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  1. © Richard Dawkins
    Traducción: Gabriel Rodríguez Alberich

    Existe una cobarde blandeza del intelecto que aflige a gente que, normalmente racional, se enfrenta a religiones establecidas desde hace mucho tiempo (aunque, de manera significativa, no con tradiciones más modernas como la Cienciología o los Moonies). S. J. Gould, comentando la actitud del Papa [Juan Pablo II] acerca de la evolución en su columna de Natural History, es representativo de una escuela dominante de pensamiento conciliador entre creyentes y no creyentes:

    La ciencia y la religión no están en conflicto, ya que sus enseñanzas ocupan dominios diferentes... Creo, con todo mi corazón, en un concordato respetuoso, incluso amoroso [el énfasis es mío]...

    Stephen Jay Gould
    Bien, ¿en qué consisten esos dos dominios diferenciados, esos «Magisterios No Superpuestos» que deberían apiñarse en un concordato respetuoso y amoroso? De nuevo, Gould:
    La red de la ciencia cubre el universo empírico: de qué está formado (hecho) y por qué funciona de esta manera (teoría). La red de la religión se extiende sobre cuestiones del significado y el valor moral.

    ¿Quién ostenta la moral?
    Ojalá fuera tan perfecto. En un momento abordaré lo que realmente dice el Papa sobre la evolución, y luego otras afirmaciones de su iglesia, para ver si realmente están tan bien diferenciadas del dominio de la ciencia. Sin embargo, primero haré un inciso sobre la afirmación de que la religión posee algún tipo de preparación especial sobre cuestiones morales. Esto lo acepta a menudo incluso la gente no religiosa, presumiblemente con el ánimo de esforzarse civilizadamente por concederle al oponente la mejor cualidad que puede ofrecer –por muy débil que sea esa cualidad.
    La pregunta «¿Qué es lo correcto y lo equivocado?» es una pregunta genuinamente difícil que la ciencia no puede responder. Dada una premisa moral o una creencia moral a priori, la importante y rigurosa disciplina de la filosofía moral secular puede buscar formas científicas o lógicas de razonamiento para sacar a relucir implicaciones ocultas de esas creencias, o inconsistencias ocultas entre ellas. Pero las propias premisas morales absolutas deben provenir de algún otro sitio, presumiblemente de la convicción no argumentada. O, puede esperarse, de la religión –lo que significa una combinación de autoridad, revelación, tradición y escritura.
    Desafortunadamete, la esperanza de que la religión pueda proporcionar un lecho de roca a partir del cual pueda derivarse nuestra moral (que de otra manera estaría basada en arena), es una esperanza vana. En la práctica, ninguna persona civilizada utiliza las Escrituras como autoridad última para el razonamiento moral. En lugar de eso, escogemos las partes bonitas de las Escrituras (como el Sermón del Monte) e ignoramos alegremente las partes desagradables (como la obligación de lapidar a los adúlteros, ejecutar a los apóstatas y castigar a los nietos de los delincuentes). El propio Dios del Viejo Testamento, con sus celos vengativos y despiadados, su racismo, sexismo y ansias de sangre, no sería adoptado como modelo de comportamiento literal por nadie que usted o yo queramos conocer. Sí, por supuesto que es injusto juzgar las costumbres de una era antigua con nuestros estándares ilustrados. ¡Pero ése es precisamente mi punto! Evidentemente, tenemos una fuente alternativa de convicción moral última que invalida a las Escrituras cuando nos conviene.
    Esa fuente alternativa parece ser algún tipo de consenso liberal sobre la decencia y la justicia natural que cambia a lo largo del tiempo histórico, frecuentemente bajo la influencia de reformistas seculares. Hay que admitir que eso no suena como un lecho de roca. Pero, en la práctica, nosotros, incluídos los religiosos, le damos una prioridad mayor que a las Escrituras. En la práctica, más o menos ignoramos las Escrituras, citándolas cuando respaldan nuestro consenso liberal, olvidándonos de ellas silenciosamente cuando no lo hacen. Y, venga de donde venga ese consenso liberal, nos es accesible a todos nosotros, seamos religiosos o no.
    De manera similar, los grandes maestros religiosos como Jesús o Gautama Buddha pueden inspirarnos, con su buen ejemplo, a adoptar sus convicciones morales personales. Pero, de nuevo, escogemos nuestros líderes religiosos, evitando los malos ejemplos como Jim Jones o Charles Manson, y podemos escoger buenos modelos de comportamiento seculares como Jawaharlal Nehru o Nelson Mandela. También las tradiciones, por mucho tiempo que haya pasado desde que las seguimos, pueden ser buenas o malas, y utilizamos nuestro juicio secular de la decencia y la justicia natural para decidir cuáles seguir y cuáles abandonar.

    La religión sobre el césped de la ciencia
    Pero esta discusión sobre los valores morales no era más que una digresión. Ahora regreso a mi tema principal de la evolución y de si el Papa cumple con el ideal de mantenerse fuera del césped de la ciencia. Su «Mensaje sobre la Evolución de la Academia Pontificia de las Ciencias» comienza con un casuístico discurso tergiversador diseñado para reconciliar lo que Juan Pablo II estaba a punto de decir con los pronunciamientos anteriores más equivocados de Pío XII, cuya aceptación de la evolución era comparativamente más reacia y de mala gana.

    La Revelación nos enseña que [el hombre] fue creado a imagen y semejanza de Dios. [...] si el cuerpo humano tiene su origen en materia viva preexistente, el alma espiritual es creada inmediatamente por Dios [...] Por consiguiente, las teorías de la evolución que, de acuerdo con las filosofías que las inspiran, consideran a la mente como algo que emerge de las fuerzas de la materia viva, o como un mero epifenómeno de esta materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre. [...] Con el hombre, por tanto, nos encontramos ante una diferencia ontológica, un salto ontológico, podríamos decir.


    Para crédito del Papa, en este punto reconoce la contradicción esencial entre las dos posiciones que intenta reconciliar:

    «Sin embargo, ¿no va la existencia de esa discontinuidad ontológica en contra de esa continuidad física que parece ser la línea de investigación principal en la evolución, en el campo de la física y la química?»


    Que no cunda el pánico. Igual de a menudo que en el pasado, el oscurantismo viene al rescate:

    Considerando el método utilizado en las variadas ramas del conocimiento, es posible reconciliar dos puntos de vista que parecen irreconciliables. Las ciencias de la observación describen y miden las múltiples manifestaciones de la vida con creciente precisión y las correlacionan con la línea del tiempo. El momento de transición a lo espiritual no puede ser objeto de este tipo de observación que, sin embargo, puede descubrir, a nivel experimental, una serie de signos muy valiosos que indican lo que es específico del ser humano.


    En lenguaje corriente, hubo un momento en la evolución de los homínidos en el que Dios intervino e inyectó un alma humana en un linaje que previamente era animal. (¿Cuándo? ¿Hace un millón de años? ¿Hace dos millones de años? ¿Entre el Homo erectus y el Homo sapiens? ¿Entre el Homo sapiens «arcaico» y el H. sapiens sapiens?) Es necesaria una inyección súbita, por supuesto, porque de otra manera no habría distinción en la que basar la moralidad católica, que es especiesista hasta la médula. Puedes matar animales adultos como alimento, pero el aborto y la eutanasia son asesinatos porque está implicada vida humana.
    La «red» del catolicismo no se limita a las consideraciones morales, aunque sólo sea porque la moral católica tiene implicaciones científicas. La moral católica requiere la presencia de un gran abismo entre el Homo sapiens y el resto del reino animal. Tal abismo es fundamentalmente antievolutivo. La inyección súbita de un alma inmortal en la línea del tiempo es una intrusión antievolutiva en el dominio de la ciencia.
    Hablando más generalmente, es completamente irrealista afirmar, como hacen Gould y muchos otros, que la religión se mantiene fuera del césped de la ciencia, restringida a la moral y los valores. Un universo con una presencia sobrenatural sería un universo fundamental y cualitativamente distinto de uno que no la tuviera. La diferencia es, ineludiblemente, una diferencia científica. La religión realiza afirmaciones sobre la existencia, y esto significa afirmaciones científicas.
    Lo mismo es cierto para muchas de las principales doctrinas de la Iglesia Católica Romana. La Inmaculada Concepción, la Asunción corporal de la Virgen María, la Resurrección de Jesús, la supervivencia de nuestras almas tras la muerte: todo esto son afirmaciones de una naturaleza claramente científica. O Jesús tuvo un padre corporal o no lo tuvo. Ésta no es una cuestión de «valores» o «moral»; es una cuestión sobre un hecho formal. Puede que no tengamos la evidencia para responderla, pero es una cuestión científica. Puede estar seguro de que si se descubriese alguna evidencia que apoyara esa afirmación, el Vaticano no se resistiría a promocionarla.
    O se descompuso el cuerpo de María cuando murió, o fue extraído físicamente de este planeta hacia el Cielo. La doctrina católica oficial de la Asunción, promulgada tan recientemente como en 1950, implica que el Cielo tiene una ubicación física y existe en el dominio de la realidad física –¿Cómo podría el cuerpo físico de una mujer ir allí de otra manera?–. No estoy diciendo aquí que la doctrina de la Asunción de la Virgen sea necesariamente falsa (aunque, por supuesto, así lo pienso). Simplemente estoy refutando la afirmación de que está fuera del dominio de la ciencia. Al contrario, la Asunción de la Virgen es evidentemente una teoría científica. También lo es la teoría de que nuestras almas sobreviven a la muerte corporal, y todas las historias de las visitas angélicas, manifestaciones marianas y milagros de todo tipo.
    Hay algo deshonesto y auto beneficioso en la táctica de afirmar que todas las creencias religiosas están fuera del dominio de la ciencia. Por un lado, las historias milagrosas y la promesa de la vida tras la muerte se utilizan para impresionar a la gente sencilla, ganar adeptos y engrosar rebaños. Es precisamente su poder científico lo que les da a estas historias su atractivo popular. Pero, al mismo tiempo, se considera golpe bajo someter a las mismas historias a los rigores habituales de la crítica científica: son temas religiosos y por tanto están fuera del dominio de la ciencia. Pero no se puede jugar a dos bandas. O, al menos, no se debería dejar a los teóricos y proselitistas religiosos que jueguen a dos bandas. Desafortunadamente, demasiada gente, incluyendo a gente no religiosa, está inexplicablemente dispuesta a dejarles.
    Supongo que es gratificante tener al Papa como aliado en la lucha contra el creacionismo fundamentalista. Es ciertamente gracioso ver cómo se fastidian los planes de creacionistas católicos como Michael Behe. A pesar de ello, si me dieran a elegir entre el fundamentalismo genuino por un lado, y el doblepensamiento oscurantista y nada ingenuo de la Iglesia Católica Romana por otro, sé muy bien cuál prefiriría.

    Publicado en The Geek.
    Artículo original en Secular Humanism.

    Ver también: La involución papal.

  2. ¿Ha encontrado la ciencia a Dios?

    lunes, octubre 09, 2006


    © Victor J. Stenger
    Traducción de Fernando G. Toledo

    Cuando los primeros resultados del satélite COBE (Explorador Cósmico de Radiación de Fondo) se publicaron en 1992, George Smoot, científico de la misión, hizo esta comparación: «Si usted es religioso, es como buscar a Dios». Los medios de comunicación lo amaron. La portada de un tabloide mostró el rostro de Jesús (según la interpretación de artistas medievales, por supuesto) rodeado por una foto difuminada del cosmos.
    Al informar sobre la conferencia «La ciencia y la búsqueda espiritual», celebrada en el Centro para la Teología y la Ciencia en Berkeley, este verano, la portada del 20 de julio de Newsweek anunciaba: «La ciencia encuentra a Dios». Los varios cientos de científicos y teólogos del encuentro fueron virtualmente unánimes en acordar que la ciencia y la religión eran ahora convergentes, y que en lo que ambas convergían era en Dios. El cosmólogo y cuáquero sudafricano George Ellis expresó el consenso: «Hay un montón de información acumulada que apoya la existencia de Dios. El asunto es cómo evaluarla».
    La nota de Newsweek señalaba que «los avances de la ciencia moderna parecen contradecir la religión y socavar la fe». De cualquier modo, «para un creciente número de científicos, los mismos descubrimientos ofrecen apoyo a la espiritualidad y rastros de la verdadera naturaleza de Dios». Nos enteramos de que «los físicos han tropezado con señas de que el cosmos está diseñado para la vida y la conciencia». La cosmología del Big bang, la mecánica cuántica y la teoría del caos, todo es interpretado como una «puerta abierta a la acción de Dios en el mundo».
    Los estudios, sin embargo, no confirman el argumento de que «un creciente número de científicos» están encontrando apoyo a la espiritualidad en sus estudios científicos. Una encuesta reciente a los miembros de la Academia Estadounidense de la Ciencia indicó que sólo el 7% cree en un creador personal, un descenso del 15% con respecto a 1933 y del 29% con respecto a 1914. Si eso indica algo, es que la mayoría de los científicos parecen sentirse bastante alejados de la espiritualidad.
    Aparentemente, lo que estamos escuchando no es la voz de una creciente mayoría de científicos, sino la bien notoria y creciente voz de una minoría decreciente. El encuentro de Berkeley fue una especie de reunión de «conservadores de premisas» («Premise-Keepers») para académicos que buscan mantener con vida su premisa de que Dios existe, mientras la ciencia continúa operando exitosamente sin necesitar de esa premisa.

    Cruzando la línea. En un comentario acerca de la reunión de Berkeley, George Johnson, del New York Times, destacaba que «los creyentes parecen más ansiosos que nunca por cruzar la línea, intentando interpretar la información científica que apoye las verdades reveladas de su propia teología».
    Para la mayoría de los creyentes teístas, la vida humana no tendría sentido en un universo sin Dios. Con toda sinceridad y un anhelo comprensible por hallar un propósito de existencia, ellos rechazan esa posibilidad. Así, sólo un universo creado sería posible, y los datos nada pueden hacer para apoyar esta «verdad».
    Sin embargo, la buena práctica de la ciencia exige que todo esté abierto a cuestionamiento, incluso las premisas que son usadas en la interpretación de datos. Mientras algunas asunciones están siempre presentes en el proceso científico, todo está sujeto a cambiar cuando las asunciones más poderosas y económicas se vuelven evidentes. Los «conservadores de premisas», tan puros como lo puedan ser sus motivos, practican mala ciencia cuando confinan la interpretación de las observaciones científicas a un diseñador del universo.
    Para el «conservador de premisas», el big bang provee «evidencia» de que la creación tuvo lugar en el tiempo, tal como en el mito (en realidad, babilónico) de la Biblia. Algo no puede salir de la nada, y entonces el universo necesita un creador. Que ese creador deba salir de la nada es sutilmente obviado. Dios sigue un «tipo de lógica» diferente a la del universo, un tipo de lógica que no requiere creación. Los teólogos no dejan en claro por qué el universo mismo no puede seguir este tipo de lógica.
    Los «conservadores de premisas» reconocen que no pueden probar la existencia de Dios. Ellos simplemente expresan la poderosa sensación de que un diseño inteligente queda demostrado por el orden del universo. Desafortunadamente, la ciencia tiene poca simpatía por los sentimientos y deseos, cuan sinceros sean. El universo es del modo en que es, sin importar lo que uno quisiera que fuese. Si la humanidad es de hecho un grano de arena en el infinito Sahara, tal como lo muestran cada vez más nuestros telescopios, entonces no podemos desear que sea lo contrario. Debemos aceptar los hechos y aprender a vivir con ellos.
    Los no creyentes reconocen que no pueden probar la inexistencia de Dios. Simplemente arguyen que el universo sin creador es la premisa más económica y consistente con todos los datos. Un emergencia sin causa y diseño del universo desde la nada no viola los principios de la física. La energía total del universo parece ser cero, así que ningún milagro de la energía creada «de la nada» se requiere para producirla. Del mismo modo, ningún milagro es necesario para la aparición del orden. El orden puede aparecer, y de hecho aparece, espontáneamente en los sistemas físicos.

    Un universo ajustado para la vida. En años recientes, la noción de que las leyes de la física estaban «finamente ajustados» para la existencia de vida había cautivado la imaginación tanto de los científicos creyentes como de los teólogos. En efecto, probablemente ninguna idea había recibido mayor atención en las últimas discusiones sobre religión y ciencia.
    El argumento del ajuste fino descansa en una serie de hechos llamados «coincidencias antrópicas». Básicamente, dicen que si el universo hubiera aparecido con pequeñas variaciones en los valores de sus constantes fundamentales, ese universo no podría haber producido los elementos, como carbono, oxígeno y otras condiciones necesarias para la vida.
    El argumento del diseño fino asume que solamente una forma de vida es posible. Pero muchas formas diferentes de vida podrían aún ser posibles con distintas leyes y constantes de la física. El requerimiento principal parece ser que las estrellas vivan lo suficiente para producir los elementos necesarios para la vida y dejen tiempo para que los sistemas complejos y no lineales que llamamos vida evolucionen. He hecho algunos cálculos en los cuales yo aleatoriamente cambio los valores de las constantes físicas en varios órdenes de magnitud y busco los universos que podrían existir bajo esas circunstancias. Encuentro que casi todas las combinaciones conducen a universos, algunos muy extraños, con estrellas que viven miles de millones de años o más. Alguna clase de vida sería probable en la mayoría de esos universos posibles.

    El dios de las ecuaciones. Un segundo argumento, en la línea de los encontrados en diálogos recientes. Las ecuaciones de las matemáticas y la física son atribuidas a la evidencia de un platónico ordenador del universo que trasciende el universo de nuestras observaciones.
    Tendencias recientes en la teología cristiana y sus aproximaciones a la ciencia han acercado a la cristiandad a una posición que encuentra una deidad en el orden de la naturaleza, una entidad creativa que trasciende el espacio, el tiempo y la materia, y es responsable de ese orden. Efectivamente, la noción moderna de Dios en la teología occidental está quizás más cercana al Demiurgo de Platón que al Jehová-Zeus de barba blanca de la cúpula de la Capilla Sixtina o al imberbe Jesús-Apolo de la pared.
    Y aquí es donde algunos científicos y teólogos parecen encontrar actualmente un terreno común: en la idea de que la realidad última no se halla en los quarks, los átomos, las rocas, los árboles, los planetas y las estrellas de la experiencia y la observación. Más bien, la realidad existe en la perfección matemática de los símbolos y las ecuaciones de la física. La deidad entonces coexiste con esas ecuaciones en cierto reino de perfección matemática más allá de la observación humana. Este Dios es cognoscible, no por su apariencia física ante nosotros, sino por su presencia en esa realidad platónica. Todos existimos en la «mente de Dios».
    Las disputas pasadas acerca de la existencia de Dios fueron en gran parte confinadas a filósofos y teólogos. Este tipo de discurso puramente lógico, con pocas referencias surgidas de observaciones, es considerablemente desdeñado por los científicos, tanto creyentes como increyentes. Los científicos «conservadores de premisas» afirman que están yendo más allá de los tradicionales argumentos teológicos, y que ven evidencia directa de un diseño inteligente en sus observaciones y ecuaciones.
    Como escribió Paul Davies: «El hecho mismo de que el universo es creativo, y que las leyes han permitido las estructuras complejas para que emerja y se desarrolle el punto de la conciencia –en otras palabras, que el universo ha organizado su propia autoconciencia– es para mí una poderosa evidencia de que hay “algo funcionando” detrás de todo. La impresión de diseño es abrumadora». Nótese el uso de la palabra «evidencia» antes que de «prueba» en esta cita.
    De todas formas, un Dios platónico no necesita tener algo que ver con el Dios de la Biblia, o con alguna otra deidad imaginaria, abstracta o personal. Y las ecuaciones no necesitan realmente representar una deidad trascendente. La verdad es que los físicos platónicos ven los campos cuánticos y los tensores métricos del espacio-tiempo como «más reales» que los quarks y los electrones. Los físicos materialistas, por contraste, piensan que los quarks y electrones son más reales que los tensores métricos o los campos de cualquier tipo, que ésos son simplemente invenciones humanas. Pero la mayoría en ambas partes no ve ninguna de esas realidades posibles como deidades. No ven que un «milagro» sea necesario para que la vida y el universo existan.

    Y dale con buscar el Dios de los huecos. Esto ilustra por qué la proclamada convergencia de la ciencia y la religión no es capaz de resistir el menor escrutinio. Echemos un vistazo a la historia. La ciencia ha explicado siempre las observaciones en términos de fenómenos naturales (esto es, no sobrenaturales). La religión siempre ha propuesto explicaciones sobrenaturales para llenar esos huecos sobre los que la ciencia no ha dado explicaciones naturales, o simplemente ha callado. Solamente un dominio de la existencia ha sido ocupado en ambos casos: el dominio de las observaciones humanas.
    Los chamanes en los bosques de antaño enseñaban que los «espíritus» hacían que las rocas bajaran de una colina, hasta que Newton dijo que era por la gravedad. Los sacerdotes enseñaban que «Dios» creó a los hombres a su imagen y semejanza, hasta que Darwin dijo que la evolución nos creó a imagen y semejanza de los simios. Y ahora, tenemos a esta nueva raza de científicos-teólogos arguyendo de nuevo que sólo porque la ciencia no puede explicar esto, eso o aquello, entonces todavía tenemos una habitación para Dios.
    No podemos explicar por qué las constantes de la naturaleza tienen los curiosos valores que tienen, entonces puede que Dios las hizo. No podemos explicar la «espectacular efectividad de las matemáticas», entonces Dios inventó las matemáticas.
    Quizás. Pero, ¿es este moderno Dios de los huecos más plausible que el Dios de los chamanes y los sacerdotes? Quizás algún día la ciencia pueda tapar esos huecos sin la premisa de Dios.


    Este artículo fue publicado en el volumen 19, número 1, de la revista Free Inquiry.
    Ver también: ¿Dónde ponemos a la religión?, El conflicto irresoluble y La involución papal.
    Otro artículo de Stenger: Por qué no soy agnóstico.

  3. La lenta corrección del Más Allá

    domingo, octubre 08, 2006

    © Juan G. Bedoya

    Fue en el verano de 1999 cuando Juan Pablo II tomó la decisión de corregir la doctrina sobre el llamado Más Allá: cielo, infierno, purgatorio, limbo e, incluso, las teorías sobre Satanás. El Cielo, dijo el pontífice polaco, no es «un lugar físico entre las nubes». El Infierno tampoco es «un lugar», sino «la situación de quien se aparta de Dios». El Purgatorio es un estado provisional de «purificación» que nada tiene que ver con ubicaciones terrenales. Y Satanás «está vencido: Jesús nos ha liberado de su temor».
    La nueva escatología fue oficiada por el Papa en cuatro catequesis que acapararon sus dos últimas audiencias de julio y las dos primeras de agosto. Pero llegaba fuera de tiempo. Había por entonces una larga relación de teólogos –Hans Küng y Von Balthasar, entre los principales– que llevaban décadas proclamando, tras el Concilio Vaticano II, lo que predicaba Roma aquel verano de 1999.
    Para una mirada de lego, la nueva escatología papal ponía patas arriba la interpretación clásica de los textos sagrados, aquello que enseñaron a los niños españoles catecismos tan afamados como los de Astete y Ripalda y, sobre todo, la proclamación del imponente Tomás de Aquino, que entre los placeres esenciales de los que van al Cielo colocaba en lugar preferente, además de la visión de Dios, el poco cristiano de la contemplación de los sufrimientos a que están sometidos los arrojados al Infierno.
    Si todo es tan evidente, ¿por qué el Vaticano revisa tan lentamente la doctrina sobre el Más Allá? Lo cierto es que no le queda más remedio. Primero, por exigencias de la ciencia: Roma no quiere repetir la amarga historia de Galileo. La segunda razón se basa en estadísticas: el 60% de los católicos cree en Cristo, pero no en el Infierno ni en el Paraíso. Y, por último, el Papa cumple a regañadientes una obligación conciliar: Se trata del aggiornamento (puesta al día), la palabra preferida de Juan XXIII y su Vaticano II.


    Publicado en El País de Madrid el 07/10/2006

    Ver también: La involución papal, Ratzinger contra la ciencia, El Papa Rottweiler ladra, El Rottweiler de Dios se muerde la cola, Falacias y errores de Ratzinger sobre el Islam, Islam vs. cristianismo, Paleólogos. También: Sin noticias de Ratzinger.

  4. Paleólogos

    domingo, octubre 01, 2006

    © Fernando Savater

    Reconozco que me ha extrañado un poco que personalidades que condenaron sin paliativos la «provocación» de las llamadas caricaturas de Mahoma en una revista danesa (así por ejemplo el presidente Zapatero) se hayan apresurado ahora a defender al Papa en la marejada que ha levantado su sermón de Ratisbona. Después de todo, las caricaturas iban claramente dirigidas contra quienes utilizan el islam para justificar el terrorismo mientras que la cita del emperador Manuel II Paleólogo hecha por Benedicto XVI suena a censura general a los métodos proselitistas de esa religión (como el jerarca bizantino no es referencia habitual en los discursos del siglo XXI, parece tomar a la gente por imbécil tratar de convencerla de que el Papa lo trajo a colación aun discrepando radicalmente de él). Sin duda el Pontífice tiene derecho democrático -no reconocido, por cierto, en los medios de comunicación vaticanos al resto de los publicistas- a opinar lo que le parezca oportuno en estas oscuras materias. Y las reacciones desaforadas de algunos radicales islámicos son muestra deplorable de su incapacidad de respetar no ya la libertad de expresión sino la libertad religiosa de los demás. Una lástima, sin duda. Aunque no por ello la doctrina expresada por el Santo Padre haya de convertirse en luz y guía de Occidente, como tratan de hacernos creer algunos de los talibanes católicos o asimilados que últimamente padecemos.
    Me dicen que Ratzinger es una cima de la teología y aun la filosofía contemporáneas y yo, claro está, no lo pongo en duda. Pero me da la impresión de que el hombre tiene sus días mejores y peores, como todo el mundo. No sé cómo sería antes de verse iluminado por el Espíritu Santo, porque no conozco sus obras previas, pero lo que nos viene llegando de su inspiración pontifical últimamente deja bastante que desear: en Ratisbona, sin ir más lejos, estuvo tan profundo como un cenicero y tan sutil como un ladrillazo. Me refiero a los resultados, desde luego, porque su intención seguro que era buena. Insistió en ese foro universitario el Papa sobre la confluencia en el cristianismo entre la fe bíblica y la filosofía griega, de la que brota lo que hoy llamamos Europa. Para completar la imagen habría que añadir la jurisprudencia romana, pero aun así el asunto tiene muchos matices que se pasan interesadamente por alto.
    Los griegos, por ejemplo, nunca aplicaron criterios de «verdad» y «falsedad» al terreno religioso: eso fue un rasgo definitorio de la razón monoteísta que introdujeron los cristianos en su batalla ideológica contra el paganismo. Como primer resultado acabaron con el tolerante pluralismo politeísta, pero siglos después sufrieron las consecuencias de esta exigencia de verdad aplicada a la teología en su propia doctrina: los científicos positivistas que niegan los dogmas religiosos en nombre de la razón son precisamente los herederos directos de los intransigentes cristianos que derribaron los altares de los olímpicos... Lo peligroso de la razón es que, una vez suelta, no puede ser constreñida a la celebración del sano «orden natural» como quisieran los piadosos. No hace prisioneros, no respeta tutelas teológicas ni de ningún otro tipo. Verbigracia, el Papa tacha de «irracional» la teoría de la evolución porque no admite la hipótesis del Creador divino, confundiendo lo racional en el sentido de «comprensible por la razón» y lo racional entendido como «dirigido por una Razón», que es la acepción que a él le interesa por prurito profesional. Benedicto XVI protesta ante la razón moderna que excluye lo divino de sus premisas, considerando que las sociedades religiosas se ven gravemente atacadas por ella y que es incapaz de abordar el diálogo entre las culturas. Llega tarde, pues ese movimiento subversivo no tiene marcha atrás. Sin embargo, siempre será más fácil a largo plazo que los humanos nos entendamos a partir de la razón que a partir de la fe porque creencias cada cual tiene la suya pero la razón es común (por eso en cada momento hay una sola civilización dominante mientras que se contraponen diversas culturas con iguales pretensiones de validez).
    Según parece el discurso de Ratzinger y su defensa de la razón como ancilla theologiae tuvo como principal objetivo marcar diferencias con la concepción musulmana de la divinidad: Alá es absolutamente trascendente y no está «domesticado» por categorías racionales. De aquí podría derivarse que esa línea cultural -representada a efectos prácticos inmediatos por Turquía- es inasimilable en el contexto de la Europa unida. Como tampoco soy experto en el islam ignoro hasta qué punto esto es así, aunque Avicena, Averroes y el nihilistaOmar Jayán (desde luego no muy creyentes) manejaban a mi juicio los mecanismos lógicos y la capacidad razonante tan adecuadamente por lo menos como cualquier cardenal. Pero en cambio lo que conozco de primera mano, porque está respaldado por los pensadores religiosos que más me interesan (para asumir las categorías de Aristóteles o Hegel no me hace falta ninguna divinidad), es que hay una concepción de Dios dentro del cristianismo tan trascendente como pueda serlo la que más: un Dios para el que la necesidad no existe y para quien todo es posible, que no se siente atado por la coacción del «dos más dos son cuatro» o por las muy decentes convenciones morales (¡ordena a Abraham el sacrificio de su hijo Isaac!) y ni siquiera por la irreversibilidad del tiempo que hace irrevocable el pasado. Es sin duda el Dios de Lutero, el de Pascal, el de Kierkegaard y Dostoievski o el de León Chestov. Fue precisamente Chestov -un pensador extraordinario en el sentido más literal del término- quien planteó en el mismo título de su obra principal el enfrentamiento entre Atenas y Jerusalén, mucho antes de que Leo Strauss retomara el dilema en una conferencia famosa en Nueva York. De modo que recordemos que en el cristianismo, además de Roma y Bizancio, también existen Worms, París, Copenhague, Kiev, etcétera.
    Pero naturalmente no pretendo aquí discutir de teología, Dios me libre. Lo que intento señalar es que la concepción de la razón que maneja Benedicto XVI es vieja, anticuada: como diría Bachelard, tiene la edad de los prejuicios. El Papa también es un Paleólogo, en el sentido etimológico del término. Por supuesto los islamistas que organizan algaradas o cometen desmanes en protesta por sus palabras no son en modo alguno más razonables ni cuentan con mejores argumentos en su haber. Ahora parece que el uno y los otros hacen esfuerzos por limar asperezas, lo cual es muy buena noticia para quienes creemos que los humanos están hechos para entenderse, no por razones de altruismo sino de prudencia. Pero también resulta evidente, como ha señalado Carlo Augusto Viano, que «en general, en el mundo contemporáneo, las religiones se configuran como amenazas relevantes a la posibilidad de encontrar formas de convivencia entre grupos que tienen historias diversas y que pertenecen a etnias y culturas diferentes» (en Laici in ginocchio, ed. Laterza). Como muchos de nosotros, creyentes o no, Viano se lamenta de la aceptación global del punto de vista beligerantemente religioso y de la falta de instrumentos intelectuales en la sociedad europea para combatir las pretensiones dogmáticas contrapuestas de las iglesias. Que sólo suelen coincidir, por cierto, en su compartido aborrecimiento del laicismo democrático, es decir, del conjunto de medidas institucionales (sobre todo educativas) contra la imposición de medidas clericales en el ámbito de lo público y común.
    Mientras llegan otras alianzas planetarias más ambiciosas, ¿no sería bueno al menos propugnar un «pacto laico», según la expresión que inventó Jean Baubérot hace más de quince años? Es decir, crear un ámbito nacional y sobre todo internacional tanto para católicos como para protestantes, para musulmanes, judíos o budistas y para ateos de toda laya, en el que se respetaran normas de convivencia comunes sin barniz religioso alguno, cimentadas en los principios fundamentales que sirven de base a las democracias de cualquier parte del mundo. Para ello, claro está, sería necesario recuperar el sentido político de nuestros valores ciudadanos de convivencia, porque como ha dicho muy bien Régis Debray «no hay ejemplo, con o sin democracia, en que una desmoralización de lo temporal no se haya traducido en una repolitización de lo espiritual».

    Artículo original en El País de Madrid.

    Ver también: La involución papal, Ratzinger contra la ciencia, El Papa Rottweiler ladra, El Rottweiler de Dios se muerde la cola, Falacias y errores de Ratzinger sobre el Islam, Islam vs. cristianismo. También: Sin noticias de Ratzinger.

  5. Islam vs. cristianismo

    viernes, septiembre 29, 2006


  6. El Rottweiler de Dios se muerde la cola

    martes, septiembre 26, 2006

    © Christopher Hitchens
    Traducción en Página/12

    Hay muchos Papas dentro de la Cristiandad –la Iglesia Copta tiene uno, la Iglesia Ortodoxa Oriental también tiene un Patriarca o Santo Padre–, pero hemos adquirido el hábito de usar el término para describir sólo al obispo de Roma (como lo describen los 39 Artículos de la Iglesia Anglicana) y esto es una pena por muchas razones. Le confiere una especie de autoridad suprema al líder de apenas una secta cristiana, y por eso ayuda a darles la impresión a los no cristianos de que el representante del catolicismo romano representa mucho más de «Occidente» de lo que en realidad representa.
    En un intento de revivir su Iglesia moribunda con una visita a Alemania, donde las congregaciones romanas son cada vez más escasas, Joseph Ratzinger (siempre voy a pensar en él con este nombre) se las ha arreglado para hacer un moderado daño –y para no hacer nada bueno en absoluto– en la tensa y crispada discusión que se desarrolla entre Europa y el Islam. Recomiendo que lean el texto completo de su discurso en la Universidad de Regensburg hace dos semanas.
    Después de una introducción muy superficial, Ratzinger fue directo a su cita elegida, tomada del emperador bizantino del siglo XIV Manuel II. Este monarca supuestamente una vez entró en debate –el momento y lugar precisos se desconocen– con un persa anónimo. El tema era el Cristianismo y el Islam. El bizantino le pide al persa que le muestre «qué ha traído Mahoma que sea nuevo, y allí encontrará cosas que sólo son malvadas e inhumanas, como la orden de difundir la fe que predicaba con la espada». Pero, entusiasmado en su propio tema, el monarca purpúreo de Constantinopla habría agregado: «Para convencer a un alma razonable, no se necesita un brazo fuerte, ni armas de ningún tipo, ni otras maneras de amenazar a una persona con la muerte».
    Ahora, no hace falta ser musulmán para pensar que esta cita es una perfecta hipocresía en boca del obispo de Roma. No hubiera habido una cristiandad bizantina o romana si la fe no hubiese sido inculcada y difundida y mantenida con todo tipo de violencia, crueldad y coerción. Para tomar el ejemplo favorito –y autocompasivo– del Islam: fueron los cruzados católicos quienes saquearon e incendiaron Bizancio en su camino a Palestina, y eso fue sólo después de que metódicamente atacaran a los judíos, así que el mundo musulmán fue en realidad sólo la tercera víctima de esta barbarie. (La mejor fuente de estos hechos es la Historia de las Cruzadas de Sir Steven Runciman). Sin embargo, de todas las palabras que podría haber elegido para sugerir que la religión desea quebrar su vieja conexión con la conquista, la intolerancia y la subordinación, Ratzinger tuvo que elegir un ejemplo diseñado para recordar a sus oyentes los crueles excesos del período medieval. Su mención de Manuel II evidentemente no fue accidental o anecdótica. Se refiere a él varias veces y vuelve a mencionarlo otra vez en el párrafo de cierre, como para remarcarlo.
    Y por supuesto ahora escuchamos, predeciblemente, las patéticas y poco convincentes disculpas formuladas por su vocero y finalmente por el propio Ratzinger. Esto sólo servirá para convencer a los enfurecidos musulmanes de que, amenazando con represalias, llamando a cortar las relaciones diplomáticas con el Vaticano y desencadenando otras cuantas fatwas sanguinarias, podrán forzar otro retiro. Las cosas habituales han sucedido: el asesinato de una monja en Somalía y el ataque a iglesias cristianas en Palestina. Así continúa el «diálogo» ecuménico.
    Al leer el grueso del discurso, sin embargo, es posible darse cuenta de que, si hubiera nacido en Turquía o Siria en vez de en Alemania, el obispo de Roma podría haberse convertido en un perfecto musulmán ortodoxo. Raztinger se permite desconfiar del Islam porque reclama que su revelación es la absoluta y final, pero él describe a Juan, uno de los apóstoles, como el que pronunció «la última palabra sobre el concepto bíblico de Dios», y donde los musulmanes creen que Mahoma entró en trance y tomó dictado de un arcángel, Ratzinger acepta como verdadera la igualmente desopilante leyenda de que a San Pablo se le ordenó difundir el evangelio durante una visión experimentada en un sueño. No entiende a Mahoma cuando dice que el profeta sólo prohibió la «compulsión en la religión» cuando el Islam era débil. (La relevante sura proviene de un período de relativa confianza.) Pero podría haber citado con facilidad las muchas suras que contradicen brutalmente este mensaje aparentemente benigno. El problema común es que, si se cuestiona demasiado la revelación y el dogma de otra religión, es una invitación al cuestionamiento de la propia. Eso es lo que ha sucedido en este caso.
    Los musulmanes que protestan están siendo muy desagradecidos. Cuando se incendiaron las embajadas danesas a principios de este año, Roma sólo lanzó unas palabras de protesta sobre la inconveniencia de tiras cómicas profanas. En casi todas las otras confrontaciones entre el Islam y Occidente, o entre el Islam e Israel, el Vaticano ha o bien repartido la diferencia, o ayudado a hacer de ventrílocuo de las quejas musulmanas. Más que nada, cuando se dirigió a su público en Regensburg, el hombre que modestamente se considera el vicario de Cristo en la Tierra mantuvo un ataque constante a la idea de que la razón y la conciencia individual pueden ser preferibles a la fe. Pretende que la palabra «Logos» puede significar tanto «la palabra» como «Razón», lo que es posible en griego, pero nunca en la Biblia, donde es presentada como la verdad celestial. Menciona al pasar a Kant y Descartes, deja fuera por completo a Spinoza y Hume, y deshonestamente trata de hacer parecer que la religión y la Ilustración y la ciencia son en última instancia compatibles, cuando todo esfuerzo del pensamiento libre siempre tuvo que mantenerse, con gran riesgo, en contra de la ilusión fantástica de verdades reveladas y sus representantes terrenales. Se dice con frecuencia –y lo dijo el propio Ratzinger cuando era un subordinado del último prelado de Roma– que el Islam es incapaz de una Reforma. No tendríamos siquiera esa palabra en nuestro lenguaje si la Iglesia Católica Romana se hubiera salido con la suya. Ahora su líder reaccionario realmente ha «ofendido» al mundo musulmán, mientras simultáneamente nos pide que desconfiemos de nuestra única arma confiable, la razón, la única que poseemos en estos tiempos oscuros. Un buen trabajo, que realmente no necesitábamos.


    Artículo original en Slate.

    Ver también: Raztinger contra la ciencia, La involución papal, Falacias y errores de Joseph Ratzinger sobre el Islam y El Papa Rottweiler ladra.

  7. © Sam Harris
    Traducción en Laicismo.org

    Por alguna razón, al Santo Padre le pareció necesario citar al emperador bizantino Manuel II Paleólogo que dijo: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, ...». Ahora el mundo musulmán está zumbando con pía rabia. Es una pena que el Papa Benedicto no haga también caricaturas. Uniéndose al cobarde coro de suplicantes aterrados, el New York Times le ha urgido a que ofrezca una «disculpa auténtica y persuasiva». El Papa parece estar dando sus pasos hacia la consecución de tamaña hazaña.
    Aunque el Papa ha tenido éxito enfureciendo a millones de musulmanes, el propósito principal de su discurso era castigar a los científicos y laicistas por ser, en fin, demasiado razonables. Parece que los no creyentes exigen todavía, perversamente, demasiada evidencia y apoyo lógico para su cosmovisión. Creyendo que estaba llegando al tuétano del dilema humano, el Papa recordó a un mundo expectante que la ciencia no puede levantar su propio peso: no puede, por ejemplo, explicar por qué el universo es comprensible. Resulta que éste es un trabajo para...(atención)...el cristianismo. ¿Por qué el mundo es susceptible de comprensión racional? Porque Dios lo hizo de esa forma. Aunque el Papa no llega a ser buen mago, a muchas personas inteligentes y bien intencionadas les pareció vislumbrar un conejo en este viejo sombrero. Andrew Sullivan, por ejemplo, alabó el «discurso profundo y complicado» del Papa por su «claridad y franqueza». Aquí está el núcleo del argumento del Papa, extractado de sus conclusiones. He agregado mis propios comentarios a lo largo del texto.

    La intención aquí no es el reduccionismo o la crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. Mientras nos regocijamos en las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, también podemos apreciar los peligros que emergen de estas posibilidades y tenemos que preguntarnos cómo podemos superarlas. Tendremos éxito al hacerlo solo si la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo, si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, y si una vez más generamos nuevos horizontes...


    El Papa sugiere que la razón debe ensancharse para incluir lo empíricamente inverificable. ¿Existe alguna duda que estos «nuevos horizontes» incluirán los groseros dogmas de la iglesia católica? Aquí, el Papa entiende el espíritu de ciencia completamente al revés. De hecho la ciencia no se limita meramente a lo que es actualmente comprobable, sino que está interesada en cuestiones que sean potencialmente comprobables (o, más bien, falsables). Y esto significa excluir los que sea gratuitamente estúpido. Con estas distinciones en mente, consideremos uno de los dogmas centrales del catolicismo según se encuentra en el credo de la iglesia católica romana:

    Creo que la eucaristía es el sacrificio verdadero, apropiado y propiciatorio ofrecido a Dios a favor de los vivos y los muertos, y que el cuerpo y la sangre, junto al alma y el espíritu de nuestro señor Jesucristo, se encuentran verdadera y sustancialmente en el sacramento de la eucaristía, y que hay un cambio completo de la sustancia del pan en la del cuerpo, y la sustancia del vino en la de la sangre; y que este cambio se denomina transubstanciación. Creo también que es Cristo completo y entero, y el verdadero sacramento se recibe bajo cada especie separada.


    Aunque uno siempre puede encontrar católicos que muestren renuentes a admitir que el canibalismo se encuentre en el corazón de su fe, no hay ninguna duda de que la Iglesia pretende que este párrafo sea creído literalmente. La presencia real del cuerpo y sangre de Cristo en la misa ha de ser entendido como un hecho material. Como tal, ésta es una declaración sobre el mundo físico. Es, de hecho, una declaración absolutamente absurda sobre el mundo físico. (Al contrario que la mayoría de los dogmas religiosos, sin embargo, la doctrina de Transubstanciación realmente es falsable. De hecho resulta ser falsa).
    A pesar de las solemnes meditaciones del Papa sobre el asunto, la razón no es tan elástica como para abarcar los dogmas favoritos delcatolicismo. No hace falta decir que el nacimiento virginal de Jesús, la resurrección física de la muerte, la entrada de una alma inmortal en el cigoto en el momento de concepción y casi cada artículo de la fe católica cae en la misma e indigna papelera. Éstas son creencias que los católicos sostienen sin razón suficiente. Por consiguiente, son irrazonables. No existe ensanchamiento posible del alcance de la racionalidad del siglo XXI que pueda o deba, abarcarlos.

    Solo así nos hacemos capaces de lograr este diálogo genuino de culturas y religiones que necesitamos con urgencia hoy.

    Es irónico que un hombre que acaba de calificar al Islam como «malvado» e «inhumano» ante 250.000 espectadores y la prensa mundial, hable ahora de «diálogo genuino de culturas». ¿Cuánto diálogo genuino podemos esperar? El Corán dice que quien crea que Jesús es divino –como deben hacer todos los católicos reales– pasarán la eternidad en el infierno (Corán 5:71-75; 19:30-38). Esto parece romper cualquier acuerdo. El Papa sabe esto. El mundo musulmán sabe que lo sabe. Y sabe que el mundo musulmán sabe que lo sabe. Ésta no es una buena base para el diálogo de inter-religioso.

    En el mundo occidental se sostiene ampliamente que solo la razón positivista y las formas de la filosofía basadas en ella son universalmente válidas. Incluso las culturas profundamente religiosas ven esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón como un ataque a sus más profundas convicciones. Una razón que es sorda a lo divino y que relega la religión al espectro de las subculturas es incapaz de entrar al diálogo con las culturas...

    Tampoco a los astrólogos les gusta que «sus convicciones más profundas» sean atacadas. Tampoco a la gente que cree que los extraterrestres han atravesado la galaxia para incordiar a algunos granjerosy su ganado. Afortunadamente estos grupos no toman las calles y empiezan a matar gente cuando se critican sus creencias irracionales. Sospecho que el Papa sería el primero en admitir que hay millones de las personas en esta tierra que albergan «muy profundas convicciones» que ni son profundas, ni compatible con un diálogo real. De hecho, uno no necesita leer el discurso papal entre líneas para observar que el Papa pondría al mundo musulmán al completo más allá de la «universalidad de razón». Tiene razón para estar alarmado por el Islam, particularmente por sus doctrinas de martirio y yihad. Tiene razón para encontrar detestable el tratamiento de las mujeres musulmanas a lo largo del mundo (si de hecho lo encuentra detestable). Tiene razón para preocuparse por que cualquier musulmán que se convierta al cristianismo (o al ateísmo) ponga en riesgo su vida, pues la conversión fuera de la fe es castigada con pena de muerte. Estas profundidades son objetos dignos de nuestro desprecio. No hace falta disculparse, Su Santidad.
    Sin embargo, podríamos notar que una de las «más profundas convicciones» del Papa es que la anticoncepción es un pecado. Sus agentes continúan predicando este dogma diabólico en el mundo sub-desarrollado e incluso en África subsahariana, donde más de 3 millones de personas mueren de SIDA cada año. Esto es inmoral y estúpido sin remisión. También es un punto en el que la Iglesia no ha mostrado demasiada capacidad inteligente para el diálogo. A pesar de su inclinación a criarse en un estado de dominación mundial, los musulmanes tienden a ser más razonable en el asunto de planificación familiar. No consideran que el uso de formas temporales de control de la natalidad sea un pecado.

    La razón científica moderna simplemente tiene que aceptar la estructura racional de la materia y su correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que prevalecen como se nos ha dado, en las que su metodología debe basarse. Incluso la pregunta ¿por qué esto tiene que ser así? es una cuestión real, que tiene que ser dirigida por las ciencias naturales a otros modos y planos de pensamiento: a la filosofía y la teología.
    Aquí debe de ser donde Sullivan encuentra al Santo Padre particularmente «profundo y complicado» y «hondo». De acuerdo, las cuestiones epistemológicas hacen que uno sude y pueden decirse muchas cosas interesante e incluso polémicas sobre las bases de nuestro conocimiento. Sin embargo, aquí el Papa no ha dicho nada interesante ni polémico. Ha insinuado meramente que poner el Dios de Abraham detrás de cada proceso natural de algún modo reduciría el cociente de misterio en el cosmos. No lo hará. Casi mil millones hindúes ponen tres dioses en esta casilla –Brahma (el Creador), Vishnú (el Preservador) y Shiva (el Destructor)–. ¿Cuán intelectualmente iluminador debemos encontrar esto?

    Occidente ha sido puesto en peligro por mucho tiempo por esta aversión en la que se basa su racionalidad, y por lo tanto solo puede sufrir grandemente. El coraje para comprometer toda la anchura de la razón y no la negación de su grandeza: éste es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo. “No actuar razonablemente (con logos) es contrario a la naturaleza de Dios” dijo Manuel II, de acuerdo al entendimiento cristiano de Dios, en respuesta a su interlocutor persa...

    Por favor, leamos la primera frase de nuevo. Espero que no parezca quisquilloso si señalo que Occidente se enfrenta a varios peligros aun mayores que aquéllos debidos a una epistemología incompleta. Occidente está en peligro, principalmente, por la fragmentación religiosa de la comunidad humana, por los impedimentos religiosos al pensamiento crítico y por la disposición religiosa de millones de personas a sacrificar la posibilidad real de felicidad en este mundo por la fantasía de un mundo venidero. Estamos viviendo en un mundo donde incalculables millones de hombres y mujeres adultos pueden racionalizar el sacrificio violento de sus propios hijos recurriendo a cuentos de hadas. Estamos viviendo en un mundo donde millones de musulmanes creen que no hay nada mejor bien que matar y ser matado en defensa de Islam. Estamos viviendo en un mundo en el que millones de cristianos americanos confían en ser llevados al cielo por Jesús en poco tiempo, para así poder disfrutar seguros del santo genocidio que inaugurará el fin de historia humana. Estamos viviendo en un mundo en el que un sacerdote viejo y tonto, simplemente aireando sus inanidades religiosas podría plausiblemente empezar una guerra con 1400 millones de musulmanes que se toman sus propias inanidades mortalmente en serio. Éstos son los peligros reales. Y no son peligros para los que más «fe Bíblica» sea remedio.

    El artículo original puede encontrarse en Truth Dig.

    Ver también: Ratzinger contra la ciencia, La involución papal y Errores y falacias de Joseph Ratzinger sobre el Islam.

  8. © J.C. Álvarez
    Especial para Razón Atea

    El pasado 12 de septiembre, Joseph Ratzinger (alias Benedicto XVI, Papa de Roma) pronunció en Ratisbona un discurso en el que, además de denunciar nuevamente como «impíos» al racionalismo ateo y al empirismo científico, lanzó un furibundo ataque contra la religión islámica, presentando en contraste a un cristianismo supuestamente respetuoso con la libertad de conciencia y preocupado por fundamentar racionalmente sus creencias. Para ser justos con el islamismo (aunque uno sea ateo o precisamente por ello), hay que señalar en el discurso del Papa una serie de visiones erróneas sobre el Islam y también sobre el cristianismo histórico, que son errores objetivos y no sólo falsas interpretaciones.
    Ratzinger habla de una polémica contra el Islam emprendida por un emperador bizantino, Manuel II Paleólogo, y en este contexto cita el versículo 2:256 del Corán: «No existe coacción en la religión». Ratzinger sostiene que éste fue un verso escrito tempranamente, cuando Mahoma aún no estaba en el poder. Sin embargo, tal afirmación es incorrecta. La Surah 2 es una surah de Medina, escrita cuando Mahoma ya se había establecido como líder de la ciudad de Yathrib (más tarde conocida como Medina o «la ciudad» del Profeta). El Papa se imagina que un joven Mahoma, que vivía en La Meca antes de 622 y aún carecía de poder, permitió la libertad de conciencia, pero más tarde ordenó que su religión fuera extendida por medio de la espada. Sin embargo, dado que la Surah 2 fue escrita a partir del período de Medina, cuando Mahoma ya se encontraba en el poder, esa teoría del Papa no se sostiene.
    Muchos fieles musulmanes afirman que el Corán no dice en ningún punto que la fe religiosa deba ser impuesta por la fuerza. Para probar dicha alegación, estos fieles citan las palabras del Corán sobre las religiones: «[2:62] Los que creen (en el Corán), los que siguen a los judíos (Escrituras), y los cristianos y sabianos –cualquiera que crea en Dios y en el Juicio Final, y en la honradez del trabajo–, tendrán su recompensa con su Señor; sobre ellos no caerá ningún temor, ni tampoco sufrimiento alguno». Estos mismos fieles (así como algunos historiadores laicos) sostienen que la idea de la guerra santa o jihad (entendida como defensa de la comunidad islámica o, en general, como el establecimiento y creación de gobiernos controlados por los musulmanes, antes que como una imposición de la fe por la fuerza a los individuos) no es tampoco una doctrina coránica. La doctrina habría sido elaborada mucho más tarde, en la frontera entre Umayyad y Bizancio, bastante tiempo después de la muerte del Profeta.
    El filósofo Michel Onfray, en una entrevista, dice lo siguiente: «Lo peor de libros como la Biblia o el Corán es que ahí se puede encontrar todo y su contrario, las proclamas de misericordia y la instigación al crimen». Todos los libros «sagrados» están plagados de incoherencias, contradicciones y sofismas. De cualquier modo, sea o no estrictamente coránica la doctrina de la guerra santa o jihad, e independientemente de cómo se entienda ésta, lo cierto es que en los primeros siglos de expansión del Islam era bastante difícil que los infieles fueran aceptados como miembros, y a los cristianos que querían convertirse en musulmanes habitualmente no se les permitía hacerlo. El tiránico gobernador de Irak, Al-Hajjaj, se destacó por este rechazo a los aspirantes, puesto que obtenía impuestos más altos de los no musulmanes.
    Lo anterior parece favorecer la tesis de que, aunque la jihad pudiera tener alguna base (contradictoria) en el Corán, la doctrina de la guerra santa propiamente dicha fue elaborada más tarde. En los primeros siglos, al menos, la «jihad ofensiva» se entendió más bien como la necesidad de instaurar y mantener gobiernos musulmanes. Para ello, los pueblos musulmanes no vacilaron en atacar, invadir y someter por la fuerza a otros pueblos, pero por lo general no pretendieron convertirlos en masa al Islam: de hecho, preferían no hacerlo ya que cobraban mayores tributos a los vasallos no musulmanes. Los musulmanes árabes conquistaron Mesopotamia, que entonces era en gran parte pagana, zoroástrica, cristiana y judía; pero no buscaban convertir, y seguramente no impusieron su religión.
    En su discurso de Ratisbona, el Papa intentó demostrar que la coacción de la conciencia es incompatible con la fe auténtica y «razonada»; para ello, utilizó al Islam como un símbolo de la exigencia coactiva de la fe infundada. Pero Ratzinger está engañado por la polémica medieval sobre la que sustenta sus argumentos. Es completamente falso que el Islam haya sido más coactivo que el cristianismo al buscar la difusión y el mantenimiento de sus creencias y al pretender llevar a cabo la conversión de los infieles; de hecho, la realidad histórica fue justamente la contraria. Es igualmente falso que el cristianismo sea racionalista y que el Islam no pretenda siquiera racionalizar sus creencias: tanto el cristianismo como el Islam son creencias irracionales y animistas nacidas de un mismo tronco común, y tanto el uno como el otro han pretendido racionalizar o dar «razón» de sus creencias, apelando a la filosofía para construir ese extraño híbrido que es la teología, con todos sus sofismas (y aun deliremas) pretendidamente racionales por imitación de la filosofía griega. De hecho, el Corán también se muestra favorable a la fe «racionalizada» (en el mismo sentido del cristianismo), y también prohíbe en ocasiones la obligatoriedad coactiva de la religión. Muchos fieles e intérpretes musulmanes del Corán afirman que la única violencia permitida por éste fue la ejercida en defensa propia de la comunidad islámica contra las tentativas de los paganos de la Meca por eliminarla (en este sentido, no existen demasiadas diferencias respecto a la interpretación que muchos cristianos hacen de su propio libro canónico, la Biblia).
    El Papa afirma que, en el Islam, Dios es tan trascendente que se encuentra fuera de la razón y, por lo tanto, no puede esperarse de Él que actúe razonablemente. Ratzinger contrasta este concepto de Dios con el del Evangelio de Juan, donde Dios es el Logos, la Razón inherente al universo. Pero hubo muchas escuelas de teología y filosofía islámicas. La escuela Mu’tazilite mantuvo exactamente lo que el Papa dice: que Dios debe actuar conforme a la razón y al bien tal como la gente los conoce. El acercamiento de la escuela Mu'tazilite es todavía popular en el zaidismo y en ciertos sectores del shiísmo de la clase dirigente iraquí e iraní.
    La escuela Ash’ari, por el contrario, insistió en que Dios quedaba fuera de la razón humana y, por lo tanto, no podía ser juzgado racionalmente. Seguramente el Papa encontraría que Tertuliano, y quizás también Juan Calvino, serían más comprensivos que él con esta opinión, dentro del propio cristianismo.
    En cuanto al Corán, constantemente apela a la «razón» para conocer a Dios y para refutar la idolatría y el paganismo, y pregunta a menudo: «¿No eres capaz de razonar?», «¿no lo entiendes?» («¿a fala ta’qilun?»). Éste es un ejemplo más de la racionalización típica de todas las religiones monoteístas, mucho más parecidas entre sí –dado su común origen– de lo que Ratzinger está dispuesto a reconocer.
    Desde luego, el cristianismo tiene una larga historia de imposición obligatoria y violenta de la fe a la gente, incluyendo a los paganos en el Imperio Romano tardío, los cuales fueron muy enérgicamente convertidos. Y luego estuvieron los episodios de las Cruzadas, impensables en el mundo musulmán.
    Otra ironía es que el cristianismo «razonado» y escolástico tiene una herencia importante del Islam. En el siglo X había muy poca escolástica en la teología cristiana. La influencia de pensadores musulmanes como Averroes (Ibn Rushd) y Avicena (Ibn Sina) enfatizó nuevamente el empleo de Aristóteles y Platón en la teología cristiana. De hecho, en cierto momento los teólogos cristianos de París se dividieron entre los partidarios de Averroes y los de Avicena, y mantuvieron una fuerte polémica entre ellos.
    Respecto al emperador bizantino Manuel II Paleólogo, citado por el Papa, hay varias cosas que decir. Los bizantinos habían quedado muy debilitados por las depredaciones latinas durante la Cuarta Cruzada, de modo que fue la propia Roma la que en primer lugar buscó la coacción. A Roma le interesaba tanto conquistar Tierra Santa como sojuzgar a la Iglesia Ortodoxa. Manuel II terminó sus días como un vasallo del Imperio Otomano.
    Joseph Needham, en su monumental libro Ciencia y Civilización en China, señala que el cristianismo siempre fue más bárbaro que sus rivales –el Islam, el taoísmo, el budismo, el hinduismo– porque estas grandes religiones tuvieron siempre un núcleo humanista del que careció el cristianismo, y además pretendieron lograr una nueva forma de unión del ser humano con el mundo, así como sacralizar la naturaleza y los animales (un tema particularmente fuerte en el Islam, sobre todo en el sufismo, así como en las religiones hindúes). En cambio, según Needham, el cristianismo nunca pudo salir de sus orígenes bárbaros en la superstición y en la magia (o quizás su base judaica chocó de forma tan violenta con el paganismo panteísta de las tribus nórdicas que el resultado fue un pastiche amorfo de religión, un chamanismo sin naturaleza).
    De acuerdo con la interpretación de Needham, la fe cristiana en la resurrección de los muertos fue siempre vista en el mundo islámico como algo inverosímil, anti-natural y absurdo. Este elemento de oscurantismo (la resurrección de los muertos) creaba una división insalvable entre el mundo material y su Creador: Dios aparecía como algo completamente distinto y opuesto a la naturaleza, que intervenía desde fuera de ella para violar sus leyes. En cambio, en el islamismo, lo mismo que en el budismo o el taoísmo, Dios tendía a identificarse con la naturaleza. Funcionalmente, la vigilancia inquisitorial sobre tales creencias del cristianismo también explicó la rígida ortodoxia y la cruel intolerancia de la iglesia latina en la Alta Edad Media; el monoteísmo cristiano creó una cultura europea monolítica bastante diferente a la de las prósperas comunidades del mundo árabe y persa, en las que los judíos, los musulmanes y los cristianos convivieron durante muchos siglos pacíficamente unos con otros (y con zoroastrianos y hasta con confucianos).
    Según Needham, la tendencia humanista presente en el islamismo y en las religiones orientales, junto con su interés por la sacralización de la naturaleza, explica el gran florecimiento de la filosofía, las letras y las ciencias en el Islam y en China durante la Edad Media (frente al oscurantismo y la barbarie de las comunidades cristianas), pero curiosamente también daría cuenta de su estancamiento definitivo. Cuando el monje Roger Bacon y otros importaron a Europa la ciencia china e islámica (que fue la base para el progreso técnico-científico europeo), una de dos cosas se veía como históricamente inevitable: o bien la Iglesia Católica destruiría la ciencia, que tras la confirmación definitiva del heliocentrismo de Copérnico por Galileo se había convertido en enemiga declarada de la ortodoxia; o bien se produciría un divorcio mutuamente acordado entre la iglesia y la ciencia. Al final sucedió lo último. La gran cesura moral, filosófica y teológica de la iglesia latina (la separación radical entre Dios y Naturaleza y la total desacralización de ésta, junto con la separación entre la religión y la ciencia) explicaría por qué la ciencia plenamente desarrollada fue posible en el occidente cristiano, pero no en China ni en el mundo islámico, que no se decidieron a «profanar» la naturaleza. Los chinos y los islámicos siguieron siendo pre-científicos ya que no llevaron a cabo la separación entre religión y ciencia, pero en Europa la desacralización del mundo natural y el divorcio entre la Iglesia y el Estado permitieron que las ciencias adoptaran su forma moderna y baconiana. Y con el progreso científico-tecnológico vino el desarrollo de las fuerzas productivas y la sustitución de las relaciones de producción feudales por las capitalistas.
    Así pues, el Papa se ha equivocado en muchos hechos básicos, por lo que debería retractarse de sus palabras.


    Bibliografía:

    -Historia de la filosofía islámica. Corbin, Henry. Editorial Trotta S.A., 2000.
    -Sufismo: una introducción esencial a la filosofía y la práctica de la tradición mística del Islam. Ernst, Carl W. Ediciones Oniro S.A., 1999.
    -El Islam, historia, presente y futuro. Küng, Hans. Editorial Trotta, S.A., 2006.
    -Cubriendo el Islam: cómo los medios de comunicación y los expertos determinan nuestra visión del resto del mundo. Said, Edward W. Editorial Debate, 2005.
    -Lo que Europa debe al Islam de España. Vernet, Juan. El Acantilado, 2006.
    -Cien preguntas sobre el Islam. VV.AA. Encuentro Ediciones S.A., 2006.



    Ver también: La involución papal, Ratzinger contra la ciencia, A favor de lo contrario, Fantasmas del pasado y ¿Dónde ponemos a la religión?

  9. La involución papal

    jueves, septiembre 21, 2006



    © Fernando G. Toledo

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    Ninguna palabra de las que Ratzinger ha dejado caer en su gira por Alemania parece haber sido pronunciada con descuido y, sin embargo, no fue necesario esperar más que unos días para que éste se desdijera públicamente. Ante sus ojos infalibles tenía, dichas tales palabras, un panorama inesperado: el Islam, la religión con la que juega desde hace años el papel de colega, se mostraba encendido ante una expresión tan desafortunada para la diplomacia. Resulta curioso que, luego de que el papa católico hiciera uso en su conferencia «Fe, razón y universidad», en la Universidad de Ratisbona, de una cita de Manuel II Paleólogo («Múestrame además aquello que Mahoma haya traído de nuevo, y sólo encontrarás cosas malvadas e inhumanas»), debiera asumir la pose hipócrita que a todo político se le exige. Y que, agachando la cabeza iluminada por uno de los dioses en disputa, debiera exclamar, ya sin alusiones a emperadores bizantinos: «Lamento profundamente las reacciones en algunos países a unos pocos pasajes de mi discurso a la Universidad de Rastisbona, que fueron considerados ofensivos a la sensibilidad de los musulmanes». Para otorgar novedad a la escaramuza, además, Ratzinger ha evitado echarle la culpa al emisario –los periodistas–, destacando su flagrante errancia: «De hecho, era una cita de un texto medieval que en absoluto expresa mi pensamiento personal».
    Pero las sorpresas habrán acabado allí, seguramente. Cuando es el fundamentalismo (islámico, para más señas), el que está en juego, toda espiral de violencia es previsible. Tanto como el triste espectáculo que se despliega a partir de ahora: el Papa se encuentra con que una de las religiones con las que ha practicado una cierta «internacional de confesiones» desde hace años, es más peligrosa y explosiva que la casta a la que siempre le interesa condenar: la de los impíos. El blanco fijo de sus críticas.
    Pero resulta que los increyentes no han prometido venganza, ni exigido disculpas, ni matado a sus acólitos, ni organizado un «viernes de ira», ni preparado un arsenal para bombardear Roma. Los que (parafraseando a Dostoievsky) tienen todo permitido por carecer de Dios, han dejado pasar cualquier exabrupto excepto para las críticas, que es lo que se le pide a cualquier persona razonable. En cambio, la religión con la que comparte libros y profetas, esa religión que parece tardía en seguir el camino del catolicismo inquisidor, es ahora una serpiente entre sus sábanas. Y puede escupir mucho veneno.
    Como ha recordado Juan G. Bedoya en El País de Madrid [19/09/06], «el problema del discurso de Benedicto XVI en Ratisbona es su pensamiento excluyente, cristiano-céntrico. ¿Por qué recordó en Ratisbona –como cita de autoridad, sin refutarla– al emperador bizantino, teniendo a mano a pensadores cristianos que sostuvieron lo contrario en la misma época, como Francisco de Asís, Raimon Llull (en El gentil y los tres sabios), o Nicolás de Cusa (La paz de la fe)?»
    Cuando un año atrás, en setiembre de 2005, un diario danés tuvo la enorme osadía de dibujar al profeta Mahoma, cruzando el límite que los musulmanes trazan contra la iconofilia (en unas caricaturas más suaves que las palabras de un antiquísimo emperador), el Vaticano reaccionó para defender a sus «colegas», condenando la grosería del periódico. Y ahora está entre los groseros. Pero, de nuevo, prefiere estar en el bando de los que lo amenazan y no de los que defendieron, en ese entonces, la libertad de expresión. Por eso es que el nuncio Manuel Monteiro de Castro, ha subrayado que «Su Santidad ha manifestado su aprecio por el Islam, por un pueblo que cree en un sólo Dios, que considera a Jesucristo como un profeta, venera a la Virgen Santísima y cree en la recompensa de lo que hacemos en la vida. El Papa ha manifestado muchas veces esto sobre los musulmanes».
    Sin embargo, rota, al menos por ahora, la utopía interconfesional, dinamitados para siempre los puentes hacia el diálogo de religiones (según la imagen del teólogo español Juan José Tamayo), Ratzinger ve en la arena que su aura de brillante intelectual queda reducida al del bocotas incapaz de sostener sus propias palabras. ¿Cree Ratzinger, en su viejo corazón de Rottweiler alemán, que el pensamiento de Manuel II es errado y no puede hacerlo suyo como parecía? ¿Cree que merece respeto una religión sólo porque convive con ella en el casillero de los monoteísmos? ¿Cree que cuando habló de que la religiosidad no puede justificar la violencia, deba ahora hacer el payaso, asustado por esa violencia? ¿Cree que su religión, finalmente, habrá estado libre de los mismos pecados como para poder arrojar alguna piedra?

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    La eufórica visita del Papa a Alemania no ha abundado en concordias. Las palabras que irritaron a los musulmanes han tenido oportunidad de ser reinterpretadas hasta el hartazgo por los exégetas papales y por el mismo Ratzinger, de manera de, como es usual, «resolver la contradicción mediante la interpretación», versión teológica del «donde dice “digo” debe decir “Diego”».
    Pero en otros asuntos Su Santidad no ha sido tan contemplativo. Por ejemplo, en la misa celebrada en la explanada Islenger Feld, también en Ratisbona, que pronunció como parte de su gira alemana. Allí Joseph Ratzinger, considerado por algunos como una de las «mentes más brillantes» del siglo XX, decidió reprochar a una de las grandes teorías de la historia del conocimiento humano: la evolución. Y lo hizo de la manera más dogmática posible, poniendo a la ciencia en entredicho con la invocación al Credo católico, muestra indubitable de la fama de brillantez que el vicarius christi alemán se ha ganado en algunos círculos.
    Para Ratzinger, la teoría de la evolución es «irracional» si no pone a Dios a contar en las ecuaciones. Está, en este sentido, pidiendo a la ciencia que incluya a Dios (por supuesto, la cláusula exigirá al «Dios cristiano», uno y trino), porque de otro modo ésta acabaría en la irracionalidad más pura, ésa que la humanidad ha heredado de la Ilustración.
    El ataque puede causar tanto risa como espanto. Ratzinger no sólo ha repetido sus diatribas contra el ateísmo diciendo torvamente que éste «nace del miedo» (se supone que a lo que no existe). Sino que, además, ha censurado cierto ateísmo tácito de la ciencia, que se atreve a sacar a Dios de las hipótesis, cual Laplace ante Napoleón.
    Las palabras de Benedicto XVI tienen sus bemoles, y no han pretendido ser claras. Sabe el teólogo que, cuando estuvo como una sombra sosteniendo los pies de Karol Wojtyla, el papa anterior, debió escuchar de labios de éste que «la evolución ha dejado de ser una hipótesis». Pero ha venido a cobrar ese terreno cedido con este razonamiento: «Nosotros creemos en Dios. Ésta es una opción fundamental. ¿Pero es hoy aún posible? ¿Es una cosa razonable? Desde la Ilustración, al menos una parte de la ciencia se ha dedicado a buscar una explicación al mundo en la que Dios sería innecesario. Y si eso fuera así, Dios se haría innecesario en nuestras vidas. Pero cada vez que parecía que este intento había logrado éxito –inevitablemente surgía lo evidente: ¡algo falta en la ecuación!».
    La «mente brillante» del anciano obispo se ensaña con su propia caducidad. ¿Acaso fue posible saber, desde lo alto de su pía infalibilidad, cuáles serían las ecuaciones que fracasan, para que los científicos no yerren en su oscuro camino? De ninguna manera: hasta la teología tiene sus límites. Y Dios, en efecto, es a todas luces una «hipótesis innecesaria». Así, como la evolución (la teoría sintética hoy vigente) se atreve a buscar la explicación del origen de la vida y su desarrollo desde las coordenadas rigurosas de toda ciencia, naturalista por definición, esto es sinónimo de la irracionalidad que toda disonancia de los dogmas cristianos arrastra, según Ratzinger. Porque, se pregunta éste y se responde, «¿qué existió primero? La Razón creadora, el Espíritu que obra todo y suscita el desarrollo, o la Irracionalidad que, privada de toda razón, extrañamente produce un cosmos ordenado en modo matemático así como el hombre y su razón. Esta última, sin embargo, sería entonces solo un resultado casual de la evolución y por lo tanto, al final, igualmente irrazonable».
    Rizado el rizo, la evolución es irracional para el Papa porque no tiene en cuenta la Razón Creadora, la petitio principii de esta fe que en otros tiempos supo oponerse a Copérnico o Galileo por motivos análogos (¿o acaso no era, en estos términos, «irracional» que no fuéramos el centro de la «creación»?). Para la «brillante mente» de Ratzinger, entonces, la teoría de la evolución es, probablemente producto del miedo, y una excrecencia propia del ateísmo: «como cristianos decimos: “Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra”, creo en el Espíritu Creador. Nosotros creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad».
    ¿Y si un espejo se tendiera sobre la figura de Benedicto XVI? ¿Qué rostro miraría el Sumo Pontífice? Porque, si Ratzinger cree que la ciencia debe rodearse de su fe específica para no caer en la irracionalidad, ¿por qué no piensa que su religión también debería aceptar los parámetros de la ciencia? Es que, difícilmente sea posible vivir hoy sin ciencia (o más bien, sobrevivir), pero se ve por sus regaños que es perfectamente posible vivir sin religión, sobre todo con la católica. Ratzinger exige a la ciencia introducir la hipótesis divina. ¿Asumiría las consecuencias de falsar sus propias hipótesis? ¿De someterlas a experimentos?
    En El legado de Darwin (editorial Katz, 2006), el biofilósofo británico John Dupré propone una lectura y puesta al día de cuanto la teoría de la evolución ha aportado -no ya sólo a la biología, sino a las ciencias todas, a la filosofía e, incluso, a la teología- desde la aparición de El origen de las especies, en 1859. Para Dupré, el desarrollo de la teoría de la evolución representa uno de los mayores cimbronazos para el conocimiento humano de los últimos siglos. En su libro, Dupré lleva el barco de la valoración de la teoría a sus lindes, para encontrarse, curiosamente, como dice, «de acuerdo tanto con Richard Dawkins como con los fundamentalistas cristianos». ¿En qué punto? En que evolución y teísmo son incompatibles.
    Luego de advertir que, sin embargo, la evolución no es capaz de explicarlo todo, Dupré llega a la conclusión que quizá es la misma que acucia a Ratzinger. «Deseo insistir en un enfoque que antes parecía obvio, pero que ahora puede resultar ingenuo. Y ese enfoque afirma que gran parte de la contribución de Darwin fue la de dar un paso importante en el camino que nos aleja del animismo primitivo, pasando por los grandes héroes científicos del Renacimiento –Copérnico, Galileo, Newton y otros–, en dirección a una visión del mundo naturalista que finalmente logró prescindir de los fantasmas, los espíritus, y los dioses que servían para explicar, en épocas anteriores, todos los fenómenos naturales». Por esto Dupré apuesta a volver, ya maduros, al empirismo, de modo que éste nos ofrezca razones válidas para adoptar lo que adoptamos y rechazar lo que rechazamos. «Una exigencia modesta, tal vez, pero que, según creo, podría eliminar una parte de las mitologías religiosas y supersticiosas que siguen dominando, y a veces devastando, a las vidas humanas», sentencia.
    Las palabras de Ratzinger contra la ciencia han permitido a muchos ver las cartas con las que el primer papa coronado en el siglo XXI desea jugar. Días antes de la estocada vicaria de Ratisbona, el diario The Guardian anticipaba que el Vaticano se aprestaba a «abrazar» la «teoría del Diseño Inteligente». Eso lo alejaría de Juan Pablo II, o quizá revelaría el sentido verdadero de su aceptación de la evolución, en la que intentaba dejar a las almas fuera de la discusión científica. Ratzinger ha sido más radical y quiere regresar al sueño de evangelizar la ciencia. Acaso lo suyo sea el primer estertor de una superstición antigua que, para usar sus propias palabras, ya no sirve ni siquiera para adormecer los miedos.

    Ver también: Ratzinger contra la ciencia, Identifican un gen crucial para la evolución humana y ¿Dónde ponemos a la religión?

  10. © Juan Lara

    Ratisbona (Alemania), 12 sep (EFE).- El papa Benedicto XVI denunció en Ratisbona que una parte de los científicos se empeñan en demostrar que Dios es "inútil" para el hombre y afirmó que la teoría de la evolución es irracional, que el ateísmo moderno nace del miedo a Dios y que el odio y el fanatismo destruyen la imagen de Dios.
    El Papa hizo estas manifestaciones ante decenas de miles de personas, unas 250.000 según fuentes de los organizadores, que asistieron en las afueras Ratisbona a la misa que ofició en su primer día de estancia en esta ciudad de Baviera en cuya universidad enseñó dogmática.
    El Pontífice teólogo dedicó la catequesis a explicar lo que significa creer y tras afirmar que el Credo "no es un compendio de sentencia, ni una teoría", se preguntó si es posible creer en nuestros días y si es una cosa "racional".
    "Desde el Iluminismo, al menos una parte de la ciencia se empeña con tenacidad a buscar una explicación del mundo en el que Dios sea algo superfluo. Así, sería algo inútil para nuestra vida. Pero cada vez que parece que lo han logrado, la realidad se muestra evidente. Sin Dios las cuentas no cuadran para el hombre, para el mundo y el universo", afirmó el Papa.
    Joseph Ratzinger se preguntó qué cosa existe en el origen y añadió que hay sólo dos respuestas: o la "Razón creadora, el Espíritu que hace todo y fomenta el desarrollo" o la "irracionalidad, que sin razón alguna, produce un cosmos ordenado de manera matemática, al hombre y a la razón".
    Según el Papa, esta última sería sólo un resultado casual de la evolución, "en fondo una cosa irracional".
    Con firmeza, el Pontífice subrayó que los cristianos creen que en el origen está en Dios y la razón y no en la irracionalidad.
    Benedicto XVI aseguró que el odio y el fanatismo destruyen la imagen de Dios y que el ateísmo moderno nace del miedo a Dios, quien sin embargo es bondad y amor.
    El jefe religioso de más de mil millones de personas de todo el mundo afirmó que sólo Dios salva al hombre del miedo del mundo y del ansia ante el vacío de la propia existencia.
    Benedicto XVI también tocó el tema del Juicio Final y aseguró que la fe no quiere meter miedo al hombre, sino llamarlo a la responsabilidad.
    "¿No deseamos que se haga justicia para todos los condenados injustamente, para los que han sufrido durante toda su vida y después de una vida de dolores fueron tragados por la muerte, no deseamos que el exceso de injusticia y de sufrimiento que vemos en la historia al final desaparezcan, que todos al final sean felices y que todo tenga sentido?. Esto es lo que se entiende con el concepto del Juicio del mundo", manifestó el Papa.
    Ratzinger animó a los hombres a no desperdiciar la vida ni abusar de ella, a compartirla y a no permanecer indiferentes ante las injusticias, "convirtiéndonos en conniventes o cómplices".
    Según el Papa el hombre tiene que entender su misión en la historia y responder a ella.
    "No miedo, sino responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y la de todo el mundo", advirtió el Papa, que insistió que cuando esa responsabilidad y preocupación se convierten en miedo los hombres deben saber que "tenemos ante Dios un abogado que es Jesucristo y que cualquier cosa que nuestro corazón nos eche en cara, Dios es más grande que cualquier corazón y conoce todas las cosas".
    Esta tarde el Papa visitará la Universidad de Ratisbona, de la que fue vicerrector. Joseph Ratzinger tras haber impartido clases de teología Dogmática en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Friesing, Bonn, Munster y Tubinga, pasó a este ateneo bávaro.
    Titular de la cátedra de Dogmática e Historia del Dogma, Ratzinger impartió esta materia desde 1969 a 1971 en la universidad en la que hoy se encontrará con representes del mundo de la ciencia, ante los que pronunciará un discurso que ha levantado expectación.
    Después mantendrá un encuentro ecuménico en la catedral con representantes de las iglesias luteranas y ortodoxas presentes en Ratisbona, donde vive su hermano, Georg, de 82 años, y donde están enterrados sus padres y hermana.


  11. Pero avanzo

    miércoles, septiembre 06, 2006



    © Fernando G. Toledo

    La diferencia entre lo que no sé
    Y lo que aúlla detrás de la puerta
    O se cuela en la entreabierta pregunta
    Que la luz formula está en la palabra
    Así el silencio se viste de un cuerpo
    Que no consigo abrazar Nadie espera
    Y los papeles raspan su vacío
    Según las reglas que impone la noche
    Pero avanzo Quizás para perderme
    O porque quedan resquicios de blanco
    Y yo necesito encender un fuego
    Para el invierno de estas viejas letras
    Quizá para dejar que todo huya
    Y un verso destruya lo que he callado.



    Este poema pertenece al libro Secuencia del caos (2006), primer premio del Certamen Literario Vendimia 2006. El flamante volumen será presentado por el autor, el martes 12 de setiembre de 2006, a las 19, en la plaza Independencia, como parte de la Feria del Libro 2006.
    Están todos invitados.
    La obra que ilustra este poema y también la portada de la premiada obra es Acertijo, del pintor mendocino Alberto Thormann.