© Fernando G. ToledoLas crónicas de Narnia es la respuesta de Hollywood al descomunal éxito de
El Señor de los Anillos. Una réplica que tiene su nudo en la historia misma de las novelas en las que se basan ambas sagas, casualmente. Es que la trilogía de J. R. R. Tolkien, cuya última versión en pantalla grande dirigió Peter Jackson
(King Kong), fue la que inspiró a C. S. Lewis, amigo del creador de
El Silmarillion, para su heptalogía sobre la tierra de Narnia.Por todo ello es que la comparación resulta inevitable. Y perjudicial para la primera parte de Narnia, titulada
El león, la bruja y el ropero. Porque comparar es enfrentar, poner algo contra otra cosa. Y allí
Narnia lleva las de perder.
La historia de la primera parte de la saga de Lewis se puede resumir así: cuatro hermanos que escapan de los bombardeos alemanes a Inglaterra se recluyen en una casa misteriosa . Allí, un ropero que la más pequeña de las hermanas descubre, comunica con otra dimensión, el reino de Narnia, un lugar poblado de seres fantásticos y dominado por la Bruja Blanca, una monarca perversa que ha expulsado al bien del lugar y ha establecido una helada (literalmente) tiranía.
Cuando los cuatro niños pasan al otro lado, descubren que su ingreso a Narnia estaba predestinado por una profecía y que es su deber liberar al reino de las garras de la Bruja Blanca.
Deberán, para ello, sumarse al regreso de Aslan, un león mesiánico que ha reorganizado sus tropas para liberar al reino de todo mal. El director Andrew Adamson comparte nacionalidad con su colega Peter Jackson y su pasión por estos textos fantásticos. Pero su respuesta cinematográfica de la saga de Lewis es menor, sin duda.
Las crónicas de Narnia se convierte en sus manos en un juguete con límite de edad: es para niños no muy grandes. La cinta tiene ritmo, mucho ritmo, y la misma carga de obviedades y previsibilidades. ¿Por qué tanto desprecio al misterio en una cinta fantástica? ¿Por qué tan poco pulso en una película donde el mal y el bien, se supone, están en pugna? ¿Por qué tan escasa fuerza en las escenas más intensas? ¿Por qué tanto descuido en los efectos visuales para una cinta pletórica de billetes? Una respuesta posible es la carga religiosa que posee. La misma de la novela, claro, pero que llevada a la pantalla pesa como un lastre. El centro de esa carga lo soporta Aslan, el personaje que se supone representa a Jesús. En la película es el portador del bien y el que regresa a Narnia para despertar en los niños su sed de salvación. Muere y resucita como en el mito, lanza frases aleccionadoras y eclipsa buena parte del encanto de los verdaderos protagonistas. Porque los niños pierden, ante esa carga, toda la profundidad. Sólo a Edmund (Skandar Keynes) se le permite algo de hondura. Pero a sus hermanos les toca el mismo estereotipo que al resto de la galería de personajes: blancos y negros, un tramado monocorde que, en su humilde redil, salva la dotada Tilda Swinton con su perversa bruja. Un aporte nada menor, pero ciertamente escaso.
Publicado en Diario Uno de Mendoza.Etiquetas: Artículos del autor