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Daniel L.R.
Especial para Razón AteaTodas las fuentes eruditas, con más o menos rigor, postulan que
Saulo de Tarso (San Pablo para los católicos) es el verdadero fundador del
cristianismo.
La palabra
«kristos» es la traducción griega de la palabra hebrea
«mesías» y fue pronunciada por primera vez en
Antioquía (en la actual Turquía). Éste es el punto de arranque del cristianismo; y, tal como dice la palabra, el área de difusión griega está completamente latente, pues no puede ser de otro modo. El cristianismo (propiamente dicho) es una resonancia del mundo helenístico, en el cual Pablo se hallaba completamente imbuido.
Pablo en un principio
perseguía a los judeo-cristianos de la Urgemainde, cuyo líder era Jaime (que los católicos llaman
Santiago), hermano de
Jesús. La Iglesia-Madre de Jerusalén, cuyo principal sacerdote y responsable era Jaime, elaboró
la ideología de que Jesús realmente había resucitado, y que volvería como vencedor y redentor de Israel para implantar la
Teocracia Judía y así, en el
«eschatón» (el último día, o lo que es lo mismo, el Jucio Final, que los judíos tomaron del
mazdeísmo) la
palenginesis se restablecería en un mundo divinamente globalizado. Pablo, entusiasmado con
la historia de Jesús, helenizó la escatología de la Urgemainde para proyectarla sobre las conciencias vulgares de las personas halladas en las provincias del
Imperio Romano, y así inventar, sin más, una nueva religión que se llamó (y se llama) «cristianismo». El
Jesús histórico, como su hermano, no eran cristianos, y tacharían a Pablo como
«hereje».Es difícil hablar del Jesús histórico, pero lo que sí es seguro es que era un
judío piadoso que cumplía escrupulosamente la Ley. Supuestamente su carácter era peculiarísimo, pero sus intenciones difieren mucho del
«Cristo de la fe»; pues la
circuncisión, cosa que Pablo no admitía como requisito imprescindible para enfrentarse al «eschatón», era el rasgo que particularizaba a los judíos del resto de las naciones (y que conste, ya que los judíos, como dijo
Voltaire, «fueron tardíos en todo», éstos la tomaron de los egipcios). El evangelio paulino de la incircunsición contradecía los sacramentos del
judaísmo, desligando por completo a la figura de «Cristo» de los propósitos político-religiosos que se desarrollaron en perpetuo fracaso en la Palestina del siglo I de nuestra era; cuyas esperanzas acabaron para siempre con la diáspora al derribar el templo, allá por el año 70 dC.
El Mesías no llegó y tras ello se escribieron los evangelios, cuyo Mesías conocía las cosas de Dios, mas no las de los hombres, pues su reino «no es de este mundo». El judaísmo, tras todos sus intentos patéticos de restaurar el reino de David, abandonó la utopía del mesianismo, quedando esta faceta para los cristianos helenizados de Pablo. Ellos hipostasiaron a Jesús en un trasmundo, para que así juzgue a los muertos, siendo esto un preámbulo de lo que todavía está por venir: «la venida del Señor» y su triunfo globalizador para restablecer la justicia divina y sumergir a la humanidad en el seno de Dios Padre.
Os dejo con las palabras que el propio Pablo de Tarso escribió en el primer panfleto del Nuevo Testamento, para que veáis que lo que digo no es gratuito. Es el
libro de los Tesalonicenses, cuya importancia debemos señalar como elemento clave para el desarrollo de la humanidad subsiguiente:
«Cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero y para esperar de los cielos a su Hijo, a quien resucitó de entre los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera» (
I Tes 1:9-10).
«El Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados justamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor» (I Tes 4:16-17).
«Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar tribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluido de la premisa del Señor y de la gloria de su poder». (
II Tes 1:7-9)
Éste es el imperativo proselitista de un
epiléptico cuya misión fue implantar una ideología de dimensiones ecuménicas. «Y quien tenga oídos para entender, que entienda».
Ver también: Cruz y ficción-La leyenda de Cristo.
Un artículo interesante y complementario: Lo que sabemos de Jesús de Nazareth.
viernes, julio 14, 2006,10:24 AM

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MikimossMás que «Satanás en el mundo» el título del
artículo [publicado en
Ediciones Católicas] debiera rezar «Satanás es el mundo». El relato resulta increíble no tanto por lo infantil de la mitología sino por la consideración de que una fobia y/o odio tan visceral hacia lo real como el mostrado por el autor pueda existir.
Las religiones han cumplido históricamente un papel simbólico fundamental que proyectaba al hombre hacia sus deseos mediante la concesión a estos de cierto estatus ontológico, ofreciendo así, al mismo tiempo, consuelo y esperanza. Es lo que podríamos llamar su función utópica. Pero las utopías solo son buenas -esto es, inteligentes- cuando la solución esperada es posible en el mismo plano donde acaecen las visicitudes vitales, y no una mera ilusión extramundana.
Quiero decir con esto que la horrible cosmovisión expresada por [Ricardo] Escobar no es religiosa en el sentido en el que no se trata de postular una esperanza para el mundo sino que, al contrario, se establece que el mundo, por ser demoníaco, es en sí el mal y por tanto carece de sentido esperanzarse en él. Es decir, no es que la realidad esté afectada contingentemente por una circunstancia malvada de la que nuestro credo trata de salvarnos consolándonos con la esperanza de su solución, sino que es la misma realidad –junto con nuestra propia esencia material (el cuerpo)–, la que estaría fabricada de la sustancia diabólica y, por tanto, sería inconsolable. La única opcíon así las cosas es escatológica: hemos de dejar la realidad para dejar de sufrir, hemos de morir.
Esta escatología es, en contraposición a la utilización habitual de la expresión, la verdadera «cultura de la muerte» contra la que los habitantes de este lado del planeta llevan milenios luchando pero que, incomprensiblemente, sigue atrayendo a algunas personas cabales.
¿Incomprensiblemente? ¿Por qué esta atracción hacia la autodestrucción?
Porque todo es un gran engaño, una gran impostura. En ningún momento el apologeta de esta escatología piensa ofrecer en sacrifico a su propia corporeidad. No quiere acabar con él mismo, sino con los demás. Es pura voluntad de poder, de conservar el privilegio, el látigo; de estar en la cúspide de la cadena alimenticia. En definitiva de preservar el «status quo» que le beneficia convenciendo a sus pobres víctimas de que el sufrimiento no es un estado transitorio sino consustancial a su naturaleza y que sólo cumpliendo con este «orden divino», con la «ley natural», podrán optar al paraíso del que el amo, parapetado también en su «lugar natural», disfruta en vida.
Por eso vocean: «Alejaos del mundo, no intentéis mejorar lo que por naturaleza está emponzoñado. El fin de vuestras penurias está en la otra vida y sólo podréis optar a ella si recibís con agrado, dando gracias al Todopoderoso, las caricias del látigo».
Respuesta al artículo Satanás en el mundo. Publicado en Diálogos con Roca y borrado de Ediciones Católicas.
Ver también: Al diablo con el diablo y El mal demuestra que Dios no existe.
domingo, julio 09, 2006,6:23 PM

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ernando G. ToledoEn 1859,
Charles Darwin demolía con su teoría los cimientos de cualquier explicación sobre-natural acerca del desarrollo de la vida en
El origen de las especies. Era un descubrimiento de implicaciones incalculables para el conocimiento humano, y no resulta acaso extraño que, apenas 12 años después, el antropólogo inglés
E. B. Tylor (uno de los «padres» de esta disciplina), ofreciera su brillante «hipótesis animista» sobre el origen de las religiones en
Primitive Culture. Hipótesis notable que ha resistido varios embates (tal como la evolución darwiniana) por coherencia y solidez.
El pensador y filósofo español
Gonzalo Puente Ojea ha tomado el legado de Tylor en sus más celebradas obras y se dispone en
Animismo a ponerlo a prueba una vez más, en un libro que se alza como imprescindible para aquéllos que busquen indagar en el muchas veces evitado y espinoso asunto del «nacimiento de lo religioso».
Puente Ojea, cuya pluma y vigor intelectual son una joya para el pensamiento hispano, quizá dilapidada por una escasa difusión, ha llevado su análisis sobre la «cuestión de Dios» por un sendero de rigor que alcanza una nueva cota en este libro. Para el ex embajador de España en el Vaticano, el área en la que se decide hoy tal cuestión está en «la errónea convicción, espontánea o discursiva, de que en el universo existen dos dimensiones o planos antitéticos de la realidad: el plano de la naturaleza y el plano metafísico de los espíritus o entes sobrenaturales». ¿Dónde está el error? En creer que, más allá de la materia, hay espíritus o almas.
Para Tylor, el
homo sapiens, en sus primeros balbuceos intelectuales, interpretó una serie de fenómenos (visiones en los sueños de personas ya muertas o de su propia imagen viva) como la «prueba» de que existía una entidad inmaterial fuera del cuerpo.
Ese es, según el antropólogo, el origen de todo sentimiento religioso, un origen espurio, aunque encomiable puesto que así el hombre intentaba esclarecer el mundo complejo que se le presentaba. A lo largo de su ensayo, Puente Ojea enfrenta la hipótesis tyloriana a otras posteriores (de
Evans-Pritchard,
Marett,
Frazer,
Eliade,
Durkheim,
Zubiri), para mostrar cómo la del antropólogo inglés sigue siendo la más acabada.
La idea de alma, tan frecuentada por la filosofía (piénsese, sino, en
Platón,
Descartes o
Leibniz), sería ordeñada sobre todo por la teología (
Agustín de Hipona,
Tomás de Aquino), y, claro, por la religión. Ahora bien, si, como se desprende del «magistral edificio teórico» de Tylor, el alma no es más que una ficción, no tiene sentido siquiera postular a Dios. Para el pensador español, la antinomia teísmo-ateísmo es incompleta, y hoy debe hablarse más bien de
religiosidad-irreligiosidad. Es que, según el autor, «un Dios sin almas sería como un pastor sin ovejas».

Ignacio Careaga Villalonga completa el análisis del embajador con un enfoque eminentemente antropológico, «ciencia en mano», para concluir que «el animismo original pertenece al desarrollo natural de la razón; pero el cambio efectuado del alma a un orden espiritual superior, es una desviación cultural forzada, que ha hecho encallar –y ha encallado– la nave del pensamiento humano, fuera de toda corriente racional».
Los autores muestran en el libro lo que el subtítulo de esta obra adelanta: el animismo es «el umbral de la religiosidad». En palabras de Puente Ojea: «Esta concepción de un
dualismo ontológico dominó a la Humanidad hasta hoy, sumergiéndola en un espiritualismo religioso que todavía impide que la ciencia rasgue el velo oscurantista y supere la superstición que impide la realización de un gran proyecto ético fundado en una racionalidad integradora de toda la complejidad del ser humano, restaurando su unidad natural».
Ver también: Adiós a las almas, La materialidad de la conciencia, Versus John Eccles, Contra un enemigo del cerebro y El conflicto irresoluble.
Pulsar aquí para leer el prólogo y la introducción de este libro.Etiquetas: Artículos del autor
martes, julio 04, 2006,3:30 PM

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Victor J. StengerTraducción de Fernando G. ToledoMuchos no creyentes dicen ser
agnósticos antes que
ateos. No creen que Dios exista, pero no están seguros y entonces son renuentes a llamarse ateos. Una actitud común es decir: «Tal vez hay algo allí afuera. A fin de cuentas, no lo conocemos todo».
¿Cuán seguros de la inexistencia de Dios debemos estar los que nos autodenominamos ateos? Obviamente, no podemos estar 100% seguros de nada. Pero podemos estar 99,99999% seguros de un montón de cosas, y eso es normalmente suficiente para tomar las decisiones diarias de nuestra vida. No podemos estar seguros de que no caeremos y nos romperemos el cuello al bajar de la cama en la mañana, pero no nos quedamos en la cama por eso. Viajamos en autos y en aviones, donde las probabilidades de sobrevivir no son del 100%, pero sí bastante cerca como para hacerlo. En esos casos, hacemos un análisis de riesgo-beneficio y decidimos que el beneficio justifica el riesgo.
Algunas cosas son, para todo propósito práctico, seguras. Si saltamos desde una ventana del décimo piso, podemos estar bastante seguros de que nos daremos un feo golpazo, no por la caída, como se dice, sino por la llegada. Ahora bien, un avión con un colchón atado a su ala podría pasar justo como para salvarnos. De nuevo, como se dice, «todo es posible». Pero este es un ejemplo del tipo de cosas posibles con las que hemos aprendido a no contar.
Así que, ¿cuál es el límite entre el agnóstico y el ateo? Si dibujamos la línea en el 100% de certeza, entonces no quedaría ningún lugar para los ateos. En ese caso, no habría ateos ni en una trinchera. Sin embargo, algunas personas se autodenominan ateos, incluyendo muchos que han pasado tiempo en trincheras. La palabra debe de significar algo para ellos. Sugiero que los ateos son personas que han evaluado las posibilidades, hecho el análisis riesgo-beneficio, y encontrado que la existencia de Dios es tan improbable que prefieren vivir sus vidas sin todo el lastre que toda creencia te fuerza a cargar.
El lastre de la creencia es pesado. No sólo se espera que dones tiempo y dinero a tu iglesia, sino, lo más importante, se espera que cambies tu cabeza. Y, como ha dicho
Dan Quayle, «perder la cabeza es algo terrible».
Cuando eres un miembro fiel de alguna religión, no eres libre de usar tu propio juicio en lo que sea mejor para ti, para tu familia y la sociedad. Más bien, se espera que aplaces el juicio por el de otros que aseguran tener la autoridad sobrenatural. Y desde el momento en que ellos no ofrecen evidencia para avalar lo que dicen excepto su propia palabra, se te pide que evites usar tu propio intelecto en el proceso.
A lo largo de los siglos, muchos intentos han querido probar el basamento racional de la creencia sobrenatural. Todos han fallado. Los predicadores pueden todavía atraer clientes hacia sus argumentos simplones con aire de lógicos, del estilo: «¿como podría esto –el universo, la vida, la conciencia– haber surgido desde la nada?». Ellos les aseguran a sus oyentes que Dios lo hizo todo. Pero consideren lo absurdo del argumento: algo no puede surgir de la nada, y entonces debe provenir de Dios… que surge de la nada.
Últimamente, la creencia en una realidad indetectable y trascendente ha acabado en la fe antes que en la razón. Las iglesias han convencido a la mayor parte de la raza humana de creer en lo increíble, darle crédito a lo inverosímil, racionalizar lo irracional. Un ateo es alguien que no puede creer en algo que no tiene base racional, que es nada más que una fantasía y una delusión arrastrada desde la infancia ignorante y supersticiosa de la raza humana.
Artículo original en Mukto-mona.
Ver también: Agnósticos y ateos, por Gonzalo Puente Ojea, Propuesta y La palabra Dios.
En la imagen, Thomas Huxley, quien acuñó el término agnosticismo.
Etiquetas: Ateísmo