lunes, octubre 26, 2009,12:08 PM

© Alejandro Agostinelli
En Magia Crítica

Dos ateos militantes salieron a golpear puertas, tocar timbres e interceptar transeúntes para predicar la inexistencia de Dios. Visitaron Salt Lake City, Utah, estado donde cerca del 60 % de la población es mormona.
Llevaron bajo el brazo un ejemplar de El origen de las especies, escrito por el profeta secular, Charles Darwin, y muchas pero muchas ganas de explicar por qué la Santa Biblia es puro cuento.
En este videíto, que conocí gracias a Moisés Garrido, muestran cómo les fue.
¿Cómo reaccionas cuando un mormón o un Testigo de Jehová toca tu puerta?

Ver también aquí.

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publicado por Fernando G. Toledo
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martes, octubre 20, 2009,11:46 PM

© Juan Lara
Efe

El Premio Nobel de Literatura 1998, José Saramago, ha acusado al papa Benedicto XVI de «cinismo» y ha dicho que a la «insolencia reaccionaria» de la Iglesia hay que responderle con la «insolencia de la inteligencia viva».
«Que Ratzinger tenga el valor de invocar a Dios para reforzar su neomedievalismo universal, a un Dios que jamás ha visto, con el que nunca se ha sentado a tomar un café, demuestra solamente el absoluto cinismo intelectual del personaje», expresó Saramago en un coloquio con el filósofo italiano Paolo Flores D’Arcais, quien publica Il fatto quotidiano, en coincidencia con su visita a Roma.
Saramago se encuentra desde ayer en la capital italiana para presentar su libro Los cuadernos y reunirse con amigos italianos, como la Premio Nobel de Medicina 1986, Rita Levi Montalcini.
En su charla con Flores D’Arcais, Saramago aseguró que él es un ateo «tranquilo», pero que ahora está cambiando de idea.
«A las insolencias reaccionarias de la Iglesia católica hay que responder con la insolencia de la inteligencia viva, del buen sentido, de la palabra responsable. No podemos permitir que la verdad sea ofendida todos los días por presuntos representantes de Dios en la Tierra, a los que en realidad sólo les interesa el poder», afirmó.
Según Saramago, a la Iglesia le importa poco el destino de las almas y lo que siempre ha buscado es el control de sus cuerpos. «La razón –añadió– puede ser una moral, usémosla».
A la pregunta de si el escaso compromiso de escritores e intelectuales puede ser una de las causas de la crisis de la democracia, el escritor luso respondió que sí, pero que no sólo de ellos, ya que es toda la sociedad la que está en esas condiciones y ello lleva a una crisis de autoridad, de la familia, de las costumbres, una crisis moral en general.
Saramago advirtió que en Europa está creciendo el fascismo y se mostró convencido de que en los próximos años «atacará con fuerza», por lo que –señaló– «tenemos que prepararnos para afrontar el odio y la sed de venganza que los fascistas están alimentando».
«Aunque está claro que se presentarán con máscaras pseudodemocráticas, algunas de las cuales circulan ya entre nosotros, no debemos dejarnos engañar», subrayó.
Saramago también tuvo tiempo para criticar al primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi.
En declaraciones al diario ex comunista L’Unita, indicó que Berlusconi es la «enfermedad del país» y ayer en la charla con Flores D’Arcais expresó que lo que más caracteriza a la izquierda, en el plano internacional, es su «falta de ideas».
La derecha, según Saramago, no necesita ideas para gobernar y ello se ve en Berlusconi, «que no tiene ninguna», pero la izquierda si no tiene ideas, no tiene nada que ofrecer a los ciudadanos, aseguró.
La visita de Saramago a Roma se produjo un día antes de que hoy salga a la venta su reciente libro, Caín, en el que vuelve a ocuparse de la religión.
Caín, la nueva novela de Saramago, saldrá a la venta hoy en español, portugués y catalán tanto en la Península Ibérica como en América Latina, aunque el autor ha escogido su propio país para presentarla.
La esposa y traductora al español del escritor, Pilar del Río, confirmó a Efe que Saramago hará la presentación de su obra el domingo en un festival literario en el norte de Portugal.
Casi un año después de publicar El viaje del elefante, Saramago cambia su registro irónico y cervantino por una novela de ficción que desgrana el mito bíblico de Caín desde una óptica nada religiosa, que recuerda a su controvertida El evangelio según Jesucristo (1991).

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domingo, octubre 11, 2009,4:25 PM

Viñeta de Alberto Montt.
Visto en Dosis Diarias.
Gracias, Débora.

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jueves, octubre 01, 2009,12:03 AM
Se viene esta película. Me alegro por la misma, y porque está protagonizada por esa bella criatura llamada Jennifer Connelly.

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miércoles, septiembre 23, 2009,12:13 AM


© William Grimes

Cualquier periodista quiere escribir un artículo que sea la sensación, y John T. Elson, editor de temas religiosos en la revista Time, no era una excepción. Pero en 1966 consiguió más de lo que hubiera podido esperar.
Durante más de un año, Elson había trabajado en un artículo que examinaba radicales nuevas aproximaciones a la idea de Dios que había ido ganando contenido en seminarios, universidades, y con el público en general.
Una vez completado, se convirtió en portada del ejemplar del 8 de abril, según se acercaba la Semana Santa. La propia portada atrapaba tu atención, la primera en los 43 años de historia de la revista en aparecer sin fotografía o ilustración alguna. Letras gigantes en color rojo sangre contra un fondo negro deletrando la pregunta «¿Dios ha muerto?»
El ejemplar causó una sensación sólo igualada por el comentario hecho por John Lennon meses después en una revista para adolescentes afirmando que The Beatles eran más famosos que Jesucristo. El ejemplar con el «¿Dios ha muerto?» resultó ser el ejemplar más vendido en más de 20 años y provocó 3.500 cartas al director, el mayor número en su historia. Permanece como un momento clave de la década de los 60, testimonio de los cambios sociales que transformaban a los Estados Unidos.
El tranquilo y estudioso Elson, fallecido el pasado 7 de septiembre a la edad de 78 años, no era en realidad un sensacionalista, y su artículo, para cualquiera que decidiera pasar de la portada, reflejaba su exquisita formación académica. Tibiamente titulado en el interior como «Hacia un Dios Escondido» comenzaba así: «¿Dios ha muerto? es una pregunta que excita tanto a los creyentes, quienes secretamente temen que así sea, como a los ateos, quienes probablemente sospechan que la respuesta es no».
Durante seis páginas los lectores eran guiados a través de una controversia teológica y un panorama religioso en desplazamiento. Estaban sucediendo profundos cambios en la relación entre los creyentes y su fe, que se expresaban a través de las palabras de gente tanto eminente como ordinaria, enfrentandose a problemas fundamentales. Se citaba a Simone de Beauvoir, Claude Lévi-Strauss, Billy Graham o William Sloane Coffin. Pero también a un paseante en Tel-Aviv, a una clérigo holandesa y a un guionista de Hollywood.
Más de 30 corresponsales en el extranjero fueron implicados en el proyecto, llevando a cabo hasta 300 entrevistas para medir el pensamiento contemporáneo sobre Dios y el mundo.
«Secularización, ciencia, urbanización, todo hace comparativamente fácil para el hombre moderno preguntarse dónde está Dios ahora y difícil para el hombre de fe dar una respuesta, incluso a sí mismo» escribió Elson.
John Truscott Elson había nacido el 29 de abril de 1931 en Vancouver. Su padre, Robert T. Elson pasó de reportero en Canadá a editor de alto nivel en Time y Life, y ayudó a escribir dos volumenes de la serie de tres Time, Inc., la historia oficial de la revista. Murió en 1987.
John Elson fue educado en la Escuela de San Anselmo en Washington, y recibió su título de bachiller en 1953 en Notre Dame, además de un título de maestro en Inglés en Columbia en 1954.
Ese año se casó con Rosemary Knorr. Ella cuenta que su marido muere en su casa de Manhattan después de dos años de salud muy delicada. Sobreviven a Elson también dos hijos, Hilary Elson Alter y Amanda Elson; dos hermanas, Elisabeth Elson y Brigid Elson, un hermano, R. Anthony Elson, y un nieto.
Después de servir para la fuerza aerea en Japón, Elson trabajó para la agencia de prensa canadiense antes de ser fichado por Time y ser asignado a sus oficinas en Detroit. Como editor comenzó desde abajo, trabajando en distintos departamentos, llegando a alcanzar el puesto de editor jefe. Colaboró en la edición de todas las secciones de la revista excepto la dedicada a los negocios. Se retiró en 1987 pero siguió escribiendo para la revista hasta 1993.
Como editor de temas religiosos Elson dejó su más profunda huella. Escribió numerosos artículos de portada sobre temas religiosos, y su «¿Dios ha muerto?» fue el décimo. Su seria cobertura sobre estos temas y argumentos hasta entonces sólo era posible encontrarla en revistas más especializadas.
«Era Católico, con C mayúscula, y con c minúscula en sus intereses, profundamente y ampliamente leído» dice Jim Kelly, antiguo editor jefe de Time en una entrevista concedida la pasada semana. «Su capacidad para absorber una gran cantidad de información y transformarla en una historia legible era asombrosa».
Sin duda Elson tocó un nervio. Los clérigos respondieron al desafío lanzado por la portada con el «¿Dios ha muerto?» en sus sermones dominicales. Las publicaciones y periódicos religiosos también se lanzaron. El titular que muchos leyeron no como una pregunta sino como un simple «Dios ha muerto» provocó una gran sensación.
«Su fea portada es un desafío blasfemo y, tratándose de las vísperas de Semana Santa, una afrenta a cualquier judío o cristiano creyente» escribía un lector. Otros escribieron también para explicar su fe de forma fervorosa. Los ateos se limitaron a regodearse.
Algunos consiguieron explicar sus sensaciones con una sola palabra. Norine McGuire desde chicago respondió al bombazo de Time con un simple «Señor: No». Inmediatamente debajo de su carta Time incluyó la de Richard L. Storatz desde Notre Dame, que decía: «Señor: Sí».

Visto en La Media Hostia.

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viernes, septiembre 11, 2009,3:45 PM
Cuerpo (Idea de) / Materialismo filosófico / Materialismo corporeísta / Sujeto operatorio como sujeto corpóreo



La Idea de «Cuerpo» ocupa un lugar privilegiado en el sistema del materialismo filosófico. El materialismo filosófico no es, desde luego, un corporeísmo (en cualquiera de sus versiones, como pudiera serlo la del corpuscularismo de los atomistas griegos) porque no reduce la materia a la condición de materia corpórea [ver aquí y aquí]. Hay materias incorpóreas, y no solamente contando con la materia segundogenérica o terciogenérica, sino también contando con contenidos propios de la materia primogenérica [ver aquí y aquí] (una onda gravitacional einsteiniana [h=g-g0] determinada por una masa corpórea que deforma el espacio-tiempo, no es corpórea ni másica; algunos físicos llegan incluso a considerarla como una «onda inmaterial» denominación absurda desde el punto de vista materialista, que sólo se explica en el supuesto de una ecuación previa entre materia y corporeidad).
Sin embargo, la materia corpórea, los cuerpos, no son «un tipo de realidad entre otros» o incluso un tipo de realidad comparativamente irrelevante, sobre todo cuando se tiene en cuenta «la amplitud inabarcable de los procesos materiales que nos abre la perspectiva de la materia ontológico-general» [ver]; porque no es imposible fingir la posibilidad de situarnos en la perspectiva de esa materia ontológico-general en un momento «anterior» a la «aparición de los cuerpos» entre otros millones y millones de seres, como es imposible fingir, al modo de la Ontoteología, que podamos situarnos en la perspectiva de un Dios creador en el momento anterior a la «aparición de los Espíritus» (Querubines, Serafines...., Arcángeles...). Nuestros punto de partida es siempre el «mundo de los cuerpos». Y aun cuando desde un punto de vista ontológico regresemos a una perspectiva global desde la cual los cuerpos se nos den como una mera subclase de realidades (y ello, tanto si esta perspectiva global es la de la Ontoteología neoplatónica, como si es la perspectiva del «vacío cuántico», o de la Doctrina de los Tres Géneros de Materialidad), no cabe fingir que podamos situarnos en algún tipo de realidad incorpórea, aunque se postulase como material, para deducir o derivar de ella a los cuerpos, como pretenden algunos físicos contemporáneos (pongamos por caso Gunzig o Nordon cuando postulan un «vacío cuántico» y unas «fluctuaciones cuánticas» dadas en ese vacío y capaces de «desgarrar» el espacio-tiempo de Minkowski para dar lugar al mundo de los cuerpos sin necesidad de pasar por una singularidad correspondiente a un big-bang).
Es imposible evitar el «dialelo corporeísta»: para «deducir» a los cuerpos hay que partir ya de los cuerpos. En efecto, la «deducción», como cualquier otra deducción racional, implica la actividad de un sujeto operatorio; pero el sujeto operatorio es un sujeto corpóreo (las operaciones racionales son operaciones «quirúrgicas», que consisten en separar o aproximar cuerpos) [aquí, aquí y aquí]. Lo que decimos de los cuerpos, por tanto, respecto de la realidad (o del Ser) en general, tenemos que decirlo también de los vivientes, respecto de los cuerpos: los vivientes orgánicos (descartado, por supuesto, el hilozoísmo) constituyen una subclase relativamente insignificante en proporción con la extensión desbordada de los cuerpos abióticos; sin embargo, no cabe fingir que nos situamos en el plano de los cuerpos en general, puesto que el sujeto operatorio no es solamente un cuerpo, sino un cuerpo viviente. Y no habiendo ninguna razón para suponer que puedan existir vivientes incorpóreos (es decir, espíritus) será preciso concretar la referencia del materialismo filosófico a los cuerpos a través de los sujetos corpóreos vivientes, redefiniendo al materialismo, en cuanto opuesto al espiritualismo, como la concepción que afirma la condición corpórea de todo viviente. Afirmación que no implica la recíproca, por cuanto la tesis según la cual todo viviente es corpóreo no implica que todo ser corpóreo haya de ser viviente. Ahora bien, un sujeto operatorio solamente puede desarrollar su actividad entre otros cuerpos de su entorno. El «mundo de los cuerpos» se nos presenta, por tanto, como el mismo espacio práctico (operatorio) de los sujetos racionales y la conservación de los cuerpos de estos sujetos corpóreos como la «primera ley» de la sindéresis, como el principio mismo de la ética [aquí]. Es preciso, en conclusión, partir de los cuerpos y regresar desde ellos, a lo sumo, a la materia incorpórea, pero sabiendo que el progressus [aquí] desde esta materia a los cuerpos, no es originario, sino, en virtud del «dialelo corpóreo», dialéctico.
Por lo demás, la importancia de estas consideraciones es muy grande, sobre todo por sus consecuencias críticas en relación, principalmente, a ciertas formulaciones actuales del llamado «principio antrópico», particularmente del llamado «principio antrópico final». Si quienes lo postulan llegan a afirmar que «la evolución del universo, desde su originario estado de plasma electrónico, está orientada a hacer posible la vida formada sobre el carbono» (Wheeler: «El Universo es tan grande [y, por tanto, en función de la teoría de la expansión, tan viejo] porque sólo así el hombre pudo estar aquí») es simplemente porque, ignorando el dialelo corpóreo, creen poder situarse en un plasma electrónico sustantivado, o incluso en un vacío cuántico anterior a los cuerpos, cuando, en rigor, aquel plasma o este vacío, como cualquier otra disposición de la materia primogenérica (no sólo incorpórea, sino incluso abiótica), sólo puede sernos dada desde la perspectiva del «mundo de los cuerpos» sobre los que actúan los sujetos operatorios corpóreos.

El materialismo filosófico prescribe partir, por tanto, del sujeto operatorio actuando ante otros cuerpos, así como del análisis de las condiciones («fenomenológicas») implícitas en esta situación dialécticamente originaria. Este análisis nos permitirá, por ejemplo, precisar que el «punto de partida» no es tanto la consideración de la «inserción del hombre en el mundo» (consideración que arrastra una excesiva construcción metafísica: «Mundo», «Hombre»), sino la constatación de la actuación de sujetos operatorios concretos (dados en el campo antropológico-histórico) ante cuerpos de su entorno también muy precisos, y en esto cabe cifrar el «privilegio» que el materialismo filósofico reconoce a los cuerpos, y más precisamente, a los cuerpos vivientes, puesto que los sujetos corpóreos son organismos en el conjunto de la realidad, de la materia. El análisis fenomenológico de la misma actuación de los sujetos operatorios (en operaciones tales como «empuñar una hacha de silex», «disparar una flecha», pero también «masticar» o «aprehender el alimento») nos permite constatar la condición apotética de los cuerpos a los cuales el sujeto corpóreo aplica sus operaciones [aquí, aquí, aquí y aquí].
Los cuerpos se presentan al sujeto operatorio como volúmenes sólidos (o próximos al estado sólido o al menos dados en función de este estado) más o menos alejados del propio sujeto que se aproxima a ellos, para componerlos o desgarrarlos (a fin de llevárselos a la boca) o para huir de ellos: los cuerpos son originariamente, desde el punto de vista fenomenológico, «bultos» y aun bultos animados (es decir, otros sujetos operatorios, humanos o no humanos: «bulto» procede de vultus = rostro); los cuerpos son, por tanto, volúmenes tridimensionales y su tridimensionalidad habrá que considerarla como constitutiva de la propia estructura de los cuerpos, es decir, no podrá ser «deducida» o «derivada» (y esto en virtud del «dialelo corpóreo») a partir de cualquier tipo de realidad incorpórea n-dimensional (apelar a la «estructura tridimensional del ojo» que percibe los cuerpos tridimensionales para explicar la tridimensionalidad de los mismos, como hacía H. Poincaré, es incurrir en el dialelo con el agravante de tratarlo como si fuese un principio explicativo; fundar la tridimensionalidad del universo físico alegando el «principio antrópico», como hacen algunos defensores del «principio antrópico fuerte», es también incurrir en el dialelo corpóreo). Los espacios n-dimensionales son construcciones lógico-matemáticas (no físicas) derivadas de los espacios corpóreos. Por ello la pregunta: «¿por qué los cuerpos de nuestro entorno son tridimensionales y no tetra, penta o n-dimensionales?» es capciosa, porque supone que pueden existir cuerpos de más de tres dimensiones, cuando lo que sucede es que si el mundo de los cuerpos no tuviese tres dimensiones no sería mundo porque el sujeto operatorio tampoco sería corpóreo.
El mundo de los cuerpos tiene, por tanto, el privilegio gnoseológico de ser el horizonte obligado desde el cual se desarrolla el regressus hacia tipos de realidad material no corpórea; pero este privilegio gnoseológico no ha de confundirse con un privilegio ontológico, en el sentido del materialismo corporeísta. Aun cuando, en virtud del «dialelo» todos los contenidos corpóreos abióticos, pero también los contenidos incorpóreos del Mundo, hayan de considerarse como determinados a partir del Mundo constituido a escala de los sujetos corpóreos vivientes (hombres y animales, por lo menos a partir de los celomados, en cuanto se conforman como «cavidades» en el conjunto del Mundo de los cuerpos) sin embargo es evidente que la misma dialéctica del progressus al mundo de los cuerpos, tras el regressus a lo incorpóreo material, nos obliga a retirar cualquier tendencia a la sustancialización del mundo fenoménico de los cuerpos en beneficio de una visión de este mundo como mundo de apariencias, si no de apariencias subjetivas, sí de apariencias objetivas (de los cuerpos ante otros cuerpos), dadas en función, no solamente de materiales incorpóreos especiales (ondas electromagnéticas o gravitatorias), sino también de la materia ontológico general. Esta conclusión obliga, a su vez, al materialismo filosófico a retirar cualquier tendencia a concebir el Universo de forma que se aproxime al tipo de una Scala Naturae, según la cual fuera posible establecer, como un primer escalón, una primera capa abiótica, o incluso incorpórea, a la que sucesivamente fueran agregándose los restantes «niveles emergentes de complejidad» hasta llegar al hombre. La teoría de los escalones según niveles de complejidad es uno de los resultados del desconocimiento del dialelo corpóreo-viviente (si es más baja la complejidad de ciertos niveles de integración es debido a que proceden del análisis de niveles de complejidad comparativamente superior, pero no porque lo sean en sí mismos). La capa de complejidad «más baja» que se supone dada en el intervalo que va de 0 a 10-43 segundos en la «singularidad originaria», no constituye, en definitiva, el «primer escalón ontológico» del universo material, sino, a lo sumo, el «primer escalón gnoseológico» establecido desde las categorías físicas [aquí].

Artículo del Diccionario filosófico, de Pelayo García Sierra.

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miércoles, agosto 26, 2009,6:56 PM


Encomiable trabajo de traducción de Ismael Valladolid Torres (La Media Hostia).

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sábado, agosto 15, 2009,12:11 AM
Va de broma: humor ateo


© Dorene Braun
Norfolk Brights Examiner
Traducido para Rebelión por Anahí Seri

Tal vez sea cierto que sólo el sexo y la política inspiran más humor que la religión. Sin embargo, mientras que incluso los políticos se ríen de la política, y de la mayoría de quienes hacen bromas sobre el sexo se puede afirmar que han tenido experiencia de primera mano sobre lo ridículamente divertido que puede llegar a ser el sexo, en cambio, el humor religioso parece proceder casi exclusivamente de quienes rechazan la religión.
Los teístas tampoco se cortan a la hora de ridiculizar a los no teístas, pero no parece que los chistes sobre los ateos sean, ni de lejos, igual de populares en Internet. Quizás el humor dirigido hacia los ateos simplemente no sea tan divertido, o sólo pueda ser malévolo. Así lo cree quien esto suscribe, aunque debe admitir que ella no es imparcial. Es prácticamente seguro que los teístas se sienten igual de ofendidos por el humor de los ateos.
En cualquier caso, hay tantas cosas en el ciberespacio para entretener e iluminar a los brights [1] que de vez en cuando hay que mencionarlo. Lo que sigue no es más que una pequeña muestra.
El sitio web del ateísmo positivo mantiene la Big List of Quotations (lista de grandes citas) así como un generador aleatorio de citas que proporciona una cada vez que se visita la página web. Para quienes disfrutan echando un vistazo ocasional a sitios como «Astronomy Picture of the Day» o la definición diaria del «Urban Dictionary», el generador aleatorio de citas puede aportar una cita diaria que nos hace reflexionar y en ocasiones nos provoca una carcajada.
El sitio web Godless Geeks (Cretinos Descreídos) incluye una página con cientos de pruebas de la existencia de Dios, comenzando con clásicos como el argumento ontológico o el teleológico para pasar después al argumento de los milagros, el argumento del argumento o el argumento de la depresión clínica no tratada.
Después del artículo en el que se mencionaba a los Cuatro Jinetes del Contra apocalipsis, un lector ha enviado un enlace a un cómic sobre el apocalipsis ateo ofrecido por Subnormality.
La National Secular Society (NSS) (Sociedad Nacional Laica) del Reino Unido ofrece certificados de desbautizo, que pueden adquirir quienes deseen deshacer su bautizo. Si bien la NSS afirma que los certificados son algo humorístico, los que han abandonado la religión en pro del racionalismo se están tomando en serio los desbautizos, y algunos incluso participan en ceremonias de desbautizo antes de solicitar que sus nombres se eliminen de los registros bautismales de la iglesia. En Gran Bretaña se han descargado más de cien mil certificados, y las ceremonias de desbautizo también se celebran en USA.
Los residentes de Norfolk no tiene más que ir que al sitio web Science and Reason in Hampton Roads donde hallarán varias páginas de humor; entre ellas, Ciencia Creacionista 101, pegatinas para libros de texto y «Por qué no te quieres casar con un científico».
Como dice el proverbio, Todo aquello que merece ser tomado en serio merece ser objeto de broma.

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Más «humor ateo».

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sábado, agosto 01, 2009,3:14 PM



BBC Mundo
Redacción


En el Reino Unido esta semana abrió un campamento de verano un tanto particular: a Dios no le está permitido entrar.
Es que no lo organizan los scouts ni grupos religiosos.
Camp Quest es el primero pensado para jóvenes de padres ateos. La idea es fomentarles el pensamiento crítico a niños de entre 7 y 17 años y que disfruten un campamento «libre de dogmas religiosos».
Está «dedicado a mejorar la condición humana a través de la investigación racional, el pensamiento crítico y creativo, el método científico... y la separación de la religión y el Estado», aseguran los organizadores.
Los niños también jugarán, claro.

¿Nueva militancia?
La idea de este tipo de campamentos, que ya se realizan desde hace 13 años en Estados Unidos, coincide con una necesidad expresada por Richard Dawkins, biólogo evolutivo británico y uno de los principales defensores del ateísmo.
Dawkins, conocido por su beligerancia antirreligiosa, ha escrito el libro El espejismo de Dios, un manifiesto sobre la no existencia de un creador divino, y El gen egoísta, entre otras obras.
Dawkins aboga por una nueva militancia que defienda el derecho de las personas a expresar libremente el hecho de no creer en Dios. Y que esto se traduzca en una mayor presencia de los no creyentes en la sociedad.
Ha emprendido campañas a favor del ateísmo y el libre pensamiento como la Out Campaign (Campaña para darse a conocer), donde se insta a los no creyentes a que «salgan del clóset» y se «liberen» porque, se asegura, «los ateos son más numerosos que lo que la mayoría de la gente piensa».
Pero no se trata solamente de darse a conocer. La idea es tener voz y voto en las discusiones sobre aspectos fundamentales en la sociedad. Así como cuando se hacen consultas para resolver dilemas se llama a grupos religiosos para que participen en el debate, cada vez más personas en todo el mundo están señalando que hace falta el punto de vista de quienes no tienen a un dios como punto de referencia de su código moral.
Esto además de asuntos más pragmáticos. Tradicionalmente las religiones han tenido un monopolio cuando se trata de acompañar a la gente en momentos cruciales de su vida. Los ateos están buscando una alternativa que le pueda ofrecer a quienes piensan como ellos una alternativa que no choque con su forma de pensar. Se trata, por ejemplo, de hacerle fácil a una familia en duelo marcar el momento con algún tipo de ceremonia que no les genere un problema moral.

Ateísmo sobre ruedas
El Reino Unido ya había mostrado estar a la vanguardia de estos movimientos cuando el año pasado los tradicionales autobuses de Londres empezaron a circular con clic un llamativo afiche.
«Probablemente Dios no existe así que deja de preocuparte y disfruta tu vida», podía leerse.
La campaña atea fue organizada por The British Humanist Foundation (Fundación Humanista Británica) y apoyada por Dawkins.
La idea fue imitada en algunas ciudades españolas, clic con Barcelona a la cabeza.
El promotor en la capital catalana fue Albert Riba, presidente de la Unión de Ateos y Librepensadores de España, que agrupa a siete asociaciones en todo el país.

«Parecía que éramos dos o tres»
Riba le dijo a BBC Mundo que el objetivo de la campaña fue «darle visibilidad a los ateos, que parecía que éramos dos o tres en España y debatir cuál era nuestro papel social, posicionarnos».
Aseguró que la Unión busca «transmitir que la moral de un ateo vale lo mismo que la de un católico. Eso la ciudadanía lo está empezando a entender pero la estructura eclesial, no».
Riba explicó que los objetivos son «defender la libertad de conciencia, luchar por un Estado laico y difundir el pensamiento ateo». También se «pretende pararle los pies a las religiones que tienen un alto grado de agresión y buscan imponer su forma de pensar».
Consultado sobre si existe una nueva militancia del ateísmo, Riba dijo: «No queremos ni podemos salvar a nadie, ni vamos a enviar misioneros para decir que la salvación es el ateísmo. No vamos a hacer militancia en ese sentido, sino para crear puentes de diálogo».

¿Qué pasa en América Latina?
La región cuenta, por ejemplo, con las dos mayores feligresías católicas del mundo: Brasil y México. Y otras religiones también mantienen una sólida presencia.
Sin embargo, en una zona tradicionalmente fértil para la creencia divina, el movimiento ateo avanza, lentamente, y ya cuenta con algunas organizaciones e iniciativas.
En Colombia los ateos han empezado a salir del clóset.
El Manual de Ateología, escrito por 16 personalidades que niegan o dudan de la existencia de Dios se convirtió en un éxito de ventas, toda una sorpresa en un país donde el 90% de la población se declara cristiana.
En tanto, en Argentina, el año pasado se organizó el primer congreso de ateos.
Fernando Lozada, presidente del Congreso Nacional de Ateísmo, delegado de la Asociación Civil de Ateos en Argentina y promotor del evento, le dijo a BBC Mundo que «ahora la gente se anima más a decir que es ateo. Pasa lo que pasó con los grupos gays, la gente se anima a luchar por sus derechos, pero estamos en los inicios».
Lozada explicó que se busca, entre otras cosas, «lograr que el ateísmo no sea mal visto en la sociedad, que logre el respeto como cualquier otra ideología o religión».
Y le contó a BBC Mundo que en marzo de este año fue parte de una apostasía (negar la fe recibida en el bautismo y renunciar a la Iglesia Católica) en la que participaron 1.500 personas. «Como puede pasar con cualquier partido político o equipo de fútbol, uno debe poder desafiliarse».
Lozada, que había sido bautizado y renunció en este evento, aseguró que «lo vio importante como un movimiento político, como una manera de presionar. Que las leyes estén influenciadas por una moral católica no es totalmente democrático, hace que haya que militar políticamente, no en el sentido partidario proselitista, sino social».
Campamentos, autobuses y manuales... los ateos empiezan a mostrar su fervor (¿religioso? No, gracias), pero ¿estamos ante un nuevo movimiento?

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miércoles, julio 22, 2009,3:47 PM
¿Debo disculparme por ser atea?

© Glennys Álvarez
Publicado en Sin Dioses

Como atea, siempre he sentido que camino en cuclillas, sobre la preocupación de lo que pueda despertar este hecho en mi interlocutor. Igual que el homosexual en el ejército, recurro al silencio para nadar mejor dentro de la intolerancia disfrazada de ofensa, donde los dardos lanzados no pasarían la prueba frente al propio lanzador.
Entre mis pasos existe siempre una disculpa por no creer e inagotables razones se quedan en pensamientos mientras permito, respetuosamente, que los demás hablen libremente sobre sus dioses y doctrinas.
Y es que descartar la religión en un mundo esencialmente creyente no es poca cosa; hay que estar bien preparado para justificar la «herejía» frente a todos, hasta los más cercanos. Es allí donde inicia su camino la intolerancia y yo, en mi condición de mujer nacida y criada en el tercer mundo, he desarrollado un buen radar para detectar discriminaciones.
Los que me conocen saben que disfruto de la ciencia, el periodismo científico no es sólo mi trabajo sino también mi pasión, me angustio ante noticias sensacionalistas (al estilo Muy Interesante) que echan por el suelo el elegante trabajo que realizan los investigadores. Como afirmó elocuentemente Richard Dawkins (sí, él otra vez) durante el documental Enemigos de la razón: «la ciencia es la poesía de la realidad»; es precisamente por comentarios así que lo cito tanto.
Que los humanos hayamos desarrollado herramientas para conocernos como especie y al mundo que habitamos, es lo que me impulsa a escribir columnas como éstas. No obstante, la investigación científica es un imán para los aclamadores de dioses. Inevitablemente, si es usted un seguidor fiel de escrituras sagradas, es posible que no esté de acuerdo con gran parte del desarrollo científico. Creo que esas personas que toman sus escritos divinos con fidelidad fundamentalista deberían de optar por vivir estilos de vida mucho más radicales y apartarse, no sólo de lo que supuestamente es pecado (algo imposible para cierta mayoría), sino también de todo el desarrollo científico cuyas conjeturas contradigan las explicaciones en sus libros: desde el uso de los fotones que se desprenden de cada bombillo en su hogar hasta las vacunas que salvan la vida de millones y cuyas gotas dejamos correr por la garganta de nuestros hijos.
Pero es curioso como las personas adecuan sus pensamientos por más contradictorios que éstos sean (¿recuerdan el hemisferio intérprete?). El conjunto de esos avances científicos integrados a la vida moderna (casi todo, realmente), es aceptado, asimilado y utilizado sin reparar en el conocimiento que lo hace posible. Es plausible aceptar la terapia genética sin relacionar que esos mismos discernimientos sobre la molécula del ADN que la admiten, están vinculados al proceso de la evolución y que compartimos porcentajes variados de ella con los demás animales. Estas implicaciones, sin embargo, pueden ser pasadas por alto, objetadas y rechazadas por las mismas personas que aceptarán la terapia para salvar sus vidas.
Y ni hablar de cuando un científico mete la pata. No sólo se convierte en el microbio que pudre las demás manzanas en el canasto, sino que se intenta desmentir todo lo demás. Precisamente por ello, la ciencia misma se mide con un sinnúmero de autorestricciones; si no fuera así no hubiese forma alguna de diferenciar lo que tiene validez científica de lo que no la tiene. Por ejemplo, si emito una opinión basada en experimentos, la gente pregunta enseguida ¿cómo saben eso?, ¿cómo lo descubrieron?, ¿y qué pruebas tienen? Necesariamente, los investigadores están obligados a realizar experimentos a «doble-ciego», introducir el efecto placebo en sus resultados y luego enviarlo a un consorcio de colegas elegido por otros investigadores, para que lo revisen. Todo esto con el propósito de filtrar errores, producir evidencias confiables, desenmascarar estadísticas que vayan más allá de la pura circunstancia y desentrañar la realidad de la experiencia puramente subjetiva. Aún así se cometen errores.
Ahora bien, las creencias religiosas no pueden ser sujetas a observaciones bajo ese mismo microscopio detallista que usamos para la ciencia; al final de las observaciones, únicamente encontraríamos respuestas basadas en la fe, en la experiencia subjetiva de los que creen, todo lo demás se cae bajo la lupa científica. Los escritos en los libros sagrados contradicen la explicación que poseemos hasta el momento sobre el Universo y la evolución de la vida sobre la Tierra. Estará en cada creyente encontrar su forma de enmendar estas contradicciones. En este sentido, mucha gente estructura rutas paralelas entre sus creencias y la ciencia.
Muy bien, digo yo, perfecto.
Pero la religión, por naturaleza, es impositiva y predicativa. Un sinnúmero de religiosos desea interceptar los caminos, convertir, no sólo a los ateos, agnósticos y demás ovejas descarriadas, sino también a los creyentes de otras religiones (aquí en mi país, testigos de Jehová, evangélicos y mormones han desarrollado una acelerada y extendida estrategia de reclutamiento), para atraerlos hacia una nueva verdad con interpretaciones recientes del mismo viejo versículo y que se den cuenta que han estado venerando a su dios de la forma equivocada.
El otro día, a raíz de la muerte de Michael Jackson, alguien en la oficina expresó que el espíritu de la celebridad ahora estaba en un proceso complejo hacia cierto estado que, según pude interpretar, se asemeja a esas nuevas ideas que tienen los creyentes liberales sobre el cielo.
Pregunté, esta vez en voz alta, ¿y cómo es que sabes eso?
Pero la respuesta a esa pregunta cambia de acuerdo con el libro que adores, la cultura que te haya acogido, los padres que te hayan criado, los caminos distintos que hayan tomado tus neuronas y hasta tu edad. De hecho, he escuchado y leído tantas versiones sobre lo que pasa después de la muerte que responder: «la verdad es que no sé, aunque deduzco que nada», me regala una apacible satisfacción que sólo yo disfruto.
Hay una infinidad de cosas que desconozco, no por ello voy a darle la explicación que más me satisfaga, tampoco se me ocurre la más extraordinaria y difícil de explicar, prefiero esperar a que lo resolvamos con las herramientas que hasta el momento poseemos. ¿Qué hay de malo en eso?
En las últimas semanas, he leído las críticas de varios teólogos hacia el Nuevo Ateísmo (y los nuevos ateos), ese que discute sin miedo en vez de pedir disculpas por no creer. El ateo que aboga por un mundo donde la religión se mantenga en los lugares más apropiados: los hogares creyentes, las iglesias y los templos; fuera del gobierno, de las leyes y de la educación pública. Es un paso enorme frente a mi forma apologética de no creer y no puedo negar que me gusta. A todos nos gusta descubrir grupos que hablen nuestro idioma y nos dejen ser, sin disculpas ni justificaciones: si yo respeto, ¿por qué no exigirlo también?
Pero en el mundo de los humanos las cosas nunca son tan simples. La religión organizada tiene poder, poder para interferir en las leyes e imponer sus pensamientos sobre mi vida y mis decisiones. La religión predica y exige una moral que ni siquiera sus propios miembros pueden seguir y, obstaculiza, con historias absurdas sobre el mundo, lo que hemos logrado descubrir hasta el momento. Que mi vecino le enseñe a su hijo que el mundo fue creado en seis días y uno fue usado para descansar (o cualquiera que sea su versión), no es, en mi opinión, mi problema, el conflicto para mí inicia cuando esa misma opinión es expresada por la profesora del mío en el colegio.
Hagamos una pequeña prueba. Imagine que, así como ha pasado tantas veces y continúa ocurriendo, una tribu de habilidades superiores invada su ciudad, domine a los gobernantes e imponga rituales distintos, dioses con nombres diferentes y nuevas normas. Que obliguen a todos a rezar oraciones nuevas y enseñen en las escuelas otras verdades escritas en el extraño libro. En un predicamento similar vivimos millones de personas, desde ateos y agnósticos hasta cristianos y musulmanes de distintas denominaciones y en diferentes partes del mundo, ultrajados por no pertenecer a la religión dominante. Si alguna Iglesia (en mi país es todavía la católica) es hermana del Estado, todo el que no pertenezca no puede sentirse gobernado justamente. Si aceptamos la libertad de expresión, no podemos, por lo tanto, permitir que las leyes se basen en interpretaciones específicas de un culto sobre un único libro.
Como ponderaba un amigo una de estas tardes calurosas cuando el anhelo por más libertades y un asomo de justicia le arrebató un suspiro, «sólo un religioso podría enorgullecerse de "ser hombre de un solo libro"».

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publicado por Fernando G. Toledo
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martes, julio 14, 2009,12:52 PM
© Raymond Tallis
Traducción de Anahí Seri

He sido más o menos ateo desde que era un adolescente, si bien, habiendo estado tempranamente expuesto, primero al catolicismo y luego a la fe anglicana, probablemente fue algún tiempo después cuando me deshice totalmente del sentimiento de que podría estar esperándome un ascenso póstumo. Recientemente me invitaron a participar en un debate en la Feria del Libro de Glasgow, para debatir sobre ateísmo con el filósofo Julian Baggini y con el humanista y escritor de novelas de detectives Cristopher Brookmyre. Nos pidieron que comenzáramos explicando las razones por las que somos ateos. Yo me estaría engañando a mí mismo si pensara que conozco la razón que más ha contribuido a mi actual feliz estado de descreimiento, y menos aún la razón que ha sido la más decisiva.
Hay malas y buenas razones para decidir que uno es, o debería ser, ateo, y sospecho que las malas razones pueden tener más peso. La peor razón para no creer en Dios (aunque no parezca una mala razón a primera vista) es que no hay pruebas de Su existencia. Es una mala razón a favor del ateísmo porque nadie se pone de acuerdo sobre lo que constituiría una prueba. Los milagros, las escrituras, el testimonio de los sacerdotes y profetas, etc., todo eso puede rechazarse sobre una base empírica; pero para algunas personas, el hecho de que nos comuniquemos de forma inteligente entre nosotros, o de que el mundo muestre un orden, o incluso de que haya algo en lugar de nada, es prueba suficiente de que hay un Creador que no sólo hizo el mundo sino que también hizo que el mundo fuera habitable e inteligible para nosotros. Así pues, apelar a las pruebas, o a la ausencia de éstas, nunca será concluyente.
Otra mala razón para ser ateo es la hostilidad hacia las instituciones religiosas por el comportamiento delictivo de los creyentes, o más en general, por los males que la religión organizada ha deparado al mundo. Estoy seguro de que esto tuvo su importancia en mi propio caso. Todas las mañanas, cuando el sacerdote católico local pasaba por delante de nuestra casa, de camino a la Iglesia de San Austin, mi padre soltaba un improperio sobre su malevolencia y, sobre todo, la hipocresía de los clérigos. Por tanto, llegué a la madurez completamente convencido de la doctrina de Lucrecio «Tantum religio potuis suadere malorum» («Tan poderosa fue la religión para persuadir de hechos malvados»).
Un mayor conocimiento de la historia me hizo aún más consciente de las abominaciones que se han inflingido a los seres humanos en nombre de la religión: la crueldad sectaria, guerras confesionales indescriptiblemente crueles, la opresión de las mujeres (y la obsesión destructiva y cruel que tienen los curas con todo lo que entra y sale de la pelvis femenina), y una alineación cínica y oportunista con los poderes temporales para mantener un status quo injusto que beneficiaba a unos pocos en la cumbre y mantenía a la mayoría sojuzgada. Ni siquiera los santos me parecían muy atractivos. Su comportamiento era con frecuencia obtuso, ridículo o repulsivo. Uno de los ejemplos que más valoro es el de Santa Catarina de Siena, quien deseaba impresionar a Dios con su ayuno y consiguió superar su apetito residual recogiendo en un cucharón el pus que supuraba del pecho canceroso de una dama a la que cuidaba, y se lo bebió; un plato que no se le habría ocurrido ni a Heston Blumenthal (un chef británico famoso por sus platos excéntricos).
¿Y qué? Incluso en caso de que los males causados por la religión fueran relevantes para la cuestión de la existencia de Dios, no sabemos si la religión es una fuerza neta de mal, a pesar de los horrores documentados. Los apologistas han señalado los códigos morales que han inculcado las religiones y que nos han distanciado de la ética feroz de la mayoría de los demás representantes del mundo animal. Iván dice en Los hermanos Kamarazov: «Si Dios no existiera, todo estaría permitido» (o, lo que es lo mismo, si Él dejara de ordenar la fe). Por supuesto que esto no es cierto, pues los humanos tienen otras fuentes poderosas de preocupación altruista por sus congéneres, aunque se puede apreciar por qué hay tantos a los que esta afirmación les ha impresionado. Sin embargo, aún no nos hemos pronunciado sobre lo del beneficio neto, pues no podemos hacer correr la historia dos veces, una vez con religión y otra sin, para determinar si la religión, en conjunto, ha hecho que nos tratemos peor los unos a los otros. O ya puestos, si la religión ha supuesto un obstáculo a la hora de comprender la naturaleza y hacer del mundo un lugar más cómodo, donde la vida es más soportable, o viceversa. No obstante los obstáculos que las instituciones religiosas han puesto a veces al progreso científico, también se puede argumentar que la religión promovió la investigación científica de otros modos: el monoteísmo puede haber inspirado la búsqueda de las fuerzas unificadoras de la naturaleza; y muchos científicos muy creyentes (Newton y Faraday son los ejemplos obvios) veían sus investigaciones como expresión de su amor a Dios. Sería una falacia reducir la relación entre la religión y la ciencia a choques emblemáticos como los que se dieron sobre el sistema solar heliocéntrico o las necedades de los creacionistas.
Otra mala razón para ser ateo es que las creencias religiosas amedrentan a la gente, en particular a los niños, con sus doctrinas de salvación y condena. Este argumento tampoco convence. Si Dios espera determinadas cosas de ti, incluido que creas en Él, y el castigo por defraudarlo es la condena eterna, entonces es un acto de bondad suprema asustarte para que obedezcas a Su Voluntad, tal como interpretan los expertos.
Casi todas las malas razones para ser ateo surgen de una confusión fundamental entre lo que podríamos llamar los aspectos «metafísicos» frente a los aspectos «institucionales» o «sociales» de la religión; entre aquella parte de la religión que hace afirmaciones sobre el origen, la naturaleza, las fuerzas que conforman el universo, su significado, la vida de los humanos; y la parte que prescribe cómo deberíamos vivir, quién está autorizado para guiarnos en este sentido, y sobre qué cuestiones se nos debería guiar: preceptos, rituales, prácticas, códigos de comportamiento, etc. Una defensa inteligente del ateismo debería separar a las instituciones religiosas, con sus prescripciones multiformes y los poderes del bien y del mal que de ellas resultan, de los conjuntos de proposiciones sobre el origen y la naturaleza del universo y del pedacito en que vivimos. Ni los sacerdotes que se portan mal, ni las iglesias venales y poderosas demuestran la falsedad de la religión. Si bien nos recuerdan cómo puede corromper el poder, sobre todo cuando afirma gozar de autoridad trascendente, este hecho no es un argumento a favor del big bang y en contra de la creación en seis días. Los ateos pueden razonar que los propios creyentes no separan estos aspectos de la religión: la sabiduría de Dios, por ejemplo, a menudo es a la vez un concepto metafísico y un conjunto no negociable de instrucciones sobre cómo deberíamos convivir. Cierto, pero no por ello el argumento es mejor. Sin embargo, esto me lleva a la primera razón buena para ser ateo (que ya va siendo hora, cabe pensar).
De acuerdo con las religiones en las que me crié (aunque no en todas, por supuesto), Dios reúne en su persona una combinación de propiedades extraña y ridícula. Para sostener una visión del mundo que enlaza los grandes sucesos que dieron origen al universo con los pequeños sucesos que llenan nuestras vidas, debe combinar la metafísica y la moral, la física y la urbanidad; hay que mezclar algo de la trascendencia del big bang con un Dios iracundo que se enfurruña porque no lo alaban lo suficiente, y que interviene a nivel personal o político de un modo frecuentemente aleatorio, y a veces bastante repugnante. Conjuga el origen del universo con ejércitos de sacerdotes que nos afean la conducta en Su nombre. El concepto es casi cómico, y desde luego infantil, y pone de manifiesto que esta idea de Dios es claramente un reflejo de las preocupaciones humanas, locales e históricas, más que una característica eterna del universo. El Dios que mezcla el poder de inmolar a miles para vengar las ofensas que sufren otros miles, o de alzar al justo, con el poder de dar origen a la infinita totalidad de las cosas, es una monstruosidad ontológica; como una quimera en la que se fusionara la parte frontal de una ballena con la cola de un microbio.
Pero, ¿no deberíamos admitir humildemente la falta de certeza y declararnos agnósticos en vez de ateos? No. Y paso a explicar por qué. Si se echa un vistazo a las tesis metafísicas asociadas al centenar de religiones entre las que podemos elegir actualmente, se ve que estas tesis chocan entre sí de modo profundo y con frecuencia amargo. Pero, a menos que te hayan encauzado desde el nacimiento en una determinada religión, te ves obligado a elegir de forma aparentemente aleatoria en el Supermercado de las Ideas Teológicas. Si, con espíritu de humildad, te propones ver qué tienen en común, queda poca sustancia: el máximo común divisor entre el cristianismo, el paganismo, el hinduismo, el jainismo y todos los demás teísmos es bastante pequeño, y lo poco que queda es incoherente. Para ser un agnóstico sincero deberías ser capaz de sostener la noción de un Dios que es infinito pero que tiene características específicas; ilimitado, pero de algún modo separado de su creación; un Ser que no ha llegado a ser; que es omnisciente, omnipotente y bondadoso y sin embargo, por sus limitaciones, no es capaz, o no desea, crear un mundo en el que no exista el mal; etc. El Dios «apofántico», definido en términos de lo que Dios no es, del filósofo griego Jenófanes y de algunas ramas del cristianismo ortodoxo, es una especie de aceptación de que esta deidad es impensable. Pero el agnosticismo nos obliga a agarrarnos a la cuadratura del círculo. Creo que no merece la pena.
Así pues, cualesquiera que sean mis auténticas razones para ser ateo, intelectualmente la cuestión no estriba en la falta de pruebas sobre la existencia de Dios, ni en el mal comportamiento de los creyentes y las instituciones religiosas, sino en la propia idea de Dios, la cual, en la medida en que no es completamente vacua, se contradice a sí misma, y tiene menos sentido que aquello que pretende explicar.
No se sigue de aquí que yo piense que tenemos una comprensión completa o siquiera bien fundada de lo que somos. Por ejemplo, no comprendemos la conciencia. El materialismo atómico no la explica, de eso podemos estar seguros. Y el propio concepto de materia se ha tornado ininteligible, como se desprende de las paradojas de la mecánica cuántica. Tampoco comprendo cómo es posible que podamos entender el mundo, individual o colectivamente - ¿cómo es posible el conocimiento? Pero este sentimiento de que estamos limitados en nuestro conocimiento y comprensión no hace que me sienta incómodo, sino por el contrario más cómodo en mi ateísmo: no estoy obligado a encerrar una intuición apasionante de posibilidad trascendente, que surge de mi sentido de lo desconocido, en un amasijo de creencias confusas, contradictorias y a menudo (aunque no siempre) malignas, que culminan en imposibilidades lógicas. No obstante lo cual, debemos estar agradecidos por los monumentos artísticos, arquitectónicos, rituales y del pensamiento que nosotros, los ateos, les debemos a la creencia en Dios de otros.

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