© Javier Sampedro (*)El contenido de la consciencia, el foco de atención, los datos recuperados de la memoria, la elección voluntaria entre dos alternativas y la intención de ejecutar una acción son producto de la activación de ciertos grupos de neuronas del córtex, la parte más externa del cerebro humano. Leer la mente de una persona, por tanto, no es más que un problema técnico: las actuales técnicas para filmar el cerebro humano en acción -como la resonancia magnética funcional, o fMRI- tienen una resolución de unos tres milímetros, y las unidades funcionales del córtex, llamadas columnas, sólo tienen un diámetro de medio milímetro.
Dos equipos científicos de Japón, Estados Unidos y Reino Unido acaban de encontrar un truco estadístico para esquivar esa limitación técnica (Nature Neuroscience, 24 de abril). Por el momento sólo han aplicado esta estrategia al córtex visual primario, la zona del cerebro (situada cerca de la nuca) que recibe la información de los ojos y empieza a analizarla antes de enviarla hacia las áreas superiores del córtex, donde residen nuestros pensamientos más abstractos. Pero nada impide en principio extender el método a cualquier otra región cerebral, incluidas las responsables de las más altas funciones intelectuales.
Los estudios con animales de experimentación demostraron hace años que la principal función del córtex visual primario es clasificar las líneas (fronteras entre luz y sombra) del campo visual según su orientación. En la región más primaria (V1), una columna del córtex se activa en respuesta a las fronteras horizontales, la de al lado en respuesta a las ligeramente inclinadas, y así sucesivamente. Ésta es la información elemental con la que las áreas superiores del córtex construyen después la representación de las formas geométricas y los objetos tridimensionales.
Los experimentos en que se basan esas conclusiones son invasivos, y no pueden hacerse en humanos. La más precisa de las técnicas no invasivas (la fMRI) detecta qué zonas cerebrales están demandando más energía del flujo sanguíneo, y en la imagen resultante cada pixel es demasiado impreciso para saber si se ha activado una u otra columna del córtex.
El nuevo truco consiste en analizar a la vez varios pixels adyacentes. Los científicos siguen sin saber qué columnas exactas están activas, pero la combinación estadística de varios pixels aprovecha las redundancias funcionales del córtex cerebral, y se puede asociar de manera fiable a cada tipo de frontera del campo visual.
Yukiyasu Kamitani, de los Laboratorios de Neurociencia Computacional ATR de Kioto (Japón), y Frank Tong, de la Universidad de Princeton (Estados Unidos), han logrado así deducir a qué tipo de fronteras orientadas está mirando un voluntario sin más datos que su patrón de activación neuronal en el córtex visual. Esto es ya una forma, aunque modesta, de leer la mente. Pero una segunda parte del experimento ha abierto, de manera inesperada, un campo con implicaciones mucho más profundas.
En esta ocasión no se muestran a los voluntarios fronteras de una sola orientación, sino de dos orientaciones superpuestas. Los ojos y el córtex visual primario ven ambos tipos de líneas simultáneamente. Pero, si se les pide a los voluntarios que fijen su atención en sólo un tipo de líneas, los patrones del córtex visual que se activan son sólo (o sobre todo) los correspondientes a esa orientación. Sin más que mirar a las pautas de activación del córtex, los investigadores pueden deducir no ya qué hay en el campo visual de una persona, sino qué aspectos del campo visual ocupan su pensamiento consciente en ese momento.
Kamitani y Tong concluyen: "Las pautas de activación en las áreas visuales primarias del córtex contienen información detallada sobre la orientación que puede predecir fiablemente la percepción subjetiva de una persona".
El resultado ilustra una de las propiedades esenciales del córtex: que la información no sólo fluye de abajo a arriba -de lo concreto a lo abstracto-, sino también de lo abstracto a lo concreto. La decisión voluntaria de fijarse en ciertas líneas y no en otras, que se genera en niveles muy altos del córtex, se transmite hacia abajo, hasta las áreas más primarias de la percepción visual.
En un trabajo paralelo, los británicos John-Dylan Haynes y Geraint Rees utilizan la misma técnica para demostrar que las imágenes del cerebro de una persona son un criterio más fiable que la consciencia de esa misma persona. Cuando un dibujo de líneas se sustituye rápidamente por otro, el sujeto sólo es consciente de haber visto el segundo, pero las imágenes de su córtex visual permiten a los investigadores deducir que el primer dibujo le había sido mostrado. La búsqueda de los sustratos neuronales de la consciencia está en marcha.
(*) Publicado el 26/04/2005 en El País de Madrid.
Ver también: La materialidad de la conciencia, Versus John Eccles y Contra un enemigo del cerebro (además de los comentarios finales en Asimov y la ética de los ateos).
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La teoría de Eccles puede admitirse como una opinión lógica, es aplicable incluso si el hombre llega a explicar el origen de la vida y el universo porque siempre se podrá afirmar que el autor, Dios, estableció las leyes que les dieron origen. Al fin y al cabo no es imposible, de la misma manera que no es imposible que mañana salga el sol por el Oeste pero la probabilidad de que esto ocurra es cercana a cero vistas las leyes de la física.
El problema se complica, pues, cuando hablamos de probabilidades, porque probabilidad y posibilidad no es lo mismo. También es perfectamente posible y por lo tanto no ilógico afirmar que sin evidencias, yo puedo asumir razonablemente que no hay tal Dios. Ambas posiciones, así definidas, no pueden calificarse como imposibles aunque sean contradictorias y, siendo contradictorias, obviamente solo una de ellas es verdadera pero puede que no haya manera de determinarlo a satisfacción de ambas partes.
La de Eccles es la vieja teoría de la “primera patada” y es sustentada por muchos de los que pertenecen al Old Earth Creationism, que no se atreven a negar ni la evolución ni la geología, pero tiene que hacerlas compatibles con Dios, es decir: no hay Adán ni Eva y la Tierra tiene más de 10.000 años, lo cual obliga a interpretar el Génesis y botar casi todo el Viejo Testamento a la basura; es la posición de muchos científicos no ateos.
Así, sostienen que un Dios fuera de la naturaleza (metafísico) puso las leyes naturales y dejó que actuaran. Por lo tanto el “propósito” al que alude no es otro que el resultado en el largo plazo de la acción de esas leyes. Esta posición sin embargo, obliga a otras dos asunciones: a) Que Dios no se ha vuelto a entrometer con el universo puesto que esas leyes parecen no variar, y b) Que lo que hagamos esta determinado por el curso probabilístico de esas leyes, ya que Dios no interviene, y por lo tanto todo lo que acontece es consecuencia de esas leyes.
Olvídense del libre albedrío, porque no estamos hablando del Dios cristiano, ya que el tipo del que estamos hablando no se apareció mas por aquí. Así, mi comportamiento es probabilístico dependiendo de muchos factores(biología y sus alrededores). En estas circunstancias, mi comportamiento está totalmente determinado externamente, por lo que no depende de mí la opinión religiosa que tenga, ni tiene ningún efecto que yo crea o no en Dios porque a Dios no le importa y a efecto de sus leyes yo no soy diferente de un chimpancé ni de una ameba; y por lo tanto, si eso es así, tampoco puede haber castigos ni premios, porque éstos tendrían que otorgarse con el mismo criterio que se otorgan los de la lotería, ya que el hecho de que yo sea “malo” no es culpa mía sino del resultado de esas leyes, luego lo justo pareciera otorgar los premios sin atender a la conducta, o sea, apelar a la suerte (debería darle su número a los chimpancés también).
El problema es que ni Eccles ni los que lo acompañan han hablado de la existencia de esa lotería y de sus reglas, aunque debo reconocer que Calvino de alguna manera sugirió algo como eso, cuando dijo que la salvación estaba predestinada para algunos pero no para todos, y que esta salvación era independiente de la conducta. Lo que también es posible, porque puede que cada uno de nosotros tenga un número en esa lotería y cuando Dios dio la primera patada al balón también puso a trabajar un generador de números aleatorios. Con lo cual, eso de matar o no matar es asunto mío (en realidad dependería de una resultante de variables aleatorias que me afectarían, tales como genes, educación, valores, circunstancias, etc.); que lo haga o no, eso no me sacará o meterá en la lista de números premiados porque su resultado es aleatorio y no está relacionado con mi conducta. Ya que no puedo saber si estoy en la lista, y portarme religiosamente no me meterá en ella, puedo mandar la religión al carajo y aun así estaría operando bajo “las reglas” puestas por Dios, es decir, las leyes de la física, la química y la biología.
He estado hablando de patadas y balones y eso me recuerda que alguien me dijo, que en algunas décadas la verdadera religión mundial será el fútbol.
(*) Especial para Razón Atea.