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  1. Una de las imágenes promocionales de Educate Together.

    16.000 alumnos de la red Educate Together podrán recibir las clases. Seguirán los principios orientadores de Toledo

    Walter Oppenheimer
    Publicado en El País de Madrid

    Algo se mueve en la católica Irlanda. Antes del verano, el Parlamento aprobó lo que en otros países puede parecer una modesta reforma para facilitar el aborto pero en la república constituye una novedad importante al permitir interrumpir un embarazo para proteger la vida de la madre. Y ahora llega el ateísmo a las escuelas. Bueno, a algunas escuelas: las que gestiona Educate Together y no están adscritas a ninguna fe en particular. Y no es que llegue el ateísmo, sino la posibilidad de aprender qué es.

    Las lecciones se van a basar en los llamados principios orientadores de Toledo sobre la enseñanza acerca de religiones y creencias en las escuelas públicas, llamados así porque fueron aprobados por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) bajo presidencia española en esta ciudad, una de las que mejor representan la importancia pero también la convivencia de distintas religiones.

    Irlanda Ateísta, encargada de poner en práctica un programa piloto en septiembre de 2014, advierte en su página web que se trata de «enseñar acerca del ateísmo, no de enseñar ateísmo». «Irlanda Ateísta tiene ya casi cinco años de edad y nos hemos establecido como parte de un discurso social y político sobre religión y secularismo en Irlanda y a nivel internacional», explican. «Promovemos el ateísmo y la razón por encima de la superstición y el supernaturalismo y promovemos un Estado ético y secular». Las lecciones durarán entre 30 y 40 minutos y el objetivo es extenderlas a los 16.000 alumnos de la red de Educate Together, que en 2011 tenía 60 escuelas frente a las 2.884 de la Iglesia Católica.

    El anuncio de este programa piloto se ha producido en paralelo a otro anuncio de importancia semejante, si no superior: la apertura por el ministro de Educación, Ruairí Quinn, de un proceso de consulta sobre inclusión religiosa y cultural en las escuelas primarias. Ese proceso coincide a su vez con la firma por primera vez de un acuerdo por el que una escuela primaria pública católica, los Hermanos Cristianos de Basil Lane, cerca de Dublín, va a ser absorbida por Educate Together, que ofrece una educación multifé. Aún hoy, el 93% de los alumnos irlandeses estudian en escuelas católicas.

    Ese proceso de consultas busca asegurar que las escuelas acepten estudiantes con independencia de su religión, establezcan políticas de conducta de las escuelas en relación a celebraciones religiosas y culturales y aseguren que sus consejos de dirección reflejen la diversidad de su comunidad local.


  2. Un «monumento al ateísmo» en EEUU

    lunes, julio 01, 2013





    Miami (EE.UU.)– El primer monumento al ateísmo en suelo estadounidense fue inaugurado el 29 de junio, a pocos metros de otro dedicado a los Diez Mandamientos, en Starke, una pequeña ciudad en el norte de Florida y considerada profundamente cristiana.
    «No queremos provocar a grupos cristianos ni a nadie, pero si lo toman así qué le vamos a hacer. Sólo tratamos de ejercer nuestro derecho bajo la Primera Enmienda» a la Constitución, que reconoce la libertad de expresión, señaló recientemente a Efe Dave Muscato, director de comunicaciones de American Atheists, responsable de la instalación.
    Y es que esta inauguración de signo secular y descreído ha levantado ampollas entre muchos vecinos de esta pequeña y muy cristiana población de apenas 5.000 habitantes del condado de Bradford.
    El monumento consiste en un monolito de granito gris de unos 680 kilos de peso con una estela con citas de Thomas Jefferson, Benjamín Franklin, John Adams y Madalyn Murray O’Hair, fundadora de la organización American Atheists.
    Su construcción se decidió después de que la organización decidiera demandar al condado el año pasado por violar la Primera Enmienda a la Constitución, que también contempla la separación de la Iglesia y el Estado, ya que el monumento erigido para honrar los mandamientos bíblicos estaba instalado junto a la sede de un tribunal, en un terreno público propiedad del Gobierno local.
    Ante ello, las autoridades, para evitar un proceso por demanda en los tribunales, pidieron a los responsables de la colocación del monumento religioso que retiraran la obra.
    De repente, contó divertido Muscato, el condado se encontró con un doble problema: la negativa de los cristianos a retirar su monumento religioso, con una amenaza de demanda por parte de estos si las autoridades procedían a quitarla, y la propia exigencia de American Atheists.
    Finalmente, en una sesión de mediación o arbitraje, se acordó que permaneciera en el mismo lugar el monumento a los Diez Mandamientos y que los ateos pudieran instalar su propia obra, a pocos metros de la primera.
    La pieza de piedra de granito en forma de banco cuenta con una estela de casi 1,5 metros de altura en un lateral, en una de cuyas caras se lee un texto de la presidenta de American Atheists, Murray O’Hair, y aparece el nombre de la organización.
    Una de las frases grabadas en el monumento dice: «Un ateo cree que se debería construir un hospital en lugar de una iglesia».

  3. El poeta material

    domingo, junio 02, 2013





    Luis Benítez (*)

    Hace apenas 600 años, la cultura occidental comenzó a liberarse de la muchas veces milenaria noción sobrenatural de la realidad y colocó al hombre en el centro del universo, del mismo modo que, míticamente y bastante tiempo antes, el joven Zeus arrojó a su padre Cronos de la primacía, para reinar él en su lugar.
    Para la cultura occidental, el universo se transformó en una suerte de gran mecanismo de relojería, cuyas leyes había que descubrir y aprovechar.

    Luego, hace poco más de 100 años, la cultura descubrió algunas cosas más: que la inmensa, mayor parte del universo seguía siendo desconocida, que cuando más conocía del universo simplemente descubría que era menos lo que sabía de él y que el hombre no era el centro del cosmos, sino apenas una parte más, aunque, hasta donde sabemos, la única capaz de reflexionar sobre sí misma y sobre cuanto la rodea. O sea: el hombre es la materia que reflexiona sobre sí misma.

    Si buscamos una fuente de conflictos, ninguna nos dará tantos argumentos, tantas posibilidades como esta condición, que es la de lo humano. Ello, porque desató inmediatamente un mar de contradicciones, antagonismos, deseos reñidos con la razón, razones que chocaron y chocan contra la evidencia.

    ¿Cómo, la materia que reflexiona, puede comprender quién es ella y qué cosmos habita, cuando comprende que cuanto ve y define está teñido por la subjetividad, rasgo constitutivo del que no puede escapar, porque éste es, precisamente, una parte intrínseca de ella? Así lo Real, la esencia misma de la materia, escapa siempre de los alcances de la materia que piensa, el hombre.

    Aquí volvemos a evocar, una y otra vez, las palabras siempre exactas de Jorge Enrique Ramponi: «El hombre quiere amar la piedra, su estruendo de piel / áspera: lo rebate su sangre, / pero algo suyo adora la perfección inerte».

    Porque la poesía ha sido siempre, felizmente, no sólo territorio de mistificaciones y de monederos falsos, de componendas y adulteraciones, como lo han sido y lo son todas las actividades humanas, es que ha encarado también la resolución –imposible, seguramente, al menos dentro de las capacidades actuales de la mente- de este enigma que alguna vez Edipo escuchó de los labios de una Esfinge.

    La auténtica poesía siempre se ha distinguido más por los alcances de sus fracasos que por los de sus aciertos y el solo hecho de que se proponga resolver el enigma de lo material pensando lo material, como lo hace la genuina poesía contemporánea, da una idea aproximada de su valor. Valor, también en el sentido de coraje.

    Porque hay que ser muy valeroso, también, para dejar de lado las modas literarias, refugio seguro de los que no tienen nada que decir pero lo hacen; de aquellos que creen que la poesía es mera forma y no forma y sentido, tan bien amalgamados que la una está en el otro «como la madera en el árbol», feliz definición de otro gran poeta, el chileno Vicente Huidobro. Se debe ser muy atrevido para avanzar por lo desconocido buscándolo en cada verso, como lo hace lo que se dio en llamar una «poesía de ideas», como si alguna vez la poesía pudiera escribirse a sí misma sin tenerlas. Hay que ser muy valiente para siquiera intentar, simplemente, ser poeta.

    Yo admiro muchas cosas en la poesía de Fernando G. Toledo y una de ellas es su valentía.

    Fernando G. Toledo (foto de Camila Toledo).


    Porque arriesga todo sin saber si va a encontrar algo en lo desconocido y como queda dicho, todo lo es en nosotros y en el universo que habitamos. Porque recogió el guante de lo material y su poesía atiende a resolver el enigma desde lo material; podemos decir que Toledo es el poeta de lo material consciente, aquella avanzada.

    Así, en su último libro, Mortal en la noche, el autor describe sus itinerarios con plena conciencia, cuando dice en uno de sus textos más logrados, Ateo poeta: «Exento de piedad, supersticiones, / Y fábulas de vacua trascendencia, / Rodeado de mitos bimilenarios / Y una corte de anchas apologías, / El poeta materialista ensaya / (No sin pasión, con algo de pudor) / Un modesto lamento de inmanencia».
    Los versos anteriores son una verdadera ars poetica, una clave importante para indagar en la multitud de significados que contiene este breve pero intenso y muy hondo volumen, que requiere de repetidas lecturas para acceder a los registros que hace el autor.

    Ello, no por la oscuridad de su expresión, que no hay tal: Toledo usa muy bien un lenguaje engañosamente simple para involucrar en un solo verso una vasta polisemia; en dos versos la combinación de las relaciones establecidas entre ellos; en tres, un despliegue de sentidos que seguirá multiplicándose hasta el verso final, cuando como en una cámara de espejos, el poema todo –a su vez– se combine con las polisemias provenientes de los otros poemas que encontramos en Mortal en la noche, para pintar una atroz y fascinante universo, allí donde la condición humana, la de materia que se piensa a sí misma, fracasa una y otra vez, tal es su destino, en fijar sus límites y poder nombrarlos; esa es, precisamente, su grandeza. Que alguien pueda escribirlo, es una hazaña más de la poesía contemporánea.

    Mortal en la noche es una Capilla Sixtina a la que le falta, felizmente, Dios.

     
    (*) Buenos Aires, 28 de abril de 2013.

    Cuatro poemas de 
    Mortal en la noche


    Gesto en el universo

    La abundancia sideral del mundo allá afuera
    No parece bastarme por sí misma: busco
    Entre toda esa madeja algo que volcar
    En un poema.
    Pero un perro se hace oír a lo lejos
    Resolviendo antes que yo sus asuntos,
    Y pienso en esto que ahora
    Voy a poner por escrito:
    Un ladrido como un acto reflejo
    Contra algo que se mueve en la noche.

    *

    Codo a codo

    El médico es ecuánime: concede
    La heroica salvación de su paciente
    A la pericia de los cirujanos
    Y a que la bala «sólo por milagro»
    (Ya que no de otro modo ha de llamarse)
    Arrancó apenas parte del cerebro,
    Dejando en manos de la medicina
    El tramo sangriento del salvataje.
    Digamos que fue un trabajo en equipo.
    Los doctores removieron pedazos,
    Soldaron el cráneo, hicieron suturas,
    Y Dios consintió un disparo preciso,
    Suficiente para una hemiplejía,
    Pero no para matar, por ahora,
    Al hombre del que va a encargarse luego.

    *

    Schumann al caer la tarde

    Sopor, un hilo de música
    Tenue y un cuerpo,
    Como un quiste,
    En el blanco pozo de la tarde.
    Pero en un instante
    Todo va a cambiar:
    El sueño, lo mudo,
    La prolija putrefacción,
    O esto que se escribe,
    O por fin la noche.

    *

    Caza mayor y menor

    Como un desconocido estás, de nuevo,
    Saliendo del lugar de la reunión,
    Huyendo de un bullicio que te infecta,
    Que corre por los techos y paredes
    Como si fueras la presa a atrapar
    Por el sonido infalible del mundo.
    Quedan en paz las voces, a lo lejos.
    Pero solo aquí, en un cuarto vacío,
    Persiste igual la tenaz cacería,
    Que toma la forma reconocible
    De algún recuerdo que no deseabas,
    O tan sólo de tu voz interior
    Que es también una peste
    Y que ahora te alcanza.

    *

    Ego trascendental

    Levanto el pie tras el aullido y descubro
    El gajo de vidrio que abrió la carne
    Con toda la eficacia que regala
    La ley de la gravedad. Miro la epidermis
    Hecha trizas, el flujo de glóbulos que pugnan
    Por escapar de mi cuerpo como de un siniestro,
    Y de pronto allí, sentado y entre lamentos,
    Recorro los pliegues del dolor. Soy
    Un haz de luz que cifra y descifra
    Los pulsos de un escándalo neuronal
    Anunciando la emergencia a todo el cuerpo,
    Un haz que recorre el trozo de cristal
    Y la piel desnuda, la vibración nerviosa
    En un extremo lejano al cerebro
    Y la respuesta en el quejido o la mueca,
    La medida y la conciencia de la herida:
    Fogonazo irreductible
    De materias en contacto
    En el revoltijo múltiple de una realidad
    Dentro de la cual mana,
    Lentamente, un hilo de sangre.

    A Gustavo Bueno
     

    *

    Ateo poeta

    Exento de piedad, supersticiones,
    Y fábulas de vacua trascendencia,
    Rodeado de mitos bimilenarios
    Y una corte de anchas apologías,
    El poeta materialista ensaya
    (No sin pasión, con algo de pudor)
    Un modesto lamento de inmanencia.
    Es tarde y el viento trae desechos
    De plegarias como balas perdidas.
    De pie a un costado u otro de la duda
    Mira pasar esa oscura corriente
    De la que (sabe) ya no beberá
    Y enciende una fogata con los restos
    De un texto difícil de corregir.
    «Los teólogos corren peor suerte»
    Dice en un verso para envanecerse,
    Confiando en que su próxima herejía
    Ya nunca deje descansar a Aquél
    Que, aunque haya muerto, entretiene a los suyos
    Con el Supremo Hedor de Su Cadáver.

  4. El catolicismo, en crisis

    martes, febrero 26, 2013

    Vacío, por Matteo Bertelli (en DeviantArt)
     
     
    Por Santiago Armesilla
    Publicado en su página web.
     
    El retomar la redacción de mi tesis doctoral hace que no actualice la web con comentarios más a menudo estos días. Sin embargo, ahora que tengo algo de tiempecito puedo comentar sin duda la noticia del mes, la cual afecta a los más de 1.100 millones de católicos (esto es, de bautizados) que en el Mundo existen.


    Unos 1.100 millones de bautizados por el Santo Sacramento, de los cuales desconozco el número real de practicantes fieles (de esos que realizan ceremonias católicas todos los días de su vida o de vez en cuando), desconociendo por igual, aunque intuyendo que son bastantes, el número de ateos católicos (categoría filosófica y sociológica rechazada por el propio catolicismo, por motivos obvios) y agnósticos católicos, los cuales niegan la existencia y/o la esencia de Dios (e incluso su idea), pero son, lo afirmen o lo nieguen, personas cuya forma de ver el mundo está totalmente influida y conformada por una cultura católica. En España hay mucho ateo católico, y también mucho agnóstico católico (podría haber más categorías, como "new age católico", como el magufo JJ Benitez), cuya «fe en la Razón frente a la superstición» se nota en su anticlericalismo: el peso mayoritario y casi único de sus críticas a la religión se la lleva la Iglesia Católica Apostólica y Romana, costándoles mucho trabajo, bien por pereza intelectual, bien por buenismo políticamente correcto (buenismo de bueno, no de Bueno) y relativismo o pluralismo cultural, la crítica a otras religiones con igual vehemencia, como el mahometanismo o el protestantismo, todo ello debido en buena medida a que son ateos y agnósticos católicos también muy influidos por las ideologías dominantes de las democracias de mercado pletórico: el liberalismo y la socialdemocracia.

    Lo cierto es que el catolicismo está en crisis. La renuncia de Benedicto XVI (no se producía una renuncia papal desde 1455) ha sido todo un terremoto. Las especulaciones están a la orden del día, y no dejarán de estarlo jamás, pues la especulación ideológica es algo que siempre ha rodeado a la Iglesia Católica, como a toda institución importante a nivel cultural y político, y más del calado de esta, con una vida de más de 2000 años (recordemos la cita bíblica -Mateo 16:13-18-: «Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, que significa piedra, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella»). Esta cita bíblica es el fundamento divino de la santidad cristiana de la Iglesia Católica, por mucho que les pese a los protestantes, que afirman erróneamente que el catolicismo pasa de la Biblia. No pasa, sencillamente tan importante es la Biblia como la tradición (las cosas que se hacen en torno a la Biblia, en torno a la figura de Jesucristo) tanto antes de su existencia como después. Y en el después, la tradición es eminentemente la desarrollada, a través de diversas obras, de diversas instituciones, por la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

    Dicho esto, y volviendo a la renuncia de Joseph Ratzinguer, los motivos de su renuncia son, a mi juicio, obvios: su estado de salud cada vez más precario, precarizado por disgustos como los del caso «Vatileaks» o por los bochornosos y criminales casos de pederastia masiva ocultados durante décadas por la curia católica. Casos de abominación sexual que ni el polémico Compendio Moral Salmaticense Según la Mente del Angélico Doctor, de Marcos de Santa Teresa, ha podido, con todo su poder moral (sic) evitar o suprimir. Un compendio moral que condena la homosexualidad como «pecado contra natura» (la sodomía en general), pero no explícitamente la pedofilia y la pederastia. Pues se condena el estupro pero no la pedofilia o la pederastia, hablando de un genérico y abstracto "modus innaturalis concubandi", en el que se incluyen y se explican como pecados las poluciones (las pajas), la sodomía o la bestialidad (la llamada zoofilia). Este solo hecho, esta falla en este tratado moral, por mucho que pueda fastidiar a sus defensores más acérrimos, muestra las fallas grandes, que explican muchas cosas –muchas aberraciones éticas, morales y políticas en el seno del «pueblo de Dios»–, acerca de la moral sexual de la Iglesia Católica, una moral sexual que le está costando la pérdida de credibilidad y de fieles evidente que todos, incluidos los ateos católicos, deben reconocer. Una moral sexual que, como muestra este Compendio Moral..., es, como ya dijo el materialista Alfonso Fernández Tresguerres, «un error desde el punto de vista biológico y una irresponsabilidad desde el punto de vista moral».
    Dicho esto, creo que, por el bien de la Iglesia Católica en particular, e incluso por el bien de la racionalidad en general, esta institución de más de 2.000 años necesita renovarse, en un proceso cuyas influencias no solo tienen que venir desde dentro de ella, sino también desde fuera. El nuevo Papa que venga, y los que le sucedan, si no quieren que el catolicismo sufra aún más un proceso de descomposición y degeneración análogo al que sufrió en su momento el comunismo (cuya Roma fue Moscú), deben renovar completamente el catolicismo, dándole la "vuelta del revés" sin abandonar sus dogmas básicos que son perfectamente defendibles y fundamentales para su recurrencia histórica institucional. Renovación que incluya, también y necesariamente, la revisión de tratados morales como el del Angélico Doctor que actuales ateos católicos, antiguos progresistas anticlericales malconvertidos al catolicismo sociológico, jalean como si fuesen fans de Justin Bieber.
    En definitiva: fuera de la Iglesia Católica no hay salvación, pero la salvación de la Iglesia Católica depende tanto de dentro como de fuera de ella.

  5. 1.100 millones de «descreídos»

    domingo, enero 20, 2013

    http://ep00.epimg.net/sociedad/imagenes/2013/01/13/actualidad/1358104128_555157_1358105839_sumario_grande.png



    © María Antonia Sánhez-Vallejo
    Publicado en El País de Madrid

    Algo más de 16 de cada 100 habitantes del mundo, exactamente 16,3, no se identifican con ninguna de las religiones existentes. Son el tercer grupo de población en el paisaje religioso global que ha diseñado el think tank estadounidense Pew Center. Se trata de un mapamundi con el tamaño y la distribución de decenas de confesiones que van desde el cristianismo o el islam —las dos principales, en ese orden— hasta los zoroástricos (o parsis), los jainistas y los seguidores de Tenrikyo, la secta más influyente de Japón, pasando por yazidíes, rastafaris o cienciólogos: en el informe Pew hay sitio para todos.

    Los 1.100 millones de descreídos que hay en el mundo, casi tantos como católicos, no son necesariamente ateos, subraya el estudio, sino simplemente individuos que pueden albergar sentimientos espirituales o de trascendencia pero no se identifican con ninguno de los sistemas existentes. «Los límites entre creyentes, personas que se adhieren a los dogmas, los aceptan, y religiosos, gente con sentimientos espirituales o una cierta dimensión de profundidad, son difusos», señala el teólogo y filósofo Manuel Fraijó, que imparte Historia de las Religiones en la UNED. Abunda en la idea Juan José Tamayo, teólogo y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid: «Se trata de una desafección institucional; no supone una renuncia a las creencias, la experiencia religiosa personal o las opciones éticas. Ese 16% de desafectos institucionales pueden experimentar sentido de la trascendencia, espiritualidad, actitudes religiosas y valores éticos de manera espontánea y gratuita, es decir, al margen de las instituciones, que son el fracaso de la religión porque dogmatizan mensajes éticos y los mercantilizan».

    El estudio del Pew Forum on Religion & Public Life, que refleja el estado de la cuestión en 2010 y se basa en el análisis de más de 2.500 censos, investigaciones y registros de población, arroja los siguientes datos: los cristianos son mayoría en el mundo, el 31,5% de la población (2.200 millones, la mitad de ellos católicos), seguidos de cerca por los musulmanes (23,2%, 1.600 millones). Tras lo que el informe denomina «no afiliados» aparecen los siguientes grupos: hindúes (15% de la población mundial, o 1.000 millones); budistas (7,1%, 500 millones); seguidores de religiones populares (africanas o de tribus chinas, indios americanos y aborígenes australianos), el 5,9%, o 400 millones; otras religiones (taoísmo, sintoísmo, parsis, sijs, bahai’s, jainistas, seguidores de Tenrikyo, etcétera), el 0,8% (58 millones), y, finalmente, judíos, que solo suponen el 0,2% de la población mundial (14 millones, repartidos casi a partes iguales entre EE UU y Oriente Medio, es decir, Israel).

    Aunque el informe Pew no precisa si los «no adscritos» son desencantados de alguna fe o si esta es su primera opción, Fraijó aventura la procedencia de parte de ellos: «Del islam no se sale nadie, porque es una forma de vida; salirse implica abandonar la sociedad. Pero del cristianismo sí se van muchos, hay una secularización muy fuerte. La religión donde más movimiento hay en Europa es el cristianismo». Un ejemplo: del 18% de españoles sin adscripción religiosa, según un estudio de 2008 de la Fundación Bertelsmann, «el 87% de ellos habían tenido una educación católica», subraya Fraijó. «Independientemente de lo que diga el informe, yo creo que el mayor grado de desafección se produce en Occidente y, más concretamente, en el catolicismo, una religión con una estructura jerárquica patriarcal inamovible», coincide Tamayo.

    Sin embargo, la distribución geográfica del grupo de no religiosos —son mayoría en China, República Checa, Estonia, Hong Kong, Japón y Corea del Norte, países en apariencia inconexos y ajenos a la tradición cristiana— no parece corroborar la desviación de la que hablan ambos expertos. «En China ha habido un abandono masivo del confucionismo, que es visto como la religión de los funcionarios, los políticos y las ciudades, más que del taoísmo, la religión del campo», explica Fraijó, en alusión a la vertiginosa transformación socioeconómica del gigante asiático en los últimos lustros. «Japón, por su parte, es muy refractario a las conversiones: pese a la importante presencia de los jesuitas en el país desde hace siglos, sólo un 1% de la población se ha convertido al cristianismo», puntualiza.

    Del mapamundi de Pew puede inferirse que la región de Asia-Pacífico es la reserva espiritual del planeta: varios grupos tienen allí una poderosa presencia, incluida la aplastante mayoría de hindúes y budistas, con una población cercana al 90% del total. Paradójicamente, tres cuartas partes de los «no afiliados» (76%) también se concentran en esa región, y sólo en China son 700 millones (dos veces la población de EE UU).

    Aunque la cristiana es la comunidad más dispersa geográficamente —está presente en todos los continentes—, el estudio de Pew señala que tres cuartas partes de la población mundial —el 73%— viven en países donde su confesión es mayoritaria, en especial hindúes y cristianos; estos últimos se concentran además en los 157 estados donde son mayoría. Un nada desdeñable 27% de los seres humanos pertenecen a minorías religiosas en los países donde viven, como los cristianos de Oriente Medio o los musulmanes en Europa, lo que a menudo es fuente de fricciones sectarias-políticas con la comunidad dominante, como demuestra el caso de Egipto o Siria.

    Por tramos de edad, la religión con mayor número de seguidores jóvenes es el islam (23 años de media), frente a los judíos, que con 36 años son los mayores de los ocho grandes grupos estudiados. El informe no precisa la edad media del creyente católico, sólo la del cristiano: 30 años, un promedio que la pujanza de las confesiones evangélicas en América Latina, África y, en menor medida, en el Este de Europa rebaja al catolicismo tradicional en el Viejo Continente.



    «Las religiones ganan por goleada a Dios»

    «Hay unas 10.000 religiones en el mundo. Podríamos decir que las religiones están ganando por goleada a Dios», explica gráficamente Manuel Fraijó, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UNED. La frase tal vez ayude a explicar por qué en el estudio de Pew figuran, junto a confesiones milenarias como el sintoísmo o el sijismo, o la amenazada comunidad parsi —cuyos ritos funerarios corren peligro por la contaminación y la disminución del número de buitres—, creencias tan curiosas y bisoñas como la wicca, una religión neopagana fundada en la primera mitad del siglo XX y que muchos relacionan con la brujería, o la discutida Cienciología. O infinidad de religiones tradicionales y paganas (animistas, totémicas, etcétera), que conforman nada menos que el 6% mundial (las profesan 400 millones de personas). El País contactó por correo electrónico con Pew para preguntar la inclusión de creencias como la wicca o los rastafaris, pero no recibió respuesta.

    «En muchas zonas, las religiones se identifican con los sistemas filosóficos tradicionales que permean la civilización correspondiente; de ese sustrato tan enraizado también es difícil salirse. Pero el abandono de la religión ha perdido dramatismo. Se pasa de la creencia a la increencia sin traumas, ya no hay una guerra fría entre teísmo y ateísmo», explica Fraijó. Decía Hegel que lo importante no es ser creyente o no serlo, sino tener lucidez al respecto, pero si la claridad del razonamiento lleva a querer romper oficialmente el vínculo con la comunidad, el deseo se convierte a veces en pesadilla: la apostasía es una tarea ardua en España. Sin embargo, más de 100.000 católicos apostataron en Austria y Alemania en 2010 tras los escándalos de los abusos a menores por representantes de la Iglesia.

    La diferencia generacional tiene su traslación en las creencias. Mientras los no creyentes tienen una edad media de 32 años en el mundo, entre los españoles, los jóvenes en torno a 20 años casi triplican a los mayores de 60: un 24% frente al 9%, según el estudio Bertelsmann. «En el grupo de no adscritos crece proporcionalmente el porcentaje de gente joven», subraya Fraijó.

  6. Más fe que historia

    domingo, diciembre 09, 2012

    La adoración de los magos, por El Bosco.

    Juan G. Bedoya
    Publicado en El País

    Benedicto XVI sostiene que se saben «pocas cosas» sobre Jesús, pero lo enlaza con el emperador Augusto como “una conexión interplanetaria” y lo emparenta con el rey David

    «Cualquiera es libre de contradecirme». Esta advertencia de Benedicto XVI figura en el prólogo del segundo tomo de su jaleada biografía sobre Jesús. Conviene no olvidarla para entender el tercero y último, que acaba de publicarse con el título La infancia de Jesús. «No he intentado escribir una cristología», confiesa el Papa, como justificándose.

    Efectivamente, el libro no es una biografía al uso, ni de lejos, sino una exhibición de elaboraciones teológicas, «una cristología desde arriba», por citar el precedente famoso de El Señor, de Romano Guardini, tan admirado por el Papa.

    El lanzamiento del libro ha contado con una polémica en torno a la presencia, o no, de un buey y un asno en el establo donde nació el fundador cristiano. También se ha discutido la insistencia del Papa en que todo empezó en un pesebre de Belén, adonde el matrimonio José y María habría acudido para cumplir con un censo decretado por Roma. Historiadores antiguos y modernos desmienten esa tesis con toda certeza. En realidad, al Papa le importa poco el debate sobre los hechos. Partiendo de su idea de que se saben pocas cosas sobre Jesús, a Benedicto XVI le motiva más el que los hechos coincidan con profecías de la Biblia. Si no coinciden, peor para los hechos.

    Benedicto XVI conoce el terreno que pisa. Por ejemplo, descarta a Nazaret como el lugar del pesebre porque le venía mal a profecías que va a manejar. Si Jesús hubiera nacido en Nazaret, una pequeña ciudad de Galilea antes de él sin ninguna celebridad, ¿cómo casar el que descendiese de la casa de David? También se derrumbaría con estrépito la larga genealogía de José, el padre legal de Jesús, que remonta hasta Adán pasando por David y Salomón. El fundador del cristianismo, qué menos que emparentarse con reyes y compararse con el emperador Augusto. Los Evangelios —del griego, buena noticia— son relatos para endiosar a un fundador, como habían hecho antes —y hacen después— los escribas de otras tradiciones.



    El Papa intenta mantenerse «al margen de las controversias»

    Ha pensado Ratzinger en esa circunstancia cuando escribe (página 11) que «Nazaret no era un lugar que hubiera recibido promesa alguna». Recuerda, por eso, la respuesta que un futuro discípulo de Jesús, Felipe, ha dado a su compañero Natanael cuando este le comunica que «aquel de quien escribieron los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret». La respuesta de Felipe es conocida, y al Papa le gusta subrayarla: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?».

    Como si hubieran leído esta frase del libro, dos tuiteros reflexionaban graciosamente estos días, en medio del belén que se ha armado con las dudas sobre si había, o no, bueyes y burros en el dichoso establo. «¿Para qué nacer en Lepe, pudiendo ser de Bilbao?», decía uno. Contestaba otro: «Seamos universales: ¿para qué ser de Idaho pudiendo nacer en California?». Un tercero pregunta: «¿Y dónde aparcó su mula José? ¿O es que la virgen María, a punto de parir, tuvo que viajar a patita de Nazaret a Belén?».

    Benedicto XVI, de civil Joseph Ratzinger, de 85 años, empezó a escribir esta obra antes de encumbrarse en el pontificado romano, en 2005. Eso quiere decir que el primer tomo, y probablemente el segundo, son obra del teólogo Ratzinger, a la sazón gran inquisidor romano. Fueron obras sólidas, de peso, incluso físicamente (447 páginas el primer tomo; 396, el segundo). El que ahora se presenta (apenas 137 páginas, editadas por Planeta), lo ha escrito como Papa, en medio de las imponentes parafernalias del cargo. El autor parece reconocerlo en el prólogo: «Espero que, a pesar de sus límites, este pequeño libro pueda ayudar a muchas personas en su camino hacia Jesús y con él». Lo firma el 15 de agosto pasado, festividad de la Asunción de María al cielo, en su palacio de veraneo, Castel Gandolfo, a orillas del lago Albano.

    La advertencia no ha espantado la polémica. Poner en duda la presencia de un burro en la cuadra donde nació el fundador de su religión hubiera sido apenas noticia si saliese de la pluma de un teólogo, por famoso que fuese. Dicho por el Papa ha suscitado mil controversias. Por eso la noticia ha armado el belén. En España existe esta expresión —¡Y se armó el belén!— para definir una escandalera de este tipo, que ha desatado en las redes sociales execraciones o bromas sin cuento.

    ¿Qué ha escrito, realmente, Benedicto XVI? Parece obligado empezar por la noche en que la Virgen dio a luz y «envolvió al niño en pañales» sobre un pesebre. «Podemos imaginar sin sensiblería con cuánto amor preparaba el nacimiento», escribe. Apenas dos párrafos después aborda la escena completa. ¿Quién más había en el establo? Este es el texto: «Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio de Lucas no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1, 3: ‘El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende».

    Sitúa el nacimiento de Jesús en Belén, y no en Nazaret, por una profecía

    San Francisco de Asís toma esa profecía para construir en la Navidad de 1223, por primera vez en la historia de la cristiandad, una casita de paja a modo de portal y explicar a sus fieles el misterio del nacimiento de un Jesús pobre entre los pobres. Ahí empezó la tradición del belén, no antes. La imponente autoridad moral del franciscano, patrono de los animales y que da nombre a la gran ciudad de California, extendió pronto el mito por Europa y América. El Vaticano está construyendo el suyo estos días, impresionante, como cada año en la plaza de San Pedro. Por cierto, el Evangelio lucano no habla de animales en el establo, pero tampoco dice nada de la (se supone que indiscutible) presencia de José, el padre legal del recién nacido.

    Más metáforas. Dedica el Papa cuatro páginas a subrayar cómo Jesús, «el realmente Poderoso» (la mayúscula es suya) nace «en un pesebre, en un ambiente poco acogedor, incluso indigno», pero, inmediatamente, hace una pirueta que deja al lector descolocado. «En realidad, el pesebre es una especie de altar y se convierte en una referencia a la mesa de Dios». Naciendo entre pastores (si aquello era un establo, «habría pastores y animales», remacha), podrá remontarse a David, pastor de ovejas antes que rey, y a la profecía de Miqueas, según la cual de un pesebre de Belén “había de salir el que un día apacentaría al pueblo de Israel”. Resumen papal: «Jesús es el Gran Pastor de los hombres».

    Después de esa que el Papa llama «pequeña divagación», el libro vuelve al texto del Evangelio de Lucas, donde se lee: «María dio a luz a su hijo primogénito», y entra en el debate sobre si la Virgen fue madre de otros hijos (y también hijas), y si san Pablo entró al trapo cuando llama a Jesús «el primogénito de muchos hermanos». Conclusión del teólogo Ratzinger, esforzado a demostrar la virginidad de la madre: «El primogénito no es necesariamente el primero de una descendencia sucesiva. La palabra “primogénito” no se refiere a una numeración sucesiva, sino que indica una cualidad teológica». Conclusión: «En el humilde pesebre está ya este esplendor cósmico: ha venido entre nosotros el verdadero Primogénito del Universo». Vaya por Dios.

    Hay cientos de miles de libros sobre Cristo y 10.000 biografías serias

    Sobre Jesús hay cientos de miles de libros y en torno a 10.000 biografías consideradas serias. Es lógico si se tiene en cuenta que su nacimiento, pese a tener fecha dudosa, parte en dos la historia de una porción del mundo desde que el monje Dionisio el Exiguo propuso en el siglo VI —y el Papa impuso— reemplazar la cronología romana, que contaba los días a partir de la fundación de Roma, por una cronología cristiana. Desde entonces, se cuentan los años por un antes y después de Cristo. Ratzinger entra en el asunto para anotar lo que está sobradamente constatado: la insólita circunstancia de que Jesús nació antes de la era cristiana. «Evidentemente», escribe, «Dionysius Exiguus se equivocó algunos años en sus cálculos».

    En este punto, hace afirmaciones que los historiadores niegan. Dice, por ejemplo, que Jesús «nació en Belén» porque sus padres habían viajado hasta allí para cumplir «con un censo ordenado por los romanos». Frente a la tesis de que para ese censo, de haber existido, no habría sido necesario un viaje de cada cual a su ciudad, el Papa replica, apelando a «diversas fuentes», que los interesados «debían presentarse allí donde poseyeran tierras». Según el Papa, José, de la casa de David, disponía de una propiedad en la comarca de Belén. El terrateniente, no hace falta decirlo, es carpintero en Nazaret y marido de María, virgen y la madre de Jesús.

    No es verdad que hubiera revisión catastral alguna en ese tiempo. El Papa parece aceptarlo cuando empieza el párrafo siguiente afirmando que «siempre se podrá discutir sobre muchos detalles porque sigue siendo difícil escudriñar en la vida cotidiana de un organismo tan complejo y lejos de nosotros como el del Imperio romano».

    La afirmación es temeraria. La Roma de Augusto ha sido estudiada con detalle por los mejores historiadores romanos, relativamente contemporáneos de Jesús, como Tácito (año 50 a 120), Suetonio (hacia el 120) y Plinio el Joven (61-120), y en la modernidad por todo tipo de especialistas, entre otros el gran Ernest Renan y ahora Jesús Pagola, que vivieron en Israel antes de ponerse a escribir. Está demostrado que no hubo censo ni catastro alguno en aquel tiempo, y que cuando el fundador cristiano nació, el rey Herodes llevaba muerto más o menos dos años, lo que derrota el bulo cristiano de que el monarca judío, cuando se enteró por los Reyes Magos del nacimiento de Cristo, «mandó matar a todos los niños de Belén y su comarca de dos años para abajo».

    ¿Por qué el Papa se aferra a la idea de que el conocido como Jesús el nazareno nació en Belén? Lo explica como teólogo, es decir, trazando «un cuadro teológico» (sic). Un supuesto (pero irreal) decreto de Augusto para registrar fiscalmente a todos sus ciudadanos habría cumplido la profecía de Miqueas, según la cual «el Pastor de Israel habría de nacer en aquella ciudad». Y había que dar cumplimiento a otra promesa: la de que «la historia del Imperio Romano y la historia de la salvación, iniciadas por Dios en Israel, se compenetran recíprocamente». Así alcanza a emparejar la grandeza de Augusto y la grandeza de Jesús, «una conexión interplanetaria», dice el Papa. Lo escribe en un espectacular palacio levantado en el corazón de aquel Imperio, hoy centro neurálgico del imperio cristiano, que lo sustituyó.

    La mayoría de las biografías de Jesús han sido escritas por historiadores, pero abundan las firmadas por teólogos (en griego, personas que dicen «palabras sobre Dios»), o estudiosos de los incontables textos conocidos como Evangelios. Son decenas, pero la Iglesia romana, cuando se asentó en el poder imperial y pudo podar a placer lo que no convenía a sus intereses, incluso con violencia, los redujo a cuatro verdaderos. Como la gente seguía interpretando, llegó el tiempo en que la autoridad eclesiástica prohibió leer la Biblia, salvo la podada por Roma. Así siguen sus fieles, ahora por mala costumbre.

    Benedicto XVI, que antes de ser papa ejerció de inquisidor, advierte ahora, generoso, que su vida de Jesús «no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de búsqueda personal del rostro del Señor». Se le puede contradecir, asume. «No he intentado escribir una cristología». El teólogo anuncia una vida de Jesús, pero la escribe más desde la fe que desde la razón. Lo llama «toques de fe». Todo ello pese a escribir también que «no se pueden atribuir a Dios cosas absurdas o insensatas o en contraste con su creación».

    Tampoco san Pablo se cayó del caballo

    Escribió Renan que el teólogo tiene como principal interés el dogma. “Un teólogo liberal es un pájaro al que se le han cortado algunas plumas de las alas. Lo creéis dueño de sí mismo, hasta el momento en que trata de emprender el vuelo. Entonces veréis que no es completamente hijo del aire”. Pongan aquí el nombre de Joseph Ratzinger.

    Veamos el caso de san Pablo, antiguo fabricante de tiendas en Tarso y Apóstol de los Gentiles (como gustaba llamarse). Fue el auténtico secretario de organización del primer cristianismo. Sin él, que mandó hacer la romería —¡A Roma, a Roma, el corazón del mundo!—, la Iglesia que conocemos, segunda en número de fieles tras el islam, no habría dejado de ser una secta judía y contracultural. El mito dice que Pablo se cayó del caballo, deslumbrado por el mismísimo Jesús resucitado, cuando corría a Damasco a aporrear cristianos. La verdad la cuenta él mismo. Sencillamente, se convirtió por la entereza con que vio morir al primer mártir cristiano, san Esteban.

    Preguntaba el otro día Juan José Millás en la cadena SER, a propósito del último libro de Benedicto XVI, cuáles serían las mejores biografías de Jesús. Si hay una clásica es la Vida de Jesús, de Ernest Renan, de 1863. Es una referencia obligada (en España, la última edición es de 1995, de Edaf). Pese a que retrata al fundador cristiano como un ser excepcional (por encima de los Evangelios), su publicación causó escándalo descomunal por la reacción del papa Pío IX, que para entonces ya se comportaba como un psicópata. Después de Lutero y Voltaire, ningún hombre ha desencadenado cóleras más furibundas entre eclesiásticos.

    Roma creyó que Renan fue el responsable del deterioro de la fe cristiana en Europa, como si la jerarquía de esa religión no hubiera tenido nada que ver en aquel derrumbe. De la obra incendiaria de Pío IX (Syllabus Errorum, Índice de libros prohibidos, Concilio Vaticano I…), no quedan ni cenizas.

    Al Vaticano siempre le ha molestado que la gente de ciencias o de letras, y también los historiadores sin sotana, meta las narices en la vida de su mesías. El cristianismo romano es, en sus raíces, un culto a la personalidad de Jesús, hijo de Dios, el segundo componente de ese ser único que existe simultáneamente como tres personas distintas (la Santísima Trinidad, gran misterio).

    Jesús no escribió una línea y sus evangelistas (portadores de buenas noticias) no llegaron a conocerlo. Tampoco escribió Sócrates, pero el ateniense tuvo como biógrafos a Jenofonte y a Platón. Así que lo que se sabe de Jesús cabe en unas líneas. Existió. Era de Nazaret. Fue un predicador incendiario. Suscitó el odio de los jefes judíos, que lograron que el gobernador de Judea, el romano Poncio Pilato, lo condenara a muerte. Fue crucificado a las afueras de Jerusalén. Se dijo después que había resucitado.

    Esto es lo que se sabe con certeza, incluso si no existieran los Evangelios. El resto es leyenda, mito, teología. Pongamos los Reyes Magos, de los que se ocupa con simpatía Benedicto XVI en su último libro. Ni siquiera se sabe cuántos fueron. El Evangelio de Mateo dice que tres; en la Iglesia siria tuvieron una docena (reflejo de los 12 apóstoles y las 12 tribus de Israel), y en la copta contaron hasta 60. Según el escritor Jesús Bastante, en los dos primeros siglos solo fueron magos. Cuando la práctica de la magia le pareció pecaminosa a la jerarquía del cristianismo romano —¡la de brujas que mandó quemar!—, pasaron a ser reyes, los Reyes Magos. Tres. Por cierto, no hubo mago negro hasta el siglo XVI, inicio de las veleidades ecuménicas de Roma.



  7. Paul Kurtz (1925-2012)



    © Joaquín Pi Yagüe
    El País de Madrid

    Es muy probable que, justo antes de su fallecimiento el pasado 20 de octubre, a Paul Kurtz no le asaltara en sus últimos días la angustia recurrente respecto a qué encontraría después de la muerte. Desde sus años de universitario luchó por liberarse de los miedos ligados a la fe en la divinidad o en lo sobrenatural y al respeto a la autoridad de la jerarquía de las religiones mayoritarias.

    Paul Kurtz nació en 1925 en Newark (Nueva Jersey, EE UU). Hijo de padres judíos a los que calificaba de «librepensadores», se alistó en el Ejército estadounidense durante la II Guerra Mundial y fue uno de los primeros en entrar en los campos de concentración nazis de Buchenwald y Dachau en la liberación. Después de la guerra retomó los estudios y se matriculó en la Universidad de Nueva York para graduarse en Filosofía en 1948. Influido por el pensamiento pragmático de Sidney Hook, continuó formándose hasta obtener el título de doctor en 1952 por la Universidad de Columbia. En esa década de los cincuenta comenzó su identificación plena con el pensamiento humanista secular y dio sus primeros pasos en el terreno de la enseñanza universitaria en el Trinity College de Connecticut, para pasar después al Union College.

    A partir de 1965 se vinculó a la Universidad del Estado de Nueva York, en la ciudad de Búfalo, como profesor de filosofía hasta su jubilación en 1991, si bien continuó en esta institución como emérito. Una vez se hubo establecido en esta universidad comenzó su activismo cívico. En 1973 publicó el Humanist Manifesto II, un escrito de crítica al teísmo desde una perspectiva humanista. La obra está basada en otro documento de 1933 al que se la habían incorporado algunos de los asuntos más candentes de la década de los setenta como las armas nucleares, el control de la población, el racismo o el sexismo. El manifiesto lo firmaban 120 importantes personalidades del mundo de la ciencia y de la cultura entre las que se encontraban Andréi Sájarov, Francis Crick o Isaac Asimov.

    La pugna para que el pensamiento racional guiara las acciones humanas lo llevó a hacer campaña contra quienes daban pábulo a los fenómenos paranormales. En 1977 puso una reclamación en la Comisión Federal de las Comunicaciones contra la NBC por un programa de titulado Explorando lo desconocido, presentado por el actor Burt Lancaster y en el que, utilizando un formato de documental, introducía a la audiencia en temas tales como la cirugía psíquica de unos curanderos filipinos que aseguraban ser capaces de extraer un tumor practicando incisiones con el poder de su mente.

    El auge del fundamentalismo religioso en EE UU en la década de los ochenta también animó a Kurtz a responder con la aparición de la revista Free Inquiry. Antes de la irrupción oficial del integrismo religioso algunas voces afines a él comenzaron a revolverse contra los esquemas de pensamiento de Kurtz. Es el caso del evangelista Edward Rowe, que dejó escrito en su libro Save America, publicado en 1976, que «el humanismo es la filosofía y el programa de Satán». Lejos de arredrarse, Kurtz respondió a todos estos sectores con In Eupraxophy: living without religion, publicado en 1989 y donde proponía una moral alternativa laica prescindiendo de las religiones.

    En los últimos años de su vida no dejó de comprometerse ocupando cargos de importancia en distintas asociaciones afines a sus postulados filosóficos. Sin embargo, su entorno no era una balsa de aceite: desde posiciones de un ateísmo militante sin concesiones, algunos le echaron en cara su mesura y falta de agresividad en la crítica a los distintos credos. En 2010 dejó la dirección del Center for Inquiry por entender que se había llenado de «ateos enfadados» y por no estar en desacuerdo con los últimos proyectos de esta asociación, que incluía, entre otros, el Día Internacional del Derecho a la Blasfemia.

    Publicado el 29 de octubre de 2012