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Fernando G. ToledoLas cosas por su nombre. Los inculpadores de ayer son los acusados de hoy. Cazadora cazada, la Iglesia carga con la Inquisición como con un lastre. Un lastre que pretende ser arrojado por la borda para volver a ascender a los cielos.
El negacionismo propio de los apologetas religiosos no es potestad, sin embargo, de la institución oficial, la Santa Iglesia Católica, sino de esos amigos del relativismo insidioso achacan la Inquisición a la pertenencia a su tiempo (
Zeitgeist). Que los tribunales inquisidores hayan sido propiciados por un contexto histórico de pugnas internas y externas, y que el provecho constituyera una ayuda a cierta nación, no oculta, sin embargo, las
incumbencias de los
ejecutores.
La estrategia suele ser, para quienes no consiguen ocultar la responsabilidad de la Iglesia en la Inquisición, evitar la opinión o considerar tal episodio vergonzante un simple fenómeno de su siglo. Sin embargo eso lleva a olvidarse del sustento “teórico” para la Inquisición: ese sustento fue el religioso. Al llevar todo al terreno de las puras opiniones, y ofrecer como único argumento que no se puede juzgar lo que pertenece a una época distinta de la nuestra, se aboga por un entumecimiento de las perspectivas que puedan asumirse frente a un hecho cualquiera del pasado. Como si realmente uno se parara frente a los hechos con la objetividad de un espejo plano. Eso es imposible. Pero también está de más: podemos juzgar a la Iglesia de antaño porque persiste hogaño. Y con la Inquisición, la religión no estaba haciendo otra cosa que eliminar al “otro”. La aversión por la ajenidad se ha repetido siempre: el de la ciudad distinta es enemigo, el que no se parece a nosotros es enemigo, el que tiene otro color de piel es enemigo, el que gusta de cosas diferentes es enemigo, el que se
ríe de los demás es
hereje. El que cree en dioses que no son los nuestros es enemigo. El que no cree en dioses es despreciable.
Cualquiera que vaya detrás del
rigor histórico, podrá intentar “entender” a la Iglesia al punto de encontrar las razones que la llevaron a imponer la Inquisición: el intento desesperado por mantenerse, el abuso propio de un culto instaurado en el poder, el típico delirio de los que se creen dueños de la verdad y administradores de ésta. Ayer y hoy. Y siempre.
Sí: se podrá clamar porque a la Inquisición no se le llame “aberración”. ¿Qué hacemos entonces con el Holocausto? Un fenómeno de una época pasada, de un siglo anterior al actual. Seis millones de judíos -no católicos, ésa era la religión del Estado- asesinados de los modos más aberrantes (o “de época”, como se prefiera). ¿Será que hay que evitar correr el riesgo de juzgar con criterios actuales un asesinato en masa de su tiempo? ¿No vamos a juzgar a Hitler, si no a entenderlo? Se lo puede entender, y se lo debe juzgar. La “solución final” del nazismo fue un crimen. Ayer, hoy y siempre lo habría sido. A menos que, gobernados por una Iglesia que consiguiera el poder de la mayoría mundial, nos creyéramos el cuento de que hay una sola religión (o raza, quizás) verdadera, y las otras, ajenas, son enemigas. Y merecen la cámara de gas, o la silla eléctrica, si hay que adecuarse a los tiempos.
El criterio relativo no debe nublar una última cuestión, no menos importante: que no estamos confundiendo religión con Iglesia. Estamos entendiendo que la Iglesia instituye a la religión. Y cumple sus preceptos. Es en ese sentido que son despreciables ambas. La teoría y la práctica.
Ver también: La Inquisición y los lavadores de culpas y El Santo Niño y el esperma de Satán.Etiquetas: Artículos del autor