura de la izquierda comunista –entonces en formación en el seno de la socialdemocracia rusa– para corregir veleidades anticlericales que minaran la labor del Partido. En el número 45 de Proletari, comentando el discurso de Surkov en la Duma, Lenin comentó:

    «Sin embargo, Engels condenó al mismo tiempo más de una vez los intentos de quienes, con el deseo de ser "más izquierdistas" o "más revolucionarios" que la socialdemocracia, pretendían introducir en el programa del partido obrero el reconocimiento categórico del ateísmo como una declaración de guerra a la religión. Al referirse en 1874 al célebre manifiesto de los comuneros blanquistas emigrados en Londres, Engels calificaba de estupidez su vocinglera declaración de guerra a la religión, afirmando que semejante actitud era el medio mejor de avivar el interés por la religión y de dificultar la verdadera extinción de la misma.»{1}

    Seguidamente, Lenin comenta la posición de la socialdemocracia en la Kulturkampf:

    «Al acusar a Dühring, que pretendía aparecer como ultrarrevolucionario, de querer repetir en otra forma la misma necedad de Bismarck, Engels requería del partido obrero que supiese trabajar con paciencia para organizar e ilustrar al proletariado, para realizar una obra que conduce a la extinción de la religión, y no lanzarse a las aventuras de una guerra política contra la religión. Este punto de vista arraigó en la socialdemocracia alemana, que se manifestó, por ejemplo, a favor de la libertad de acción de los jesuitas, a favor de su admisión en Alemania y de la abolición de todas las medidas de lucha policíaca contra una u otra religión. "Declarar la religión un asunto privado": este famoso punto del Programa de Erfurt (1891) afianzó dicha táctica política de la socialdemocracia.»{2}

    Vemos aquí el significado preciso que cobra la expresión «asunto privado», un significado que hoy las izquierdas indefinidas y satisfechas confunden, pues «asunto privado» no equivale a asunto concerniente a individuos distributivamente entendido. La noción de «asunto privado» que manejaba Engels estaba tallada frente al Estado prusiano protestante –de ahí la alusión a los jesuitas– y por tanto, «lo privado» se presenta como lo contrapuesto al Estado. Así comentaba Engels el programa de la socialdemocracia de Erfurt:

    «La Iglesia ha de separarse completamente del Estado. Para el Estado todas las comunidades religiosas sin excepción son sociedades privadas. Estas pierden toda subvención a costa de los recursos públicos y toda influencia en las escuelas públicas. Sin embargo, no se les puede prohibir que funden escuelas propias con sus recursos propios y que enseñan allí sus sandeces»{3}

    Así pues, privado, se contrapondría a estatal, y no a social. Lo que Engels postulaba era un proceso de holización que destruyera la pretensión del Estado prusiano –tomado aquí como el canon por el que medir el proceso socialista– de encarnar al protestantismo o cualquier otra religión. La religión pasará ahora a ser un asunto de la sociedad civil pero el Estado no podrá impartirla debido a que es falsa y opio para el pueblo. Esto no significaba una reducción de la religión a asunto situado «en el reino de la conciencia subjetiva» sino una reestructuración del orden político tal que se eliminara la influencia de los ortogramas religiosos en la conformación de los planes y programas del Estado-nación.
    Por tanto, Engels y luego Lenin, cuando hablaban de la religión como «asunto privado» se estaban refiriendo al ámbito de la sociedad civil al margen del Estado. La posición de los comunistas rusos ante la religión se forjó frente al Imperio zarista que privilegiaba a los adeptos a la Iglesia ortodoxa en la administración estatal. Desde luego, se reconoce que la religión tiene influencia en la sociedad política, pero esto es justo lo que el socialismo tenderá a combatir, dentro de la tradición de la izquierda jacobina, de combatir el Trono y el Altar. En este caso, lo que se postula es eliminar el poder del Altar en la conformación de la sociedad política. Así comenta Lenin:

    «La religión debe ser declarada asunto privado: es costumbre expresar corrientemente con estas palabras la actitud de los socialistas ante la religión. Pero hay que determinar con exactitud el significado de estas palabras para que no puedan dar origen a confusión ninguna. Reclamamos que la religión sea un asunto privado con respecto al Estado, mas en modo alguno podemos considerar la religión asunto privado con respecto a nuestro propio Partido. El Estado no debe tener nada que ver con la religión; las asociaciones religiosas no deben estar vinculadas al poder del Estado. Cada cual debe tener plena libertad de profesar la religión que prefiera o de no confesar ninguna, es decir, ser ateo, como lo es habitualmente todo socialista (...) La religión no es asunto privado con respecto al partido del proletariado socialista. Nuestro Partido es una unión de luchadores conscientes y avanzados por la emancipación de la clase obrera. Esta unión no puede ni debe permanecer indiferente ante la inconsciencia, la ignorancia o el obscurantismo bajo la forma de creencias religiosas. Exigimos la completa separación de la Iglesia y el Estado para luchar contra el obscurantismo religioso con una arma puramente ideológica y solamente ideológica, con nuestra prensa y nuestra palabra» (El Socialismo y la Religión. Novaya Zhizn, nº 28, 3 Noviembre 1905){4}


    El problema puede detectarse fácilmente: el Estado debe desentenderse de la religión, pero no así el Partido. Pero es un Partido que lejos del conformismo busca conquistar y controlar el Estado, y cuando lo consiga, refundirá el Estado zarista en una Dictadura del proletariado cuya cabeza será el Partido bolchevique. Una vez en el poder, los bolcheviques trataran de eliminar todo rastro de la conformación religiosa del Estado, lo cual implica –aunque de forma negativa– seguir incluyendo a la religión en sus planes. Porque ahora se hará todo lo posible por expulsar a las asociaciones religiosas del ámbito político esperando que el desarrollo del comunismo acabara de una forma natural con ese producto ideológico y falso que era la religión. No todo desde luego, iban a dejárselo los bolchevique al «desarrollo natural del comunismo», sino que el Partido bolchevique, como marxista y materialista, lo que tendría que hacer es utilizar ese Estado conquistado para una vez reducida la religión al contexto civil, combatirla como falsa conciencia ideológica.

    «El marxismo es materialismo. En calidad de tal, es tan implacable enemigo de la religión como el materialismo de los enciclopedistas del siglo XVIII o el materialismo de Feuerbach. Esto es indudable. Pero el materialismo dialéctico de Marx y Engels va más lejos que los enciclopedistas y que Feuerbach al aplicar la filosofía materialista a la historia y a las ciencias sociales. Debemos luchar contra la religión. Esto es el abecé de todo materialismo y, por tanto, del marxismo. Pero el marxismo no es un materialismo que se detenga en el abecé. El marxismo va más allá. Afirma: hay que saber luchar contra la religión, y para ello es necesario explicar desde el punto de vista materialista los orígenes de la fe y de la religión entre las masas. La lucha contra la religión no puede limitarse ni reducirse a la prédica ideólogica abstracta; hay que vincular esta lucha a la actividad práctica concreta del movimiento de clases, que tiende a eliminar las raíces sociales de la religión. ¿Por qué persiste la religión entre los sectores atrasados del proletariado urbano, entre las vastas capas semiproletarias y entre la masa campesina? Por la ignorancia del pueblo, responderán el progresista burgués, el radical o el materialista burgués. En consecuencia, ¡abajo la religión y viva el ateísmo!, la difusión de las concepciones ateístas es nuestra tarea principal. El marxista dice: No es cierto. Semejante opinión es una ficción cultural superficial, burguesa, limitada. Semejante opinión no es profunda y explica las raíces de la religión de un modo no materialista, sino idealista. En los países capitalistas contemporáneos, estas raíces son, principalmente, sociales»{5}


    Una vez en el poder, los bolcheviques organizaron numerosas misiones soviéticas con el objetivo de expulsar de los campesinos las supersticiones religiosas. En los primeros años en el poder, Orlando Figes, cuenta en La Revolución Rusa{6}, como los comisarios rojos intentaban convencer a los campesinos de la verdad del ateísmo. El procedimiento incluía desde mostrar como la «generación espontánea» era posible sin la intervención de ningún dios –del agua de las charcas brotaba vida aparentemente de la nada– o darles vueltas en avión para que vieran que allí en el cielo no existía ninguna deidad. Cuando se consiguió extender el sistema educativo gratuito para todos los ciudadanos soviéticos, el combate contra la religión continuó en las aulas. A la religión le estaba prohibido inmiscuirse en los asuntos del Estado, pero el Estado si estaba legitimado para inmiscuirse en los asuntos religiosos. Esto era así, porque la teoría bolchevique presuponía que el marxismo, el materialismo y el ateísmo, eran doctrinas «científicas» y por tanto, verdaderas, mientras que la religión es algo falso. El Estado estaba obligado a fomentar las doctrinas científicas entre sus ciudadanos y a delimitar el espacio de acción de las supersticiones, el oscurantismo y las religiones.
    La historia de la relación entre las distintas religiones y el Estado soviético está marcada por momentos de conflicto y comentos de tensa calma. Porque para el Partido bolchevique, la religión debía alejarse del Estado, pero las distintas iglesias estaban lejos de opinar lo mismo, sobre todo cuando el Estado cierra seminarios, iglesias y nacionaliza propiedades en aras a la necesidades acuciantes del socialismo. Además, esas mismas necesidades de la sociedad soviética, obligaban para mantener la Eutaxia a concesiones puntuales. No puede ser de otro modo, porque situándose las distintas iglesias en el «vector ascendente», el Estado no puede de hecho prescindir de incluir a la religión, y así la realidad «obliga a los gobernantes, de hecho que hace derecho, a incorporar a la religión en sus cálculos eutáxicos»{7}.
    De todos modos, las religiones con fuerte tradición «cesaropapista» de subordinación al poder político, como la Iglesia ortodoxa y diversas corrientes musulmanas, acabaran coexistiendo pacíficamente con el Estado soviético sin perjuicio de conflictos puntuales. La única Iglesia irreductible –sin perjuicio de puntuales colaboraciones– fue la Iglesia Católica porque como «ciudad de Dios» se había propuesto acabar con la URSS («una nueva Babilonia») desde muy pronto.
    A raíz de esto, podemos concretar en qué consiste la falsa conciencia de las izquierdas indefinidas: su indefinición está íntimamente ligada a su «agnosticismo». Tanto el Estado franquista como el Estado soviético tuvieron ortogramas coherentes con su posición ante la verdad de la religión y además, supieron ejercitar la sindéresis eutáxica suficiente como para rectificar los problemas surgidos de su propia «coherencia». Para el franquismo, la religión católica era verdadera y como tal, no podía dejar de incluirla en sus planes educativas o de otorgarle poder en distintas esferas políticas. Lo que no obsta a que por razones de eutaxia, el régimen tuviera que hacer concesiones, por ejemplo, al protestantismo, si es que quería ganarse la ayuda de los Estados Unidos tras la salida del periodo autárquico. Por su parte, la URSS también fue coherente con su ortograma: si la religión es falsa y su verdad consiste en la miseria social, entonces basta relegarla al ámbito civil y desconectarla del Estado para que ella se fuera deshaciendo por si misma a medida que el socialismo avanzara. A su vez, por razones de eutaxia, el Estado tuvo que incluir a la religión en sus planes, creándose el Consejo soviético para asuntos de las religiones, en el que el Estado tenía al final que tener en cuenta a ese «vector ascendente» que constituían las iglesias.
    El contraste es evidente con la España del régimen de 1978 fruto de un cambalache entre distintas fuerzas en principio incompatibles entre sí. Lo que tenemos es un Estado «agnóstico», en la medida en que no es confesional pero incluye a la religión católica en su constitución. Lo calificamos de «agnóstico» en el sentido en que Gustavo Bueno ha hablado en su último libro: un «agnosticismo» que o bien se acaba resolviendo en una «religiosidad vergonzante» o en un «ateismo vergonzante». Un régimen cuyas incongruencias en materia religiosa{8} brota precisamente de su ambigüedad suficientemente calculada para que los distintos partidos pudieran medrar a costa de las sutilezas burocráticas.
    La «falsa conciencia» de las izquierdas indefinidas consiste en que habiendo aceptado el régimen de 1978 y la democracia parlamentarista coronada, pretenden imponer sus programas políticos como si el Estado fuera ateo. Pero no lo es, es «agnóstico», indiferente a la verdad de las religiones que deja al libre arbitrio de los individuos consumidores que además contando con libertad casi ilimitada de asociación, cuentan con la posibilidad de pergeñar «plataformas ciudadanas» para que se lleven a cabo sus demandas. Y si estos individuos, democráticamente –es decir, amparado en la legalidad del régimen democrático– eligen a un gobierno que llega a concordatos con la Iglesia católica para que opcionalmente se imparta religión en la enseñanza al amparo de la Constitución, ¿cómo puede calificarse a esto de antidemocrático, de vuelta a la inquisición o de fascista? Quien afirme que la Religión católica confesional debe salir del sistema educativo, debe saber que se está oponiendo al régimen democrático actual y por tanto, en todo caso, el antidemócrata será él hasta que, por lo pronto, no se rescinda el Concordato.


    Notas
    {1} http://www.marx.org/espanol/lenin/obras/1900s/1909reli.htm
    {2} Idem.
    {3} Carlos Marx; Federico Engels. Crítica del programa de Gotha. Crítica del programa de Erfurt. Fundación Federico Engels, 2004, pág. 111.
    {4} V.I. Lenin, Obras completas. Editorial Progreso, Moscú 1982, págs. 145-147
    {5} http://www.marx.org/espanol/lenin/obras/1900s/1909reli.htm
    {6} Orlando Figes, La Revolución Rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo. Editorial Edhasa, 2000.
    {7} Gustavo Bueno, La fe del ateo, Editorial Temas de Hoy, Madrid 2007, pág. 132.
    {8} Esta incongruencia es debida a la ausencia de indefinición. Algo análogo ocurre con los procesos de autonomía de las distintas regiones.


    Publicado en El Catoblepas.

  11. Comienza el I Concilio Ateo de Toledo

    viernes, diciembre 07, 2007




    Con nueva fecha y nuevo lugar. Ver más información y programa aquí.

  12. El miedo católico a que Dios no exista

    lunes, diciembre 03, 2007


    Capítulo I: El placebo de la fe

    «Digámoslo ahora de manera muy sencilla: el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza. Visto el desarrollo de la edad moderna, la afirmación de san Pablo citada al principio (Ef 2,12) se demuestra muy realista y simplemente verdadera. Por tanto, no cabe duda de que un « reino de Dios » instaurado sin Dios –un reino, pues, sólo del hombre– desemboca inevitablemente en « el final perverso » de todas las cosas descrito por Kant: lo hemos visto y lo seguimos viendo siempre una y otra vez. Pero tampoco cabe duda de que Dios entra realmente en las cosas humanas a condición de que no sólo lo pensemos nosotros, sino que Él mismo salga a nuestro encuentro y nos hable. Por eso la razón necesita de la fe para llegar a ser totalmente ella misma: razón y fe se necesitan mutuamente para realizar su verdadera naturaleza y su misión»



    Encíclica Spe Salvi, de Benedicto XVI



    Capítulo II: Paranoia





    La Liga Católica de Estados Unidos lanzó una campaña contra la película La Brújula Dorada porque asegura que “conduce a los niños al ateísmo”.
    El filme, que se estrena mundialmente la próxima semana, está protagonizado por Nicole Kidman y Daniel Craig y, como el libro Luces del Norte sobre el cual se hizo la adaptación, retrata un mundo paralelo en el que unas criaturas llamadas “daemons” portan el alma de las personas.
    La polémica surge a raíz de que en ese mundo imaginario el poder está en manos del Magisterium, una orden religiosa que ahoga la individualidad y controla las almas de los niños, actitud contra la que se erige la pequeña Lyra Belacqua, poseedora de la brújula dorada que da nombre a la película que contiene la verdad suprema.
    La Liga Católica de Estados Unidos contempla esta premisa como una voluntad de «promover el ateísmo y denigrar la cristiandad a los ojos de los niños», según explica en su página web su presidente, Bill Donohue.
    Además, Donohue pide a los cristianos «alejarse de esta película, porque sabe que incitará a leer los libros» y agrega que «padres ingenuos que llevan a sus hijos a ver la película pueden ser impulsados a comprar los tres libros como regalo de Navidad».
    La difusión que otorgaría el éxito del filme al material literario es lo que preocupa a los conservadores más que el contenido de la propia película. Los estudios New Line, que invirtieron alrededor de 150 millones de dólares, se encargaron de enfocar a un público mayoritario.
    No obstante, con el anuncio de la productora de que, si la taquilla apoya este filme, se realizará la adaptación de la trilogía completa, la Liga Católica avisa de que las secuelas serían más dañinas para la comunidad religiosa: «El segundo libro es más explícito en su odio al cristianismo que el primero, que a nuestro juicio es el menos ofensivo, mientras que la tercera entrega es la más flagrante».
    Daniel Craig, que interpreta en la película al aventurero Lord Asriel, expresó al diario británico The Times que «hay un derecho básico a discutir esas cosas, sobre todo si se tiene en cuenta cómo va el mundo». Y remató: «Hay que poder discutir acerca de la fe».

    «Si Dios existe, está avergonzado»

    La trilogía La Materia Oscura –formada por Luces del Norte (1995), que inspiró a La Brújula Dorada; La Daga (1997) y El Catalejo Lacado (2000) entronca en la tradición de alegorías fantásticas de Tolkien (El Señor de los Anillos) o C.S. Lewis (Las Crónicas de Narnia) y su primer volumen fue elegido por los británicos como el tercer mejor libro de los últimos 25 años. Philip Pullman, el autor, reclamó la abolición de las viejas leyes británicas contra la blasfemia que protegen a la Iglesia Anglicana. En su página web ironiza: «No sé si Dios existe o no. Pero si se mantiene invisible es porque está avergonzado de sus seguidores. Yo, si fuera él, no querría saber nada con ellos».

    (Artículo de Manuel González Oliva, publicado en La Capital).

  13. Fernando Fernán Gómez

    jueves, noviembre 22, 2007


    MADRID. - Era el veterano de los actores españoles. Fernando Fernán Gómez se convirtió con su hacer profesional a lo largo de los años en toda una institución. Con su muerte hoy, a los 86 años, el cine español quedó huérfano del que hasta ahora era el actor vivo con más prestigio del país.
    Fernán Gómez había ingresado hace algunas semanas en la sección oncológica del hospital madrileño, pero su familia prefirió no dar detalles sobre su padecimiento.

    El más premiado.
    No en vano era el que más premios Goya acumulaba, además de contar con los Premios Nacionales de Cine y Teatro, el Príncipe de Asturias de las Artes, la Medalla de Oro de la Academia de Cine, así como el Premio Donostia a toda una carrera del Festival de San Sebastián. Y siempre defendió el cine español, su cine, frente a las críticas de algunos.
    Llevaba la actuación en la sangre: su madre, Carola Fernán Gómez, era actriz, y él nació durante una de sus giras, el 28 de agosto de 1921, en Lima. Como lo inscribieron en el consulado de Buenos Aires, tuvo la nacionalidad argentina hasta 1970, cuando se nacionalizó español.
    Estudió Filosofía y Letras en Madrid, pero su vocación era actuar y así lo hizo, aunque la guerra civil española interrumpió su carrera como actor. Pero después del conflicto regresó al teatro, hasta que a principios de los 40 comenzó a dedicarse de lleno al cine, también como director.
    En la pantalla grande debutó en 1943 en la película Cristina Guzmán, de Gonzalo Delgrás. A lo largo de su carrera, trabajó con los directores más destacados del cine español, como Carlos Saura, Víctor Erice, Ricardo Franco, Manuel Gutiérrez Aragón, Jaime de Armiñán, Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga.
    Actuó en casi 200 películas, entre ellas, clásicos del cine español como Botón de ancla, La mies es mucha, Balarrasa, El espíritu de la colmena, Pim, pam, pum, fuego y Mamá cumple cien años. Entre sus películas más recientes destacan La lengua de las mariposas, El abuelo, Todo sobre mi madre y En la ciudad sin límites.
    También dirigió una treintena de películas para cine y televisión, como Siete mil días juntos, El mar y el tiempo y El viaje a ninguna parte.
    Y junto a la de actor, cultivó su faceta de autor. Los domingos, bacanal (1981) fue su debut como autor dramático. Además, escribió novelas como Oro y hombre y relatos como los contenidos en La escena, la calle y las nubes. Además, era el único actor que había ingresado en la Real Academia Española, la mayor institución de las letras hispanas.
    En lo personal, este hombre que en su cabello blanco conservaba aún el recuerdo de la que fuera la cabellera pelirroja quizá más famosa del cine español era también conocido por su mal genio, que, como hombre de carácter fuerte que era, jamás se preocupó por ocultar. De lo políticamente correcto tampoco se ocupaba mucho.
    De nariz prominente y ojos que, pese a haberse ido empequeñeciendo con la edad, mantuvieron el brillo del pícaro, conservó hasta el final ese aire de galán atractivo, que cultivó a lo largo de los años.
    «Yo creo que puede existir perfectamente una amistad entre un hombre y una mujer, siempre que ese hombre no sea yo», declaró en alguna ocasión. En ese plano, en el sentimental, estuvo unido durante años a la cantante María Dolores Pradera. Su otro gran amor fue hasta su muerte la actriz Emma Cohen. Pero de su vida íntima, Fernán Gómez se cuidaba mucho de hablar.
    Tímido, ateo y maniqueo declarado, junto a su particular imagen de Don Quijote moderno quedará también en el recuerdo su voz, que hizo las veces de la del ingenioso hidalgo en una conocidísima serie de dibujos animados. «Prefiero tener un grado de locura como el que tenía Don Quijote y no el de Hitler o cualquier personaje de esta calaña», manifestó una vez.
    En el extranjero también se lo quiso y se lo respetó. En 2005 recibió el Oso de Oro honorífico del Festival Internacional de Cine de Berlín. Esa misma muestra ya le había otorgado anteriormente dos Osos de Plata: en 1977 por El anacoreta y en 1984 por Stico.

    Agencias DPA y AFP



    Escena de Así en el cielo como en la Tierra (1995).


  14. «Usted no sabe más de Dios que yo»

    sábado, noviembre 17, 2007


  15. Gustavo Bueno habla de su último libro

    jueves, noviembre 01, 2007






  16. Sospechas sobre la santidad del padre Pio de Pietrelcina. Revelan objeciones de Juan XXIII


    © Cristina Taquini

    ROMA- Cuatro notas escritas por Juan XXIII relativas a informaciones recibidas sobre el padre Pio, reveladas por el historiador Sergio Luzzatto en el libro Padre Pio. Milagros y política en la Italia del novecientos , despertaron un vivo interés y nuevas polémicas sobre el sacerdote franciscano canonizado en 2002.
    En su libro, de próxima aparición y cuyo contenido ya fue anticipado en la prensa italiana, el autor revela testimonios que sacan a la luz las diversas miradas que en la propia Iglesia había sobre la figura de este santo muy popular en Italia y en otras partes del mundo, incluida la Argentina.
    Las severas acusaciones, que incluyen relaciones con una mujer, no habrían sido atendidas durante los procesos de beatificación y canonización aprobados por Juan Pablo II.
    «Hoy recibí informaciones gravísimas de monseñor Parente con respecto al padre Pio y San Giovanni Rotondo», escribe Roncalli el 25 de junio de 1960, en una de sus notas personales reveladas por Luzzatto.
    «Con la gracia del Señor, yo me siento calmo y casi indiferente como frente a una enorme y dolorosa locura religiosa, un fenómeno preocupante que se encamina hacia una solución providencial» son las palabras del pontífice, que desde hacía tiempo pedía informaciones sobre el sacerdote franciscano.
    «Lo siento por el padre Pio, que de todas maneras tiene un alma que hay que salvar y rezo intensamente por él», dice Juan XXIII en sus anotaciones, en las que revela, alarmado, el descubrimiento de parte de sus informadores de «relaciones íntimas e incorrectas con mujeres que constituyen su guardia pretoriana».
    Hacía meses que el papa Roncalli recibía informaciones sobre el círculo de mujeres que rodeaba al sacerdote, un tema que lo preocupaba mucho más que los estigmas que el padre tenía en las manos, en los pies y en el cuerpo.
    Según el autor del libro, Juan XXIII escribió en sus anotaciones personales palabras de fuego, al sentir que «lo que sucede en San Giovanni Rotondo es un inmenso engaño» y «un desastre para las almas». El informador del papa era Pietro Parente, asesor del Santo Oficio, quien a pedido del propio Juan XXIII había grabado algunas conversaciones en San Giovanni Rotondo, donde el sacerdote recibía ya miles de fieles, no sólo de Italia sino de todo el mundo.
    Los apuntes de Juan XXIII son una de las partes más importantes del libro de Luzzatto, un laico de origen judío ajeno a los ambientes religiosos, que durante seis años estudió la vida del sacerdote de Pietrelcina.
    El investigador evoca la desconfianza que el sacerdote franciscano, de carácter hosco y esquivo, despertó en los pontífices Benedicto XV y Pio XI. Pio XII alentó la devoción, fuertemente contrastada por Juan XXIII. Su sucesor, Pablo VI, le dio «plena libertad» para cumplir con su ministerio y con la gran obra de la Casa Alivio de los Sufrimientos, un moderno hospital al que hoy acuden pacientes de todo el mundo. Por su parte, Juan Pablo II siempre fue muy devoto del sacerdote de Pietrelcina y en su pontificado lo elevó al honor de los altares.
    Los problemas para el padre Pio habían comenzado en 1920, cuando el Santo Oficio había enviado al padre Agostino Gemelli, un jesuita médico y psicoanalista, fundador de la Universidad Católica, a examinar al sacerdote con los estigmas que tanto preocupaba al Vaticano.
    El veredicto del padre Gemelli fue lapidario: «Se trata de un hombre enfermo», un místico de clínica psiquiátrica. Más tarde, el hallazgo de que el sacerdote hacía uso secreto de ácido fénico, una sustancia fuertemente irritante, para curarse las heridas de los estigmas, provocó la sospecha de que se tratara de un caso de autolesiones.
    Estos temas tratados en el libro de Luzzatto ya se conocían, advirtió el estudioso católico Vittorio Messori en el Corriere della Sera , aunque considera que la obra tiene «una gran seriedad investigativa y contempla en toda su importancia el fenómeno del padre Pio».

    Vía: La Nación.

  17. © José Andrés Rojo

    Slavoj Žižek habla como una ametralladora. Y gesticula y se sumerge en la conversación como si le fuera la vida en ello. Nació en Liubliana (Eslovenia) en 1949 y es filósofo. Ha escrito de todo (la guerra de Irak, el cristianismo, el psicoanálisis, el 11-S, el ciberespacio, el cine), ha dado conferencias en La Sorbona, Harvard, Columbia, Princeton, Georgetown y trabaja como investigador en el Instituto de Estudios Sociales de su país. Vive un tercio del año en Buenos Aires (está casado en segundas nupcias con una argentina), otro tercio lo pasa en los aviones, y el resto en la ciudad donde nació, y donde aprendió a amar la filosofía de la mano de Heidegger en plena época comunista. A las nueve y media de la mañana, Žižek ya ha desayunado un par de veces, primero en su habitación y luego en el comedor, así que se toma una coca-cola y dice que es un tipo compulsivo que no deja de trabajar: «Si no lo hago, me siento culpable». Todavía defiende la lucidez de Marx para analizar el capitalismo, critica los mitos de la sociedad occidental (como el de la tolerancia) y reivindica la necesidad de mantener altas las espadas y luchar por la libertad. Ahora está con Hegel, «siempre ha sido uno de mis referentes», pero esta vez va en serio. «Siempre piensas que tienes que hacer el libro, y ya no puedo aplazarlo más, ya voy siendo mayor».
    En la que va a ser su obra definitiva (Žižek publica con frecuencia y aborda temas muy distintos, como si luchara permanentemente en varios frentes), pretende poner en relación a Hegel con el cristianismo. «Para ellos, lo que ocurre de verdad es que Dios muere en la cruz y que nos ha dejado solos, y que por eso no queda más remedio que vivir en una comunidad igualitaria. Ya no existe un Dios en las alturas al que exigirle cuentas, vivimos ya en el desorden y lo que vaya a pasar es asunto nuestro».
    Por si las cosas fueran a tergiversarse, Žižek se confiesa de inmediato ateo y reniega de un Papa, como Juan Pablo II, al que le gustaban los numeritos paganos de «una Virgen ascendiendo a las alturas y cosas por el estilo». Y añade: «El ateísmo hoy pasa por los caminos del cristianismo. No por ese ateísmo hedonista que se ha convertido en una obligación».
    Žižek tuvo que vivir cinco años de la traducción cuando terminó sus estudios porque no caía bien a las autoridades comunistas y le impidieron enseñar en la universidad. En 1990 se presentó a las elecciones presidenciales de Eslovenia en una candidatura colectiva. «Fue en parte un juego, pero tenía que estar ahí apoyando una candidatura laica de izquierda frente al pavoroso ascenso de las ideologías nacionalistas», dice. Es un tipo que ha escrito mucho de cine porque cree que son las películas «las que de verdad atrapan la ideología de una época». Su sueño secreto: dirigir una ópera. «A ser posible, el Parsifal de Wagner en Bayreuth».
    Žižek estuvo recientemente en Madrid camino de Valladolid, donde recibió uno de los premios, el de Humanidades y Pensamiento, de la Fundación Cristóbal Gabarrón. Dio una conferencia en el Círculo de Bellas Artes, y llenó. Habló de Platón. Ideas e ideas como proyectiles: «Estamos en una situación complicada, y por eso me acuerdo de T. S. Eliot, que decía que a veces hay que elegir entre la muerte y la herejía. Quizá ha llegado el tiempo en Europa de ser de nuevo heréticos, de reinventarnos».

    Vía: El País de Madrid.

  18. El «nuevo ateísmo»

    miércoles, octubre 17, 2007

    © A. J. Chien
    Traducción de Anahí Seri
    «Es el momento del ateísmo». Así lo afirma David Steinberger, director ejecutivo de Perseus Books LLC, que recientemente ha fichado a Christopher Hitchens para que edite un libro de lecturas ateas, que se publicará este otoño. El libro seguirá a God is Not Great (Dios no es grande) de Hitchens, el último de una retahíla de libros críticos con la religión que se han convertido en modestos superventas en los últimos años. En junio de 2007, había en imprenta 296.000 ejemplares del libro de Hitchens; 500.000 de The God Delusion (El espejismo de Dios) de Richard Dawkins; y 185.000 de Letter to a Christian Nation (Carta a una nación cristiana) de Sam Harris. El anterior libro de Harris, The End of Faith (El fin de la fe) se mantuvo, en 2004, durante treinta y tres semanas en la lista de superventas del New York Times.
    ¿Cómo pudo ocurrir tal cosa en un país en el que mayorías de más del 80% afirman creer en Dios, Cristo y los milagros? De acuerdo con algunos libreros, el deseo de «conocer al enemigo» es parte de la razón por la cual los libros se han vendido incluso en el Cinturón Bíblico. Pero puede que esté actuando también otra dinámica. Dawkins sugiere que lo que John Stuart Mill escribió en el siglo XIX sigue siendo cierto en la actualidad. «El mundo se asombraría si supiera cuán grande es la proporción de sus más relucientes ornamentos, de aquellos que más se distinguen incluso entre el pueblo por su sabiduría y virtud, que son completos escépticos en materia de religión». Pero en una cultura muy religiosa, declararse ateo puede ser tan difícil como era confesarse homosexual hace cincuenta años. Hoy en día, tras el movimiento del orgullo gay, el 55% de los que responden a una encuesta de Gallup declaran estar dispuestos a votar por un candidato homosexual: un porcentaje inferior al de los que votarían por un católico, una afroamericano, una mujer, un mormón o un septuagenario, pero más elevado que el 45% que votaría a favor de un ateo. Dawkins, entre otros, confía en ayudar a inspirar un movimiento de orgullo ateo, formando una masa crítica que animaría a los no creyentes a salir del armario.
    El argumento central de Dawkins es una variación sobre el argumento del diseño, que él ve como «fácilmente, el argumento más popular de los que actualmente se ofrecen a favor de la existencia de un Dios». La complejidad organizada de la naturaleza no podría haberse creado por azar. Del mismo modo que al encontrar un reloj inferimos la existencia de un relojero, al encontrar ojos, alas o sistemas digestivos deberíamos inferir un hacedor de la naturaleza. En su anterior libro El relojero ciego, Dawkins admira el asombro de William Paley, el teólogo del siglo XVIII que formuló este argumento, prefiriéndolo antes que la respuesta displicente de quienes no ven ninguna necesidad de explicar la naturaleza. Pero, por supuesto, Dawkins y la ciencia moderna dan una respuesta distinta de la de Paley. Si bien las mutaciones genéticas se producen por azar, en ocasiones una mutación mejora la aptitud. Los individuos con estas mutaciones tienden a dejar más descendencia, con lo que aumenta la proporción de la mutación en el banco de genes. A lo largo de un gran número de generaciones, una sucesión de mutaciones seleccionadas por la naturaleza dan lugar a adaptaciones complejas y a la apariencia de diseño.
    Así pues, el argumento a partir del diseño falla; cierto, es extremadamente improbable que la complejidad organizada apareciera por azar, pero es que no fue así. Todo esto sólo muestra que la existencia de Dios no ha quedado probada. Pero Dawkins aspira a más, a demostrar la inexistencia de Dios, modificando el argumento para aplicarlo a Dios. Un ser capaz de crear la naturaleza debe tener a su vez una complejidad organizada, y es muy improbable que ésta hubiera surgido por azar. Así pues, Dios, o al menos un Dios creativo como el de Abraham, probablemente no existe. Pienso que Dawkins tiene razón cuando afirma que no hay ninguna buena respuesta a este argumento, porque pone de manifiesto el doble estándar que es esencial para todas las versiones del creacionismo o del «diseño inteligente»: hay que explicar la naturaleza, pero Dios no necesita explicación alguna. El reciente libro de Victor J. Stenger estudia de manera exhaustiva los conflictos entre la ciencia moderna y la hipótesis de Dios.
    Estos asuntos están relacionados con la cuestión de si las creencias religiosas son ciertas, pero otro tema es dirimir si son nocivas. Es una cuestión independiente. Una opinión común, lo que Daniel Dennett llama la «creencia en la creencia», es que incluso si una religión dada no es cierta, inspira cosas buenas y por eso merece ser preservada. Harris y Hitchens nos recuerdan, sin embargo, las atrocidades inspiradas por la religión, a lo largo de la historia y hasta la actualidad: por no citar más que uno de los innumerables ejemplos, la inmolación, tras unas torturas indescriptibles, de los acusados de herejía durante la Inquisición. A quienes desestiman estos hechos calificándolos de perversiones del judeocristianismo, Harris les contesta señalando que, por el contrario, obedecían a mandatos de las escrituras tales como los siguientes:

    Si oyes decir que en una de las ciudades que Yahvé tu Dios te da para habitar en ella, algunos hombres, malvados, salidos de tu propio seno, han seducido a sus conciudadanos diciendo: «Vamos a dar culto a otros dioses», desconocidos de vosotros, consultarás, indagarás y preguntarás minuciosamente. Si es verdad, si se comprueba que en medio de ti se ha cometido tal abominación, deberás pasar a filo de espada a los habitantes de esa ciudad; la consagrarás al anatema con todo lo que haya dentro de ella. Amontonarás todos sus despojos en medio de la plaza pública y prenderás fuego a la ciudad con todos sus despojos, todo ello en honor de Yahveh tu Dios. Quedará para siempre convertida en un montón de ruinas, y no volverá a ser edificada. (Deuteronomio 13: 12-16)


    La Biblia tiene muchos pasajes como éstos. Dios ordena la muerte de los homosexuales, los adúlteros, las novias que no son vírgenes, aquellos que desobedecen a los sacerdotes, los que trabajan el sabbat, los niños rebeldes, todos los primogénitos de Egipto, los que obstaculizan a los hebreos o aquellos cuyos antepasados lo hicieron, los anteriores habitantes de la tierra prometida, y aquellos que desobedecen a Dios, entre otros. No hay clemencia para mujeres y niños. (Por ejemplo Éxodo 12:1-30, 32:1-28; Levítico 20:1-16; Números 31:7-18; Josué 6:1-21, 10:28-43; Samuel 15:1-33.). Esto parece suficiente para descalificar las escrituras como la mejor fuente de inspiración moral, por más que existan muchos pasajes excelentes.
    A menudo se considera que el Nuevo Testamento es más amable que el Viejo. Pero parece ser que Jesús aprueba toda la ley hebrea (Lucas 16:17, Mateo 5:17-18). Los evangelios tienen sus propias manchas, entre ellas el representar a los judíos como responsables colectivamente de la muerte de Jesús (por ejemplo Mateo 27:25), lo cual inspiró pogromos durante siglos. Y luego está el infierno: como señaló Bertrand Russell, este concepto solo ya descalifica al cristianismo como religión amable. Incluso aquellos que llevan unas vidas moralmente ejemplares, pero que no aceptan al Salvador, están destinados al fuego eterno. El perjuicio es real, aunque el infierno no lo sea. Dawkins nos habla de Jill Mytton, una psicoterapeuta especializada en ayudar a las personas aterrorizadas por el pensamiento del infierno, con frecuencia siendo niños. Mytton sugiere que el daño psicológico es tan grave como los abusos infligidos por los sacerdotes pedófilos.
    La mayoría de los devotos son personas decentes, no se creen todas las escrituras (o en los EE. UU. no saben mucho de ellas, de acuerdo con las encuestas), reconocen los abusos de su fe, en el presente y en el pasado, y a menudo apoyan una reforma desde dentro. Así, Leora Tanenbaum, en su reseña de Hitchens, descalifica sus argumentos contra la religión diciendo que están «basadas en el mínimo común denominador». Y cuando las personas religiosas hacen cosas malas, no podemos asumir que es debido a su religión, como tampoco podemos asumir que cuando los ateos hacen cosas malas es por culpa de su ateísmo. Un candidato al menos igual de válido es la naturaleza de la persona: en general, las personas buenas hacen cosas buenas y las malas, cosas malas.
    Ahora bien, aquí llegamos al meollo de la cuestión. Dawkins cita lo que añade Steven Weinberg: «Pero para que la gente buena haga cosas malas, hace falta la religión». El Papa, ¿condena el uso del condón en África, a pesar de las muchas vidas que salvaría, porque es mala persona? Los muchos fundamentalistas estadounidenses que ven con buenos ojos la guerra nuclear porque presagiaría el Segundo Advenimiento, ¿lo hacen porque son malas personas? Los cruzados, muchos de ellos pobres, que sacrificaban su sustento y se endeudaban por la causa, ¿eran simplemente malas personas? Aquí el problema es que la fe tiene el poder de imponerse por encima de la evidencia y del sentido común. Ésa es la esencia de la fe.
    Los moderados renuncian a una parte de su religión como reconocimiento de la modernidad. Pero entresacar pasajes de las enseñanzas religiosas no es seguir una religión, del mismo modo que el que elige qué leyes cumplir y cuáles no, no es un ciudadano respetuoso con la Ley. Son los extremistas los que están siguiendo la religión. Y lo que queda después de que uno ha entresacado determinados pasajes y rechazado los demás, no se puede considerar una fuente de moralidad, puesto que esta misma selección debe hacerse en función de una concepción del bien y del mal que ya se tiene previamente. Este sentido del bien y del mal es algo que uno da por supuesto en un adulto normal, independientemente de sus convicciones religiosas. Como plantea Hitchens, ¿no es insultante suponer que los hebreos, antes de recibir de Dios los mandamientos, no sabían que robar está mal?
    Mientras tanto, argumenta Harris, la moderación religiosa, en la medida en que insiste en la tolerancia, legitima el extremismo. Si se deben respetar todos los tipos de fe, eso incluye la fe de aquellos que creen que habría que ejecutar a homosexuales y adúlteros (como hacen los cristianos reconstruccionistas), o que las viudas hinduistas deberían inmolarse, o que las musulmanas solteras que van a ser madres deberían ser lapidadas. En una sociedad civil, podemos intentar controlar estos extremos mediante leyes y castigos penales. Pero la tolerancia religiosa significa que no podemos llegar a la raíz del problema: no podemos desacreditar las creencias en las que se basan estas actuaciones. De hecho, desde el punto de vista del creyente, el caso es impecable. Si Dios lo ordena, se debe hacer.
    Harris, Dawkins y Hitchens han sido objeto de numerosas reseñas, pero tengo la impresión de que estos puntos centrales a penas se han tratado. Una crítica común, por ejemplo por parte de Terry Eagleton, es que Dawkins pasa por alto muchas variantes de la creencia cristiana. Pero cualquier variante que plantea un Dios intervencionista está sujeta a los argumentos de Dawkins; si hay una variante que no lo hace, no es eso de lo que habla Dawkins. Por tanto, la crítica no tiene sentido. También son típicas las críticas como las que hace Tanenbaum: afirmar, sin más, la existencia de creyentes moderados es fácil, pero no es más que repetir lo que se ha concedido e ignorar el argumento sobre ellos.
    Yo, por mi parte, estoy básicamente de acuerdo con el caso hasta ahora. Pero no deberíamos ceñirnos a la religión. La gente tiene fe en muchas otras cosas aparte de Dios: en sus corredores de bolsa, en su equipo de fútbol, en sus amigos. Por supuesto que esto no siempre es nocivo, y puede ser beneficioso. A través de la fe en sí mismo, un alcohólico en fase de recuperación puede hallar la fuerza de voluntad que necesita. Su historia tal vez indique que no será capaz de recuperarse, pero para tener alguna oportunidad necesita creer en que será capaz.
    Pero consideremos ahora la fe en el país y en sus dirigentes políticos. Russell escribió una vez sobre un amigo griego que había analizado las motivaciones interesadas de todas las naciones que participaban en la Primera Guerra Mundial, salvo Grecia, país que, sin duda alguna por su parte, no tenía más que nobles intenciones. Si no nos vemos reflejados en esta historia, se debe a nuestras propias orejeras nacionalistas: la fe en lo que el país hace bajo su liderazgo político, lo cual recuerda la frase «Dios y la nación». Esto es nocivo, pues es parte de lo que alimenta la guerra. Es una fe que nos predispone a seguir a nuestros líderes sin exigir pruebas de que la guerra es necesaria, como requiere la democracia.
    Y no sólo ocurre entre la gente inculta. Comencemos con Sam Harris. Harris piensa que su crítica de la religión es especialmente urgente porque los terroristas podrían acceder a armas de destrucción masiva. Y él está convencido de que estos terroristas están motivados por la religión, en particular el Islam. Así pues, su crítica, por lo demás ecuménica, incluye un capítulo dedicado a «El problema del Islam». Desde su punto de vista, el problema es que el Corán ordena repetidamente la muerte de los no creyentes y promete recompensas celestiales a quienes lleven a cabo las órdenes. Esta es la razón por la cual «debemos enfrentarnos ahora a terroristas musulmanes en cualquier parte del mundo, más que a los jainistas». Daniel Dennett tiene una visión similar (Hitchens es un caso especial complicado).
    Harris se sitúa fuera de lo común con su énfasis en los motivos religiosos del terrorismo. El punto de vista ortodoxo es el expresado, por ejemplo, por Louise Richardson, quien admite que la religión es un posible factor, en parte porque promueve una visión del mundo maniquea en la cual los terroristas son buenos y sus objetivos malos. Pero añade que ésta «nunca es la causa única del terrorismo; más bien, las motivaciones religiosas se entretejen con factores económicos y políticos», y en términos generales con «las tres R»: revancha, renombre, reacción. Consideremos las bombas de Londres en julio de 2005. De acuerdo con la primera asignación, plausible, de responsabilidad, las bombas fueron una respuesta al apoyo británico a los EE. UU. en Irak y Afganistán. A los sospechosos los había inducido, supuestamente, la cobertura televisiva de los civiles muertos en Irak. Eso concordaba con la valoración de la inteligencia británica antes del atentado, en el sentido de que la intervención británica en Irak aumentaba el riesgo del terrorismo en suelo británico. El Informe Nacional de Inteligencia de EE. UU. también ha señalado que la ocupación de EE. UU. motiva a los terroristas. Así pues, esto apoyaría esencialmente el argumento de la primera «R» de Richardson, la revancha.
    El reconocer la venganza como motivo no justifica el terrorismo, pero nos invita a ampliar nuestra condena. El número de víctimas civiles a causa de la invasión y ocupación de Irak anda por los cientos de miles, de acuerdo con un estudio publicado en The Lancet, y una proporción en declive, pero considerable, de estos muertos (de un tercio a un cuarto en un período de tres años) se atribuyen directamente a los golpes militares de EE. UU. Como ha explicado Nick Turse, el público sabe poco acerca de los ataques sistemáticos por parte de las Fuerzas Aéreas de EE. UU. en los centros de población iraquíes, debido al secreto que guarda el Pentágono y a que se informa poco de ellos. En Afganistán, incluso Hamid Karzai ha denunciado los bombardeos regulares de la OTAN en zonas civiles; el número total de muertos no se conoce, pero hace cinco años había varias estimaciones que hablaban ya de miles. Otro conocido motivo de queja en el mundo islámico fue que EE. UU. promoviera de manera agresiva y consciente las sanciones contra Irak, que desempeñaron un importante papel en las muertes de cientos de miles de niños, de acuerdo con varios estudios.
    Nuestras víctimas superan, con mucho, las del 11 de septiembre. Pero Harris se une a la corriente dominante de los intelectuales occidentales ayudando a que aumente el número de muertos, asegurándose de que no nos avergoncemos. Él niega la «equivalencia moral» entre nuestros actos y los de los terroristas, y no lo hace negando los hechos: acepta que «sin duda, hemos hecho cosas terribles en el pasado [e] indudablemente estamos preparados para hacer cosas terribles en el futuro», y menciona el genocidio de los nativos americanos, la esclavitud, los bombardeos de Camboya, el apoyo a las dictaduras, etc. Sin embargo, Harris traza la habitual distinción entre nosotros y los terroristas: somos un «gigante con buenas intenciones». No matamos a los inocentes adrede. Si tuviéramos una «arma perfecta» que no produjera daños colaterales, razona, la emplearíamos para matar sólo a los malvados, mientras que los terroristas la emplearían para matar a inocentes.
    Aquí se plantean dos problemas. En primer lugar, imaginemos que un hombre quema una casa sabiendo que hay gente dentro. Su propósito no es matar a la gente, sino que quiere asegurarse que la casa no se emplee para tráfico de drogas. ¿Es él menos culpable que una persona cuyo objetivo es matar a la gente? Se diría que no. Esto queda reflejado en el derecho criminal de EE. UU., según el cual «a sabiendas» y «a propósito» son estados moralmente equivalentes a lo que se denomina mens rea (mente culpable). Así pues, en ambos casos se puede condenar por asesinato al pirómano. Nótese también que si el primer hombre pudiera decir, sin faltar a la verdad, que habría echado mano del «fuego perfecto» para salvar a las víctimas, eso no reduciría su culpa. Provocó, a sabiendas, un fuego real, y es responsable de ello.
    Este argumento de Harris aparece en el contexto de una crítica a Chomsky. Anticipando la respuesta de Chomsky (correctamente, en mi opinión) de que, independientemente de la intención, somos responsables de las consecuencias probables de nuestros actos, Harris replica que ésta es una norma poco razonable, citando a los fabricantes de montañas rusas, bates de béisbol y piscinas, quienes sin duda son inocentes a pesar de los daños potenciales que pueden derivarse del uso de sus productos. Que juzgue el lector si lanzar bombas de 200 kilos en zonas residenciales que se sospecha albergan a insurgentes es algo que se parece más al pirómano o al fabricante de piscinas. Para eliminar el sesgo, deberíamos imaginar que los aviones a reacción iraquíes bombardean regularmente los barrios de California persiguiendo a los sospechosos de ocupar Irak, tras una invasión ilegal de Irak por parte de EE. UU.
    Y esto nos lleva al segundo problema que presenta el apelar a nuestras buenas intenciones. ¿Qué pruebas hay? Harris acepta el registro histórico, que incluye muchos casos en los que ni siquiera se puede decir que la matanza de inocentes fuera un daño colateral, como los bombardeos de saturación en Laos, Camboya, Vietnam, el patrocinio de los escuadrones de la muerte en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y otros lugares de América Latina, el derrocamiento de gobiernos elegidos democráticamente y el apoyo a las dictaduras en Chile, Irán, Guatemala, Haití y muchas otras. Aquí, los civiles fueron el objetivo, por razones expuestas en nuestros propios documentos de seguridad nacional: promover gobiernos que sirven a nuestros intereses económicos y estratégicos, desestabilizar a los que no, y combatir a los insurgentes, en parte cortándoles la ayuda para los ciciles. En el caso de Irak, recomiendo el libro Crude de Sonia Shah, en el cual nuestros intereses en el petróleo quedan todo lo patentes que deben estar (unos intereses a los que sirve una ley pendiente de Irak, redactada bajo supervisión de EE. UU., que otorgaría gran parte del control del petróleo iraquí a empresas extranjeras).
    Los americanos que ven buenas intenciones en las intervenciones de EE. UU. lo hacen por ser americanos. Ante hechos similares perpetrados por nuestros enemigos, no tenemos dudas sobre nuestros juicios morales: no nos planteamos las buenas intenciones de Irak cuando invadió Kuwait ni las de la Unión Soviética cuando instauró un gobierno títere en Afganistán, e hicimos bien. Análogamente, los extranjeros a menudo no llegan a captar nuestra benevolencia. Por ejemplo, una encuesta de la BBC de enero de 2007 determinó que en 18 países fuera de EE. UU., solamente el 29% de los que respondieron a las preguntas opinaban que los EE. UU. desempeñan en el mundo un papel fundamentalmente positivo. A la hora de exaltarnos a nosotros mismos (con la ayuda de los medios de comunicación), no diferimos del patriota griego al que se refiere Russell.
    He aquí, pues, la fe nacionalista de Harris. No es la fe de aquellos que niegan los hechos históricos, o no son conscientes de ellos. Es más fuerte. Porque como intelectual, él acepta las pruebas, que luego hay que invalidar. Esto, como hemos visto, es la esencia de la fe. E igual que ocurre con la fe religiosa, viene acompañada de la ilusión maniquea. En este sentido, la opinión de Harris de que «tenemos que enfrentarnos a los terroristas musulmanes en todos los rincones del mundo» no es tan distinta de la de Bush, que no es distinta de la de Bin Laden, salvo que el bando bueno y el malo están intercambiados. La explicación del registro histórico de EE. UU. es, no que somos malvados, sino que perseguimos nuestros propios intereses. Como todo el mundo; pero nuestro registro es peor porque tenemos más poder para hacerlo.
    Así pues, y porque éste es nuestro país, las críticas deberían comenzar en casa. Por ejemplo, si a Harris, Dennett o a cualquier otro americano le preocupa que las armas nucleares puedan caer en manos de los terroristas, deberían trabajar para cambiar la política de EE. UU. Los expertos nos dicen que las técnicas nucleares no son ningún secreto, y se pueden obtener de fuentes públicas, incluido Internet. Lo que se necesita es el control del material nuclear, como conseguiría el Tratado de Reducción de Materiales de Fisión. Al cual se oponen los EE. UU. EE. UU. rechaza negociar una zona libre de armas nucleares en todo Oriente Próximo (porque incluiría a Israel), como reclama la Resolución 687 del Consejo de Seguridad de la ONU. Al mantener su arsenal nuclear y desarrollar armas de la siguiente generación, EE. UU. está violando el Tratado de No Proliferación Nuclear. Socavando los acuerdos internacionales e interviniendo militarmente cuando lo considera conveniente, EE. UU. motiva a quienes podrían utilizar armas nucleares como venganza o en defensa propia, sean o no terroristas. Y todo esto supone para la civilización una amenaza mucho más grave que el Corán.