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  1. Próstata

    viernes, marzo 31, 2006

    © Juan José Millás

    Dios y Luzbel coincidieron en la consulta del urólogo. Tras recibir malas noticias respecto a sus próstatas, Dios propuso que fueran a tomar un café. El diablo, que se jactaba de haber inventado la lucha de clases, se resistió por miedo a que aquello dañara su reputación. Pero el Todopoderoso dijo que se lo debía: «No habrías podido descubrir la lucha de clases si yo no hubiera concebido previamente las clases». Tras pedir las consumiciones, Dios le preguntó quién le había recomendado aquel urólogo, y si podía pagarlo. «Le compré el alma al poco de que terminara la carrera», dijo Satán, «a cambio del éxito. Durante estos años han pasado por sus manos las próstatas de los artistas más famosos, de los escritores con más prestigio, de los obispos con la mitra más larga... No me cobra nada con la esperanza de que en un arranque de generosidad le devuelva el alma. Si nos saca adelante, igual se la devuelvo».
    Dios le agradeció el interés por su salud, pero dijo que había pocas esperanzas. «Además», añadió, «estoy cansado de llevar esta doble vida. Predico la bondad, pero ya ves que la gente tortura y mata y se suicida en mi nombre. Al principio me divertía que resultara tan fácil proclamar una cosa y hacer otra, pero ha dejado de hacerme gracia. También tú estarías harto si tus seguidores fueran tipos como Bush o Bin Laden. La verdad es que habría dado cualquier cosa por tener entre mis filas a algunos de tus admiradores». «Si te gusta Julio Iglesias», objetó el diablo, «no puedes pretender llenar los estadios con aficionados a los Rolling. Tienes que ser un poco coherente". «Hay algo", añadió Dios, «que llevo muy mal, y es la sospecha de que al final tú has sido el más feliz de los dos».
    «No te creas", respondió el diablo, «cuando me di cuenta de que yo, comparado contigo, era un pedazo de pan, se me vino el mundo abajo. Por más empeño que ponía en hacer bien el mal, tú siempre me sacabas una cabeza de ventaja. Por decirlo rápido: yo debería haber inventado las clases sociales, desde luego, pero también la Inquisición, y el Opus y los cilicios de siete puntas». «Total, que somos un par de fracasados», resumió el Creador llamando al camarero. Pagó la cuenta el diablo, porque Dios no llevaba suelto.

    Publicado en El País es el 31-03-2006

  2. Versus teología

    miércoles, marzo 29, 2006



    © Fernando G. Toledo

    Si fuera cuestión de puntos de vista
    La razón del viento que está soplando
    Estaría en las hojas de los álamos
    Y su inquieta música sibilante
    Mientras que la luz de cada mañana
    /Ya que las opiniones tanto abundan/
    Debería aparecer siempre a horario
    Para animar danzas de girasoles
    Pero ha empezado a notarse el agobio
    Y exhuma sabiduría un «no sé»
    Antes que esa pretendida respuesta
    Que clausura cualquier otra pregunta
    Al final de cuentas Dios siempre ha sido
    Tan sólo el nombre de lo que ignoramos.

    (Inédito)

  3. Buenos Aires, 1976

    viernes, marzo 24, 2006


    © Eduardo Galeano

    A una prisionera, embarazada, le dan a elegir entre la violación y la picana eléctrica. Ella elige la picana, pero al cabo de una hora ya no aguanta el dolor. Entonces, la violan todos. Mientras lo hacen entonan la Marcha Nupcial.
    -Y bueno, es la guerra- dice Monseñor Gracelli.
    Llevan escapulario y comulgan cada domingo los hombres que en los cuarteles queman senos con soplete.
    -Por encima de todo, está Dios- dice el general Videla.
    Monseñor Tortolo, presidente del Episcopado, compara al general Videla con Jesucristo y a la dictadura con la Pascua de Resurrección. En nombre del Santo Padre, el nuncio Pío Laghi visita los campos de exterminio, exalta el amor de los militares a Dios, la Patria y la Familia y justifica el terrorismo de Estado porque la Civilización tiene el derecho de defenderse.

    De Memoria del fuego.

  4. Tener espíritu

    martes, marzo 21, 2006

    © Fernando Savater

    De la presciencia de la muerte -propia, ajena- como certidumbre inexorable brota el espíritu. ¿Qué significa tener espíritu? No es gozar de algún misterioso elemento sobrenatural mezclado al barro común de nuestra naturaleza ni sentir el latido de lo imperecedero dentro de lo que ha de morir, sino más bien lo contrario. Tener espíritu es ser conscientes de que no podemos dar nuestro cuerpo por garantizado (como hacen el resto de los animales, que por eso llegan a ser muy listos pero nunca espirituales); tener espíritu es dar el cuerpo por perdido y amarlo así, en su marcha y su quebranto. El espíritu es la celebración del cuerpo (del complejo de vida y mundo que corporalmente se manifiesta) porque valientemente aún vive en su resbalar por la muerte. El espíritu no es pues lo que nunca muere sino lo que siempre sabe que va a morir. La animalidad es dar por descontado el cuerpo y la divinidad es darlo por innecesario, situaciones ambas en las que no cabe suponer espiritualidad alguna. ¡Qué ridiculez, considerar que pueden existir espíritus puros, es decir, desvinculados de la vida corporal y de la certeza futura de su muerte! Los dioses serían como las bestias, aparentemente afanosos pero en el fondo despreocupados; de ahí que las mitologías no logren evitar representarlos como brutales. ¿Acaso puede concebirse un dios «noble»? Cuando se les quiere espiritualizar y por tanto hacer amables, como en el cristianismo, no hay otro remedio que obligarles a tomar carne mortal y suponerles la contradictoria angustia de perderla.

    Fragmento de Muerte, voz del Diccionario filosófico (1997)

  5. Einstein y la religión, en primera persona

    miércoles, marzo 15, 2006

    Agnosticismo
    "Mi posición con respecto a Dios es la de un agnóstico. Estoy convencido de que una conciencia vívida de los principios morales de mejoramiento y ennoblecimiento en la vida no necesita la idea de un legislador, especialmente un legislador que trabaja sobre las bases del castigo y la recompensa". (Albert Einstein, en una carta a M. Berkowitz, del 25 de octubre de 1950).

    Contra el Dios personal
    "Me parece que la idea de un Dios personal es un concepto antropológico que yo no puedo tomar en serio. Tampoco me puedo imaginar alguna voluntad o meta fuera de la esfera humana. Mis opiniones son cercanas a las de Spinoza: admiración por la belleza y creencia en la simplicidad lógica del orden y la armonía del universo, que sólo podemos aprehender con humildad y de manera imperfecta. Creo que tenemos que contentarnos con nuestro imperfecto conocimiento y comprensión y tratar los valores y las obligaciones morales como problemas puramente humanos - los más importantes de todos los problemas humanos" (Hoffmann, Banesh. Albert Einstein: Creador y Rebelde. Nueva York, Viking Press, 1972., p.95).

    Los problemas de la religión
    "La principal fuente de los conflictos actuales entre las esferas de la religión y de la ciencia yace en el concepto de un Dios personal" (Einstein, Albert. De mis últimos años. Nueva York, Philosophical Library, 1950., p.27).

    El alma y el "sentido" de la Naturaleza
    "Puesto que nuestras experiencias internas consisten en reproducciones y combinaciones de impresiones sensoriales, el concepto de un alma sin cuerpo me parece vacío y carente de significado" (Dukas, Helen. Albert Einstein: el lado humano. Princeton, Princeton University Press, 1979., p.35)

    "Nunca le he atribuido a la Naturaleza un propósito ni una meta, ni nada que pueda entenderse como antropomórfico" (Dukas, Helen. Op. cit., p.43).

  6. Fantasmas del pasado

    miércoles, marzo 08, 2006


    © Fernando G. Toledo

    Han caído torres y han volado trenes. Han ardido embajadas y ha habido muertes, cuerpos muertos, vidas perdidas. Ha sido demasiado. La ira desatada desde setiembre de 2005 por la publicación en Dinamarca de unas caricaturas de Mahoma conforma el eslabón que da cierre al hartazgo. Un punto de ruptura después de ataques terroristas de diversa índole, paridos por un sistema social macabro en el que un Dios (Alá), un dios tan ilusorio como cualquier otro, se ofende en nombre de los hombres, y mata. La teocracia no puede convivir con la democracia si la ecuación concluye en la sangre derramada.
    Por eso es que un grupo de intelectuales ha firmado en la primera semana de marzo de 2006 un manifiesto. Un grito a la vieja usanza, para reclamar no por lo ya perdido sino por todo lo que puede perderse si la estampida de un pasado ilegal (encarnado en cruzadas, inquisiciones o guerras santas) invade el mundo con su miasma.
    El lugar elegido para la publicación del escrito, titulado Contra el fundamentalismo islámico, ha sido un emblema de la valentía. El documento, que luego ha de ver la luz en otros medios europeos, ha aparecido en Charlie Hebdo, el semanario satírico francés que -cuando el conflicto entre la libertad de expresión y la libertad de ofenderse estaba en su punto crítico- puso en su portada un dibujo del profeta islámico diciendo «Es duro ser amado por estúpidos».
    Salman Rushdie encabeza la firma en un gesto notable, si se atiende el hecho de que ha vivido en carne propia los (d)efectos de la religión, ya que tuvo colgando sobre su cabeza la sentencia de muerte dictada por el ayatolá Jomeini en 1989. «Tras haber vencido el fascismo, el nazismo, el estalinismo, el mundo se enfrenta a una nueva amenaza global de tipo totalitario: el islamismo», dice sin tapujos el manifiesto. Luchar por «valores universales» pero en el «terreno de las ideas» es la propuesta, que denuncia la religión islámica por nutirse (como otras, agregaríamos) «del miedo y de la frustración». Sí, hay que decirlo: «Los predicadores del odio se basan sobre estos predicados para formar batallones con los que esperan imponer un mundo liberticida e inigualitario». Fuera la hipocresía: «El islamismo es una ideología reaccionaria que mata, por donde pasa, la libertad, la igualdad y el laicismo» y «su éxito derivaría en un mundo de injusticias y de dominación: la de los hombres sobre las mujeres y la de los integristas sobre los demás».
    Rushdie, junto a Ayaan Hirsi Ali (diputada neerlandesa de origen somalí), Chahla Chafiq (escritor iraní escapado a París), Caroline Fourest (ensayista francesa), Bernard Henri Lévy (filósofo galo), Irshad Manji (ensayista de Uganda refugiado por Canadá) y Taslima Nasreem (escritora y médica bengalí también amenazada de muerte fundamentalistas del Islam), han hablado claro. Saben que el mundo no se cambia con un escrito, por más nombres que lo suscriban. Pero saben, también, que no se debe callar cuando el respeto muta en miedo, ya que éste impone así su dictadura perversa. Torquemada lo sabía mejor.
    La repulsa a aceptar estas nuevas formas de la violencia, que corporizan los fantasmas de un pasado que nunca deja de acechar y que una parte del mundo piensa haber exterminado, no es otra cosa que el clamor por la supervivencia. Una supervivencia que sólo puede ser planteada en los términos que propone el laicismo, esto es, la asunción de que las religiones deben asumir su puesto privado, y que jamás puede esa creencia imponerse a un mundo exterior que reclama coherencia de los gobiernos por el reconocimiento de su dura realidad. El caso del islamismo fundamentalista es extremo, pero en el cristianismo (la religión más difundida en el Occidente), late el mismo afán invasivo.
    Para un Estado y para un gobierno, tomar partido por una religión significa plantar bandera. De este lado del Globo, los estados tienden a despegarse de los dictados religiosos, aunque algunos todavía persistan en un amamantamiento enfermizo e hipócrita, puesto que las leyes que han de echarse a rodar deben tener su raíz bien hundida en el suelo terrenal. La justicia del más allá, las leyes de la divinidad, el otro mundo, los fastuosos porvenires del ir sin volver, no ofrecen nada a cambio más que la ilusión de una «verdad» destinada a ir al choque con otras «verdades» que viajan a alta velocidad, por el mismo carril y, por lo general, en sentido contrario. Las «verdades divinas» suelen ser trampas explosivas y el choque siempre es inminente.
    Antaño el miedo al castigo celestial reunió las masas en la sumisión, pero las máscaras, los turbantes, los tules y las sotanas han caído y mostrado una escuálida desnudez. Una parte del mundo ha decidido que ya no hace falta esclavizar para gobernar, ni dividir para reinar. Lo que un Estado necesita es que su gobierno ejercite la ley pisando la Tierra. Esto significa no cubrirse de ninguna religión, ninguna, y establecer el dominio de los hombres, de una buena vez. Eso permite ver en el otro, fronteras más allá o en la casa de al lado, no a un hereje, sino a un espejo. Eso permite la convivencia y siembra un terreno que tendrá sus injusticias, pero no pretenderá resolverlas desde la ficticia santidad.
    La cantinela tradicional y enclavada todavía en el pasado persigue a los disidentes con sus repetidas maldiciones: que una sociedad sin dios no tiene peso, que la religión es la reunidora de las mentes. Hemos podido escapar, razón mediante, ya lejos de esa ilusión. La ética se propone, más allá de los pluriblandidos «relativismos», acogotar las morales religiosas -o sus formas paralelas, casi siempre fascistoides, sea de diestra o de siniestra- que se interpongan en el diálogo. Un hombre debe poder reír y hablar sin el terror a que su sonrisa o su palabra caigan en el páramo desprotegido de la intolerancia. Quien se ofenda debe preguntarse si su acto reflejo, el de la censura, no sería el insulto mayor si se volviera contra sí mismo. Eso podría practicarse en toda la Tierra, pero por ahora no es posible bajo la luz de ciertas medias lunas.
    En el contexto de una complejidad política como la presente, con pocos parangones históricos sobre todo por la mentada globalización, las pugnas económicas, que son (valga el término) moneda corriente, no deben encontrar la excusa más pugnaz para el vampirismo en las diferencias de credos porque los credos, en sí, son lanzas de choque. Porque deshumanizan instituyendo cerrojos absurdos que no es posible que todos acepten calzarse. Los credos apuestan a un pensamiento único que acaba en un pensamiento nulo. Por eso también abogan Rushdie & Cia., con pelos y señales. Abogan por que nadie deba renunciar al «espíritu crítico por miedo a propiciar la “islamofobia”, un desgraciado concepto que confunde la crítica del Islam, en tanto que religión, con la estigmatización de los creyentes».
    ¿Es posible una sociedad sin dioses? Estamos en el siglo XXI y el tiempo deja la respuesta en el aire: sólo es posible una sociedad sin dioses. Y no sólo porque no haya dioses, lo cual sería la mejor excusa, sino porque fabricarlos significa delegar en la fantasía la responsabilidad humana que es menester asumir.

  7. Jesús y Yahvé, por Harold Bloom

    martes, marzo 07, 2006

    El autor aborda ambas figuras religiosas como invenciones del genio de la escritura



    © Jesús Ruiz Mantilla

    MADRID- En este tiempo en que lo sagrado, venga de donde venga, parece tener bula frente a la libertad de expresión y pensamiento, el crítico estadounidense Harold Bloom (Nueva York, 1930) desafía la física de los fanáticos y los papanatas con un libro como Jesús y Yahvé. Los nombres divinos (Taurus). En este nuevo ensayo, el autor de El canon occidental eleva ambas divinidades al terreno del personaje literario y las enfrenta a otros como Hamlet o el Quijote. Los evangelistas, o, como lo denomina Bloom, el escritor J, autor de la Biblia hebrea, tenían, en algunos casos, destreza literaria y todos una imaginación desbordante. De su mano y su cabeza se conformaron auténticos modos de vida, códigos morales, historias en las que creer hasta para desafiar a las nuevas tecnologías que a punto estuvieron de fallar en la videoconferencia que conectó al escritor desde la Fundación Gabarrón, en Nueva York, con la sede del Grupo Santillana, en Madrid.
    Se vencieron las dificultades y Bloom se explayó sobre lo divino y lo humano, dando guerra. Comentó que Jesús y Yahvé. Los nombres divinos había sido un libro polémico en Estados Unidos, analizó el lenguaje críptico de Jesús, azuzó a Bush, "el peor presidente de nuestra historia", dijo, y explicó que sus compatriotas habían construido un Cristo americano: "La mayoría de los creyentes en mi país está convencido de que Jesucristo hablaba inglés, aunque no llegan al punto de Bush, que se comunica directamente con él, cree que está afiliado al Partido Republicano y que es accionista de una de nuestras grandes empresas".
    No quería hablar de política pero se metía él solo en el charco. Y, por supuesto, destiló otras provocaciones bien lúcidas que están desarrolladas de manera amplia en el libro, como su teoría de la Santa Trinidad: "En realidad, es una manera de encubrir el politeísmo cristiano, porque son tres dioses de lo que hablamos. Yo creo que es mejor que lo admitan abiertamente".
    También hubo cera para los evangelistas. "El autor del Evangelio según san Marcos fue un pésimo escritor, uno de los peores de la historia, aunque tenía una gran imaginación. Han sido las traducciones las que han mejorado el original", apuntó Bloom. Aunque le concede el mérito de haber creado un gran personaje: "El Jesús de san Marcos está lleno de dudas, duda de su propia condición", afirma el crítico, y ahí entronca con don Quijote y con Hamlet, aunque también con el Héctor de Homero, antes de enfrentarse a Aquiles. "Probablemente conociera a los clásicos griegos", sostiene Bloom.
    El poeta William Blake ha sido una de las grandes inspiraciones de su ensayo. "La teoría de Blake de distintas formas de culto a partir del caos poético, que él desarrolla en Las puertas del paraíso, está en el origen de este libro", afirma el crítico.
    Como judío, no oculta su predilección en las páginas del libro por Yahvé. "Es un personaje humano, demasiado humano, y eso me hace conectar mejor con él", asegura. Aunque no implica que crea o no en su mensaje. Ni siquiera que Bloom tenga fe en alguno de estos personajes literarios. "Cuando me preguntan si soy creyente, creo que es una cuestión mal planteada, no es coherente. Cuando alguien lo hace no sé a qué se refiere. Si se lo plantean a un judío, no es lo mismo que a un cristiano. Un cristiano tiene fe; un judío, confianza en Yahvé, y yo no la tengo".

    Publicado en El País de Madrid, el 07-03-2006.

    Ver también: ¿Dónde ponemos a la religión? y El conflicto irresoluble.

  8. Fanáticos sin fronteras

    lunes, marzo 06, 2006

    © Fernando Savater

    Mala racha llevamos con las reacciones suscitadas por el conflicto de intolerancia frente a permisividad suscitado por las caricaturas mahometanas publicadas en un periódico danés. Nuestros mentores ideológicos estaban un poco adormilados y el estruendo feroz que les ha despertado ha sido tan súbito que no les ha dado tiempo a despejarse. Jean Daniel nos informaba en estas mismas páginas de que él acepta la blasfemia siempre que vaya acompañada de buen gusto y dignidad artística: es de los que sólo disfrutan los strip-teases cuando se realizan con música de Mozart, que para eso estamos en su aniversario. Sami Naïr se empeña en que se trata de una provocación de la extrema derecha, explicación que padece el doble defecto de que no viene a cuento (¿acaso debe carecer de libertad de expresión la extrema derecha?) y de que es falsa (mejor informado, el corresponsal de El País, Antonio Caño, aclara (6 de febrero de 2006) que el Jyllands-Posten es "una publicación de centro derecha, seria y respetada"). El presidente Zapatero, junto con el premier turco Erdogan, comunican al universo su reprobación de las insultantes caricaturas (por cierto, ¿oiremos a nuestro mandatario comentar la excarcelación dentro de unos meses del serial killer Henri Parot diciendo que "puede ser perfectamente legal, pero no es indiferente, y debe ser rechazada desde el punto de vista moral y político"?). El flamante premio Cervantes Sergio Pitol opina que los insultos a Mahoma son enormemente irreverentes y agresivos, lo que me recuerda que John Le Carré consideró la fetua contra Salman Rushdie como consecuencia de la arrogancia irresponsable del escritor (cuando conozco los dictámenes de ciertos escritores comprometidos sobre problemas concretos, me hago partidario del arte por el arte). Por supuesto, diversos teólogos, algún cardenal y algún gran rabino, han hecho oír su solidaridad gremial con los piadosos y feroces ofendidos: todas las iglesias conservan cierta envidiosa nostalgia de las fes que aún tienen fanáticos como cuerpo de guardia, porque sólo se resignan a inspirar respeto cuando ya no pueden inspirar miedo... ¡ah, los buenos tiempos! Etc., etc...
    Desde luego, también hemos escuchado a muchos defender con vehemencia la sacrosanta libertad de expresión. Y hablar de que no debe utilizarse para faltar al respeto debido al prójimo. ¿Por qué lo llaman respeto cuando quieren decir miedo? Uno respeta mucho más a otro cuando le hace bromas o críticas, incluso de mal gusto, porque le considera un ser civilizado que no va a asesinarle por ello... que cuando guarda pío silencio y baja los ojos ante quien considera un loco furioso, capaz de partirle la cabeza a hachazos. Pero tampoco tengo claro dónde está la falta de respeto de esas caricaturas. Ya sé -me lo dijo Cioran- que todas las religiones son cruzadas contra el sentido del humor, pero me niego a creer que mil quinientos millones de musulmanes tengan forzosamente que sentirse ofendidos por ellas: sería tomarles a todos por imbéciles, lo que me parece sumamente injusto. Si yo fuera musulmán, hipótesis ahora improbable pero nunca se sabe, consideraría el dibujo de Mahoma con una bomba escondida en el turbante como una sátira contra quienes utilizan bárbaramente su doctrina para justificar atentados de inspiración política. Y me preguntaría, como hizo el semanario jordano Shihane, "qué perjudica más al Islam, esas caricaturas o bien un secuestrador que degüella a su víctima ante las cámaras". Desgraciadamente no tendremos ya respuesta ni debate, porque el semanario fue de inmediato cerrado y su director despedido. Sin embargo, como escribe en Charlie-Hebdo Tewfik Allal, portavoz de la asociación del Manifiesto de las Libertades (creada en 2004 por franceses de cultura musulmana), "hay ciertamente mucha gente que piensa lo mismo en tierras del Islam, pero no tienen derecho a decirlo: es a ellos a quienes falta más gravemente la libertad de expresión". Quizá esas caricaturas no ofenden ni a todos los musulmanes ni a quienes viviendo en teocracias no comparten esa religión pero tienen que disimular: al contrario, quizá expresan el más secreto y sincero pensamiento de tantos que están hoy reprimiendo por temor sus ganas de desahogarse intestinalmente sobre los mahomas de pacotilla que les oprimen...
    Pero lo que me extraña, lo que no he leído ni oído a nadie aunque esté implícito en bastantes comentarios, es que lo amenazado en nuestras democracias no es sólo ni a mi juicio principalmente la libertad de expresión. No, lo que nos estamos jugando es precisamente la libertad religiosa. Y ello por una doble vía. En primer lugar, porque la libertad religiosa en los países democráticos se basa en el principio de que la religión es un derecho de cada cual pero no un deber de los demás ciudadanos ni de la sociedad en su conjunto. Cada cual puede creer y venerar a su modo, pero sin pretender que ello obligue a nadie más. Tal como ha explicado bien José Antonio Marina en su reciente Por qué soy cristiano, cada uno puede cultivar su "verdad privada" religiosa pero estando dispuesto llegado el caso a ceder ante la "verdad pública" científica o legal que debemos compartir. La religión es algo íntimo que puede expresarse públicamente pero a título privado: y como todo lo que aparece en el espacio público, se arriesga a críticas, apostillas y también a irreverencias. Hay quien se muestra muy cortés con todos los credos y quien se carcajea al paso de las procesiones: cuestión de carácter, cosas del pluralismo.
    En segundo lugar, hay personas cuya convicción en el terreno religioso no es una fe en algo sobrenatural, sino un naturalismo racionalista que denuncia como nefastas para la humanidad las supersticiones y las leyendas convertidas en dogmas. Tienen derecho a practicar su vocación religiosa como los demás y son tan piadosos como cualquiera... a su modo. Voltaire o Freud son parte de nuestra historia de la religión ni más ni menos que Tomás de Aquino. Con el valor añadido de que sus creencias racionalistas han colaborado con el fundamento de la democracia moderna, la ciencia y el desarrollo de los derechos humanos en mucha mayor medida que los artículos de fe de cualquier otra iglesia. Las algaradas multitudinarias en las teocracias islámicas están prefabricadas sin duda por sus dirigentes, como las manifestaciones por un Gibraltar español que organizaba cada cierto tiempo el régimen de Franco. Pero lo que pretende el imán Abú Labán en Dinamarca, o los feligreses de la mezquita de Regent Park londinense, que se manifiestan con pancartas en las que se lee "Prepararos para un verdadero holocausto" o "Liberalism go to hell!", es acabar con la libertad religiosa de las democracias y sustituirla por una especie de-politeocratismo en el que deberán ser "respetados" (léase temidos) los integristas intocables de cada una de las doctrinas y no tendrán sitio los que se oponen por cuestión de honradez intelectual a todas ellas. Es algo de lo que no faltan signos inquietantes también en las reclamaciones intransigentes de otras confesiones.
    Quienes hemos tenido que convivir con fanáticos de tendencias criminales (valga el pleonasmo) nacionalistas, sabemos por experiencia que no hay peor política que darles la razón a medias. Por supuesto, ello no es óbice para que no deba recomendarse la prudencia y la delicadeza en las relaciones con los demás: no es recomendable zaherir a los vecinos, ni reírse del peluquín del jefe si se le va a pedir aumento de sueldo. Para los casos litigiosos están las leyes y los tribunales, a los que puede acudirse cuando alguien considera que el ultraje sufrido va más allá de lo tolerable. Pero por lo general nada es más imprudente que seguir las atemorizadas reglas de una prudencia meramente temblorosa. De modo que, mientras me dejen, me atengo mejor al credo propuesto por el ex situacionista Raoul Vaneigem: "Nada es sagrado. Todo el mundo tiene derecho a criticar, a burlarse, a ridiculizar todas las religiones, todas las ideologías, todos los sistemas conceptuales, todos los pensamientos. Tenemos derecho a poner a parir a todos los dioses, mesías, profetas, papas, popes, rabinos, imanes, bonzos, pastores, gurús, así como a los jefes de Estado, los reyes, los caudillos de todo tipo...". Amén.

    Publicado el 11-2-2006 en El País de Madrid.

  9. La Inquisición y los lavadores de culpas

    miércoles, marzo 01, 2006


    © Fernando G. Toledo

    «¿De qué modo la Iglesia ha dominado nuestra vida, tanto pública como privada? ¿Cómo pudieron convertirse los pacifistas de las catacumbas en entusiastas sacerdotes de los campos de batalla? ¿Por qué se fue afianzando la intolerancia hasta el extremo de negar todo atisbo de progreso científico y cultural en el mundo? ¿Cómo sucumbió la filosofía a la dictadura de la teología? ¿Cómo empezó a convertirse la fe en el mayor negocio de todos los tiempos? ¿Qué justificaciones pueden tener las innumerables guerras “en nombre de Cristo” emprendidas por el Estado cristiano?»
    (K. Deschner)

    La Inquisición constituye un emblema de lo que puede suceder cuando la religión se entronca con el Estado. Al suponer las religiones la posesión de una verdad inmarcesible (curiosamente inspirada en un ser irreal), la secuela inmediata de su autoridad es la imposición: de sus verdades, de su credo, de su culto. Y, por ende, el desprecio por quienes cuestionan su verdad, o descreen y rechazan su culto. La Iglesia Católica ha dado muestras históricas de esa naturaleza exclusiva, y uno de los rostros más definidos de ese desprecio es la Inquisición, aunque ahora muestre otras caras gemelas en la discriminación hacia los homosexuales, en la repulsa a quienes usan métodos anticonceptivos o, incluso, hasta la condena a los sectores de su propia órbita que tienen tendencias políticas «progresistas» (franciscanos).
    La Inquisición es la piedra en el zapato de la predicada bondad y diafanidad de la religión que se pretende propietaria de una verdad fundada en un mito, el de Cristo, y esa prepotencia (lat. proepotentia: poder superior o abuso de tal poder) legitima sus acciones y tacha de ilegales las contrarias. Como constituye una mancha que se supone imposible para la religión «custodiada por Dios», la Inquisición ha sido objeto, en los últimos tiempos, de un revisionismo interesado en diluir sus crímenes, mediante estrategias diversas: desde la relativización de su culpa por razones históricas hasta la instalación de la idea de que sus prácticas fueron leves y hasta intrascendentes.
    El cristianismo es la religión más popular del planeta, y dentro de ella, el catolicismo supo obtener una porción notable de poder. Esa influencia llega hasta nuestros días y por eso no es extraño que incluso muchos historiadores católicos, quizá influidos (conscientemente o no) por su propia visión parcializada, tiendan a cumplir la función de lavadores de culpa, iguales a los lavadores de dinero.
    Es evidente que las víctimas de la Inquisición, y en especial de la española, son muy difíciles de precisar. Pero tan irresponsable como ofrecer números de los asesinados por la «religión del amor» es buscar no ya sólo desdibujar su pasado, sino incluso elogiar a esa institución que buscaba extirpar a los disidentes para asegurarse su poder. Creerla merecedora de elogios por ser ordenada y cuidadosa a la hora de castigar a sus, por definición, inocentes víctimas, parece ridículo.
    De lo que no quedan dudas es de que la Inquisición, y en el caso que vamos a tratar, la española, se cargó con numerosas vidas humanas, con la única excusa de que esas personas opinaban que no debía aplicarse una religión de manera totalitaria (los «herejes», los «marranos», los «falsos conversos», etc.), o porque sufrían enfermedades mentales o hasta algunas que ni por una cosa ni por la otra, pues eran ejecutadas por «error».
    Lo importante de todo a la hora de leer una historia de la Inquisición es no asumir cifras ni datos al azar. Las investigaciones, no todas desinteresadas, dan resultados diversos: así como algunos suponen que las víctimas fueron 5.000 entre los años 1540 y 1700 de nuestra era, otros proporcionan números alarmantes: 185.328 es la cifra que ofrece Juan Antonio Llorente, en su ya célebre y no menos criticada Historia crítica de la Inquisición en España (1817). Para Wicasta Lovelace, el número total de víctimas de la Inquisición europea es todavía más impresionante y quizá exagerado: 600 mil ejecutados. Al mismo tiempo, hay textos que dicen que por un lado la Inquisición española celebró en esos 160 años unos “44.674 juicios”, para poco después asegurar que «de los 125.000 procesos de su historia, la Inquisición española condenó a la muerte a 59 “brujas”». Si es por ofrecer números, hay para todos los gustos. Y si, como dicen algunos, «no se puede calcular el número de personas afectadas por la Inquisición», no habría en principio un número más válido que el otro, a menos que alguno de ellos sobrepase la cantidad total de población europea en ese entonces.
    Importante también es saber que la Inquisición no sólo ejecutó a las llamadas brujas, sino que ellas sólo fueron una porción de los blancos a los que apuntó la religión. Así, es acaso erróneo pretender separar fehacientemente la autoría de las ejecuciones (civil o eclesiástica), en una época donde Iglesia y gobierno actuaban a la par, la una para manejar al otro, el otro para satisfacer a la una, ya que eso equivalía a estar en gracia con el Altísimo.
    Aun así, el castigo a las «brujas» fue una obsesión, sobre todo porque su cacería estuvo inspirada en un notorio volumen escrito por la orden fundada por quien sería nombrado santo por la Iglesia: Domingo de Guzmán. El mismo personaje que siglos antes había encabezado la lucha contra los albigenses (entre los que se contaban «herejes» y cristianos) bajo la lógica de que «Dios reconocerá a los suyos», sería el padre moral de un libro editado en 1486 por dos monjes de su orden, y considerado una verdadera «guía para inquisidores», el Malleus Maleficarum, o Martillo de las brujas, verdadero breviario para reconocer a una cultora del Mal. Domingo de Guzmán, «soldado» del papa Inocencio III, es paradigma de lo expresado anteriormente: no sólo las brujas eran blanco de los primeros inquisidores, entre los que se contaba el «santo». Es que, además de los albigenses, la Iglesia persiguió ferozmente a los waldenses (seguidores de Pedro Waldo), a los fraticelli (escición de los franciscanos) y, obviamente, a los judíos.
    El tema de los judíos nos permite volver a la para algunos «elogiable» (sic) Inquisición española. España tuvo a un inquisidor que le hizo sombra al propio Santo Domingo: Tomás de Torquemada. El «insolente y fanático Torquemada» (Llorente dixit) persiguió a los judíos con inusual furia. Nombrado como primer inquisidor de España por Fernando de Aragón en 1483, Fray Torquemada se rigió por el Manual de inquisidores de Nicolau Eimeric (1376) y redactó un decreto que firmaron los Reyes Católicos para expulsar a los judíos que no se convirtieran al cristianismo, además de perseguir a los «marranos» acusados de haberse convertido pero seguir practicando el judaísmo «en secreto» (sic). La firma de ese decreto incluye una anécdota que pinta de cuerpo entero a la Iglesia que había nombrado a su inquisidor a instancias del Papa Sixto IV: cuando se decretó en 1492 la orden de expulsión a los judíos, dos eminentes representantes de esa religión en España, Abraham Señor e Isaac Abravanel, quisieron convencer -mediante una jugosa suma de dinero- a los reyes de que aboliera la orden. Pero Torquemada se enteró y fue a increpar a los soberanos. Pedro Mártir (en su Epistolario) cuenta que gritó: «¡He aquí el crucificado al que el perverso Judas vendió por 30 monedas de plata. Si aprobáis ese documento [de derogación], lo venderéis por una suma mayor. Yo renuncio a mis poderes, nada se me imputará. Pero vos responderéis ante Dios!». Javier Pérez Escohotado observa: «Semejante reacción tendría su razón de ser en el hecho de que al parecer, el texto del decreto había sido redactado por el propio inquisidor general».
    Sólo Torquemada quemó a unas «2.000 personas» (enciclopedia Encarta) y persiguió judíos: ésa fue su especialidad. Protagonizó escándalos por crear falsas pruebas y su «exagerado celo y un obsesivo rigor» lo llevó a vigilar a los judíos que no se hubieran convertido, y hasta procesó «por simple sospecha de judaizar a las personas de la familia de los obispos de Segovia y de Calahorra» (Escohotado).
    La cuestión es clara: más allá de los números (si la Inquisición española mató más o menos que la francesa, si fueron tres o doscientas las víctimas), hay que distinguir dos cosas: que aun cuando las condenas no provinieran de los autos de fe (ver el óleo de Pedro Berruguete que representa un proceso encabezado por el mismísimo «santo» Domingo de Guzmán), eran llevados a cabo por los tribunales civiles, en los que la Iglesia tenía competencia. Por otra parte, cabe recordar que la Inquisición representaba a una religión llamada «la del amor», cuyo Dios supuestamente encarnado había dado como mandato principal el remanido «amaos los unos a los otros» y que había profetizado que los cristianos iban a ser «perseguidos» en su nombre, sin prever (vaya divinidad tan poco previsora) que los no cristianos iban a ser todavía más perseguidos a costa de su nombre.
    A fin de cuentas, es peligroso utilizar algunos términos a los que la Iglesia se juega las cartas para lavar su imagen: considerar primero a la Inquisición una «leyenda negra» para después intentar demostrar que no fue tan negra y que fue sólo una leyenda. Es insolente también desviar el asunto a cuestiones laterales: si la Inquisición observaba una escrupulosa burocracia, si era efectiva, o si era «cuidadosa» al implementar los tormentos. Van a leerse cosas de la Inquisición (española) como que «el tormento se basaba en el principio de producir dolores agudos sin causar heridas ni daño corporal de consideración», que sólo en casos «extremos» (¿?) se empleaba el tormento, que el Santo Oficio era «más benigno» (sic) que la justicia general, que el régimen de los prisioneros (como si en el hecho que fueran prisioneros no estuviera la verdadera gravedad) era «indulgente» o que «el trato era tolerable».
    La Inquisición existió y nadie lo duda, fue sangrienta con sus perseguidos, torturó y asesinó sin pruebas o basándose en acusaciones falsas -aparte de carentes de legitimidad moral, no sólo por contradecir su religión sino por basarse en ella-, incluso con procesos tan viciados que eran repudiados en la época (el propio Papa Alejandro VI, Borja, fue apelado por la crueldad de Torquemada).
    Hoy, los mismos que abogan por una revisión histórica sin juicios de valor por los procedimientos «de época», buscan disimular la ilegitimidad básica con que se planteó la existencia de esta institución, que sirvió a la Iglesia y al Estado, y fue parida en un intento desesperado por mantener el poder de una religión que se veía amenazada por el surgimiento de otras rivales (como el luteranismo). Intentar hoy atemperar su sangrienta estela constituye un ejercicio peligroso si se lo compara con otros intentos similares por tratar de reescribir la historia corrigiéndola. El hecho de que la propia Iglesia, luego de rebautizar a su tribunal inquisitorio como Congregación para la Doctrina de la Fe, se haya visto obligada a un histórico pedido de disculpas debería bastar a aquellos que pretenden disimular los errores pasados con la excusa de un supuesto rigor numerario. Que cada cual se calce su sayo.

    Ver también: Praxis y El Santo Niño y el esperma de Satán.
    Además: A favor de lo contrario.

  10. © Fernando G. Toledo

    Las cosas por su nombre. Los inculpadores de ayer son los acusados de hoy. Cazadora cazada, la Iglesia carga con la Inquisición como con un lastre. Un lastre que pretende ser arrojado por la borda para volver a ascender a los cielos.
    El negacionismo propio de los apologetas religiosos no es potestad, sin embargo, de la institución oficial, la Santa Iglesia Católica, sino de esos amigos del relativismo insidioso achacan la Inquisición a la pertenencia a su tiempo (Zeitgeist). Que los tribunales inquisidores hayan sido propiciados por un contexto histórico de pugnas internas y externas, y que el provecho constituyera una ayuda a cierta nación, no oculta, sin embargo, las incumbencias de los ejecutores.
    La estrategia suele ser, para quienes no consiguen ocultar la responsabilidad de la Iglesia en la Inquisición, evitar la opinión o considerar tal episodio vergonzante un simple fenómeno de su siglo. Sin embargo eso lleva a olvidarse del sustento “teórico” para la Inquisición: ese sustento fue el religioso. Al llevar todo al terreno de las puras opiniones, y ofrecer como único argumento que no se puede juzgar lo que pertenece a una época distinta de la nuestra, se aboga por un entumecimiento de las perspectivas que puedan asumirse frente a un hecho cualquiera del pasado. Como si realmente uno se parara frente a los hechos con la objetividad de un espejo plano. Eso es imposible. Pero también está de más: podemos juzgar a la Iglesia de antaño porque persiste hogaño. Y con la Inquisición, la religión no estaba haciendo otra cosa que eliminar al “otro”. La aversión por la ajenidad se ha repetido siempre: el de la ciudad distinta es enemigo, el que no se parece a nosotros es enemigo, el que tiene otro color de piel es enemigo, el que gusta de cosas diferentes es enemigo, el que se ríe de los demás es hereje. El que cree en dioses que no son los nuestros es enemigo. El que no cree en dioses es despreciable.
    Cualquiera que vaya detrás del rigor histórico, podrá intentar “entender” a la Iglesia al punto de encontrar las razones que la llevaron a imponer la Inquisición: el intento desesperado por mantenerse, el abuso propio de un culto instaurado en el poder, el típico delirio de los que se creen dueños de la verdad y administradores de ésta. Ayer y hoy. Y siempre.
    Sí: se podrá clamar porque a la Inquisición no se le llame “aberración”. ¿Qué hacemos entonces con el Holocausto? Un fenómeno de una época pasada, de un siglo anterior al actual. Seis millones de judíos -no católicos, ésa era la religión del Estado- asesinados de los modos más aberrantes (o “de época”, como se prefiera). ¿Será que hay que evitar correr el riesgo de juzgar con criterios actuales un asesinato en masa de su tiempo? ¿No vamos a juzgar a Hitler, si no a entenderlo? Se lo puede entender, y se lo debe juzgar. La “solución final” del nazismo fue un crimen. Ayer, hoy y siempre lo habría sido. A menos que, gobernados por una Iglesia que consiguiera el poder de la mayoría mundial, nos creyéramos el cuento de que hay una sola religión (o raza, quizás) verdadera, y las otras, ajenas, son enemigas. Y merecen la cámara de gas, o la silla eléctrica, si hay que adecuarse a los tiempos.
    El criterio relativo no debe nublar una última cuestión, no menos importante: que no estamos confundiendo religión con Iglesia. Estamos entendiendo que la Iglesia instituye a la religión. Y cumple sus preceptos. Es en ese sentido que son despreciables ambas. La teoría y la práctica.

    Ver también: La Inquisición y los lavadores de culpas y El Santo Niño y el esperma de Satán.

  11. © Fernando G. Toledo

    ¿Qué temperatura tiene el semen del diablo? La pregunta puede parecer insólita, pero no lo era tanto para las brujas perseguidas por la Inquisición española. Bonnie Anderson y Judith Zinsser, en A History of Their Own, cuentan que los cazadores de brujas acusaban a las sospechosas de serlo de muchas cosas, entre ellas, de mantener relaciones sexuales con el Diablo. El cerebro infecto de los inquisidores, perseguidos no sólo por su adhesión fanática a los preceptos bíblicos y los mandatos papales, sino por los propios demonios de su enfermiza castidad, multiplicaban las fantasías alrededor de estas mujeres que quién sabe si sólo padecían problemas mentales o, acaso, eran demasiado bellas para ser damas cristianas.
    Por eso es que a las supuestas brujas se las obligaba, a veces mediante torturas, que reconocieran que su amante era Lucifer, y que describiera detalles de su malvado miembro, además del sabor, olor y temperatura de su esperma. Ni qué decir de alguna marca de nacimiento o casual que tuviera la acusada, ya que ésta podía ser identificada con la marca de Satanás. Claro que para detener la tortura, las mujeres eran capaces de declarar cualquier cosa. Después de todo, ya estaban condenadas de antemano.
    Pero los delirios infernales convivían sin problema con los celestiales a la hora de juzgar. Torquemada, por ejemplo, cuenta en su prontuario con un caso impar. En 1489, acusó a ocho personas (seis de ellas judíos, dos conversos) de raptar a un chico en la catedral de Toledo. Se suponía que los hombres habían llevado al niño hasta La Guardia y allí lo habían crucificado, extrayéndole el corazón y sangre que, aseguraban los inquisidores, sería usada para envenenar el agua que bebían los toledanos.
    El cadáver del pequeño nunca fue encontrado, pero eso fue un detalle: no importaba si ese asesinato jamás había tenido lugar. Torquemada condujo el proceso a los acusados durante casi un año (entre diciembre de 1490 y noviembre de 1491) y el veredicto concluyó con la ejecución de los presuntos culpables. El principal escollo con que al parecer se encontraron los acusados fue el hecho de ser judíos. Ellos resultaron los verdaderos mártires del caso y el llamado (desaparecido) Santo Niño de La Guardia, tal vez, sólo una excusa para la utilísima Inquisición, esa que sirvió con sangre, in nomine Deus, a la Iglesia y a la España.

    Ver también: La Inquisición y los lavadores de culpa y Praxis.