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  1. Islam vs. cristianismo

    viernes, setiembre 29, 2006


  2. El Rottweiler de Dios se muerde la cola

    martes, setiembre 26, 2006

    © Christopher Hitchens
    Traducción en Página/12

    Hay muchos Papas dentro de la Cristiandad –la Iglesia Copta tiene uno, la Iglesia Ortodoxa Oriental también tiene un Patriarca o Santo Padre–, pero hemos adquirido el hábito de usar el término para describir sólo al obispo de Roma (como lo describen los 39 Artículos de la Iglesia Anglicana) y esto es una pena por muchas razones. Le confiere una especie de autoridad suprema al líder de apenas una secta cristiana, y por eso ayuda a darles la impresión a los no cristianos de que el representante del catolicismo romano representa mucho más de «Occidente» de lo que en realidad representa.
    En un intento de revivir su Iglesia moribunda con una visita a Alemania, donde las congregaciones romanas son cada vez más escasas, Joseph Ratzinger (siempre voy a pensar en él con este nombre) se las ha arreglado para hacer un moderado daño –y para no hacer nada bueno en absoluto– en la tensa y crispada discusión que se desarrolla entre Europa y el Islam. Recomiendo que lean el texto completo de su discurso en la Universidad de Regensburg hace dos semanas.
    Después de una introducción muy superficial, Ratzinger fue directo a su cita elegida, tomada del emperador bizantino del siglo XIV Manuel II. Este monarca supuestamente una vez entró en debate –el momento y lugar precisos se desconocen– con un persa anónimo. El tema era el Cristianismo y el Islam. El bizantino le pide al persa que le muestre «qué ha traído Mahoma que sea nuevo, y allí encontrará cosas que sólo son malvadas e inhumanas, como la orden de difundir la fe que predicaba con la espada». Pero, entusiasmado en su propio tema, el monarca purpúreo de Constantinopla habría agregado: «Para convencer a un alma razonable, no se necesita un brazo fuerte, ni armas de ningún tipo, ni otras maneras de amenazar a una persona con la muerte».
    Ahora, no hace falta ser musulmán para pensar que esta cita es una perfecta hipocresía en boca del obispo de Roma. No hubiera habido una cristiandad bizantina o romana si la fe no hubiese sido inculcada y difundida y mantenida con todo tipo de violencia, crueldad y coerción. Para tomar el ejemplo favorito –y autocompasivo– del Islam: fueron los cruzados católicos quienes saquearon e incendiaron Bizancio en su camino a Palestina, y eso fue sólo después de que metódicamente atacaran a los judíos, así que el mundo musulmán fue en realidad sólo la tercera víctima de esta barbarie. (La mejor fuente de estos hechos es la Historia de las Cruzadas de Sir Steven Runciman). Sin embargo, de todas las palabras que podría haber elegido para sugerir que la religión desea quebrar su vieja conexión con la conquista, la intolerancia y la subordinación, Ratzinger tuvo que elegir un ejemplo diseñado para recordar a sus oyentes los crueles excesos del período medieval. Su mención de Manuel II evidentemente no fue accidental o anecdótica. Se refiere a él varias veces y vuelve a mencionarlo otra vez en el párrafo de cierre, como para remarcarlo.
    Y por supuesto ahora escuchamos, predeciblemente, las patéticas y poco convincentes disculpas formuladas por su vocero y finalmente por el propio Ratzinger. Esto sólo servirá para convencer a los enfurecidos musulmanes de que, amenazando con represalias, llamando a cortar las relaciones diplomáticas con el Vaticano y desencadenando otras cuantas fatwas sanguinarias, podrán forzar otro retiro. Las cosas habituales han sucedido: el asesinato de una monja en Somalía y el ataque a iglesias cristianas en Palestina. Así continúa el «diálogo» ecuménico.
    Al leer el grueso del discurso, sin embargo, es posible darse cuenta de que, si hubiera nacido en Turquía o Siria en vez de en Alemania, el obispo de Roma podría haberse convertido en un perfecto musulmán ortodoxo. Raztinger se permite desconfiar del Islam porque reclama que su revelación es la absoluta y final, pero él describe a Juan, uno de los apóstoles, como el que pronunció «la última palabra sobre el concepto bíblico de Dios», y donde los musulmanes creen que Mahoma entró en trance y tomó dictado de un arcángel, Ratzinger acepta como verdadera la igualmente desopilante leyenda de que a San Pablo se le ordenó difundir el evangelio durante una visión experimentada en un sueño. No entiende a Mahoma cuando dice que el profeta sólo prohibió la «compulsión en la religión» cuando el Islam era débil. (La relevante sura proviene de un período de relativa confianza.) Pero podría haber citado con facilidad las muchas suras que contradicen brutalmente este mensaje aparentemente benigno. El problema común es que, si se cuestiona demasiado la revelación y el dogma de otra religión, es una invitación al cuestionamiento de la propia. Eso es lo que ha sucedido en este caso.
    Los musulmanes que protestan están siendo muy desagradecidos. Cuando se incendiaron las embajadas danesas a principios de este año, Roma sólo lanzó unas palabras de protesta sobre la inconveniencia de tiras cómicas profanas. En casi todas las otras confrontaciones entre el Islam y Occidente, o entre el Islam e Israel, el Vaticano ha o bien repartido la diferencia, o ayudado a hacer de ventrílocuo de las quejas musulmanas. Más que nada, cuando se dirigió a su público en Regensburg, el hombre que modestamente se considera el vicario de Cristo en la Tierra mantuvo un ataque constante a la idea de que la razón y la conciencia individual pueden ser preferibles a la fe. Pretende que la palabra «Logos» puede significar tanto «la palabra» como «Razón», lo que es posible en griego, pero nunca en la Biblia, donde es presentada como la verdad celestial. Menciona al pasar a Kant y Descartes, deja fuera por completo a Spinoza y Hume, y deshonestamente trata de hacer parecer que la religión y la Ilustración y la ciencia son en última instancia compatibles, cuando todo esfuerzo del pensamiento libre siempre tuvo que mantenerse, con gran riesgo, en contra de la ilusión fantástica de verdades reveladas y sus representantes terrenales. Se dice con frecuencia –y lo dijo el propio Ratzinger cuando era un subordinado del último prelado de Roma– que el Islam es incapaz de una Reforma. No tendríamos siquiera esa palabra en nuestro lenguaje si la Iglesia Católica Romana se hubiera salido con la suya. Ahora su líder reaccionario realmente ha «ofendido» al mundo musulmán, mientras simultáneamente nos pide que desconfiemos de nuestra única arma confiable, la razón, la única que poseemos en estos tiempos oscuros. Un buen trabajo, que realmente no necesitábamos.


    Artículo original en Slate.

    Ver también: Raztinger contra la ciencia, La involución papal, Falacias y errores de Joseph Ratzinger sobre el Islam y El Papa Rottweiler ladra.

  3. © Sam Harris
    Traducción en Laicismo.org

    Por alguna razón, al Santo Padre le pareció necesario citar al emperador bizantino Manuel II Paleólogo que dijo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, ...». Ahora el mundo musulmán está zumbando con pía rabia. Es una pena que el Papa Benedicto no haga también caricaturas. Uniéndose al cobarde coro de suplicantes aterrados, el New York Times le ha urgido a que ofrezca una «disculpa auténtica y persuasiva». El Papa parece estar dando sus pasos hacia la consecución de tamaña hazaña.
    Aunque el Papa ha tenido éxito enfureciendo a millones de musulmanes, el propósito principal de su discurso era castigar a los científicos y laicistas por ser, en fin, demasiado razonables. Parece que los no creyentes exigen todavía, perversamente, demasiada evidencia y apoyo lógico para su cosmovisión. Creyendo que estaba llegando al tuétano del dilema humano, el Papa recordó a un mundo expectante que la ciencia no puede levantar su propio peso: no puede, por ejemplo, explicar por qué el universo es comprensible. Resulta que éste es un trabajo para...(atención)...el cristianismo. ¿Por qué el mundo es susceptible de comprensión racional? Porque Dios lo hizo de esa forma. Aunque el Papa no llega a ser buen mago, a muchas personas inteligentes y bien intencionadas les pareció vislumbrar un conejo en este viejo sombrero. Andrew Sullivan, por ejemplo, alabó el «discurso profundo y complicado» del Papa por su «claridad y franqueza». Aquí está el núcleo del argumento del Papa, extractado de sus conclusiones. He agregado mis propios comentarios a lo largo del texto.

    La intención aquí no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. Mientras nos regocijamos en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, también podemos apreciar los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas. Tendremos éxito al hacerlo solo si la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más generamos nuevos horizontes...


    El Papa sugiere que la razón debe ensancharse para incluir lo empíricamente inverificable. ¿Existe alguna duda que estos «nuevos horizontes» incluirán los groseros dogmas de la iglesia católica? Aquí, el Papa entiende el espíritu de ciencia completamente al revés. De hecho la ciencia no se limita meramente a lo que es actualmente comprobable, sino que está interesada en cuestiones que sean potencialmente comprobables (o, más bien, falsables). Y esto significa excluir los que sea gratuitamente estúpido. Con estas distinciones en mente, consideremos uno de los dogmas centrales del catolicismo según se encuentra en el credo de la iglesia católica romana:

    Creo que la eucaristía es el sacrificio verdadero, apropiado y propiciatorio ofrecido a Dios a favor de los vivos y los muertos, y que el cuerpo y la sangre, junto al alma y el espíritu de nuestro señor Jesucristo, se encuentran verdadera y sustancialmente en el sacramento de la eucaristía, y que hay un cambio completo de la sustancia del pan en la del cuerpo, y la sustancia del vino en la de la sangre; y que este cambio se denomina transubstanciación. Creo también que es Cristo completo y entero, y el verdadero sacramento se recibe bajo cada especie separada.


    Aunque uno siempre puede encontrar católicos que muestren renuentes a admitir que el canibalismo se encuentre en el corazón de su fe, no hay ninguna duda de que la Iglesia pretende que este párrafo sea creído literalmente. La presencia real del cuerpo y sangre de Cristo en la misa ha de ser entendido como un hecho material. Como tal, ésta es una declaración sobre el mundo físico. Es, de hecho, una declaración absolutamente absurda sobre el mundo físico. (Al contrario que la mayoría de los dogmas religiosos, sin embargo, la doctrina de Transubstanciación realmente es falsable. De hecho resulta ser falsa).
    A pesar de las solemnes meditaciones del Papa sobre el asunto, la razón no es tan elástica como para abarcar los dogmas favoritos delcatolicismo. No hace falta decir que el nacimiento virginal de Jesús, la resurrección física de la muerte, la entrada de una alma inmortal en el cigoto en el momento de concepción y casi cada artículo de la fe católica cae en la misma e indigna papelera. Éstas son creencias que los católicos sostienen sin razón suficiente. Por consiguiente, son irrazonables. No existe ensanchamiento posible del alcance de la racionalidad del siglo XXI que pueda o deba, abarcarlos.

    Solo así nos hacemos capaces de lograr este diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy.

    Es irónico que un hombre que acaba de calificar al Islam como «malvado» e «inhumano» ante 250.000 espectadores y la prensa mundial, hable ahora de «diálogo genuino de culturas». ¿Cuánto diálogo genuino podemos esperar? El Corán dice que quien crea que Jesús es divino –como deben hacer todos los católicos reales– pasarán la eternidad en el infierno (Corán 5:71-75; 19:30-38). Esto parece romper cualquier acuerdo. El Papa sabe esto. El mundo musulmán sabe que lo sabe. Y sabe que el mundo musulmán sabe que lo sabe. Ésta no es una buena base para el diálogo de inter-religioso.

    En el mundo occidental se sostiene ampliamente que solo la razón positivista y las formas de la filosofía basadas en ella son universalmente válidas. Incluso las culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas...

    Tampoco a los astrólogos les gusta que «sus convicciones más profundas» sean atacadas. Tampoco a la gente que cree que los extraterrestres han atravesado la galaxia para incordiar a algunos granjerosy su ganado. Afortunadamente estos grupos no toman las calles y empiezan a matar gente cuando se critican sus creencias irracionales. Sospecho que el Papa sería el primero en admitir que hay millones de las personas en esta tierra que albergan «muy profundas convicciones» que ni son profundas, ni compatible con un diálogo real. De hecho, uno no necesita leer el discurso papal entre líneas para observar que el Papa pondría al mundo musulmán al completo más allá de la «universalidad de razón». Tiene razón para estar alarmado por el Islam, particularmente por sus doctrinas de martirio y yihad. Tiene razón para encontrar detestable el tratamiento de las mujeres musulmanas a lo largo del mundo (si de hecho lo encuentra detestable). Tiene razón para preocuparse por que cualquier musulmán que se convierta al cristianismo (o al ateísmo) ponga en riesgo su vida, pues la conversión fuera de la fe es castigada con pena de muerte. Estas profundidades son objetos dignos de nuestro desprecio. No hace falta disculparse, Su Santidad.
    Sin embargo, podríamos notar que una de las «más profundas convicciones» del Papa es que la anticoncepción es un pecado. Sus agentes continúan predicando este dogma diabólico en el mundo sub-desarrollado e incluso en África subsahariana, donde más de 3 millones de personas mueren de SIDA cada año. Esto es inmoral y estúpido sin remisión. También es un punto en el que la Iglesia no ha mostrado demasiada capacidad inteligente para el diálogo. A pesar de su inclinación a criarse en un estado de dominación mundial, los musulmanes tienden a ser más razonable en el asunto de planificación familiar. No consideran que el uso de formas temporales de control de la natalidad sea un pecado.

    La razón científica moderna simplemente tiene que aceptar la estructura racional de la materia y su correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que prevalecen como se nos ha dado, en las que su metodología debe basarse. Incluso la pregunta ¿por qué esto tiene que ser así? es una cuestión real, que tiene que ser dirigida por las ciencias naturales a otros modos y planos de pensamiento: a la filosofía y la teología.
    Aquí debe de ser donde Sullivan encuentra al Santo Padre particularmente «profundo y complicado» y «hondo». De acuerdo, las cuestiones epistemológicas hacen que uno sude y pueden decirse muchas cosas interesante e incluso polémicas sobre las bases de nuestro conocimiento. Sin embargo, aquí el Papa no ha dicho nada interesante ni polémico. Ha insinuado meramente que poner el Dios de Abraham detrás de cada proceso natural de algún modo reduciría el cociente de misterio en el cosmos. No lo hará. Casi mil millones hindúes ponen tres dioses en esta casilla –Brahma (el Creador), Vishnú (el Preservador) y Shiva (el Destructor)–. ¿Cuán intelectualmente iluminador debemos encontrar esto?

    Occidente ha sido puesto en peligro por mucho tiempo por esta aversión en la que se basa su racionalidad, y por lo tanto solo puede sufrir grandemente. El coraje para comprometer toda la anchura de la razón y no la negación de su grandeza: éste es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo. “No actuar razonablemente (con logos) es contrario a la naturaleza de Dios” dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristiano de Dios, en respuesta a su interlocutor persa...

    Por favor, leamos la primera frase de nuevo. Espero que no parezca quisquilloso si señalo que Occidente se enfrenta a varios peligros aun mayores que aquéllos debidos a una epistemología incompleta. Occidente está en peligro, principalmente, por la fragmentación religiosa de la comunidad humana, por los impedimentos religiosos al pensamiento crítico y por la disposición religiosa de millones de personas a sacrificar la posibilidad real de felicidad en este mundo por la fantasía de un mundo venidero. Estamos viviendo en un mundo donde incalculables millones de hombres y mujeres adultos pueden racionalizar el sacrificio violento de sus propios hijos recurriendo a cuentos de hadas. Estamos viviendo en un mundo donde millones de musulmanes creen que no hay nada mejor bien que matar y ser matado en defensa de Islam. Estamos viviendo en un mundo en el que millones de cristianos americanos confían en ser llevados al cielo por Jesús en poco tiempo, para así poder disfrutar seguros del santo genocidio que inaugurará el fin de historia humana. Estamos viviendo en un mundo en el que un sacerdote viejo y tonto, simplemente aireando sus inanidades religiosas podría plausiblemente empezar una guerra con 1400 millones de musulmanes que se toman sus propias inanidades mortalmente en serio. Éstos son los peligros reales. Y no son peligros para los que más «fe Bíblica» sea remedio.

    El artículo original puede encontrarse en Truth Dig.

    Ver también: Ratzinger contra la ciencia, La involución papal y Errores y falacias de Joseph Ratzinger sobre el Islam.

  4. © J.C. Álvarez
    Especial para Razón Atea

    El pasado 12 de septiembre, Joseph Ratzinger (alias Benedicto XVI, Papa de Roma) pronunció en Ratisbona un discurso en el que, además de denunciar nuevamente como «impíos» al racionalismo ateo y al empirismo científico, lanzó un furibundo ataque contra la religión islámica, presentando en contraste a un cristianismo supuestamente respetuoso con la libertad de conciencia y preocupado por fundamentar racionalmente sus creencias. Para ser justos con el islamismo (aunque uno sea ateo o precisamente por ello), hay que señalar en el discurso del Papa una serie de visiones erróneas sobre el Islam y también sobre el cristianismo histórico, que son errores objetivos y no sólo falsas interpretaciones.
    Ratzinger habla de una polémica contra el Islam emprendida por un emperador bizantino, Manuel II Paleólogo, y en este contexto cita el versículo 2:256 del Corán: «No existe coacción en la religión». Ratzinger sostiene que éste fue un verso escrito tempranamente, cuando Mahoma aún no estaba en el poder. Sin embargo, tal afirmación es incorrecta. La Surah 2 es una surah de Medina, escrita cuando Mahoma ya se había establecido como líder de la ciudad de Yathrib (más tarde conocida como Medina o «la ciudad» del Profeta). El Papa se imagina que un joven Mahoma, que vivía en La Meca antes de 622 y aún carecía de poder, permitió la libertad de conciencia, pero más tarde ordenó que su religión fuera extendida por medio de la espada. Sin embargo, dado que la Surah 2 fue escrita a partir del período de Medina, cuando Mahoma ya se encontraba en el poder, esa teoría del Papa no se sostiene.
    Muchos fieles musulmanes afirman que el Corán no dice en ningún punto que la fe religiosa deba ser impuesta por la fuerza. Para probar dicha alegación, estos fieles citan las palabras del Corán sobre las religiones: «[2:62] Los que creen (en el Corán), los que siguen a los judíos (Escrituras), y los cristianos y sabianos –cualquiera que crea en Dios y en el Juicio Final, y en la honradez del trabajo–, tendrán su recompensa con su Señor; sobre ellos no caerá ningún temor, ni tampoco sufrimiento alguno». Estos mismos fieles (así como algunos historiadores laicos) sostienen que la idea de la guerra santa o jihad (entendida como defensa de la comunidad islámica o, en general, como el establecimiento y creación de gobiernos controlados por los musulmanes, antes que como una imposición de la fe por la fuerza a los individuos) no es tampoco una doctrina coránica. La doctrina habría sido elaborada mucho más tarde, en la frontera entre Umayyad y Bizancio, bastante tiempo después de la muerte del Profeta.
    El filósofo Michel Onfray, en una entrevista, dice lo siguiente: «Lo peor de libros como la Biblia o el Corán es que ahí se puede encontrar todo y su contrario, las proclamas de misericordia y la instigación al crimen». Todos los libros «sagrados» están plagados de incoherencias, contradicciones y sofismas. De cualquier modo, sea o no estrictamente coránica la doctrina de la guerra santa o jihad, e independientemente de cómo se entienda ésta, lo cierto es que en los primeros siglos de expansión del Islam era bastante difícil que los infieles fueran aceptados como miembros, y a los cristianos que querían convertirse en musulmanes habitualmente no se les permitía hacerlo. El tiránico gobernador de Irak, Al-Hajjaj, se destacó por este rechazo a los aspirantes, puesto que obtenía impuestos más altos de los no musulmanes.
    Lo anterior parece favorecer la tesis de que, aunque la jihad pudiera tener alguna base (contradictoria) en el Corán, la doctrina de la guerra santa propiamente dicha fue elaborada más tarde. En los primeros siglos, al menos, la «jihad ofensiva» se entendió más bien como la necesidad de instaurar y mantener gobiernos musulmanes. Para ello, los pueblos musulmanes no vacilaron en atacar, invadir y someter por la fuerza a otros pueblos, pero por lo general no pretendieron convertirlos en masa al Islam: de hecho, preferían no hacerlo ya que cobraban mayores tributos a los vasallos no musulmanes. Los musulmanes árabes conquistaron Mesopotamia, que entonces era en gran parte pagana, zoroástrica, cristiana y judía; pero no buscaban convertir, y seguramente no impusieron su religión.
    En su discurso de Ratisbona, el Papa intentó demostrar que la coacción de la conciencia es incompatible con la fe auténtica y «razonada»; para ello, utilizó al Islam como un símbolo de la exigencia coactiva de la fe infundada. Pero Ratzinger está engañado por la polémica medieval sobre la que sustenta sus argumentos. Es completamente falso que el Islam haya sido más coactivo que el cristianismo al buscar la difusión y el mantenimiento de sus creencias y al pretender llevar a cabo la conversión de los infieles; de hecho, la realidad histórica fue justamente la contraria. Es igualmente falso que el cristianismo sea racionalista y que el Islam no pretenda siquiera racionalizar sus creencias: tanto el cristianismo como el Islam son creencias irracionales y animistas nacidas de un mismo tronco común, y tanto el uno como el otro han pretendido racionalizar o dar «razón» de sus creencias, apelando a la filosofía para construir ese extraño híbrido que es la teología, con todos sus sofismas (y aun deliremas) pretendidamente racionales por imitación de la filosofía griega. De hecho, el Corán también se muestra favorable a la fe «racionalizada» (en el mismo sentido del cristianismo), y también prohíbe en ocasiones la obligatoriedad coactiva de la religión. Muchos fieles e intérpretes musulmanes del Corán afirman que la única violencia permitida por éste fue la ejercida en defensa propia de la comunidad islámica contra las tentativas de los paganos de la Meca por eliminarla (en este sentido, no existen demasiadas diferencias respecto a la interpretación que muchos cristianos hacen de su propio libro canónico, la Biblia).
    El Papa afirma que, en el Islam, Dios es tan trascendente que se encuentra fuera de la razón y, por lo tanto, no puede esperarse de Él que actúe razonablemente. Ratzinger contrasta este concepto de Dios con el del Evangelio de Juan, donde Dios es el Logos, la Razón inherente al universo. Pero hubo muchas escuelas de teología y filosofía islámicas. La escuela Mu’tazilite mantuvo exactamente lo que el Papa dice: que Dios debe actuar conforme a la razón y al bien tal como la gente los conoce. El acercamiento de la escuela Mu'tazilite es todavía popular en el zaidismo y en ciertos sectores del shiísmo de la clase dirigente iraquí e iraní.
    La escuela Ash’ari, por el contrario, insistió en que Dios quedaba fuera de la razón humana y, por lo tanto, no podía ser juzgado racionalmente. Seguramente el Papa encontraría que Tertuliano, y quizás también Juan Calvino, serían más comprensivos que él con esta opinión, dentro del propio cristianismo.
    En cuanto al Corán, constantemente apela a la «razón» para conocer a Dios y para refutar la idolatría y el paganismo, y pregunta a menudo: «¿No eres capaz de razonar?», «¿no lo entiendes?» («¿a fala ta’qilun?»). Éste es un ejemplo más de la racionalización típica de todas las religiones monoteístas, mucho más parecidas entre sí –dado su común origen– de lo que Ratzinger está dispuesto a reconocer.
    Desde luego, el cristianismo tiene una larga historia de imposición obligatoria y violenta de la fe a la gente, incluyendo a los paganos en el Imperio Romano tardío, los cuales fueron muy enérgicamente convertidos. Y luego estuvieron los episodios de las Cruzadas, impensables en el mundo musulmán.
    Otra ironía es que el cristianismo «razonado» y escolástico tiene una herencia importante del Islam. En el siglo X había muy poca escolástica en la teología cristiana. La influencia de pensadores musulmanes como Averroes (Ibn Rushd) y Avicena (Ibn Sina) enfatizó nuevamente el empleo de Aristóteles y Platón en la teología cristiana. De hecho, en cierto momento los teólogos cristianos de París se dividieron entre los partidarios de Averroes y los de Avicena, y mantuvieron una fuerte polémica entre ellos.
    Respecto al emperador bizantino Manuel II Paleólogo, citado por el Papa, hay varias cosas que decir. Los bizantinos habían quedado muy debilitados por las depredaciones latinas durante la Cuarta Cruzada, de modo que fue la propia Roma la que en primer lugar buscó la coacción. A Roma le interesaba tanto conquistar Tierra Santa como sojuzgar a la Iglesia Ortodoxa. Manuel II terminó sus días como un vasallo del Imperio Otomano.
    Joseph Needham, en su monumental libro Ciencia y Civilización en China, señala que el cristianismo siempre fue más bárbaro que sus rivales –el Islam, el taoísmo, el budismo, el hinduismo– porque estas grandes religiones tuvieron siempre un núcleo humanista del que careció el cristianismo, y además pretendieron lograr una nueva forma de unión del ser humano con el mundo, así como sacralizar la naturaleza y los animales (un tema particularmente fuerte en el Islam, sobre todo en el sufismo, así como en las religiones hindúes). En cambio, según Needham, el cristianismo nunca pudo salir de sus orígenes bárbaros en la superstición y en la magia (o quizás su base judaica chocó de forma tan violenta con el paganismo panteísta de las tribus nórdicas que el resultado fue un pastiche amorfo de religión, un chamanismo sin naturaleza).
    De acuerdo con la interpretación de Needham, la fe cristiana en la resurrección de los muertos fue siempre vista en el mundo islámico como algo inverosímil, anti-natural y absurdo. Este elemento de oscurantismo (la resurrección de los muertos) creaba una división insalvable entre el mundo material y su Creador: Dios aparecía como algo completamente distinto y opuesto a la naturaleza, que intervenía desde fuera de ella para violar sus leyes. En cambio, en el islamismo, lo mismo que en el budismo o el taoísmo, Dios tendía a identificarse con la naturaleza. Funcionalmente, la vigilancia inquisitorial sobre tales creencias del cristianismo también explicó la rígida ortodoxia y la cruel intolerancia de la iglesia latina en la Alta Edad Media; el monoteísmo cristiano creó una cultura europea monolítica bastante diferente a la de las prósperas comunidades del mundo árabe y persa, en las que los judíos, los musulmanes y los cristianos convivieron durante muchos siglos pacíficamente unos con otros (y con zoroastrianos y hasta con confucianos).
    Según Needham, la tendencia humanista presente en el islamismo y en las religiones orientales, junto con su interés por la sacralización de la naturaleza, explica el gran florecimiento de la filosofía, las letras y las ciencias en el Islam y en China durante la Edad Media (frente al oscurantismo y la barbarie de las comunidades cristianas), pero curiosamente también daría cuenta de su estancamiento definitivo. Cuando el monje Roger Bacon y otros importaron a Europa la ciencia china e islámica (que fue la base para el progreso técnico-científico europeo), una de dos cosas se veía como históricamente inevitable: o bien la Iglesia Católica destruiría la ciencia, que tras la confirmación definitiva del heliocentrismo de Copérnico por Galileo se había convertido en enemiga declarada de la ortodoxia; o bien se produciría un divorcio mutuamente acordado entre la iglesia y la ciencia. Al final sucedió lo último. La gran cesura moral, filosófica y teológica de la iglesia latina (la separación radical entre Dios y Naturaleza y la total desacralización de ésta, junto con la separación entre la religión y la ciencia) explicaría por qué la ciencia plenamente desarrollada fue posible en el occidente cristiano, pero no en China ni en el mundo islámico, que no se decidieron a «profanar» la naturaleza. Los chinos y los islámicos siguieron siendo pre-científicos ya que no llevaron a cabo la separación entre religión y ciencia, pero en Europa la desacralización del mundo natural y el divorcio entre la Iglesia y el Estado permitieron que las ciencias adoptaran su forma moderna y baconiana. Y con el progreso científico-tecnológico vino el desarrollo de las fuerzas productivas y la sustitución de las relaciones de producción feudales por las capitalistas.
    Así pues, el Papa se ha equivocado en muchos hechos básicos, por lo que debería retractarse de sus palabras.


    Bibliografía:

    -Historia de la filosofía islámica. Corbin, Henry. Editorial Trotta S.A., 2000.
    -Sufismo: una introducción esencial a la filosofía y la práctica de la tradición mística del Islam. Ernst, Carl W. Ediciones Oniro S.A., 1999.
    -El Islam, historia, presente y futuro. Küng, Hans. Editorial Trotta, S.A., 2006.
    -Cubriendo el Islam: cómo los medios de comunicación y los expertos determinan nuestra visión del resto del mundo. Said, Edward W. Editorial Debate, 2005.
    -Lo que Europa debe al Islam de España. Vernet, Juan. El Acantilado, 2006.
    -Cien preguntas sobre el Islam. VV.AA. Encuentro Ediciones S.A., 2006.



    Ver también: La involución papal, Ratzinger contra la ciencia, A favor de lo contrario, Fantasmas del pasado y ¿Dónde ponemos a la religión?

  5. La involución papal

    jueves, setiembre 21, 2006



    © Fernando G. Toledo

    1

    Ninguna palabra de las que Ratzinger ha dejado caer en su gira por Alemania parece haber sido pronunciada con descuido y, sin embargo, no fue necesario esperar más que unos días para que éste se desdijera públicamente. Ante sus ojos infalibles tenía, dichas tales palabras, un panorama inesperado: el Islam, la religión con la que juega desde hace años el papel de colega, se mostraba encendido ante una expresión tan desafortunada para la diplomacia. Resulta curioso que, luego de que el papa católico hiciera uso en su conferencia «Fe, razón y universidad», en la Universidad de Ratisbona, de una cita de Manuel II Paleólogo («Múestrame además aquello que Mahoma haya traído de nuevo, y sólo encontrarás cosas malvadas e inhumanas»), debiera asumir la pose hipócrita que a todo político se le exige. Y que, agachando la cabeza iluminada por uno de los dioses en disputa, debiera exclamar, ya sin alusiones a emperadores bizantinos: «Lamento profundamente las reacciones en algunos países a unos pocos pasajes de mi discurso a la Universidad de Rastisbona, que fueron considerados ofensivos a la sensibilidad de los musulmanes». Para otorgar novedad a la escaramuza, además, Ratzinger ha evitado echarle la culpa al emisario –los periodistas–, destacando su flagrante errancia: «De hecho, era una cita de un texto medieval que en absoluto expresa mi pensamiento personal».
    Pero las sorpresas habrán acabado allí, seguramente. Cuando es el fundamentalismo (islámico, para más señas), el que está en juego, toda espiral de violencia es previsible. Tanto como el triste espectáculo que se despliega a partir de ahora: el Papa se encuentra con que una de las religiones con las que ha practicado una cierta «internacional de confesiones» desde hace años, es más peligrosa y explosiva que la casta a la que siempre le interesa condenar: la de los impíos. El blanco fijo de sus críticas.
    Pero resulta que los increyentes no han prometido venganza, ni exigido disculpas, ni matado a sus acólitos, ni organizado un «viernes de ira», ni preparado un arsenal para bombardear Roma. Los que (parafraseando a Dostoievsky) tienen todo permitido por carecer de Dios, han dejado pasar cualquier exabrupto excepto para las críticas, que es lo que se le pide a cualquier persona razonable. En cambio, la religión con la que comparte libros y profetas, esa religión que parece tardía en seguir el camino del catolicismo inquisidor, es ahora una serpiente entre sus sábanas. Y puede escupir mucho veneno.
    Como ha recordado Juan G. Bedoya en El País de Madrid [19/09/06], «el problema del discurso de Benedicto XVI en Ratisbona es su pensamiento excluyente, cristiano-céntrico. ¿Por qué recordó en Ratisbona –como cita de autoridad, sin refutarla– al emperador bizantino, teniendo a mano a pensadores cristianos que sostuvieron lo contrario en la misma época, como Francisco de Asís, Raimon Llull (en El gentil y los tres sabios), o Nicolás de Cusa (La paz de la fe)?»
    Cuando un año atrás, en setiembre de 2005, un diario danés tuvo la enorme osadía de dibujar al profeta Mahoma, cruzando el límite que los musulmanes trazan contra la iconofilia (en unas caricaturas más suaves que las palabras de un antiquísimo emperador), el Vaticano reaccionó para defender a sus «colegas», condenando la grosería del periódico. Y ahora está entre los groseros. Pero, de nuevo, prefiere estar en el bando de los que lo amenazan y no de los que defendieron, en ese entonces, la libertad de expresión. Por eso es que el nuncio Manuel Monteiro de Castro, ha subrayado que «Su Santidad ha manifestado su aprecio por el Islam, por un pueblo que cree en un sólo Dios, que considera a Jesucristo como un profeta, venera a la Virgen Santísima y cree en la recompensa de lo que hacemos en la vida. El Papa ha manifestado muchas veces esto sobre los musulmanes».
    Sin embargo, rota, al menos por ahora, la utopía interconfesional, dinamitados para siempre los puentes hacia el diálogo de religiones (según la imagen del teólogo español Juan José Tamayo), Ratzinger ve en la arena que su aura de brillante intelectual queda reducida al del bocotas incapaz de sostener sus propias palabras. ¿Cree Ratzinger, en su viejo corazón de Rottweiler alemán, que el pensamiento de Manuel II es errado y no puede hacerlo suyo como parecía? ¿Cree que merece respeto una religión sólo porque convive con ella en el casillero de los monoteísmos? ¿Cree que cuando habló de que la religiosidad no puede justificar la violencia, deba ahora hacer el payaso, asustado por esa violencia? ¿Cree que su religión, finalmente, habrá estado libre de los mismos pecados como para poder arrojar alguna piedra?

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    La eufórica visita del Papa a Alemania no ha abundado en concordias. Las palabras que irritaron a los musulmanes han tenido oportunidad de ser reinterpretadas hasta el hartazgo por los exégetas papales y por el mismo Ratzinger, de manera de, como es usual, «resolver la contradicción mediante la interpretación», versión teológica del «donde dice “digo” debe decir “Diego”».
    Pero en otros asuntos Su Santidad no ha sido tan contemplativo. Por ejemplo, en la misa celebrada en la explanada Islenger Feld, también en Ratisbona, que pronunció como parte de su gira alemana. Allí Joseph Ratzinger, considerado por algunos como una de las «mentes más brillantes» del siglo XX, decidió reprochar a una de las grandes teorías de la historia del conocimiento humano: la evolución. Y lo hizo de la manera más dogmática posible, poniendo a la ciencia en entredicho con la invocación al Credo católico, muestra indubitable de la fama de brillantez que el vicarius christi alemán se ha ganado en algunos círculos.
    Para Ratzinger, la teoría de la evolución es «irracional» si no pone a Dios a contar en las ecuaciones. Está, en este sentido, pidiendo a la ciencia que incluya a Dios (por supuesto, la cláusula exigirá al «Dios cristiano», uno y trino), porque de otro modo ésta acabaría en la irracionalidad más pura, ésa que la humanidad ha heredado de la Ilustración.
    El ataque puede causar tanto risa como espanto. Ratzinger no sólo ha repetido sus diatribas contra el ateísmo diciendo torvamente que éste «nace del miedo» (se supone que a lo que no existe). Sino que, además, ha censurado cierto ateísmo tácito de la ciencia, que se atreve a sacar a Dios de las hipótesis, cual Laplace ante Napoleón.
    Las palabras de Benedicto XVI tienen sus bemoles, y no han pretendido ser claras. Sabe el teólogo que, cuando estuvo como una sombra sosteniendo los pies de Karol Wojtyla, el papa anterior, debió escuchar de labios de éste que «la evolución ha dejado de ser una hipótesis». Pero ha venido a cobrar ese terreno cedido con este razonamiento: «Nosotros creemos en Dios. Ésta es una opción fundamental. ¿Pero es hoy aún posible? ¿Es una cosa razonable? Desde la Ilustración, al menos una parte de la ciencia se ha dedicado a buscar una explicación al mundo en la que Dios sería innecesario. Y si eso fuera así, Dios se haría innecesario en nuestras vidas. Pero cada vez que parecía que este intento había logrado éxito –inevitablemente surgía lo evidente: ¡algo falta en la ecuación!».
    La «mente brillante» del anciano obispo se ensaña con su propia caducidad. ¿Acaso fue posible saber, desde lo alto de su pía infalibilidad, cuáles serían las ecuaciones que fracasan, para que los científicos no yerren en su oscuro camino? De ninguna manera: hasta la teología tiene sus límites. Y Dios, en efecto, es a todas luces una «hipótesis innecesaria». Así, como la evolución (la teoría sintética hoy vigente) se atreve a buscar la explicación del origen de la vida y su desarrollo desde las coordenadas rigurosas de toda ciencia, naturalista por definición, esto es sinónimo de la irracionalidad que toda disonancia de los dogmas cristianos arrastra, según Ratzinger. Porque, se pregunta éste y se responde, «¿qué existió primero? La Razón creadora, el Espíritu que obra todo y suscita el desarrollo, o la Irracionalidad que, privada de toda razón, extrañamente produce un cosmos ordenado en modo matemático así como el hombre y su razón. Esta última, sin embargo, sería entonces solo un resultado casual de la evolución y por lo tanto, al final, igualmente irrazonable».
    Rizado el rizo, la evolución es irracional para el Papa porque no tiene en cuenta la Razón Creadora, la petitio principii de esta fe que en otros tiempos supo oponerse a Copérnico o Galileo por motivos análogos (¿o acaso no era, en estos términos, «irracional» que no fuéramos el centro de la «creación»?). Para la «brillante mente» de Ratzinger, entonces, la teoría de la evolución es, probablemente producto del miedo, y una excrecencia propia del ateísmo: «como cristianos decimos: “Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra”, creo en el Espíritu Creador. Nosotros creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad».
    ¿Y si un espejo se tendiera sobre la figura de Benedicto XVI? ¿Qué rostro miraría el Sumo Pontífice? Porque, si Ratzinger cree que la ciencia debe rodearse de su fe específica para no caer en la irracionalidad, ¿por qué no piensa que su religión también debería aceptar los parámetros de la ciencia? Es que, difícilmente sea posible vivir hoy sin ciencia (o más bien, sobrevivir), pero se ve por sus regaños que es perfectamente posible vivir sin religión, sobre todo con la católica. Ratzinger exige a la ciencia introducir la hipótesis divina. ¿Asumiría las consecuencias de falsar sus propias hipótesis? ¿De someterlas a experimentos?
    En El legado de Darwin (editorial Katz, 2006), el biofilósofo británico John Dupré propone una lectura y puesta al día de cuanto la teoría de la evolución ha aportado -no ya sólo a la biología, sino a las ciencias todas, a la filosofía e, incluso, a la teología- desde la aparición de El origen de las especies, en 1859. Para Dupré, el desarrollo de la teoría de la evolución representa uno de los mayores cimbronazos para el conocimiento humano de los últimos siglos. En su libro, Dupré lleva el barco de la valoración de la teoría a sus lindes, para encontrarse, curiosamente, como dice, «de acuerdo tanto con Richard Dawkins como con los fundamentalistas cristianos». ¿En qué punto? En que evolución y teísmo son incompatibles.
    Luego de advertir que, sin embargo, la evolución no es capaz de explicarlo todo, Dupré llega a la conclusión que quizá es la misma que acucia a Ratzinger. «Deseo insistir en un enfoque que antes parecía obvio, pero que ahora puede resultar ingenuo. Y ese enfoque afirma que gran parte de la contribución de Darwin fue la de dar un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes héroes científicos del Renacimiento –Copérnico, Galileo, Newton y otros–, en dirección a una visión del mundo naturalista que finalmente logró prescindir de los fantasmas, los espíritus, y los dioses que servían para explicar, en épocas anteriores, todos los fenómenos naturales». Por esto Dupré apuesta a volver, ya maduros, al empirismo, de modo que éste nos ofrezca razones válidas para adoptar lo que adoptamos y rechazar lo que rechazamos. «Una exigencia modesta, tal vez, pero que, según creo, podría eliminar una parte de las mitologías religiosas y supersticiosas que siguen dominando, y a veces devastando, a las vidas humanas», sentencia.
    Las palabras de Ratzinger contra la ciencia han permitido a muchos ver las cartas con las que el primer papa coronado en el siglo XXI desea jugar. Días antes de la estocada vicaria de Ratisbona, el diario The Guardian anticipaba que el Vaticano se aprestaba a «abrazar» la «teoría del Diseño Inteligente». Eso lo alejaría de Juan Pablo II, o quizá revelaría el sentido verdadero de su aceptación de la evolución, en la que intentaba dejar a las almas fuera de la discusión científica. Ratzinger ha sido más radical y quiere regresar al sueño de evangelizar la ciencia. Acaso lo suyo sea el primer estertor de una superstición antigua que, para usar sus propias palabras, ya no sirve ni siquiera para adormecer los miedos.

    Ver también: Ratzinger contra la ciencia, Identifican un gen crucial para la evolución humana y ¿Dónde ponemos a la religión?

  6. © Juan Lara

    Ratisbona (Alemania), 12 sep (EFE).- El papa Benedicto XVI denunció en Ratisbona que una parte de los científicos se empeñan en demostrar que Dios es "inútil" para el hombre y afirmó que la teoría de la evolución es irracional, que el ateísmo moderno nace del miedo a Dios y que el odio y el fanatismo destruyen la imagen de Dios.
    El Papa hizo estas manifestaciones ante decenas de miles de personas, unas 250.000 según fuentes de los organizadores, que asistieron en las afueras Ratisbona a la misa que ofició en su primer día de estancia en esta ciudad de Baviera en cuya universidad enseñó dogmática.
    El Pontífice teólogo dedicó la catequesis a explicar lo que significa creer y tras afirmar que el Credo "no es un compendio de sentencia, ni una teoría", se preguntó si es posible creer en nuestros días y si es una cosa "racional".
    "Desde el Iluminismo, al menos una parte de la ciencia se empeña con tenacidad a buscar una explicación del mundo en el que Dios sea algo superfluo. Así, sería algo inútil para nuestra vida. Pero cada vez que parece que lo han logrado, la realidad se muestra evidente. Sin Dios las cuentas no cuadran para el hombre, para el mundo y el universo", afirmó el Papa.
    Joseph Ratzinger se preguntó qué cosa existe en el origen y añadió que hay sólo dos respuestas: o la "Razón creadora, el Espíritu que hace todo y fomenta el desarrollo" o la "irracionalidad, que sin razón alguna, produce un cosmos ordenado de manera matemática, al hombre y a la razón".
    Según el Papa, esta última sería sólo un resultado casual de la evolución, "en fondo una cosa irracional".
    Con firmeza, el Pontífice subrayó que los cristianos creen que en el origen está en Dios y la razón y no en la irracionalidad.
    Benedicto XVI aseguró que el odio y el fanatismo destruyen la imagen de Dios y que el ateísmo moderno nace del miedo a Dios, quien sin embargo es bondad y amor.
    El jefe religioso de más de mil millones de personas de todo el mundo afirmó que sólo Dios salva al hombre del miedo del mundo y del ansia ante el vacío de la propia existencia.
    Benedicto XVI también tocó el tema del Juicio Final y aseguró que la fe no quiere meter miedo al hombre, sino llamarlo a la responsabilidad.
    "¿No deseamos que se haga justicia para todos los condenados injustamente, para los que han sufrido durante toda su vida y después de una vida de dolores fueron tragados por la muerte, no deseamos que el exceso de injusticia y de sufrimiento que vemos en la historia al final desaparezcan, que todos al final sean felices y que todo tenga sentido?. Esto es lo que se entiende con el concepto del Juicio del mundo", manifestó el Papa.
    Ratzinger animó a los hombres a no desperdiciar la vida ni abusar de ella, a compartirla y a no permanecer indiferentes ante las injusticias, "convirtiéndonos en conniventes o cómplices".
    Según el Papa el hombre tiene que entender su misión en la historia y responder a ella.
    "No miedo, sino responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y la de todo el mundo", advirtió el Papa, que insistió que cuando esa responsabilidad y preocupación se convierten en miedo los hombres deben saber que "tenemos ante Dios un abogado que es Jesucristo y que cualquier cosa que nuestro corazón nos eche en cara, Dios es más grande que cualquier corazón y conoce todas las cosas".
    Esta tarde el Papa visitará la Universidad de Ratisbona, de la que fue vicerrector. Joseph Ratzinger tras haber impartido clases de teología Dogmática en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Friesing, Bonn, Munster y Tubinga, pasó a este ateneo bávaro.
    Titular de la cátedra de Dogmática e Historia del Dogma, Ratzinger impartió esta materia desde 1969 a 1971 en la universidad en la que hoy se encontrará con representes del mundo de la ciencia, ante los que pronunciará un discurso que ha levantado expectación.
    Después mantendrá un encuentro ecuménico en la catedral con representantes de las iglesias luteranas y ortodoxas presentes en Ratisbona, donde vive su hermano, Georg, de 82 años, y donde están enterrados sus padres y hermana.


  7. Pero avanzo

    miércoles, setiembre 06, 2006



    © Fernando G. Toledo

    La diferencia entre lo que no sé
    Y lo que aúlla detrás de la puerta
    O se cuela en la entreabierta pregunta
    Que la luz formula está en la palabra
    Así el silencio se viste de un cuerpo
    Que no consigo abrazar Nadie espera
    Y los papeles raspan su vacío
    Según las reglas que impone la noche
    Pero avanzo Quizás para perderme
    O porque quedan resquicios de blanco
    Y yo necesito encender un fuego
    Para el invierno de estas viejas letras
    Quizá para dejar que todo huya
    Y un verso destruya lo que he callado.



    Este poema pertenece al libro Secuencia del caos (2006), primer premio del Certamen Literario Vendimia 2006. El flamante volumen será presentado por el autor, el martes 12 de setiembre de 2006, a las 19, en la plaza Independencia, como parte de la Feria del Libro 2006.
    Están todos invitados.
    La obra que ilustra este poema y también la portada de la premiada obra es Acertijo, del pintor mendocino Alberto Thormann.